viernes, 23 de abril de 2010

HOMENAJE A TANTOS CURAS BUENOS


No sé si ha sido por casualidad o por una campaña orquestada o por un designio misterioso de la Divina Providencia, o por el contrario algo diabólico, pero la verdad es que parece que con la avalancha de casos de pederastia clerical -que siendo la mayoría bastante antiguos, mira tú por donde salen ahora todos a la vez en los medios de comunicación- la atención general se ha centrado sobre esos desgraciados sacerdotes (algunos desgraciados porque tuvieron la mala suerte de ser acusados falsamente, otros desgraciados porque por desgracia fueron culpables) y el año sacerdotal ha pasado a segundo plano.
Y, sin embargo, estamos todavía en el Año Sacerdotal, ese tiempo de gracia en el que Benedicto pretendía lo siguiente:
“Precisamente para favorecer esta tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio, he decidido convocar un "Año sacerdotal" especial”, propósito hermosísimo en el que no solamente estamos implicados los mismos sacerdotes, sino todo el pueblo de Dios, con su oración, su apoyo y ayuda, la corrección fraterna, etc. Malo sería que, entretenidos por las continuas noticias sobre los curas que no han sido buenos, perdiendo el tiempo en discusiones y defensa de lo difícilmente defendible, nos olvidemos de luchar todos juntos por la santidad del clero.
Yo hoy quiero poner mi granito de arena en la tarea de no dejar que el Año Sacerdotal no se nos olvide, y no con sermones, que ya tienen que aguantar mis feligreses todos los días, sino con el recuerdo agradecido a tantos hermanos míos sacerdotes buenos, miles y miles, que llevan una vida ejemplar y que cada día dan su vida por el Señor y por la Iglesia. A mí concretamente me vienen a la cabeza muchos de ellos (lo de los “miles y miles” es retórico, no creo conocer a tantos, pero con la intención y el cariño me gustaría llegar a todos), y a quien esté leyendo este artículo, si alguien lo hace, le invito a recordar cuántos curas buenos, por no decir auténticos santos, han encontrado en su vida.
Aquel sacerdote que nos bautizó, el que casó a nuestros padres, el que nos dio la Primera Comunión, y quizás antes nos había enseñado el catecismo, aquellos que nos han confesado tantas y tantas veces, el que nos aconsejó cuando nos encontrábamos en una situación difícil y no sabíamos por donde tirar, el que enterró a nuestros seres queridos… A muchos no les hemos visto más que una vez en la vida, a otros los hemos frecuentado en la parroquia, en grupos, movimientos, etc… Pero todos han dejado una huella en nosotros, aunque sea solamente la huella del ex opere operato sacramental -importantísima- de modo que si somos lo que somos hoy es en parte gracias a ellos.
Al ser yo sacerdote he conocido a muchos, de los cuales la mayoría me han edificado y me han hecho amar el sacerdocio, y no lo digo por subjetividad corporativa. No habría ido al seminario si no hubiese encontrado buenos sacerdotes en mi juventud, y allí no habría perseverado sin el ejemplo y apoyo de los que se dedicaban a la formación de los seminaristas. La vida me ha hecho vivir en varios lugares y conocer muchos más lugares, y donde he ido he encontrado sacerdotes buenos, alegres, sonrientes, felices. Algún cascarrabias también, pero han sido los menos. En mi diócesis me rodean curas mucho mejores que yo, la mayoría jóvenes ejemplares, llenos de celo apostólico, humildes, buenos pastores de las almas, que han renunciado un posible futuro brillante por amor. No es Alicia en el país de las maravillas, pero yo personalmente le doy cada día gracias a Dios por los curas que Él ha puesto a mi alrededor
Además de estos que hemos conocido, están esa inmensa multitud de sacerdotes que nunca conoceremos, esparcidos por todo el mundo, en la montaña y en el llano, en la selva, en medio del desierto, algunos con tantos feligreses que no dan abasto y otros prácticamente sin feligreses porqué están rodeados de indiferentismo o intolerancia. Desde Alaska hasta la Patagonia, desde aldeas de la lejana China hasta la fría Siberia o las islas de Indonesia o las tribus africanas, los sacerdotes han llegado hasta los confines del mundo para anunciar la Buena Nueva y allí han fundado comunidades, que con el tiempo han crecido y dado más sacerdotes, etc. Así empezó la Iglesia hace 21 siglos y la cosa continúa, y continuará…
Algunos más brillantes, otros más modestos, los que predican bien y los que se enrollan, los que lideran a las masas y los que se encuentran más a gusto en el despacho, cada uno con su carácter, sus talentos, sus defectos. De estos sacerdotes, -incontables, si pensamos en el paso de los siglos- no hablan casi nunca los periódicos, pues el bien que hacen no es noticia, no vende; y ni siquiera hablan de ellos los libros de historia eclesiástica, ocupados con las grandes figuras, que ha habido muchas. Pero, ¿Qué sería de la Iglesia y del mundo sin tantos curas buenos?


Alberto Royo Mejía, sacerdote.

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