miércoles, 22 de octubre de 2014

S. JUAN PABLO II

«Es el Señor quien hace los milagros», respondía el Papa
Después de cuarenta años como secretario inseparable de Karol Wojtyla, el cardenal Stanislaw Dziwisz, hoy arzobispo de Cracovia, confiesa que todavía tiene cosas por descubrir de Juan Pablo II. 

El cardenal Dziwisz,
durante su testimonio en el Circo Máximo
¿Cómo conoció a Juan Pablo II?
Le conocí cuando era mi profesor en el Seminario y, como obispo auxiliar de Cracovia, me ordenó sacerdote. Nunca habría imaginado todo lo que vino después. Sólo me dijo: «Venga para ayudarme». «¿Cuándo?», le pregunté, sin esperarme esta petición suya. «Hoy mismo», respondió. «Iré mañana», le repliqué. Comenzó así mi servicio junto a Karol Wojtyla, sin más palabras, sin acuerdos específicos.
¿Como describiría su personalidad?
El Papa era muy gentil, pero firme: dirigía las situaciones hasta el último día de su vida. Con delicadeza, pero con firmeza. No reaccionaba de manera emotiva: era su gran fuerza. Durante el Viaje al Chile de Pinochet, por ejemplo, cuando la Misa estuvo a punto de ser interrumpida, a causa de desórdenes e intervino la policía del dictador con gases lacrimógenos, el Papa fue el único que se quedó en el palco, no se movió.
No se unía a ningún poder civil. El régimen soviético tenía miedo de él, no sabía cómo anunciar su elección al papado, porque liberaba a la gente del miedo: No tengáis miedo, es el eslogan de su pontificado. Era un hombre de gran personalidad: no dejaba las cosas sin resolver. Las polémicas de estos días sobre un presunto silencio sobre el padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, que después fue condenado por Benedicto XVI, proceden de ambientes hostiles. Él no condenaba a las personas sin juicio, pero era muy firme.

Miles de fieles polacos celebran en Wadowice
la beatificación de Juan Pablo II
Hemos sabido por Joaquín Navarro-Valls que el Papa conservaba en pequeñas fichas, en su reclinatorio, intenciones de oración que procedían de todo el mundo. ¿Cómo era?
El Santo Padre las tomaba una tras otra, durante su oración, y las presentaba al Señor. Él nos había enseñado a transcribirlas, a partir de las cartas que le llegaban, para recogerlas todas juntas: hemos aprendido de él a respetar cada petición y a no descuidar ninguna. Hoy seguimos haciendo lo mismo en la Curia de Cracovia: las transcribimos y las proclamamos en la oración de los fieles, pidiendo al Santo Padre que interceda ante Dios.
Concretamente, usted, ¿cómo piensa mantener la herencia que ha dejado Juan Pablo II?
Estamos creando un centro en Cracovia, que tendrá como lema una de las frases más importantes del pontificado:¡No tengáis miedo!, las palabras que pronunció al inicio de su ministerio papal. Oficialmente, el proyecto se inauguró el 2 de enero de 2006. Queremos promover la espiritualidad del Santo Padre y su mensaje con cursos de espiritualidad, de formación en el estudio de sus obras y de todos sus discursos. En el centro se podrá visitar un museo dedicado a la vida y a la actividad del Papa, y una casa destinada a encuentros con los jóvenes, además de una institución para el voluntariado. Acogerá también una casa para peregrinos que vengan a Cracovia a seguir las huellas de Juan Pablo II. En la cripta, bajo la iglesia del centro, se conservarán algunas reliquias del Beato. En particular, la sotana que llevaba el día del atentado, el 13 de mayo de 1981, con los agujeros de las balas y las manchas de sangre. Se podrá ver también una ampolla con la sangre de Juan Pablo II, tomada por los médicos para los tests clínicos en el último día de vida. Fue Navarro-Valls quien me sugirió que pidiera a los médicos algo de sangre del Papa. Yo lo hice y los médicos me dejaron una ampolla con su sangre, que todavía está líquida, pues creo que mezclaron una sustancia química para que se preservara con el pasar del tiempo.

Jesús Colina
. Según los rumores, Juan Pablo II hizo milagros en vida. ¿Es verdad?
En Polonia, muchos llaman a Juan Pablo II cudotwórca, que se puede traducir como el que hace milagros, pues atribuyen al Santo Padre una fuerza particular de intercesión. El Papa lo sabía, pero nunca quería hablar de ello. A quien le daba las gracias por haberle curado, el Santo Padre le respondía: «Es el Señor quien hace los milagros, no el hombre». Hemos recogido y seguimos recogiendo testimonios en este sentido, y contamos con amplia documentación. Pero yo sigo diciendo lo que decía Juan Pablo II: los milagros son obra de Dios y tienen lugar gracias a la fe de las personas que piden la gracia.
Tenemos, por ejemplo, el testimonio de una mujer enferma de cáncer en el cerebro que pidió al Santo Padre que rezara por ella. Él le impuso las manos pidiéndole que implorara a la Divina Misericordia, de quien Wojtyla era muy devoto. Poco después, la mujer volvió para decir que había sido curada.
¿Qué ve hoy en Juan Pablo II?
Siempre está presente en mi oración, y estoy convencido de que está a mi lado y me ayuda. Me doy cuenta de la necesidad que tengo de redescubrirle. Descubrirle y, quizá, quererle todavía más. Era un hombre de una gran riqueza espiritual, que la gente intuía en su interior. Hoy tengo que descubrir de nuevo esta profundidad espiritual e intelectual. Le quería como si fuera mi padre, y ahora le quiero, además, como el Bienaventurado que ya es.
Publicado en Alfa y Omega

martes, 21 de octubre de 2014

DESDE EL SENO MATERNO...TE ELEGÍ

Desde el vientre materno el Señor Dios creador nos ha mirado así. Maravillosa reflexión para hoy:



lunes, 20 de octubre de 2014

SIETE COSAS QUE NO SABES DEL BEATO PABLO VI

Ayer fué beatificado el Papa Pablo VI.
Este vídeo nos muestra siete cosas de su vida que probablemente desconozcas.
Beato Pablo VI, ruega por nosotros.


miércoles, 15 de octubre de 2014

AÑO JUBILAR TERESIANO

Hoy celebramos a esta gran santa española: Santa Teresa de Jesús.
Con motivo del quinto centenario de su nacimiento, la Santa Sede ha declarado un año jubilar.
Oramos por los frutos de este año de gracia, y por toda la orden carmelitana, en especial por nuestras
 paisanas Tere y M. Paz, que sigue las huellas de su santa fundadora en el Monasterio de La Encarnación, en Avila y en el de S. José en Talavera de la Reina, respectivamente.


martes, 14 de octubre de 2014

SÍNODO: NO OLVIDEMOS A LOS HIJOS DEL DIVORCIO

¡Ya era hora! Cuando desde hace meses la atención se focaliza en el sufrimiento de los divorciados vueltos a casar que no pueden comulgar, entró en la sala del sínodo el de los “hijos del divorcio”, que parecía haber sido borrado del debate.
 
Repetidamente, destacó el portavoz vaticano Federico Lombardi en el briefing a la prensa el miércoles 10 de octubre, los padres ponentes han hablado de los numerosos “niños ping pong”: sus padres se los reenvían el uno al otro como una pelota y hablan con amargura del “novio de mi madre” o de “la amiguita de mi padre”.
 
Presente con su marido en el briefing con los periodistas –ambos son auditores en el sínodo-, Alice Heinzen (Estados Unidos, planificación familiar natural) habló de los comentarios de un joven con el que ella se encontró: “Mi padre tiene una amiga, mi madre un amigo, paso una semana con uno, una semana con el otro, es triste”.
 
Los hijos del divorcio, todavía mas pobres que sus padres
 
Al margen de los trabajos del sínodo, el cardenal Christoph Schönborn, que forma padre de los padres sinodales, habló de este tema a la cadena televisiva Sel et Lumière.
 
A título personal, dijo sin rodeos: “Me escandaliza que en el discurso eclesial se hable siempre de la cuestión de la misericordia para los divorciados que se han vuelto a casar… ¡pero primero la misericordia para los niños!”.
 
“No olvidemos a los que son todavía más pobres que los divorciados que se han vuelto a casar: sus hijos, que han sufrido el divorcio de sus padres”, insistió.
 
Como prueba de este sufrimiento, no dudó en ofrecer su testimonio personal: “Un día en un colegio, un joven me preguntó: ¿cuál ha sido el momento más difícil de su vida? Espontáneamente –se me escapó-, le respondí: La noche en que me enteré que mis padres se iban a divorciar”.
 
Y prosiguió: “Siempre les digo a los padres: ¿Acaso no habéis hecho cargar sobre las espaldas de vuestros hijos el peso de vuestro conflicto? ¿No les habéis tomado como rehenes?”.
 
El sufrimiento de toda una red familiar
 
El arzobispo de Viena también mencionó el sufrimiento de esos “viudos y viudas del divorcio” que son las parejas abandonadas que se han quedado solas porque no han podido -o querido, por convicción- rehacer su vida. “El Instrumentum laboris sólo les dedica una pequeña nota…”, lamentó.
 
Por otra parte recordó que cuando hay un divorcio en una familia, sufre toda la red familiar: padres, hermanos y hermanas, tíos,… y a menudo de manera dramática.
 
Hay que tener en cuenta este sufrimiento en la pastoral, parecen haber destacado los ponentes: debe haber una pastoral de niños de padres divorciados.

Fuente: aleteia

domingo, 12 de octubre de 2014

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio
En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisara a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda.
Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: La boda está preparada, pero los invitados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.
Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta, y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta? El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos».
Mateo 22, 1-14
Hoy Dios anuncia que ha preparado una gran fiesta en el Cielo, una boda, por más señas. 
Como no podemos imaginar ni el Cielo ni la alegría del Cielo, Dios lo pinta así 
un festín de manjares suculentos,
un festín de vinos de solera;
manjares enjundiosos, vinos generosos.
¿Quién está invitado a esta fiesta? Todos estamos invitados. ¿Todos? Sí, todos. También los grandes pecadores de la ETA y del EI y del Partido Animalista y de la Santa Iglesia Católica. Quien esto escribe es un gran pecador de la Santa Iglesia Católica y no desespera de su propia salvación porque ha sido invitado a la fiesta del Cielo -como todos-.
¿Qué debemos hacer para asistir a esa fiesta? En primer lugar debemos responder a esa invitación con agradecimiento. Así, por ejemplo: Gratias Tibi, Deus. Gratias Tibi. En segundo lugar debemos conservar nuestro traje de fiesta -el que se nos dio en el Bautismo- sin mancha hasta la Vida Eterna. Y en tercer lugar -llenos de agradecimiento y vestidos de fiesta- debemos ponernos en camino hacia el Cielo siguiendo los pasos de Jesús y diciendo a todos los que encontremos por el camino que también ellos han sido invitados.
Lo primero es responder a la invitación con una acción de gracias incesante. San Pablo decía lleno de alegría: A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Nosotros también estamos llamados a glorificar a  Dios que nos ha honrado tanto. Y a todas horas decimos: Gracias a Dios, Bendito sea Dios. 
Lo segundo es conservar sin mancha el traje bautismal. En el Cielo no podemos entrar vestidos de soberbia, de avaricia, de lujuria, de ira, de gula, de envidia y de pereza. En el bautismo se nos dio una vestidura de caridad; de amor a Dios y al prójimo. Se nos dio una vestidura adornada con la fe, la esperanza y todas las joyas que han brillado en los santos. Y no se nos entregó para que la guardásemos en el armario sino para que la vistiésemos todos los días de nuestra vida. Nunca se nos queda pequeña porque crece con nosotros y no se desgasta por el uso, al contrario, brilla más y más cuanto más nos acercamos al Cielo.
Lo tercero es ponerse en camino siguiendo las huellas de Cristo.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mi,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. 
Un Apóstol de Cristo -como San Pablo- es así. Es alguien que corre hacia Cielo revestido de caridad y que, aunque encuentre muchas dificultades, ni teme ni se cansa porque -con razón- dice: Todo lo puedo en Aquel que me conforta.
A veces el Apóstol se encuentra con personas de paz que le abren las puertas de su casa y lo invitan a su mesa. Él da las gracias -está acostumbrado a dar las gracias- y come y bebe de lo que le ponen pero no se queda allí mucho tiempo. A esa gente de paz el Apóstol la bendice con la Paz y le anuncia la Gran Fiesta del Cielo a la que todos estamos invitados. Luego sigue su camino tras los pasos de Cristo.
Otras veces -siguiendo los pasos de Cristo- el Apóstol se encuentra con personas que no quieren saber nada de fiestas en el Cielo porque solamente piensan en su trabajo, en su dinero, en sus diversiones o en sus juguetitos. Él ni se enfada ni se desanima. Les anuncia que también ellos están invitados a la fiesta del Cielo y sigue su camino recordando que también él, en otro tiempo, anduvo enganchado a la playstation sin saber nada del Cielo.
Otras veces el Apóstol -siguiendo los pasos de Cristo- se encuentra con gente violenta que se burla de él, lo maltrata, lo apedrea -como hicieron con San Pablo y siguen haciendo con tantos hermanos nuestros- o lo matan como a Jesús. Y es entonces cuando más brilla su vestidura bautismal porque -sabiendo que Dios enjugará todas las lágrimas- responde con bendiciones a los ultrajes, perdona a todos, bendice a Dios y -sin saber cómo- después de tantas lágrimas y de tantas cosas buenas se halla en un banquete de bodas muy alegre y descubre que la novia es hermosísima y que todos la llaman María. Y piensa que, solo por eso, todo ha valido la pena, aunque la cosa no ha hecho más que empezar porque el Novio entrará en la sala del banquete con el Rey y dará gusto ver con qué cariño se pone a servir a todos, para siempre.
D. Javier Vicens Hualde
Párroco de S. Miguel de Salinas (Alicante)

jueves, 9 de octubre de 2014

EL ABUELO...

Y ahora, nos tenemos que ir todos a McDonalds, a festejar lo del abuelo» le dice Inés -de 7 años- a su boquiabierta madre. Lo del abuelo que, con aplastante lógica infantil, quiere festejar la niña, es que se fue al cielo arrullado por la Salve Marinera, cantada por su mujer y sus hijos, mientras le cogían de la mano: así moría, el pasado 1 de octubre, don Ramón Diez de Rivera y de Hoces, padre de Carla, fiel colaboradora de Alfa y Omega

El abuelo Ramón, saliendo de Misa, con sus nietos,
en Salamanca
La Virgen se lo llevó en volandas en el Amén: fidelidad por fidelidad. Ella había estado a su cabecera, él siempre a su lado. Seguimos cantándole el Himno de la Almudena, según el ritual de oración de las noches de verano que él mismo había instaurado congregando feliz a hijos y nietos.
Lo del abuelo era un amor tierno, de niño, confiado e infinito a la Virgen: nos había enseñado a quererla desde pequeños.
«Es el cumple de la Virgen, felicítala», nos recordaba cada 8 de septiembre; antes de que le operaran en Oviedo, nos hacía subir a Covadonga, hiciera el tiempo que hiciera; «Vamos al santuario de... que está de camino» (siempre pillaba alguno de camino); cada Avemaría del Rosario ofrecido por una persona...
Lo del abuelo era escaparse, hace tres años, de las urgencias de un hospital en Salamanca, ante la impotencia de todos, que pensábamos que se nos moría, «porque tenía una cita muy importante con su mujer, sus hijos y sus nietos». Eran sus Bodas de Oro matrimoniales, y las había preparado con ilusión. Quería dar gracias a Dios por el gran regalo que había sido su mujer, por tantos años de fidelidad, tanto por los momentos duros como por los felices; por la familia que habían construido juntos, por cada uno, tal y como éramos; y quería hacerlo en una Misa de acción de gracias familiar. Nuestra madre tuvo claro que había que hacerlo como él quería y que llegaría vivo, como así fue gracias a la oración de tantos.
Lo del abuelo era, hace un par de años, invitar a cada uno de sus nietos para que le acompañaran mientras le daban la Unción de Enfermos y festejarlo después con chocolate con churros. «Fernando, ¿has ido alguna vez a la Unción de alguien? Te invito a la mía», llamaba explicándoles en qué consistía y por qué se daba. Lo del abuelo era pedirle al capellán del hospital, el día anterior a su muerte, que le volviera a dar la Unción rodeado de todos los suyos.
Lo del abuelo era llamar, con voz cantarina, a cada cuál, unas veces para felicitar: «¿De quién es el cumple?; ¿de quieeeén?», y otras con algún mensaje aparentemente tonto que venía a decir: «Soy papá, sé que te pasa algo; aquí estoy». Era hacer que cada nieto se sintiera único al hablarles de sus cositas, al acompañarle a Misa en su veloz silla de ruedas eléctrica... Antonio pedía, desde Pamplona, que le dijéramos que se alegraba de ser su nieto mayor, «pues, cuando entro en casa, siempre escucho: Mi nieto mayor, ¿dónde estaaaá?»; y María rogaba desde Francia: «Dile al abuelo, al oído, que le quiero un montón». Se fue con los besos de todos y una carta secreta de Conchita -10 años-; Javier y Jaime lloraban y reían a la vez...
Lo del abuelo era pedirnos, 48 horas antes de la beatificación de don Álvaro del Portillo, que le lleváramos. Un Es que tengo la intuición que tengo que ir nos hizo movilizarnos, y allí estuvo, con mi madre, disfrutándola y viviéndola como un regalo del cielo. Os deseo la misma paz que ahora me acoge. Os bendigo a todos, vuestro agradecido padre, terminaba el mensaje que nos envió esa misma tarde al whatsapp familiar que él había creado. Al día siguiente, nos dijo, por ese mismo canal, que al comulgar pedía: «Señor, ven a mi corazón y vive en él toda la eternidad». Y eso fuimos pidiendo el 1 de octubre, día de Santa Teresita del Niño Jesús, su dies natalis.
Gracias por su vida
Lo suyo era un corazón muy grande, y festejar, festejarlo todo. Así que vamos a festejar la vida, la enfermedad y la muerte de nuestro padre y abuelo. Vamos a festejarlo con una amplia y luminosa sonrisa, dando gracias a Dios por su vida, por su amor incondicional, por esa enfermedad de 15 años que nos permitió conocerle y hacer un camino espiritual junto a él, por la fortaleza y la fidelidad de nuestra madre, por su dulce muerte. Es una sonrisa húmeda por las mansas lágrimas que brotan de las entrañas, del corazón que sufre en paz. La ausencia duele con un dolor sereno, sordo y profundo que seda el abrazo de los amigos que nos sostienen con su oración. Tengo claro que lo del abuelo ahora es ejercer en plenitud su paternidad, ocupándose de cada uno: «Soy papá -soy el abuelo-, no te preocupes, ya sé lo que te pasa, pero pídemelo porque me gusta saber que me necesitas. Acuérdate que la Virgen te lleva de la mano».
¡Salve!, Estrella de los mares, Madre del Divino Amor...
Carla Diez de Rivera en Alfa y Omega