lunes, 22 de diciembre de 2014

¿QUÉ SENTIRÍA MARÍA CAMINO DE BELÉN?

«Amadísimos hermanos y hermanas:

Faltan ya pocos días para la celebración de la Navidad del Señor y queremos vivirlos siguiendo las huellas de María y haciendo nuestros en la medida de lo posible los sentimientos que ella experimentó en la trémula espera del nacimiento de Jesús.

El evangelista Lucas narra que la Virgen santa y su esposo José se dirigieron de Galilea a Judea para ir a Belén, la ciudad de David, obedeciendo un decreto del emperador romano que ordenaba un censo general del Imperio.

Pero, ¿quién podía reparar en ellos? Pertenecían a la innumerable legión de pobres, a quienes la vida a duras penas regala un rincón para vivir, y que no dejan rastro en las crónicas. De hecho no encontraron acomodo en ningún sitio, a pesar de que llevaban el “secreto” del mundo.

Podemos intuir cuáles eran los sentimientos de María, totalmente abandonada en las manos del Señor. Ella es la mujer creyente: en la profundidad de su obediencia interior madura la plenitud de los tiempos (cf Ga 4, 4).

    Por estar enraizada en la fe, la Madre del Verbo hecho hombre encarna la gran esperanza del mundo. En ella confluye tanto la espera mesiánica de Israel como el anhelo de salvación de la humanidad entera. En su espíritu resuena el grito de dolor de los que, en toda época de la historia, se sienten abrumados por las dificultades de la vida: los hambrientos y los necesitados, los enfermos y las víctimas del odio y la guerra, los que no tienen hogar ni trabajo y los que viven solos y marginados, los que se sienten aplastados por la violencia y la injusticia o rechazados por la desconfianza y la indiferencia, los desanimados y los defraudados.

Para los hombres de toda raza y cultura, sedientos de amor, de fraternidad y de paz, María se prepara a dar a luz el fruto divino de su vientre. Por más oscuro que pueda parecer el horizonte, hay un alba que despunta. La humanidad, como recuerda san Pablo, gime y “sufre dolores de parto” (Rm 8, 22): en el nacimiento del Hijo de Dios todo renace, todo está llamado a vida nueva.

Queridos hermanos y hermanas preparémonos para la Navidad con la fe y la esperanza de María. Dejemos que el mismo amor que vibra en su adhesión al plan divino toque nuestro corazón. La Navidad es tiempo de renovación y fraternidad: miremos a nuestro alrededor, miremos a lo lejos. El hombre que sufre, dondequiera que se encuentre, nos atañe. Allí se encuentra el belén al que debemos dirigirnos, con solidaridad activa, para encontrar de verdad al Redentor que nace en el mundo. Caminemos, por consiguiente, hacia la Noche Santa con María, la Madre del Amor. Con ella esperemos el cumplimiento del misterio de la salvación».

S. Juan Pablo II

Artículo originalmente publicado por Revista Ecclesia

domingo, 21 de diciembre de 2014

DOMINGO IV DE ADVIENTO


Nuestra Parroquia está hoy de enhorabuena porque Daniel Rodríguez va a ser ordenado  Diácono.
Unámonos en oración para que él acoja con confianza en Dios, este regalo que recibe.
Dani: ¡¡enhorabuena!! Te ponemos bajo la intercesión de Santa María Virgen.

Evangelio
A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando a su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres».
Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra: por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llaman estéril, porque para Dios nada hay imposible».
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».
Lucas 1, 26-38




El 25 de marzo celebramos la Anunciación. Hoy, nueve meses después y muy cerca de la Navidad, volvemos a considerar esa escena del Evangelio que nos revela el misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora (…) por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe.
El ángel Gabriel es enviado por Dios a Nazaret, -una ciudad es decir mucho-  de Galilea, a una virgen desposada con José -de la Casa de David-. Solamente los que no han venido a la catequesis pueden ignorar que la virgen se llama María.
La embajada de Gabriel tiene dos partes.
En primer lugar el ángel saluda a la Virgen y le dice:
Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
La Virgen María conoce las promesas que Dios le había hecho al rey David:
Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.
Esto no es nuevo para Ella. Todos los israelitas conocen la profecía de Natán y esperan al hijo de David, al Mesías, al Salvador. Pero ¿cuándo vendrá? Y ¿cómo vendrá?
La primera parte de la embajada de Gabriel revela el cuándo. Ahora. Eso puede entenderlo la Virgen María. Puede entender que Gabriel le está diciendo que las promesas se cumplirán en Ella, que ha llegado el momento. Y no es raro que sienta desconcertada. Dios sorprende tanto a los esperan cualquier cosa de Él como a los que no esperan nada de Él.
Sorprendida la Virgen por el “ahora y en ti se cumplirán las promesas” solo acierta a preguntar: ¿cómo?
¿Cómo será eso, pues no conozco varón?
María está desposada con José. Están prometidos. Son novios o algo así. Cabe pensar que se adoran o, por menos, que se quieren muchísimo y muy bien pero no son esposos y -por tanto- no viven juntos. ¿cómo concebirá la Virgen al Salvador?
La segunda parte de la embajada de Gabriel revela el “cómo será”. No será José quien engendre al Salvador. Será concebido por obra del Espíritu Santo:
El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Esto no puede entenderlo ni la Virgen María ni el premio Nobel de Biología. A Ella le basta con saber que para Dios eso es posible y solo acierta a decir:
Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.
Y, como dijo San Josemaría al encanto de estas palabras virginales el Verbo se hizo carne.  Uno debería arrodillarse en este punto. A esa obediencia de la fe están llamadas todas las naciones.
Nuestros viejos catecismos lo explicaban así: Como la luz atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo, el Espíritu Santo formó en las purísimas entrañas de la Virgen un Cuerpo perfectísimo y creó un Alma nobilísima que unió a ese Cuerpo y, en ese instante, a ese Cuerpo y Alma se unió la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo eterno de Dios que, sin dejar de ser Dios, empezó a ser Hombre para pasmo y alegría de los sabios venidos de Oriente y de los simplicísimos pastores de Belén.
Conviene no olvidar este pasaje del Evangelio al celebrar la Navidad. No habría mucho que celebrar si todo consistiera en que una mujer dio a luz a un niño hace dos mil años. Quizá sería mejor olvidarlo todo teniendo en cuenta que ese niño fue crucificado unos treinta años después.
Pero conviene no olvidarlo y celebrarlo con alegría porque fue una Virgen llena de gracia la que concibió y dio a luz al Hijo de Dios y la que nos enseñó a rezar diciendo: Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del Ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.

jueves, 18 de diciembre de 2014

DIOS CON NOSOTROS

Hoy celebramos la fiesta de Nuestra Señora de la Expectación del Parto, o Virgen de la Esperanza o de la O.
La liturgia nos va preparando al inminente nacimiento del Hijo de Dios. Os proponemos esta reflexión sobre las lecturas del día:


La verdad es que Dios siempre hace maravillas. Las hace por Amor y mueve los hilos de la historia sorprendentemente. En que situación pone a María y a José, dos buenas personas que se amaban y caminaban en un proyecto de amor en familia para toda la vida. Pero, no son cualquiera. La maravilla que hace Dios es prepararles, de distinta forma, para el proyecto universal de salvación de la humanidad ¿Pudo imaginar alguna vez esto María? José no lo esperaba y ante la situación que, humanamente era fácil de mal interpretar, la amaba tanto y era tan santo, que “decidió repudiarla en secreto”. Pero el ángel le mostró la maravilla que había hecho Dios.
Nosotros hemos podido dejar de esperar que Dios haga maravillas en nuestra vida. Y, en ocasiones, podemos sentir o creer que Dios tiene demasiado que hacer para preocuparse por hacer maravillas en nosotros; le podemos sentir lejano, indiferente. Pero no es así. Vive el Señor y vive con nosotros. Esta tan cercano que se ha hecho uno de nosotros en una Virgen, en una humana, en María. Y se llama Dios-con-nosotros. Debemos recordarlo y repetirlo lo que sea necesario para no ignorarlo y perdernos su presencia. “José, hijo de David, no tengas reparo”, mira con los ojos de la fe y te darás cuenta de la maravilla que Dios ha hecho, de lo especial y única que es María, porque Dios la ha llenado de gracia, y vuestro proyecto compartido de vida, otra maravilla de Dios, ha querido que sea para la salvación del mundo por obra del Espíritu Santo. Qué maravilloso seguro que fue vivir esto para ellos, a pesar de las dificultades y dudas que les asaltaron.
Pero ya lo dice Jeremías en la profecía de la primera lectura,”lo llamarán con este nombre: El Señor-nuetra-justicia”, y lo dice el salmo 71,”Bendito sea el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas”, en el mundo, en la historia, en ti, en mi… Nos preparamos para contemplar de nuevo el culmen de todas sus maravillas, lo que da sentido a nuestra fe, a nuestra existencia, su Encarnación en una Virgen y la fidelidad a Dios de ella y de un hombre enamorado de su mujer, que llevan a cabo su vocación, su misión divina, cumpliendo la voluntad de Dios para ser buenos instrumentos en su plan salvífico. Nos vamos acercando a Quien es la luz del mundo, la luz que poco a poco al acercarnos, al profundizar y madurar en nuestra experiencia de fe, va iluminando nuestras vidas y vamos viendo las maravillas que el Señor ha hecho y hace, también en nosotros, en nuestro entorno. Lo veo cada vez más en mi parroquia, en las personas que caminamos juntos, en las que nos encontramos y en las que se van acercando. Él está.



miércoles, 17 de diciembre de 2014

3 PASOS PARA CELEBRAR BIEN LA NAVIDAD

A la verdadera alegría de Navidad no le basta una "buena comilona", que también es algo bueno, ni el consumismo es la mejor manera de preparar la fiesta, de forma que llegamos con ansia al 24 de diciembre diciendo "me falta esto, me falta aquello. Esta no es la verdadera alegría cristiana".

Pocos días antes de Navidad, el Papa Francisco, en su octava visita a una parroquia romana, lanzaba su llamamiento por una fiesta que tenga más que ver con la alegría cristiana que con la carrera por los regalos.
 
Tres son los pasos para prepararse de forma digna a la Navidad, dice Bergoglio: "recemos en estos días, demos gracias a Dios y después pensemos '¿Dónde puedo ir a llevar alivio al que sufre?'. Ayudar a los demás. Así llegaremos ungidos al Nacimiento de Cristo, el Ungido".

Hay que dar gracias por todas las cosas buenas que la vida nos da y no hacer como "sor Lamentos", sonríe el papa recordando el mote que le dieron las hermanas a una religiosa que él conocía, una de esas personas que "no saben dar gracias a Dios" y "encuentran siempre algo de que lamentarse". El cristiano no puede vivir así, con "la cara amargada, inquieta. Nunca un santo o una santa han tenido cara fúnebre".
sources: ALETEIA

lunes, 15 de diciembre de 2014

ACEPTARME Y ACEPTAR

Todos los años, cuando ya vislumbramos la llegada del Señor, la Iglesia se alegra en el domingo de la alegría. Es el día para que alcemos la mirada al cielo y demos gracias por la vida recibida. «Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión».
 
Todos queremos estar siempre alegres. Muchas veces no lo logramos. Como explica Sonja Lyubomirsky de la Universidad de California: «El 40% de nuestra capacidad para ser felices se encuentra en nuestro poder de cambio».
 
Sí, la capacidad de cambiar, de adaptarse a las circunstancias distintas, de sobreponernos a las dificultades, de saber interpretar la vida de la manera correcta, de saber cambiar hábitos que nos endurecen y entristecen, de eliminar la costumbre de ver sólo lo malo a nuestro alrededor. Esa capacidad para sufrir las pérdidas y seguir luchando, confiando, esperando.
 
Comentaba Tamara Star, «la gente feliz va dando pasos todos los días para lograr sus objetivos, pero se dan cuenta de que al final,pocas cosas se pueden controlar en lo que nos depara la vida. La gente feliz experimenta miedo y preocupación.
 
La gente feliz vive en el ahora y sueña con el futuro. Puedes sentir sus vibraciones positivas. Se emocionan cuando algo sale bien,agradecen lo que tienen y sueñan con lo que les pueda deparar la vida. 
 
Todos nadamos en las aguas de la negatividad de vez en cuando, pero lo importante es el tiempo que nos quedemos en ellas y lo rápido que intentemos salir de ahí. No consiste en hacer todo a la perfección: son los hábitos positivos de la vida diaria lo que diferencia a las personas felices de las infelices».
 
Hábitos positivos. Capacidad para cambiar y adaptarnos.Capacidad para salir de la negatividad, de las quejas y críticas. Es verdad que gran parte de la posibilidad de ser felices se encuentra en nuestro interior. Pero no basta. No podemos controlarlo todo.
 
El miedo a perder, a fracasar, puede quitarnos la paz del alma y hacernos infelices. Es verdad que podemos cambiar las actitudes y eso es fundamental para madurar, para tener más inteligencia emocional, para empatizar y saber profundizar nuestros vínculos y lograr que sean sanos. Todo eso es clave.
 
Es lo que el Padre José Kentenich llamaba autoeducación. Que no tiene necesariamente que ver con fuerza de voluntad, aunque la voluntad sea una parte importante de nuestra vida. La autoeducación presupone dos actitudes: conocer nuestro interior y aceptarnos en nuestra realidad.
 
Saber quiénes somos y lo que podemos ser. Sobre eso se puede construirMejor dicho, sobre esa base Dios puede hacer su obra de arte. 
 
Pero el Padre siempre nos invita a poner la autoeducación en manos de María. Bajo su protección podemos crecer. En sus manos nos dejamos hacer. Sólo así, por su gracia, podremos un día aprender a abandonarnos en las manos de Dios.
 
Decía el Padre Kentenich: «Mi camino de vida será el más feliz para mí aun cuando mis inclinaciones naturales se orienten hacia otra dirección; ese camino será pues el más feliz para mí precisamente porque Dios está detrás de él y la obediencia me garantiza su presencia»[1].
 
Seguir su camino, obedecer sus insinuaciones, hacer míos sus pasos, todo eso me conduce a la felicidad. Los caminos inconclusos, las rutas nunca recorridas, las posibilidades perdidas, lo que nunca ocurrió, lo que no fue, es ya pasado. Ese no fue mi camino más feliz.
 
Ahora sólo puedo agradecerle a Dios que el camino que tengo es el mejor, mi mejor Belén en el que nace Dios. Aquí, en mi realidad, donde vivo, en mi pobreza. Aquí, con mis límites, con mi amor torpe.
 
¡Cuánto nos cuesta a veces alegrarnos con nuestra vida tal y como es! Es difícil, pero es el único caminoSólo viviendo en Él, obedeciendo sus pasos, descubriendo en sus huellas su presencia, seré feliz, llevaré una vida plena.
 
[1] J. Kentenich, Niños ante Dios
P. Carlos Padilla

domingo, 14 de diciembre de 2014

III DOMINGO DE ADVIENTO

EVANGELIO
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?» Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías». Le preguntaron: «Entonces, ¿qué? ¿Eres tú Elías?» Él dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?» Respondió: «No». Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»
Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor» (como dijo el profeta Isaías).
Entre los enviados, había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.
Jn 1, 6-8.19-28


Un testigo es más que un maestro. Un buen maestro enseña. Un buen testigo convence.
Hoy son muchos los que están dispuestos a la transmisión de conocimientos -como se dice-. En cambio, no son tantos los que se muestran capaces de ofrecer razones convincentes para la vida y la esperanza. Sufrimos hartazgo de discursos llenos de palabras bonitas, que se quedan en eso, porque carecen del respaldo de la coherencia y de la credibilidad. ¡Cuánto oímos hablar de solidaridad, de respeto y de libertad! ¡Incluso, a veces, de compromiso cristiano y de amor a la Iglesia! Pero ¡cuántas veces resulta que, en realidad, esas palabras sagradas sirven de coartada precisamente para lo contrario!
¿Por qué será? No creo que se trate simplemente de mala voluntad generalizada, o de deseo permanente de engañar y de engañarse. Todos somos frágiles y pecadores. Pero a todos nos gusta la verdad y la coherencia. Entonces, ¿qué nos pasa?
Juan el Bautista es testigo por excelencia. Naturalmente, el Testigo de los testigos es Jesucristo. Su vida, muerte y resurrección no son más que un conmovedor testimonio definitivo del verdadero poder de Dios. Pero el Bautista, con el dedo extendido señalando a Cristo, es prototipo de la figura humana del testigo. Por eso, la Iglesia nos lo presenta reiteradamente en el camino del Adviento. No sólo porque, con su palabra recia y su gesto fuerte, nos señala al Señor que viene. También, porque de él podemos aprender algo de lo que significa el verdadero testimonio, el que convence y nos convence.
Juan no habla de sí mismo, no se pone de ejemplo. Podría haberlo hecho. Sus interlocutores, fascinados por su luminosa coherencia, le preguntaban quién era. Pero él no se refiere a sí mismo, no es autorreferencial. Él se define por referencia a Otro, a quien es la Luz. No cede a la ilusión de creer que la luz provenga de sí mismo. Sabe que el que viene detrás, en realidad, va por delante, porque Ese que viene es la Luz de la que irradia toda luz. San Juan es un potente foco de luz. Todo ser humano lleva en su alma algo o mucho de luz. Pero es luz recibida. Cuando lo olvidamos y nos consideramos a nosotros mismos como el origen, empezamos a vivir en la falsedad y el engaño.
El Adviento es un buen tiempo para llenarnos de luz. La Navidad, que se acerca, es la fiesta de la Luz en medio de las tinieblas de las largas noches del invierno. Todos estamos llamados a ser testigos de la Luz. Pero no podrá ser, si no dejamos que la Luz nos ilumine. El mundo necesita nuestro testimonio. Nosotros, por supuesto, también. No podemos seguir viviendo de meras palabras.
+ Juan Antonio Martínez Camino
obispo auxiliar de Madrid


jueves, 11 de diciembre de 2014

RORATE CAELI

Estamos en Adviento, el tiempo litúrgico en que nos preparamos para la venida del Salvador. La liturgia de la Iglesia ofrece una vasta gama de recursos para ayudarnos en esa preparación, incluyendo, entre ellos, el precioso tesoro del canto gregoriano.
 
El "Rorate Caeli" está considerado una de las más bellas y sublimes composiciones no sólo de Adviento, sino de todo el repertorio litúrgico de la historia del cristianismo. Sus versos vienen del libro del profeta Isaías (45, 8), en que se suplica: "¡Que los cielos, desde las alturas, derramen su rocío; que las nubes hagan llover la victoria; ábrase la tierra y brote la felicidad y, al mismo tiempo, ella haga germinar la justicia! Soy yo, el Señor, la causa de todo eso".
 
Inspirado por las aclamaciones del Antiguo Testamento para que Dios nos rescatase y nos mandase al Mesías, el "Rorate Caeli" representa magistralmente el espíritu de súplica y espera del Adviento.
 
Escucha en este video una interpretación de esta opera-prima del canto litúrgico cristiano y descubre debajo el texto original en latín, acompañado de la traducción al español.