viernes, 27 de febrero de 2015

NUESTROS LÍMITES NOS PUEDEN LLEVA A DIOS

Podemos cambiar, lo sabemos. Pero también hay veces en las que vemos que hay algún punto difícil en el que el cambio parece imposible.

Decía el Padre José Kentenich: “¿Dónde está el punto que no puedo superar y que siempre me revuelve por dentro de alguna manera?[1]

Ese punto me habla de mi límite, de mi herida, de mi pecado habitual, de mi caída recurrente. Ahí sólo puede llegar Dios. Ahí sólo entra la gracia de su misericordia. Allí me encuentro limitado y torpe. Allí me dice Dios lo que le dijo a San Pablo: “Mi gracia te basta”.

Aunque me gustaría que todo fuera diferente y no tener que chocar siempre con la misma piedra. Me gustaría ser capaz yo sin tener que pensar siempre en su gracia, en su ayuda, en su amor. Pero eso es mi orgullo que me hace mezquino.

Nos educan desde pequeños a hacerlo todo solos, sin ayuda de nadie. Nosotros podemos. Y luego, cuando no podemos, nos encontramos desesperados, solos, rotos. Nos sentimos muy pequeños. ¡Qué bien nos hace la experiencia de nuestra debilidad!

En Cuaresma Jesús nos bendice en nuestra pobreza. La de ceniza no es una corona de oro. Nos ayuda a ver que somos imperfectos.Que el mundo es imperfecto. Que los demás también son imperfectos.

Nos encontramos con ese punto que nos hace más realistas. En mi pecado, en mi debilidad, Dios me habla. 

Dice Anselm Grün: “Dios no está sólo en la Biblia, no habla solamente a través de la Iglesia, o a través de los ideales, sino que está también en mí mismo, en mis pensamientos, en mis sentimientos, en mi cuerpo, en mis relaciones, en mi trabajo. En la medida en que descendemos a la terrenalidad y a nuestra humanidad, ascendemos a Dios”.

Dios no me habla sólo desde los grandes ideales que nos motivan y despiertan vida. No está sólo detrás de grandes experiencias religiosas donde me encuentro con Él y se llena el alma de luz.

Dios está también en lo más humano y mundano de mi vida. En mis pasiones y debilidades. En mis sombras. En mis heridas y tropiezos. Está en mi pecado aunque a mí me cueste unirlo a Él. Desde allí me levanta y me eleva.

justo ese punto que me parece insuperable, puede ser el puente tendido hacia el cielo, mi lazo humano.

Algunas cosas en nuestra naturaleza, en nuestra forma de ser y enfrentar la vida, en nuestra experiencia fundamental, no se pueden cambiar. Experimentaré en ello la frustraciónY volveré la mirada a Dios que todo lo calma y pacifica.

Él toca mi herida y sana mi dolor. Él se abaja hasta donde yo estoy caído. Se encuentra conmigo en ese punto insuperable en el que me encuentro tendido a sus pies.

Es sano abismarme sobre mí mismo para comprobar lo que Dios quiere de mí. Para ver su rostro inclinado sobre mi dolor y su voz calmando mis silencios.

No me quiere distinto a lo que soy, lleno de perfecciones que no tengo. Curiosamente me quiere como soy. Me mira de una forma como yo no me miro. Me veo tan pobre y carente de todo. Caído y roto.

Me quiere en mi debilidad y se conmueve. Me quiere cuando me ve deseoso de correr luchando por superar los límites de mis pausas. Me quiere y me levanta. Así es el amor de Dios.

Lo encuentro en mi torpeza, en ese pecado que me parece insuperable. Y Él me lo vuelve a recordar: “Mi gracia te basta”. Y yo confío en que cada día vendrá para hacerme creer en mí mismo.
P. Carlos Padilla en aleteia.org

miércoles, 25 de febrero de 2015

LA PASIÓN DE LAS PACIENCIAS

La pasión, nuestra pasión… la esperamos, es cierto; sabemos que ha de llegar y hemos acordado que nos proponemos vivirla con cierta grandeza. Esperamos que llegue la hora de nuestro propio sacrificio. Como un leño en la hoguera, sabemos que debemos ser consumidos. Como una hebra de lana cortada con tijeras, debemos ser separados. Como un ser joven al que se degüella, debemos ser suprimidos. Esperamos la pasión; la esperamos, y no acaba de llegar. Lo que llega son las paciencias.

Las paciencias, esos fragmentos de pasión, cuyo oficio es matarnos muy dulcemente por tu gloria, matarnos sin nuestra gloria. Desde por la mañana, vienen a nuestro encuentro: son nuestros nervios demasiado tensos o demasiado lánguidos; es el autobús que pasa lleno, la leche que se sale, los deshollinadores que llegan, los niños que todo lo enredan; son los invitados que trae nuestro marido, y ese amigo que no viene; es el teléfono que no para, los que amamos que ya no se aman; son las ganas de callar y la obligación de hablar; son las ganas de hablar y la necesidad de callar; es querer salir cuando estamos encerrados, y quedarnos en casa cuando tenemos que salir; es el marido en quien nos gustaría apoyarnos y que es el más frágil de los niños; es el hastío de nuestra ración cotidiana, y el deseo nervioso de todo lo que no es nuestro. 


Así llegan nuestras paciencias, en formación o en fila india, y siempre olvidan decirnos que son el martirio que nos fue preparado.


Dom Mauro Lepori

Abad General del Císter

martes, 24 de febrero de 2015

"NO RENUNCIARON A CRISTO"

Fifi Soleiman hablaba cada día con su padre, Magued Suleiman. “Era la única de mis hermanos que me comunicaba con él a diario. La última vez que hablamos fue el 1 de enero (jueves). Le llamé tres veces. En la última, me dijo que quería hablar con mis hermanos y mi madre, pero yo no estaba en casa y no pudo. El viernes por la mañana me llamó pero no tenía el teléfono cerca... aun espero a que me vuelva a llamar. El sábado de madrugada, entraron mientras dormían y se los llevaron. Les llamaron por su nombre”.

Cuando el ISIS difundió su último vídeo del horror, las lágrimas empezaron a inundar Al Aur, un pueblo campesino de la provincia egipcia de Minia. 

No en vano, 14 de sus habitantes, todos cristianos coptos, aparecían en el film con el infame traje naranja con el que el grupo fundamentalista viste a quien va a ser degollado. Esta vez fue en Libia, país al que tradicionalmente acuden cientos de miles de egipcios como mano de obra. Se gana más dinero y hay más trabajo.

Ihab Saif, de 23 años, volvió a casa para pasar la Navidad una semana antes de que sus compañeros y amigos fuesen secuestrados por la rama libia de ISIS. Llevaba un año y medio trabajando en la construcción, de peón, en la ciudad de Sirte. “No encontré otra manera de ahorrar para poder comprar una casa y formar una familia”, cuenta a El Confidencial a la puerta de la única iglesia de Al Aur mientras los vecinos siguen rezando a sus muertos.

Jornaleros, no siempre cobrando
Como miles de inmigrantes procedentes de toda África, Ihab y sus colegas se reunían cada mañana en un punto concreto de la ciudad esperando a que les viniesen a buscar para trabajar. Algunos días les contrataban, otros no. Algunas jornadas sacaban 50 dinares (32 euros), otras 80. En cualquier caso, mucho más de lo que se gana en Egipto, donde la mayoría de trabajadores no llega a los 100 euros mensuales. 

“Pero a veces los libios para quien trabajábamos no nos pagaban. Decían, ´estáis en Libia y os podemos disparar así que no os vamos a pagar´”, recuerda Ihab.

El 3 de enero empezó la odisea. Militantes del autodenominado Estado Islámico, en expansión en Libia, entraron en el edificio donde se hospedaban las víctimas. Se llevaron a 20 egipcios coptos y a un inmigrante subsahariano de madrugada. Había más gente, pakistaníes y de otras nacionalidades, recuerda Ihab, pero fueron a por los cristianos. En Al Aur, pronto comprendieron la magnitud de la tragedia. 

“Durante los 40 días del secuestro, en el pueblo rezamos y lloramos a Dios para que se mantuvieran cristianos hasta el final. Gracias a Dios, nos escuchó”,  dice el padre Makar, párroco en la iglesia de Santa María.

Fuente: Religion en Libertad

sábado, 21 de febrero de 2015

MYRIAM: "SÍ LOS PERDONO"

Hoy se celebra en Sonseca la jornada de niños de la vicaría de La Mancha y traemos a nuestra casa, el testimonio de Myriam, una niña refugiada iraquí. El Señor nos ayude a vivir la fe con tanta coherencia y verdad como la vive Myriam. En oración por los frutos de la Jornada de niños y por nuestros hermanos perseguidos.
  • Retiro Parroquial a las 17:00


  • Myriam es una niña que huyó de Qaraqosh, la que fue hasta el año pasado la ciudad cristiana más grande de Irak, luego que los terroristas del Estado Islámico la tomaran en agosto del año pasado. La pequeña cuenta a un reportero de canal local lo que siente hacia los miembros de esta organización radical.
    En un reportaje de la cadena SAT-7, una televisora cristiana que transmite para Medio Oriente y África, sobre la precaria vida de los niños refugiados en Erbil, se aprecia a Myriam conversando con un reportero que le pregunta por su vida en Qaraqosh antes de su huida.
    “Solíamos tener una casa en la que estábamos, ahora no pero gracias a Dios Él nos provee”, afirma la niña.
    Sobre su afirmación de la providencia de Dios, el reportero le pregunta a la pequeña qué ha querido decir y obtuvo la siguiente respuesta: “Dios nos ama y no dejó que el ISIS nos mate”.
    El hombre de prensa que se conmueve con lo que le dice la niña, le pregunta luego sobre lo que siente hacia los miembros del Estado Islámico: “no les haría nada, solo pido a Dios que los perdone”. “Tú los perdonas”, pregunta el reportero, a lo que la pequeña contesta sin dudar: “Sí”.
    Emocionado, el reportero dijo a la niña: “me has enseñado muchas cosas, gracias”.
    En el mismo video se puede apreciar el testimonio de otras dos niñas, una de las cuales dice que “Jesús está en nuestro corazón” y “estará con nosotros sin importar adonde vayamos”.
    Qaraqosh y el Estado Islámico
    El movimiento extremista musulmán del Estado Islámico (ISIS), tomó la mayor ciudad cristiana de Irak, Qaraqosh, en agosto del año pasado, provocando la huida de decenas de miles de personas.
    Qaraqosh se encuentra entre Mosul –ciudad en la cual ya no hay cristianos–, y Erbil, la capital del Kurdistán iraquí.
    “Es una catástrofe, una situación trágica. Llamamos al consejo de seguridad de la ONU a intervenir de inmediato. Decenas de miles de personas aterrorizadas están siendo expulsadas de sus casas en el momento en el que hablamos, no podemos describir lo que está ocurriendo”, declaró entonces a AFP el Arzobispo caldeo de Kirkuk y Suleimaniya, Mons. Joseph Thomas.
    Según la ONU, unas 200.000 huyeron entonces por las carreteras.
    El Estado Islámico –anteriormente conocido como Estado Islámico de Irak y Siria-, es un movimiento yihadista que nació de Al Qaeda pero que ahora actúa de manera independiente. La última masacre que se han adjudicado ha sido la de 21 cristianos coptos a los que decapitaron en Libia.
    Fuente: Aciprensa

    viernes, 20 de febrero de 2015

    VIERNES DE CUARESMA: VIACRUCIS JMJ 2011

    El ejercicio del Vía Crucis nos ayuda a actualizar los misterios de la pasión y muerte de Jesús.
    Hoy elegimos el texto del Vía Crucis con el que miles de jóvenes rezaron en Madrid en aquella inolvidable JMJ en el 2011. Lo escribieron las Hermanitas de la Cruz, fundadas por Santa Angela de la Cruz y los pasos vinieron de Cofradías y Hermandades de toda España hasta Madrid.


    Primera Estación

    Última Cena de Jesús con sus discípulos 



    Click aquí para ver información de la imagen

    Y to­mando pan, des­pués de pro­nun­ciar la ac­ción de gra­cias, lo partió y se lo dio, di­ciendo: «Esto es mi cuerpo, que se en­trega por vo­so­tros; haced esto en me­moria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, di­ciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es de­rra­mada por vo­so­tros» (Lc 22, 19–20).

    Jesús, antes de tomar entre sus manos el pan, acoge con amor a todos los que están sen­tados en su mesa. Sin ex­cluir a nin­guno: ni al traidor, ni al que lo va a negar, ni a los que huirán. Los ha ele­gido como nuevo pueblo de Dios. La Iglesia, lla­mada a ser una.

    Jesús muere para re­unir a los hijos de Dios dis­persos (Jn 11, 52). «No sólo por ellos ruego, sino tam­bién por los que crean en mí por la pa­labra de ellos, para que todos sean uno» (Jn 17, 20–21). El amor for­ta­lece la unidad. Y les dice: «Que os améis unos a otros» (Jn 13, 34). El amor fiel es hu­milde: «También vo­so­tros de­béis la­varos los pies unos a otros» (Jn 13, 14).

    Unidos a la ora­ción de Cristo, oremos para que, en la tierra del Señor, la Iglesia viva unida y en paz, cese toda per­se­cu­ción y dis­cri­mi­na­ción por causa de la fe, y todos los que creen en un único Dios vivan, en jus­ticia, la fra­ter­nidad, hasta que Dios nos con­ceda sen­tarnos en torno a su única mesa.

    Puedes continuar el rezo del Vía Crucis AQUÍ

    jueves, 19 de febrero de 2015

    QUE TOME SU CRUZ CADA DÍA

    "Una nota característica de este retiro ha sido una gran paz y una gran alegría interior, que me dan el coraje de ofrecerme al Señor para todos los sacrificios que quiera peir a mi sensibilidad. De esta calma y de esta alegría, quiero que todo mi ser y toda mi vida estén siempre penetradas, por dentro y por fuera. Cuidaré de guardar esta alegría interior y exterior.

    La comparación de S. Francisco de Sales que me gusta repetir: "Estoy como un pájaro que canta sobre un matorral de espinas", debe ser una invitación continua para mí. Por tanto, pocas confidencias sobre lo que puede hacer sufrir; mucha discreción e indulgencia juzgando a los hombres y las situaciones: me esforzaré por rezar especialmente por los que me hacen sufrir, y luego en toda cosa una gran bondad, una paciencia sin límites acordándome de que otro sentimiento no está conforme con el espíritu del Evangelio y de la perfección evangélica. Desde el momento que hago triunfar la caridad cueste lo que cueste, quiero pasar por un hombre cualquiera. Me dejaré atropellar, pero quiero ser paciente y bueno hasta el heroísmo."



    S. Juan XXIII Papa que convocó el Concilio Vaticano II.

    miércoles, 18 de febrero de 2015

    MENSAJE DEL PAPA PARA CUARESMA 2015

    Liturgia de la Palabra con imposición de la ceniza para niños,  a las 17:00  en la Parroquia.
    A las 19:30 Eucaristía.
    Todos los días a las 7:00 Exposición del Santísimo. A las 8:00 rezo de Laudes y a continuación Eucaristía.

    "Este es tiempo de gracia"



    Fortalezcan sus corazones (St 5,8)

    Queridos hermanos y hermanas:
    La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.
    Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.
    La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.
    Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.
    El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.
    1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia
    La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.
    La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).
    La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.
    2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades
    Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).
    Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.
    En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta254,14 julio 1897).
     También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.
    Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.
    Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf.Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.
    Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.
    3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente
    También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?
    En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.
    En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.
    Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.
    Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.
    Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.
    Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.
    Vaticano, 4 de octubre de 2014
    Fiesta de san Francisco de Asís
    Franciscus