martes, 31 de marzo de 2015

LA PASIÓN NARRADA POR UN FISIÓLOGO

Agonía en Getsemaní

Jesús se retira a orar al Huerto de los Olivos, y se prepara para la Pasión
En la mañana del Jueves Santo, Jesús realizó un largo desplazamiento a pie hasta Jerusalén. Era el mes de Nisán, que coincide con los meses de Marzo o Abril de nuestro calendario. En la noche de ese día celebró su Última Cena -la cena pascual- con los doce discípulos.

La Última Cena
 
La cena pascual de los judíos es una comida muy completa: consistía en verduras amargas, cordero asado y pan ácimo, seguramente acompañado de un poco de vino y, desde luego, agua. Excelente aporte de azúcares, aminoácidos, grasas, fibra, minerales y vitaminas, muy adecuada para cubrir las demandas de nutrientes que su organismo iba a necesitar en las siguientes doce horas de agonía y dolor.
 
Es muy posible que la absorción de glucosa, grasas, aminoácidos y otros nutrientes estuviera seriamente comprometida por la fuerte descarga nerviosa de stress que soportaría poco después, provocando vasoconstricción sobre los vasos del tracto gastrointestinal, de manera que la digestión y la absorción de nutrientes no pudiera realizarse con normalidad.
 
El alimento en el estómago pudo haber causado una cierta sensación grata de llenado gástrico. Pero no es menos cierto que también, como consecuencia de los múltiples acciones extremadamente dolorosas y violentas que experimentaría después, se produjeran mareos y naúseas -causados por la pérdida abundante de sangre, sensación de desorientación por empujones, golpes en la cabeza, permanecer de pie durante mucho tiempo- y vómitos, que pudieran haber impregnado la ropa, con el olor consiguiente, aumentando más la penuria y postración del Hijo de Dios.
 
En la cena pascual, Jesús instituye el sacramento de la Eucaristía, momento de gran tensión emocional para Jesús. Judas consuma su traición. Y Jesús conoce, y anuncia, la cercana triple negación de Pedro y la huida, por miedo, de los demás discípulos. Las palabras de Jesús son fuertes y vehementes:“Ardientemente he deseado celebrar esta pascua” (Lc 22, 14). El estado psíquico de Jesús es de gran emoción, angustia, tristeza y, al mismo tiempo, gozo de quien sabe que está a punto de consumar la Redención.

En el Huerto de los Olivos
 

Acabada la cena, partió con sus discípulos al Getsemaní, el Huerto de los Olivos. Dice el Evangelio, que estando allí, “Jesús entró en agonía” (Lc 22, 44): Es la única ocasión en los evangelios en que aparece la palabra agonía, palabra griega que significa “estar dispuesto para el combate, para la lucha”. Jesús agoniza en el sentido de estar dispuesto o preparado para sufrir todo el cúmulo de tormentos –físicos, psicológicos y morales- que Él sabe perfectamente que están a punto de venir, y que culminarán con la muerte en la Cruz.
 
Podemos imaginar la profunda angustia y abatimiento de Jesús: soledad, tristeza, desconsuelo, gran aflicción. Su naturaleza humana rechaza la pasión: “Si es posible aparta de mí este cáliz” (Lc 22,39), pero acepta la voluntad del Padre. Un ángel le conforta.
 
En este momento se produjo una intensa descarga nerviosa vegetativa, llamada reacción de alarma o stress, que cursa con una fuerte constricción de los vasos sanguíneos cutáneos, provocando debilidad y ablandamiento de la piel,  y vasos abdominales, reconduciendo el flujo sanguíneo a los órganos vitales: corazón y cerebro. Esta descarga nerviosa también produce una gran dilatación de los vasos sanguíneos que rodean las glándulas sudoríparas. Comienza entonces una intensa sudoración que empaparía la ropa de Jesús y al evaporarse causaría una terrible y constante sensación de frío, intensificada por la noche.

El efecto vasodilatador debió de ser incrementado por la liberación glandular a sangre del enzima formador de bradiquinina. Es una enzima que, al actuar sobre una globulina plasmática, da lugar a la formación de bradiquinina, provocando una fuerte acción vasodilatadora adicional. La liberación debradiquinina equivale a una mayor sudoración y por tanto a un mayor enfriamiento al evaporarse el sudor. Es posible que la ropa permaneciera mojada de sudor durante toda la Pasión, lo que podría haber causado una sensación de frío constante.

El sudor de sangre
 
El grandísimo volumen de sangre que tendrían que soportar los capilares que rodeaban las glándulas sudoríparas debido a la gran vasodilatación, sumado al flujo proveniente de grandes áreas abdominales y superficiales, con el efecto adicional de la bradiquinina, supuso un aumento de presión sanguínea que los pequeños vasos no pudieron soportar, provocando su ruptura. La sangre de las pequeñas pero numerosas hemorragias locales podría haber salido por capilaridad a través de los propios conductos sudoríparos, especialmente en la cara, frente, palma de las manos y pies, quizá también en la cabeza y cuello, lugares en los que existe una abundante población de glándulas sudoríparas. Se habría vertido hacia el exterior una mezcla de sudor y sangre.
 
San Lucas, médico, escribe en su evangelio que Jesús sudó sangre (Lc 22, 44) y que la sangre empapó la tierra del suelo del Huerto. Describe una hematidrosis, situación extremadamente rara que se ha descrito en personas sometidas a una fortísima situación de stress en las horas previas a una ejecución cierta, irrevocable y extremadamente cruel.
 
Posiblemente la pérdida de sangre a causa de la hematidrosis no fuera muy relevante cara al comienzo de un shock hipovolémico (coma provocado por pérdidas importantes de líquido), pero desde luego, no puede de dejar de tenerse en cuenta, especialmente como indicadora de debilidad cutánea y del tremendo shock emocional y psíquico al que estaba sometida la naturaleza humana de Jesús.
 
Puesto que San Lucas escribe sobre sangre que empapa el suelo, parece que se confirma el diagnóstico de hematidrosis, más que el de cromohidrosis (“agua o sudor coloreado”), que consiste en una sudoración amarillo-verdosa o marrón, compuesta por sudor y restos de glóbulos rojos y hemoglobina oxidada que colorea el sudor. En el Huerto de los Olivos se produjo, pues, la primera hemorragia de la Pasión de Jesús, sin que ningún agente externo mecánico o traumático actuara sobre su cuerpo.
 
Los mecanismos fisiológicos que acompañan la situación de angustia provocan una dramática elevación de las concentraciones en sangre de adrenalina, noradrenalina, sustancias químicas que dan lugar a una agotadora y extrema taquicardia. También aumentan en sangre el cortisol yglucagón, con aumento de azúcar en sangre, y una bajada de insulina.
 
Otros efectos de la fuerte situación de stress son: midriasis (contracción pupilar), aceleración del ritmo respiratorio, e hipercortisolemia, que contribuye a la hiperglucemia. La pérdida de agua por sudoración abundante y por la hematidrosis, así como la alta concentración de azúcar en sangre, debieron provocar una sed ardiente, y la aparición de heridas en la mucosa bucal y lingual. Jesús padecería escalofríos y temblores por el frío de la noche y de la ropa empapada por un intenso volumen de sudor enfriado, sumado a la debilidad por el insomnio. No se puede descartar, por otra parte, el comienzo de alteraciones en la coagulación y sistema inmune de Jesús, como un aumento de la agregación plaquetaria y activación de mastocitos tisulares y basófilos circulantes.

La intensa descarga del sistema nervioso pudo producir encefalinas, que junto con las endorfinas y dinorfinas de diversas procedencias, pudieron contribuir a aliviar ligeramente el dolor físico posterior, pues estas sustancias bloquean parte de la vía sensorial termoalgésica y otras áreas supramedulares implicadas en el control endógeno del dolor.
 
Por la misma descarga nerviosa se pudo haber producido un erizado de los cabellos de la cabeza, a causa de la fuerte contracción de los músculos piloerectores, cuya función se relaciona con procesos termorreguladores conservadores de calor corporal, en la medida que favorecen que se atrapen capas de aire caliente próximas a la piel. Pudo ser también muy posible que la fuerte constricción de los vasos de los folículos pilosos originara isquemia(falta de oxígeno) y pérdida de cabello. Se han descrito casos de pérdida muy grande de pelo como consecuencia de un trance angustioso de gran terror y espanto.

La traición de Judas
 
Podemos imaginar el terror de los discípulos al ver el aspecto externo de Jesús que se desprende indudablemente de la hematidrosis: el rostro pálido, lívido, quizás con el cabello erizado, sudoroso, con manchas de sangre visibles en la frente y en la cara, en la negrura de una noche llena de presagios terroríficos y que comienza a iluminarse con luces irregulares procedentes de antorchas de gente que llega: no extraña el espanto de aquellos pobres hombres, medio dormidos, que salen corriendo.
 
Judas, su amigo, le entrega con un beso. Más dolor y aflicción por la traición de uno de sus elegidos, a quien en el momento de la entrega llama amigo.
 
Por Santiago Santidrián. Catedrático de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. Artículo originalmente publicado por Primeros Cristianos

viernes, 27 de marzo de 2015

¿QUIEN PUEDE MERECER ESTE PRIVILEGIO?

Los obispos españoles ante la Semana Santa

¿Quién puede merecer un privilegio semejante?

La Cuaresma toca a su fin y los obispos españoles hablan del amor de Dios, que libremente se entregó para salvarnos. «Bastaría esta afirmación para no dudar nunca del amor de Dios hacia el hombre»

La nueva civilización del amor

¡Cuántas preocupaciones dio Jesús por lo que decía y hacía! Los hombres y mujeres que veían los signos de Jesús, admirados y convencidos por aquel Amor con que el Señor los envolvía, lo seguían, habían probado lo que daba el Amor y querían participar en la globalización de ese Amor. Deseaban construir la nueva civilización del amor, que hacía posible que los hombres vivieran con la dignidad con la que Dios les había creado. Donde nadie robase a nadie y todos se enriqueciesen con la riqueza más grande, «el amor de Dios». Por eso, los sumos sacerdotes y los fariseos preguntaron al Sanedrín: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos… Y aquel día decidieron darle muerte»
+ Carlos Osoro
arzobispo de Madrid


Al servicio de los demás

Dios nos ha dado libremente a su Hijo: ¿quién ha podido o puede merecer un privilegio semejante? Dios nos ha amado con infinita misericordia, sin detenerse ante la condición de grave ruptura ocasionada por el pecado en la persona humana. Se ha inclinado con benevolencia sobre nuestra enfermedad, haciendo de ella la ocasión para una nueva y más maravillosa efusión de su amor. La Iglesia no deja de proclamar este misterio de infinita bondad exaltando la libre elección divina y su deseo no de condenar, sino de admitir de nuevo al hombre a la comunión consigo. Todo es don de Dios; la vida humana es un don; toda nuestra existencia y nuestra historia está llena del don de Dios, de su amor del que nos hace participar por pura gratuidad suya, y, por eso, nuestra vida no debería dejar de estar puesta gratuitamente al servicio de los demás.
+ Antonio Cañizares
cardenal arzobispo de Valencia


Libre para obedecer

Un punto clave de la Redención es la obediencia de Cristo al Padre. Una obediencia que no le merma libertad, porque se vive en el amor generoso, sino que nos da la clave de la verdadera libertad. El hombre tiene una sed profunda de libertad, aspira a ella, la grita por las calles, se siente humillado cuando esa libertad no se le reconoce. Es una aspiración sana y verdadera, porque el hombre está hecho para la libertad. Pero, al mismo tiempo, esa aspiración por la libertad encuentra señuelos y sucedáneos que le entrampan como una emboscada y le hacen más esclavo que antes. Buscando la libertad, tantas veces se equivoca de camino y se hace cada vez más esclavo. Nunca se ha proclamado tanto la libertad y nunca ha habido tantas esclavitudes.
+ Demetrio Fernández
obispo de Córdoba


Dios dispuesto al perdón

El Evangelio dice abiertamente que «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3, 16). El Padre aparece, pues, como el primer actor de este drama de la Pasión de Cristo. De ahí que san Pablo, sacando las consecuencias del amor de Dios al darnos a su Hijo, se pregunte: «El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él?» (Rom 8, 33). Bastaría esta afirmación para no dudar nunca del amor de Dios hacia el hombre; para que ningún pecador desespere de encontrar siempre a Dios dispuesto al perdón. Uno de los más grandes escritores del cristianismo, Orígenes, comparando a Abrahán con Dios, escribe: «Contempla a Dios rivalizando con los hombres en magnífica liberalidad: Abrahán ofreció a Dios un hijo mortal, que no llegaría a morir; Dios, por los hombres, entregó a la muerte a su Hijo inmortal».
+ César Franco
obispo de Segovia


El triunfo del amor

Hoy nos asociamos en un acto de fe, saludamos a Jesús, que viene en nombre del Padre, y le reconocemos como el Esperado y el Anunciado por todas las promesas. Y nos comprometemos a acompañar a Jesús cuando cesen el entusiasmo de las masas, los cantos de aclamación, el vibrar de los aplausos y el favor del pueblo. Al Señor le interesan los corazones, las convicciones, las raíces, no los éxitos clamorosos. Pero intuimos el desenlace final en el que el odio, el engaño y la traición serán vencidos por la fuerza del amor. El amor se situará verdaderamente en el centro, como la realidad más firme y más sólida, como la única respuesta capaz de dar sentido a toda nuestra vida. Es la certeza del triunfo del amor la que nos pone en camino, como peregrinos hacia Jerusalén, conscientes de que la presencia del Señor siempre inaugura un estremecimiento interior, significa una purificación y un despojo.
+ Julián Ruiz Martorell
obispo de Jaca y de Huesca

jueves, 26 de marzo de 2015

AREÓPAGO

AREÓPAGO: HACIA UNA CULTURA DEL ENCUENTRO

Diálogo, diálogo, diálogo. El único modo de que una persona, una familia, una sociedad, crezca; la única manera de que la vida de los pueblos avance, es la cultura del encuentro, una cultura en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar, y todos pueden recibir algo bueno a cambio”. Estas palabras, pronunciadas por el Papa Francisco durante la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro, ponen de manifiesto la necesidad que existe hoy en día, especialmente en nuestro país, de afrontar los retos que tenemos planteados como sociedad, como comunidad, partiendo del intercambio de opiniones y de la voluntad de entender los argumentos de quienes no piensan como nosotros.
Desgraciadamente, ni en el debate político, ni en la vida social y, en ocasiones, ni siquiera nosotros mismos, a nivel personal en nuestro día a día, optamos por el diálogo como método para encontrarnos con el otro y para tratar de afrontar, juntos, la solución a los problemas que tenemos en común.
Sólo es posible dialogar si se parte del aprecio; únicamente puede entablarse una auténtica conversación si se hace con respeto. En uno y otro caso, además,ha de buscarse como finalidad construir, sin renunciar a los propios principios, pero convencidos de que podemos beneficiarnos recíprocamente.
Dialogar, construir, fomentar la cultura del encuentro es el objetivo que ha unido a un conjunto de personas (de muy diversa formación y ocupaciones profesionales), que tienen en común su fe en Jesucristo y su pertenencia a la Iglesia, para crear un grupo de opinión. Iremos presentando nuestras reflexiones sobre temas de interés para la sociedad –algunos de actualidad y otros olvidados– como punto de partida para el debate y el encuentro. El nombre del grupo, Areópago, evoca la colina en la que Pablo de Tarso habló a los sabios y líderes de Atenas del Dios desconocido al que veneraban en uno de los numerosos altares existentes en sus edificios sagrados.
Estamos convencidos del importante papel que tienen los medios de comunicación social, el areópago del siglo XXI, en la promoción de la cultura del encuentro. También de la buena voluntad de muchas personas que, con independencia de su fe, desean verdaderamente aportar sus ideas y su trabajo para la construcción de una sociedad mejor. Dialoguemos mutuamente para conseguirlo.

AREÓPAGO

areopagodialogo@gmail.com
@AreopagoDialog
Blog: areopagodialogo.wordpress.com
Teléfono: 667216734




martes, 24 de marzo de 2015

DAVIDE CERRULLO: DE LA CAMORRA A LA FE

«Comencé entonces a sentir el sentido de culpa, a avergonzarme de todas aquellas veces en que escuchaba el sonido de la ambulancia que llevaba a chicos muertos por sobredosis. La fe es necesaria porque te permite abrir los ojos al verdadero sentido de la vida»
23 de marzo de 2015.- (Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo Alfa y Omega  / Camino Católico)  ¿Hay vida después de la Camorra? ¿Se puede salir de una de las organizaciones criminales más sangrientas del mundo? Davide Cerullo sabe que sí. Miembro de la Camorra desde niño, pisó durante años la cárcel de Poggioreale, la misma que ha visitado el Papa Francisco durante su viaje a Nápoles.
Nacido en Scampia, uno de los barrios emblema de la Camorra napolitana, hace 39 años, Davide Cerullo de pequeño ingresó en una de las organizaciones criminales más temidas que el mundo. Con 15 años, ya ganaba 15.000 euros cada mes, pero dice que «en realidad no tenía amigos».Lo que quería era «convertirse en un gran boss» de la Camorra.
Hoy, Davide, de 39 años, está casado y tiene dos hijos, y se dedica a ayudar a los niños de Scampia –su barrio de siempre, el escenario de su vida como delincuente– en un proyecto educativo llamado “Un rayo de luz”. Lo hace porque «a mí me faltaron los modelos necesarios» para no entrar en la mafia; «crecí pensado que mucho dinero significaba mucha vida». Y así entró en el mundo del tráfico de drogas.
Un atentado contra su vida le hizo pasar 40 días ingresado en un hospital, y allí postrado empezó a cambiar y a ver las cosas de otra manera. Pasó después por la cárcel de Poggioreale, y allí encontró –alguien la había dejado allí olvidada…– una Biblia; le daba vergüenza abrirla, «porque un boss no hace esas cosas», pero lo hizo, y en sus páginas encontró su nombre repetido en varias ocasiones: David. Dios le estaba llamando por su nombre.«Me sentí parte de esta historia. No vi una gran visión»,pero empezó a cambiar de vida gracias a la ayuda de una monja que ayudaba en la pastoral penitenciaria de la cárcel. «Comencé entonces a sentir el sentido de culpa, a avergonzarme de todas aquellas veces en que escuchaba el sonido de la ambulancia que llevaba a chicos muertos por sobredosis».
«La fe es necesaria porque te permite abrir los ojos al verdadero sentido de la vida»,ha declarado estos días a Radio vaticana, con ocasión de la visita del Papa Francisco a su ciudad. Cerullo ha vuelto a Scampia hace dos años para abrir “Un rayo de luz”, un proyecto educativo para combatir el fracaso escolar, «porque la familia y la escuela son los dos elementos centrales para vencer la criminalidad organizada».
Sobre la visita del Papa a Nápoles, Cerullo se muestra «feliz, porque representa a la Iglesia que se inclina sobre los problemas reales de la gente. Éste es verdaderamente el Papa de los últimos de los marginados, de los invisibles. Necesitamos su voz y su fuerza en este territorio verdaderamente abandonado», afirma.
Puedes leer relacionado con la conversión de Davide Cerullo:

sábado, 21 de marzo de 2015

SER FUERTES Y QUEBRARNOS

Hoy a las cinco de la tarde RETIRO PARROQUIAL



Las cosas a veces no salen como queremos. A veces sí. Tal vez nos empeñamos en que todo salga a nuestra medida. Cuando no es así, le echamos la culpa a los otros, a la mala suerte, a Dios.

Queremos que la realidad se adapte a nosotros y no nosotros a ella. Eso es difícil que ocurra. Pero pensamos: ¿No ha de girar el mundo en torno a mí? Esta creencia limitante nos quita la paztantas veces.

Exclamamos con tristeza: “Están en deuda conmigo. Me deben algo. El mundo me debe algo. Dios me debe algo. Los demás me deben algo”.

Acabo pensando que yo estoy bien y los demás mal. O creo que los demás no son justos y no reconocen todo el valor de mi vida, de mis obras, de mis gestos.

Hay personas que pasan toda su vida esperando a que el mundo los ponga en su lugar. Muchos no llegan a ese lugar soñado. Y aunque llegaran, a lo mejor ya no sería el que soñaban.

Podemos perder la capacidad para reconocer nuestra debilidad y pobreza. Podemos quedarnos en la mala suerte y en la injusticia, quejándonos por la vida que nos toca vivir. Pero no acabamos de asumir nuestra culpa, nuestras torpezas y errores. Eso siempre me impresiona.

Decía el Papa Francisco: “Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos”.

A lo mejor no salvamos a nadie. A lo mejor no es el sentido de nuestra vida salvar el mundo. Más bien el camino que Dios nos ofrece consiste en mostrar nuestra debilidad.

Leía el otro día: “Hablar de la propia vulnerabilidad, mostrarla, es la única forma que consiente que los demás nos conozcan verdaderamente y, en consecuencia, que puedan querernos»[1].

Pero mostrarnos débiles es demasiado difícil. Es abrir la puerta a la crítica y al juicio, al desprecio y al abandono, a la soledad y al rechazo. No queremos ser débiles, no queremos parecer frágiles ni vulnerables.

Por eso, en nuestro afán por ser fuertes, nos quebramos muchas veces. No podemos aceptar nuestras caídas, nuestra debilidad, nuestra torpeza.

Por eso, como leía el otro día, “siempre pensamos que el problema está fuera: la culpa la tiene mi jefe, mi pareja, la situación económica del país. Atribuimos nuestra falta de fe a la mediocridad de los representantes religiosos; el mal funcionamiento de nuestro barrio o ciudad al egoísmo y charlatanería de los políticos; el fracaso de nuestro matrimonio a una tercera persona que se interpuso en nuestro camino»[2].

La culpa está fuera de mí. Si estuviera dentro no soportaría esa situación, no me soportaría a mí mismo. Fuera de mí la responsabilidad. Sin asumir que yo tengo algo que ver en que las cosas no funcionen. De esta forma es más fácil vivir.

Buscamos siempre alguien de fuera, alguien que se haga cargo de mis fracasos y justifique mi mal. Yo sé cómo hacer las cosas. Si no resulta no es mi culpa.

Nos creemos importantes y sabios. Pensamos que sabemos hacer ciertas cosas muy bien y no aceptamos correcciones, críticas, enmiendas, propuestas. No nos gustan los caminos que no hemos propuesto. Nos sentimos siempre evaluados. Como si alguien nos estuviera haciendo examen continuamente y probando nuestra capacidad.

Tal vez nos haga falta tener un corazón más puro: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso».

Un corazón nuevo, renovado, puro, de Dios. Un corazón ingenuo, de niño. Un corazón vulnerable, pobre, menesteroso. El corazón de Jesús es un corazón puro. En Él no hay engaño. Hay nobleza. Hay una mirada pura que sabe ver la verdad de aquel a quien mira.

Mi corazón no es así tantas veces. Ve lo que quiere ver. Se imagina cosas. Sospecha y juzga. No sabe descubrir la verdad y la bondad de los hombres. Tropieza en sus prejuicios, se queda en las palabras. Quisiera tener un corazón puro como el de Jesús.
P. Carlos Padilla


[1] Pablo D´Ors, Biografía del silencio
[2] Pablo D´Ors, Biografía del silencio

jueves, 19 de marzo de 2015

SAN JOSÉ

El misterio de la Encarnación le fue anunciado primero a la Virgen y luego a San José.
San Gabriel anunció a María la Concepción -por obra del Espíritu Santo- de un Niño que iba a heredar el trono de David y cuyo Reino no tendría fin.
Un ángel habló en sueños a José llamándolo “Hijo de David” y le reveló que el Hijo que María llevaba en sus entrañas era fruto del Espíritu Santo:
José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.
Al anuncio de Gabriel la Virgen respondió:
Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.
San José, en cambio, no dijo nada. Pero, cuando despertó del sueño
hizo lo que le había mando el ángel del Señor.
Los dos creyeron: la Virgen María dejando obrar en Ella a Dios, San José haciendo lo que Dios le había encargado. La fe de la Virgen se encontró con la fe de San José y -entre los dos- respondieron maravillosamente a la llamada de Dios.
San José recibió a María en su casa y le dedicó su corazón de esposo. Cuando nació el Niño, le puso por nombre Jesús -Dios salva- y le dedicó su corazón de padre.
Y nosotros aprendemos de María y de José a responder con fe a la llamada de Dios.
Unas veces tendremos que decir como Santa María: “hágase en mí según tu palabra”. Porque Dios quiere hacer en nosotros cosas que nosotros no podemos hacer y tenemos que dejarle hacer. San Pedro, al principio, no quería dejar que Jesús le lavara los pies; pero cuando Jesús le dijo que si no le dejaba no tendría parte con Él, entendió que tenía que obedecer dejando obrar a Dios en él.
Otras veces tendremos que hacer -como San José- lo que Dios nos encarga. Porque hay cosas que sí podemos hacer.
Dejar hacer a Dios en nosotros lo que Él quiere hacer  en nosotros y hacer nosotros lo que Dios quiere que hagamos nosotros. San José lo entendió muy bien.
Por ahí hay unos carteles del Seminario en los que se ve a Jesús lavándole los pies a San Pedro y a San Pedro dejándose lavar los pies por Jesús. Y debajo pone una frase de Santa Teresa: “¿qué mandáis hacer de mí?”. Los seminaristas están aprendiendo que hay cosas que Dios quiere hacer en ellos y que -si le dejan- hará cosas maravillosas. Pero saben también que Dios quiere que otras cosas las hagan ellos y están aprendiendo a escuchar y a obedecer a Dios como San José.
Él, que supo cuidar a María y a Jesús con tanto amor y con tanta inteligencia, nos proteje en la tierra e intercede por nosotros en el Cielo. Le pedimos que nos alcance la gracia de hacer lo que Dios nos pide en la tierra para que podamos alcanzar el premio que Dios nos promete en el Cielo. Así sea.
D. Javier Vicens
Párroco de S. Miguel de Salinas

miércoles, 18 de marzo de 2015

EL AMOR DE DIOS

Recordamos que en nuestra Parroquia se está llevando a cabo la campaña bebé de Cáritas. Podemos aportar pañales, leche infantil y productos de primera necesidad para los más pequeños. El horario de recogida es el de apertura del templo, ya que el contendor está situado allí.

¡Cuántas veces en la vida tenemos experiencias que no entendemos y que de repente, un día, en el camino, se llenan de luz y encajan!
 
Comprendemos entonces que aquel momento difícil, o aquella persona a la que no dimos tanta importancia, fueron fundamentales para que yo pudiera seguir caminando y crecer.
 
Nos gusta entenderlo todo en el momento, comprender todos los quiebres y rupturas. Nos gustaría saber el sentido de todo el camino y descubrir siempre la mano que nos guía.
 
Por eso, a veces, de repente, hay momentos en que vemos la vida en su conjunto, como la ve Dios. Y vemos también cómo Dios nos ha ido conduciendo. Mirando hacia atrás parecen cobrar sentido muchas cosas. Es más fácil ver las cosas como las ve Dios, en Él tienen sentido.
 
Decía el Padre José Kentenich: “Mi vida es una alfombra vista por el revés. ¡Cuántos hilos enmarañados! Mi tarea consiste en ver la alfombra por el derecho. Veo la alfombra por el derecho, ¿y qué veo entonces? Que aun cuando por el revés hay tantos hilos enmarañados, ¡cuánta armonía hay por el otro lado, por el derecho!”[1].
 
Con su mano de amor me va guiando. Tal vez no lo veo en el momento concreto de oscuridad que atravieso, cuando no resulta nada claro.
 
En ese momento yo no sé bien lo que quiere Dios, ni casi lo que yo quiero. No entiendo su plan, no percibo su amor. Vemos los hilos enmarañados y nos rebelamos contra la vida.
 
No queremos vivir sin luz. No queremos la turbación y la tristeza. Queremos ser felices siempre. La vida para nosotros muchas veces es una sucesión de días. Algunos grises, otros soleados. Unos tristes, otros alegres.
 
Pero para Dios, siempre es un mismo camino, el camino de nuestra felicidad. Dios nos regala momentos en los que anclarnos, momentos que se hacen roca para sostener toda una vida.
 
Es verdad que nos gustaría percibir siempre su amor, todo su cariño y protección en nuestra vida. Pero no siempre sucede. Me gusta decir en los bautizos que, en ese momento, Dios abraza en silencio a ese niño.
 
Nos olvidamos, pero Dios me bendice siendo niño, para que no me olvide nunca de su sello de amor. Graba su amor en mi alma para siempre. Le pertenezco para toda la eternidad.
 
Luego la vida nos turba, es verdad, y los caminos se enredan, hilos enmarañados. Olvidamos su amor. Ya no recordamos su abrazo, ni su mirada, ni su sonrisa. Ya sólo nos queda el gusto amargo de la derrota. El sabor agrio de la pérdida. En medio de la vida dejamos de tocar su amor cercano. 
 
Sí, en esos momentos a lo mejor no nos basta con saber que un día Dios me bendijo siendo niño. Pero es verdad. Fui consagrado como hijo para siempre. Aunque yo me olvide, Él nunca se olvida. Pese a todo no dejo de ver cada día lo difícil que es para el hombre de hoy percibir el amor de Dios en su vida.
 
Decía el Padre Kentenich: “Estar convencidos de que me quiere a mí, y que yo puedo ser algo para Él. Suena cómico que yo pueda ser algo para Él. Pero es que nuestra despersonalización ha prosperado tanto. Sí, decimos que eso es humildad. ¡Eso no es humildad! 
 
¿Yo debo ser algo para Dios? Sí, claro que puedo ser algo para Dios, pues me ha creado como un ser libre. Él quiere mi colaboración. Él quiere mi cooperación; yo puedo ser algo para Él. 
 
Si lográramos convencer más a nuestro pueblo, allí donde trabajamos, de que ellos son objeto del amor de Dios, todo lo noble se despertaría en ellos. Pero generalmente no lo logramos»[2].
 
Es difícil sabernos amados por Dios en lo más hondo. Convencer a alguien del amor que Dios le tiene.
 
Es verdad que el amor humano nos ayuda a tocar el amor de Dios. El amor de nuestros padres nos habla del amor de Dios. Cuando ese amor humano es débil en nuestra vida, ¡qué difícil es llegar a tocar el amor de Dios!
 
Los momentos en los que nos hemos sabido amados por alguien, por personas concretas, por el mismo Dios, son momentos de luz. Una intensa luz que nos hace ver cuánto valemos para Dios.
 
Son momentos en los que nada más importa porque poseemos lo más importante. No importa ya nada mi pecado, ni mi pasado, ni mi futuro. Sólo importa ese amor de Dios que me desborda.
 
Momentos en los que valgo no por lo que he hecho, ni siquiera por lo que soy, sino que soy amado sin tener en cuenta mis merecimientosEl amor no se merece nunca. Soy amado de forma gratuita y única.
 
Son esos momentos en los que todo encaja y la luz vence la oscuridad. Me gustaría tener más luz en mi vida. Más momentos gratuitos, donde no tenga que demostrar nada y pueda ser yo mismo. Quiero más momentos de sol y menos oscuridad. Más amor de Dios y de los hombres.

P. Carlos Padilla