martes, 2 de septiembre de 2014

RECETA DEL PAPA PARA NO SER CRISTIANOS MUNDANOS

Queridos hermanos y hermanas,
¡Buenos días!
Siguiendo el itinerario dominical del Evangelio de Mateo, hoy llegamos al punto crucial en el cual Jesús, después de haber verificado que Pedro y los otros once habían creído en Él como Mesías e Hijo de Dios, “comenzó a explicarles que debía ir a Jerusalén y sufrir mucho, ser asesinado y resucitar al tercer día” (Mt 16,21). 
Es un momento crítico en el cual emerge el contraste entre el modo de pensar de Jesús y el de los discípulos. Incluso Pedro siente el deber de reprochar al Maestro, porque no puede atribuir al Mesías un final innoble. Entonces Jesús, a su vez, reprocha duramente a Pedro, lo pone “en su lugar”, porque no piensa “según Dios, sino según los hombres” (v. 23) y sin darse cuenta hace el papel de satanás, el tentador.
Sobre este punto insiste en la liturgia dominical también el apóstol Pablo, el cual, escribiendo a los cristianos de Roma, les dice a ellos: “No se conformen a este mundo, no sigan los esquemas de este mundo, sino déjense transformar, renovando su modo de pensar, para poder discernir la voluntad de Dios” (Rm 12,2).
De hecho, nosotros los cristianos vivimos en el mundo, insertados plenamente en la realidad social y cultural de nuestro tiempo, y es justo que sea así; pero esto trae consigo el riesgo de convertirnos en “mundanos”, el riego que “la sal pierda el sabor” como diría Jesús (cfr. Mt 5,13), es decir, que el cristiano se “diluya”, pierda la carga de novedad que viene del Señor e del Espíritu Santo.
En cambio debería de ser al contrario: cuando en los cristianos permanece viva la fuerza del Evangelio, ésta puede transformar “los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes de inspiración y los modelos de vida” (PAOLO VI, Esort. ap. Evangelii nuntiandi, 19).
Es triste encontrar cristianos “diluidos”, que parecen el “vino diluido” y no se sabe si son cristianos o mundanos, como el “vino diluido” no se sabe si es vino o agua, es triste esto. Es triste encontrar cristianos que no son más la sal de la tierra, sabemos que cuando la sal pierde su sabor no sirve para nada, su sal perdió el sabor porque se han entregado al espíritu del mundo, es decir, se han convertidos en mundanos.
Por eso es necesario renovarse continuamente nutriéndose de la linfa del Evangelio. ¿Y cómo se puede hacer esto en la práctica? Sobre todo leyendo y meditando el Evangelio todos los días, así la Palabra de Jesús estará siempre presente en nuestra vida; recuerden que les ayudara llevar siempre el Evangelio con ustedes, un pequeño evangelio, en el bolsillo, en la cartera y leer durante el día un pasaje, pero siempre con el Evangelio porque es llevar la Palabra de Jesús para poder leerla.
Además participando en la Misa dominical, donde encontramos al Señor en la comunidad, escuchando su Palabra y recibiendo la Eucaristía que nos une a Él y entre nosotros; y luego son muy importantes para la renovación espiritual las jornadas de retiro y de ejercicios espirituales. 
Evangelio, Eucaristía y oración. No se olviden: Evangelio, Eucaristía y oración: gracias a estos dones del Señor podemos conformarnos a Cristo y no al mundo, y seguirlo en su vida, el camino de “perder la propia vida” para encontrarla (v. 25). “Perderla” en el sentido de donarla, ofrecerla por amor en el amor – y esto comporta el sacrificio, la cruz– para recibirla nuevamente purificada, liberada del egoísmo y de la hipoteca de la muerte, llena de eternidad.
La Virgen María nos precede siempre en este camino; dejémonos guiar y acompañar por ella.

lunes, 1 de septiembre de 2014

JESÚS ESTÁ CONTIGO



































































































































































































































































































Jesús es mi mejor amigo” es una de las frases más trilladas en el vocabulario de muchos cristianos, acompañada por otras como “Jesús está en todas partes”, “Jesús es el amigo que nunca falla”, pero ¿Qué tanto creemos en la verdad de estas frases? ¿Realmente somos conscientes de lo que significa que Jesús esté realmente presente conmigo en todas partes? En este post les comparto un video clip hecho en Brasil, con la música del cantante y compositor cristiano David Phelps y que creo puede tener elementos interesantes para ayudarnos a reflexionar sobre la amistad que Jesús nos ofrece.
EL AMIGO MÁS FIEL: Si nos preguntan qué buscamos en un amigo, probablemente contestaremos que un amigo debe estar siempre a mi lado, en todos los momentos importantes de mi vida, en las alegrías, las tristezas, los triunfos y las dificultades. Pero si pensamos detenidamente, el único amigo que puede estar, y que está realmente siempre con nosotros es Jesús, incluso a pesar de que no seamos conscientes de ello, de que nos olvidemos de llamarlo o de que pensemos que nos hemos alejado de él. Él es el único que verdaderamente no te deja solo, siempre estará a tu lado.
UNA AYUDA SEGURA: No hay nada de nuestra vida que a Jesús le sea indiferente y de lo cual no participe. Incluso en las ocasiones de pecado, Jesús está allí tratando de protegernos. Sin embargo, como todo amigo, Jesús respeta nuestra libertad, él nos dará todas las gracias para que podamos resistir a las tentaciones, pero somos nosotros quienes decidimos aceptar o no su ayuda.
COMPAÑÍA COTIDIANA: Uno de los elementos más simpáticos del video es que presenta a Jesús en circunstancias muy cotidianas de la vida, imágenes a las que no estamos muy acostumbrados. Pero si pensamos en el hoy, Jesús no está sentado en una barca, o predicando en un templo, está en cada momento cotidiano de mi día, cuando me levanto, en mi estudio o trabajo, en mis juegos, cuando hago deporte. Recordar su presencia nos ayudará en ocasiones a pensar dos veces antes de actuar, pero por qué no a preguntarle constantemente ¿Qué harías tú en mi lugar?
AMISTAD QUE SE CULTIVA: Nos ayudará la idea de pensar en Jesús como una persona real, como cualquier otro amigo, con el cual debo cultivar mi amistad, pues la amistad no surge solo del pasar tiempo con otra persona, surge del compartir real, del confiar al otro mis inquietudes, mis tristezas, mis alegrías, mis diversiones. Ya sabes que Jesús comparte todo eso contigo, y tú, ¿Aceptas compartirlas con Él?

domingo, 31 de agosto de 2014

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

EVANGELIO:
En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. 
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» 
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.» 
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Palabra del Señor
¡Oh, Señora mía! ¡Oh, Madre mía!
Yo me ofrezco enteramente a Vos;
y en prueba de mi filial afecto os consagro en este día
mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón;
en una palabra, todo mi ser.
Ya que soy todo vuestro,
oh Madre de bondad,
guardadme y defendedme como cosa y posesión vuestra. Amén.
Con esta oración hacemos lo que San Pablo pedía a los Romanos cuando les decía:
Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable.
Sabemos que Dios no quiere de nosotros sacrificios de animalitos; que Jesús se ofreció por nosotros en la Cruz y que nosotros podemos ofrecernos con Él como víctimas vivas. Recitando esa oración ya nos estamos ofreciendo y bastaría con que luego, a lo largo del día, hiciéramos efectivo ese ofrecimiento para que fuésemos todos santos.
Unos ojos abiertos para descubrir las necesidades de los demás -como los de santa María- y no para curiosear en las vidas de los demás son un sacrificio agradable a Dios. Unos oídos abiertos para el que clama por la justicia y la misericordia y para la llamada de Dios; una lengua que alaba a Dios, que bendice, que da gracias, que proclama el Evangelio y no murmura; un corazón -como el de Santa María- que guarda y medita la Palabra; una persona consagrada de verdad a Santa María… esa es la ofrenda agradable a Dios.
Claro que no basta con recitar la oración. San Pablo añade:
Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
Al comenzar la jornada renovamos nuestro ofrecimiento con esa oración tan sencilla -hay otras, claro- y luego se trata de hacer efectivo ese ofrecimiento. No haría falta nada más para renovar nuestras vidas y para ofrecer a Dios un culto razonable. (El leccionario traduce culto razonable, pero el Papa Benedicto XVI lee culto modelado por la palabra).
Llevaba yo cinco años y medio sin visitar al dentista porque me daba miedo y pensaba: me va a descubrir un montón de caries, voy a tener que estar volviendo cada semana, me va a cobrar un montón de dinero y me va a hacer mucho daño. Así pensaba. Y estuve cinco años y medio con esa bobada sabiendo que tenía que ir al dentista -porque hay que ir cada seis meses- y no queriendo ir. Hasta que mi asesor de imagen y su amable esposa me dieron la dirección del dentista de San Miguel y me animaron a ir asegurándome que era muy buen dentista, que no hacía daño y que no era caro. Con amigos así da gusto. Entonces fui y -en media hora- estaba listo. Me hizo una limpieza de boca, no me hizo daño, me cobró poquísimo y me dijo que no tenía caries y que volviera a los seis meses. ¡Que descanso!
Lo cuento porque, a menudo, nos pasa algo parecido con Dios. Tenemos miedo de entreganros a Él, de abandonarnos en sus manos. No queremos cometer grandes pecados pero tampoco nos decidimos a tomar la cruz de cada día para seguir a Jesús. Decimos mañana. Y mañana volvemos a decir lo mismo. Y nos imaginamos que si damos un paso más en nuestra entrega van a ocurrirnos cosas horribles. Sabemos que Dios nos está llamando pero tenemos miedo.
Al pobre Jeremías le pasaba eso. La palabra de Dios le quemaba por dentro. Sabía que no podía callar; que debía denunciar el pecado, que no podía mirar a otro lado y vivir haciéndose el gracioso para quedar bien. Pero, por otra parte, hablar y dar testimonio de la verdad que ardía en su corazón lo había convertido en alguien incómodo y despreciado. Y se resistía
No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre; ; pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla, y no podía.
Hasta que se entregó.
Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste.
¡Qué alivio! ¡Que bien cuando, por fin, cedemos a la llamada de Dios!
También San Pedro quiso forcejear con Cristo. Acababa de proclamar su fe y había oído que Jesús le decía: Dichoso tú, Simón. Entonces Jesús les dijo que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho y morir antes de resucitar. Y San Pedro no hizo mucho caso de eso de resucitar. Se quedó con lo de morir y dijo:
No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.
Jesús, perfecto Hombre, temblaba ante la idea de la muerte. La parte sensible de su voluntad se conmovía ante el dolor que le aguardaba, pero su alimento era hacer la Voluntad de su Padre y no necesitaba amigos que le hicieran más difícil la entrega. Por eso dio la espalda a Pedro diciendo:
Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.
Y luego nos explicó lo que deberíamos hacer todos para seguirle:
El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Oímos lo de “negarse a sí mismo” y lo de “cruz” y empezamos a imaginarnos cosas raras y nos entra el miedo. Y, aunque sabemos que no hay otro camino nos resistimos. Nos resistimos a confesar nuestros pecados, por ejemplo: pasado mañana. Nos resistimos a entrar por la senda estrecha: mañana. Tratamos de convencernos de que podemos vivir con una vela encendida a Dios y otra vela encendida al diablo aunque, en el fondo, sabemos que ese no es el camino. Hasta que damos el paso; nos dejamos vencer por Dios y descubrimos que no era para tanto, que la Cruz la lleva Él y que Él nos auxilia.
Entonces ¡que alivio! Y qué alegría cada vez que nos abandonamos a Él. Ya no cuentan las penas decía San Josemaría. Y es verdad. La paz y la alegría vienen de ese abandono confiado.
Es maravillosa la oración del salmista:
Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.
Cada día, al despertarnos, renovamos nuestro ofrecimiento con la seguridad de que Santa María nos llevará de la mano y, después de este destierro, nos mostrará a Jesús, fruto bendito de su vientre. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. Ruega por esos hermanos nuestros que están padeciendo el martirio y por nosotros que queremos ser tuyos de verdad.
Javier Vicens Hualde
Párroco de S. Miguel de Salinas