jueves, 30 de mayo de 2013

LA AVARICIA (EL AGUJERO NEGRO)

DESCRITA EN ESTE VÍDEO


miércoles, 29 de mayo de 2013

EL PAPA ESCRIBE Y HABLA

El papa Francisco envió una breve carta al sacerdote argentino Enrique “Quique” Rodríguez, en la que muestra su preocupación por hacer una “vida normal” y mantener su contacto con la gente.
“Estoy a la vista de la gente y hago vida normal: misa pública a la mañana, como en el comedor con todos, etc. Esto me hace bien y evita que quede aislado”, le comentó el papa Francisco a Martínez quien le había escrito el pasado miércoles 1° de mayo.
El padre Quique comentó por radio La Red La Rioja que el domingo llegó a la casa de retiros Tinkunaco de esta capital, ubicada al lado de su parroquia, y allí había un sobre a su nombre, pero sin remitente.
“Eso me llamó la atención y la abrí de inmediato, dándome la grata sorpresa de que era la respuesta del Papa, a quien conocimos hace mucho. Yo le había escrito para comentarle sobre las fiestas patronales del barrio”, contó. Como eso ocurrió justo antes del inicio de la misa, el cura decidió leer la misiva papal al final de la celebración, lo que “alegró mucho a la comunidad, tanto que los feligreses aplaudieron cuando terminé de leerla”.
La carta que tanto asombro generó en el sacerdote dice textualmente: “Querido Quique: Hoy recibí la carta del pasado 1° de mayo. Me trajo mucha alegría, La descripción de la Fiesta Patronal me trajo aire fresco. Yo estoy bien y no he perdido la paz frente a un hecho totalmente sorpresivo, y esto lo considero un don de Dios.
Procuro tener el mismo modo de ser y de actuar que tenía en BS As, porque, si a mi edad cambio, seguro que hago el ridículo. No quise ir al Palacio Apostólico a vivir, voy sólo a trabajar y a las audiencias. Me quedé a vivir en la Casa Santa Marta, que es una casa (donde nos alojábamos durante el Cónclave) de huéspedes para obispos, curas y laicos. Estoy a la vista de la gente y hago la vida normal: misa pública a la mañana, como en el comedor con todos, etc. Esto me hace bien y evita que quede aislado. Quique, saludos a tus feligreses. Te pido, por favor, que reces y hagas rezar por mí. Saludos a Carlos y Miguel. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide. Fraternalmente, Francisco. Vaticano, 15 de mayo 2013”.

Aquí puedes leer la homilía que pronunció ayer en Santa Marta: 

lunes, 27 de mayo de 2013

JORNADA PRO ORANTIBUS

Ayer celebrábamos en toda la Iglesia la jornada Pro Orantibus, en la que recordamos y oramos por todos los contemplativos. Oramos especialmente por los contemplativos de nuestra Parroquia: Hna Paloma Rojas,  Hna Rosa M. Cabello, Hna. M. Teresa del Sgdo. Corazón, P. Juan Javier Martín Hernández.

Jornada Pro Orantibus: Testimonio de Sor Teresia Barajuen,  monja del Císter desde 1927 en Buenafuente del Sistal
Nos acercamos al Monasterio de Buenafuente del Sistal, donde desde hace 86 años, Madre Teresita Barajuen permanece como monja contemplativa del la Orden del Cister. Se da la providencia de que el mismo día que nacía en Alemania el papa Benedicto XVI, entraba en el convento la joven Valeriana (al hacer los votos tomó el nombre de la santa de Lisieux), de 19 años, nacida en Foronda, provincia de Álava.

Le hemos pedido a la monja más longeva de España, y que más tiempo lleva en un monasterio de clausura, que ha sido abadesa durante 21 años, su testimonio sobre cómo han sido sus años de vida monástica antes y después del Concilio Vaticano II.

Con verdadera disponibilidad, por saber que era una entrevista para el día “Pro Orantibus”, nos ha respondido a diversas preguntas sobre la vida en clausura, la vida litúrgica y su experiencia personal de Dios.

Ha resaltado repetidas veces que el cambio que más ha valorado y le ha ayudado en su vida de espiritual ha sido el cambio litúrgico y la posibilidad de mayor formación. “El cambio ha sido maravilloso”. Antes del Concilio “no entendían el latín”. Ahora, “la participación en la Eucaristía me es de gran ayuda”.

“Antes del Concilio era escasa la formación, a veces no había siquiera homilía en la Misa. Ahora nos alimentamos a diario de la Palabra de Dios, y de los comentarios. También ha sido muy importante la posibilidad de lectura y de mayor formación. Antes, por pobreza, no teníamos en el Monasterio más que media docena de libros, “La Regla meditada”; “Caminos de oración”; “La vida devota de san Francisco de Sales”… Ahora puedo leer mucho más.” Ahora mismo está leyendo un libro sobre “La divina misericordia” y otro sobre la Madre Teresa de Calcuta, de la que comenta que es una mujer maravillosa. Lee “Alfa y Omega” y la Revista Ecclesia”. “Aunque después de comer, leo algo más sencillo”, comenta M. Teresita.

Nos adentramos en la vida espiritual de esta monja centenaria, que cuenta que al principio dudó de su vocación, porque “pensaba que la vida en el Monasterio era no hacer nada”. Pero consultó y le aseguraron que tenía una vocación muy hermosa, y no dudó más. Bueno, en otro momento, sintió la tentación, pero acudió al sagrario y “se me pasó para siempre”.

A esta altura, me atreví a preguntarle sobre su experiencia más personal de Dios. Y con una gran sencillez nos contó que ella “se mete en el corazón de la Virgen y no sale de ahí”, y de la mano de la Virgen entra en relación con Dios.

Actualmente, cuando se acerca la hora de comulgar, siente mucho sufrimiento, pero después de comulgar siente un abrazo muy íntimo del Señor, comprende que Jesús desea que comulgue, a pesar del sufrimiento que le asalta antes de hacerlo.

Ante estas afirmaciones, le pregunto: cómo alimenta su espiritualidad, y responde con gran rapidez que con la lectura, la oración continua, sobre todo la oración de súplica por todos. “Cada mañana ruego por los de casa, para que sean visitados por la Virgen.” Sus devociones más personales son su trato con la Virgen María y con San José, “que es el administrador de la casa”.

Madre Teresita es conocida en el mundo entero por su relación con el Papa Benedicto XVI, quien la recibió personalmente en audiencia el día 20 de agosto de 2011, con motivo de su viaje a España para la JMJ. Le hemos preguntado por esta relación con el Papa, y confiesa que lo quiere mucho, que le escribe, lo encomienda a los santos que han sido papas, y le envía ángeles que le ayuden.

Me atreví a preguntarle qué pensaba sobre la renuncia de Benedicto XVI, y sorprendentemente, respondió: “Me parece muy bien. “Si no puede, no puede”.

Para terminar, le hice dos últimas preguntas: ¿Cómo se encuentra?, y  ¿Qué desea decir a los consagrados? A la primera, aseguró que estaba contentísima. “Siempre he estado contenta, aunque haya habido sufrimiento”. Y a la segunda, de manera inclusiva, para todos, dijo: “Que vayan a la Virgen, que ella les enseñará”. “La Virgen tiene para cada uno un consejo”.

Hemos encontrado a una monja de clausura, a punto de cumplir 106 años, que ha vivido los cambios de la Iglesia con total docilidad. Nos ha asegurado que según iba proponiendo la Iglesia, iba aceptado sus consideraciones y enseñanzas. De tal manera que aconseja a todos que seamos para los fieles testimonio de obediencia a lo que nos pide la Iglesia.

Con sincera gratitud, nos despedimos sabiendo que somos acompañados permanentemente por la oración de M. Teresita, que sigue levantándose a las 5 de la mañana y participa en todo los actos litúrgicos de la comunidad.
Revista Ecclesia

domingo, 26 de mayo de 2013

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Un grupo de niños de nuestra Parroquia, recibe hoy por primera vez a Jesús Eucaristía.
Que el Señor encuentre corazones generosos y abiertos en ellos y en sus familias para que sea una fiesta de fe y de gracia para todos .

Evangelio
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
«Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia: sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará».
Juan 16, 12-15

Tal como Jesús ha prometido, el Espíritu Santo guía a la verdad plena. Después de celebrar la solemnidad de Pentecostés, la Liturgia nos invita a celebrar el misterio central de la fe y de la vida cristiana: el misterio de la Santísima Trinidad. En este domingo, la Iglesia pone una petición en nuestros labios: pedimos al Padre que nos conceda profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa. Tres acciones nos introducen en el Misterio: profesión de fe, conocimiento de la Gloria y adoración del Único Dios. En el Evangelio de este día, el mismo Jesús nos ayuda a poner en práctica estas acciones.
Profesa la fe quien la confiesa, es decir, quien la declara con los labios como expresión de lo que lleva en el corazón. La profesión de fe es respuesta a la Palabra de Dios. Dios ha hablado al hombre en su propio lenguaje, mediante palabras y obras, desvelando su misterio y su plan de salvación. Enviando al Hijo, la Revelación alcanza su plenitud. El Padre queda como mudo (san Juan de la Cruz), porque en Él nos lo ha dicho todo. El Hijo habla lo que oye al Padre. Es mucho lo que desea seguir comunicando, pero el corazón humano no es capaz de acogerlo todo. El Espíritu Santo, que el Padre envía por petición del Hijo, prepara nuestro corazón, capacitándolo para acoger y comprender las palabras de Jesucristo. Por eso, no es posible confesar la verdad de Dios sin la ayuda del Espíritu Santo. La debilidad nuestra, que impide cargar con las palabras del Hijo, es socorrida por el Espíritu que congrega en la Iglesia. Confesar la fe en la Trinidad implica entonces entrar en el coloquio amoroso de las Personas divinas desvelándonos su misterio y el nuestro. La confesión de la fe es siempre un acto eclesial. En la Profesión de fe trinitaria está la proclamación de lo que Dios realiza en favor nuestro: nos crea, nos redime, nos santifica. En la Profesión está el reconocimiento de nuestra dignidad: creados capaces de Dios, redimidos por su amor misericordioso, llamados a compartir la misma vida divina. Inquieto estará nuestro corazón mientras no descanse en Dios.
Conoce la Gloria quien entra en trato con el Hijo. Jesucristo nos llama a imitarle, a seguirle y a permanecer en Él. El Espíritu Santo glorifica al Hijo porque de Él recibe lo que nos comunica. El Hijo glorifica al Padre porque todo lo recibe de Él. El Padre es glorificado por la entrega del Hijo. Misterio admirable de donación y acogida, que permite distinguir a las Personas en la Unidad de Dios. Conoce la Gloria de la Trinidad quien es introducido en los lazos amorosos de la comunión trinitaria. «Ves la Trinidad si ves el amor» (san Agustín). ¡Bendita Gloria que nos vivifica! ¡Bendita vida que nace del conocimiento de Dios! ¡Benditos lazos de amor que nos hacen verdaderamente libres!
Adora al único Dios verdadero quien, iluminado por su Palabra, reconoce su propia estatura ante Él y se postra. La adoración de Dios dignifica al ser humano porque le sitúa ante su propia verdad. Él es el Creador y nosotros somos sus criaturas. Plasmado a su imagen, dotado de dignidad personal, capacitado por la gracia para ser morada de la Trinidad, el ser humano reconoce en el Amor de la Santísima Trinidad su origen y su meta. Celebrar la Trinidad es vivir en la verdad plena.
+ José Rico Pavés
obispo auxiliar de Getafe

viernes, 24 de mayo de 2013

TESTIGO DE LA VERDAD


Veinte años después de su asesinato a manos de la mafia, el sacerdote don Pino Puglisi será beatificado, después de que el Vaticano haya reconocido su martirio por odio a la fe. En la isla de Sicilia todavía recuerdan su amor por los más jóvenes, y su constante alegría

Una calle de Palermo
Se hacía llamar 3P (Padre Pino Puglisi), porque su tarjeta de visita era un sonrisa radiante y un sano sentido del humor; una vez le preguntaron socarronamente dónde estaba el pelo que le faltaba en la cabeza, y respondió: Es para reflejar mejor la luz divina. Ser consciente de su dura misión en Palermo, una población siciliana donde la mafia lleva siglos arraigada, no le hizo perder su fina ironía: Me han hecho párroco del Papa, decía, porque la casa de Michele Greco, a quien llamaban el Papa de la mafia, caía dentro del territorio de la parroquia.
Quizá por todo eso lo mataron; porque el diablo odia tanto la verdad y la fe como la alegría. Fueron a por él el 15 de septiembre de 1993, el día de su 56 cumpleaños, con una 7,65 con silenciador, y antes de recibir un tiro en la nuca miró y sonrió a su asesino -Salvatore Grigoli, el que apretó el gatillo, confesó que no pudo dormir esa noche recordando esa mirada-, y dijo: Me lo esperaba.
El próximo sábado, 25 de mayo, será beatificado en Palermo, pues la Iglesia ha reconocido que fue asesinado por la mafia por odio a la fe hace ahora veinte años, debido a su incansable trabajo por la paz y sus reiteradas llamadas al arrepentimiento de los criminales.
Presa de las calles
Hablar y decir hoy que mafia y Evangelio son incompatibles parece evidente, pero no lo ha sido tanto en Sicilia durante mucho tiempo; son muchos los que recuerdan a los capos de las grandes familias en las fiestas patronales, en los principales eventos de la Iglesia, y muchos han oído nombrar a la Madonna en los mismos labios que han dictado condenas a muerte...
Don Pino se opuso a todo eso, y sabía dónde se metía. Al explicar cómo era su parroquia de San Gaetano, en Brancaccio, uno de los barrios más duros de Palermo, escribía: «Hay un buen fermento en la parroquia de personas que participan en la acción litúrgica, la catequesis y la caridad, pero las necesidades de la población son muy superiores a los recursos que tenemos. Hay muchas familias pobres aquí, ancianos enfermos y solos, muchos discapacitados físicos y mentales, niños y jóvenes desempleados, sin valores reales, sin un sentido de la vida, muchos niños y niñas, y los niños casi abandonados a sí mismos que, eludiendo las obligaciones escolares, son presa de la calle, donde aprenden la desviación, la violencia y los asaltos».
El perdón es mi esperanza

Don Pino Puglisi
Don Pino vino al mundo en el mismo barrio en el que nació a la Vida: Brancaccio. Conocía bien sus calles y sus gentes, el dolor causado por la mafia y el daño mayor que hacía el miedo entre sus habitantes. Los capos reclutaban niños para utilizarlos como correos de droga, y Don Pino fundó para ellos el hogar Padre Nuestro, para alejarlos de las calles y de las malas influencias: «Nuestro objetivo principal son los niños y adolescentes; con ellos estamos a tiempo, y la acción pedagógica puede ser eficaz. Aquí podrán ver la vida de un modo distinto», explicaba. También fundó laCasa de Hospitalidad de la Madre, en ayuda de madres solteras con dificultades.
Pero acciones como ésas no significaban «que tengamos que renunciar a las protestas, a las denuncias», decía. Y se convirtió en alguien ciertamente incómodo para muchos. A veces, con palabra de comprensión: «Hago un llamamiento a los protagonistas de la intimidación que nos atacan. Hablemos, yo te conozco y sé las razones que empujan a obstaculizar la labor de los que tratan de educar a tus hijos en el respeto mutuo, los valores y la cultura». Otras veces, con dureza: en una ocasión, en un festival de Navidad, se presentaron en primera fila unos políticos que estaban bajo la cuerda de la mafia, y les espetó: «¿Con qué cara se presentan aquí, después de todo lo que le han hecho a nuestro barrio?» Rechazaba para sus obras todo donativo de dudosa procedencia, porque confiaba infinitamente en la Providencia.
Y la Providencia nunca le falló, hasta el punto que le concedió también, después de su muerte, la conversión de su asesino. El 17 de septiembre de 1998, Salvatore Grigoli escribió una carta al alcalde de Palermo, pidiendo perdón a toda la ciudad, y reconociendo «haberme equivocado de un modo grave. He comenzado a saborear el bien y a odiar el mal. La muerte de don Pino ha contribuido a este cambio. Es algo que, por desgracia, me duele mucho. Me pregunto si Don Pino fue enviado por Dios a la tierra con esta tarea específica. A mí, personalmente, me duele acordarme de él, por lo que todos conocen, pero a muchos otros puede hacerles bien recordarlo, porque él murió por hacer el bien a los demás, y a un precio muy alto».
Para Grigoli, fueron también determinantes las palabras de Juan Pablo II a los mafiosos de la isla -«Este pueblo siciliano, que ama tanto la vida, no puede vivir siempre bajo la civilización de la muerte. Os digo a los responsables: ¡convertíos! ¡Un día llegará el juicio de Dios!»- Grigoli recogió así la invitación del Papa: «El perdón que he recibido de Juan Pablo II es mi esperanza. Lo que ocurrió entre Dios y yo debe quedar en mi alma, pero estoy seguro de que se encuentra con Don Pino en el cielo, y que se alegrarán de todo lo que he cambiado».
Todos ellos tendrán un nuevo motivo de fiesta el sábado, cuando el cielo se alegre por el reconocimiento de un nuevo testigo de la fe, del perdón y de la alegría: Don Pino Puglisi, 3P.
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

Publicado en Alfa y Omega

jueves, 23 de mayo de 2013

SUMO Y ETERNO SACERDOTE




Ayer por la noche vino un sacerdote para ver le sistema de iluminación de la parroquia, una vez acabadas sus tareas sacerdotales a quedar con el electricista a ver cómo puede mejorar la iluminación de su templo. Muchas veces un sacerdote es de todo: decorador, electricista, escayolista, especialista en obras, contable inspector de humedades, diseñador gráfico, cantor, escribiente, especialista en rebajas, asistente social…, pero no puede olvidar su única razón de ser: el de ser sacerdote. Muchas veces te dicen que tienes que aprender a delegar cosas, pero no es sencillo encontrar personas que estén dispuestas a cualquier hora del día a ver cualquier asunto de la parroquia. Pero la verdad es que lo que somos es sacerdotes…, y nos hace mucha falta vuestra oración.

“Y, tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: -«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.» Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo: -«Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.»” La Fiesta de hoy suele pasar desapercibida, la fiesta de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. Es la fiesta que nos recuerda a los fieles y a los sacerdotes que el único sacerdote es Jesucristo y, todos los demás –por el sacerdocio común o ministerial-, participamos de su sacerdocio. No somos dueños, creadores ni creativos de nuestro sacerdocio, sino que participamos del de Jesucristo. Por eso no es concebible en ningún cristiano, y menos en un sacerdote, que no quiera identificarse más con Cristo, parecerse más a Él, actuar en su nombre y nunca en nombre propio. Es cierto que la soberbia, el cansancio y la rutina entran en ocasiones en nuestras vidas, pero tenemos que renovar la ilusión y las ganas de ser sacerdotes.
Muchas calumnias se dicen sobre los sacerdotes, aunque en ocasiones seamos grandes pecadores, pero estoy convencido que hay muchísimos sacerdotes fieles, entregados, generosos, piadosos e ilusionados que desganados y aprovechados. Pero hace falta oración y hacen falta vocaciones.
Que en el día de hoy pidamos a María, madre de los sacerdotes, la fidelidad de todos y el aumento de vocaciones.

Comentario a la liturgia del día www.archimadrid.org

miércoles, 22 de mayo de 2013

SERVIR-AMAR


En España, hay en la actualidad 378 diáconos permanentes, vocación especialmente orientada al servicio a la Iglesia, que está experimentando un notable incremento en todo el mundo, en los últimos años, sobre todo en Europa y Estados Unidos. La semana pasada fueron ordenados en Madrid cuatro nuevos diáconos permanentes; uno de ellos es, a su vez, hijo de otro diácono permanente. Alfa y Omega ha hablado con ambos sobre este ministerio en la Iglesia

Ordenación de cuatro diáconos permanentes,
el sábado pasado, en el Seminario de Madrid
La familia Marín es una familia especialmente volcada al servicio de la Iglesia. El padre, Fausto Marín, fue ordenado diácono permanente hace ahora dieciséis años; y su hijo Fausto recibió la ordenación diaconal el sábado pasado, junto a otros tres compañeros, de manos de monseñor César Franco, obispo auxiliar de Madrid. A la hora de hablar del diaconado permanente, ambos subrayan, sobre todo, dos palabras: vocación y servicio. «Lo más bonito de ser diácono permanente es que estás al servicio de la Iglesia, al servicio de los hermanos -explica Fausto padre-. No he venido a ser servido, sino a servir: el diácono debe tener esta frase del Señor como lema. Ha de ser un puente entre el pueblo de Dios y los sacerdotes. Y lo más importante, como en un presbítero o en cualquier cristiano, es el testimonio. Porque las palabras mueven, pero el testimonio arrastra. Todas las mañanas doy gracias a Dios y le pido la ilusión por este camino, y lo mismo he pedido estos días para mi hijo».
Fausto hijo añade que «la clave del diaconado es la palabra servicio, servir a la Iglesia lo mejor que podamos y con la mayor humildad posible, en ayuda al pueblo de Dios, con nuestros pastores y obispos. El Papa nos ha recordado recientemente que el poder servir, poder ayudar a los más necesitados, es una verdadera gracia».
El diácono permanente suele ser un hombre casado, con hijos, con 5 años al menos de matrimonio estable y que ha dado testimonio cristiano en la educación de los hijos y la vida familiar. Está al servicio de la Iglesia, especialmente en las parroquias, atendiendo a las necesidades de la comunidad parroquial, trabajando en Cáritas, en el despacho parroquial, oficiando entierros, impartiendo cursos prebautismales, ayudando a matrimonios en dificultades..., además de administrar los sacramentos del Matrimonio o del Bautismo, o proclamando el Evangelio en la Santa Misa.
En cualquier caso, hay algo que se debe dejar claro, a la hora de hablar del diaconado permanente: es una auténtica vocación, a la que no se responde sólo de manera individual, sino que implica al mismo matrimonio. Lo explica Fausto hijo: «Esta vocación nace desde el matrimonio: yo no habría sido diácono si mi mujer no hubiera querido que lo fuera. Para nosotros es algo fundamental en nuestra familia, no es una llamada exclusivamente individual». Además de ello, se puede decir que la vocación al diaconado permanente «une más al matrimonio; es una gracia para el matrimonio. Por ejemplo, nosotros rezamos la Liturgia de las Horas, y en esa oración de la Iglesia nos acompañan nuestras mujeres. El diaconado permanente existe también como un servicio del matrimonio a la comunidad; no es algo que hagamos nosotros solamente; nuestras mujeres nos ayudan a nosotros en nuestro servicio a la Iglesia. Mi mujer ha vivido todo esto como una gracia muy especial», cuenta Fausto. Y añade que el beneficio de esta llamada de Dios se extiende incluso a los hijos: «Que la familia se una en casa para rezar es una auténtica gracia de Dios. Mi hijo mayor, de cuatro años, nos ve a mi mujer y a mí rezando Vísperas, y cuando nos retrasamos por cualquier motivo viene él mismo con el libro para rezar con nosotros».
La fe, tras el 11-M

Fausto padre y Fausto hijo
Algo que ha unido también a los Marín ha sido el fallecimiento de Vicente, uno de los cuatro hijos de la familia, en los atentados del 11-M. Fausto padre afirma que la familia ha vivido siempre este acontecimiento «con mucha fe. En el Ifema, esperando la identificación de los familiares, veías que la gente que no tenía fe estaba derrumbada. Allí, un psicólogo me ofreció una pastilla, y le contesté: Por deferencia se la voy a coger -y todavía la conservo-; pero la pastilla que he tomado esta mañana es más importante: el Cuerpo de Cristo, que es Quien me está dando fuerzas». De aquellos días, Fausto hijo recuerda que, «desde el principio, nos centramos en rezar, por mi hermano y por las demás víctimas. Para nosotros, fue una prueba muy importante, y cada día doy gracias a Dios por habernos dado la fe»; a día de hoy, asegura que «mi hermano está presente cada día con nosotros, especialmente en el momento en que celebramos a Jesucristo, en la Eucaristía. Acabamos de celebrar la fiesta de la Ascensión: ésta es nuestra fe, y así la vivo yo todos los días. El sábado pasado, cuando recibí la ordenación diaconal, en el momento en que se cantaban las Letanías, yo estoy seguro de que él estaba allí con nosotros».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Publicado en Alfa y Omega

martes, 21 de mayo de 2013

DAR/DARSE

Debéis dar lo que os cuesta alguna cosa. No basta con dar solamente eso de lo que podéis prescindir, sino también aquello de lo que no podéis ni queréis prescindir, aquellas cosas a las cuales estáis atadas. Entonces vuestro don llegará a ser un sacrificio precioso a los ojos de Dios. A eso yo le llamo el amor en acción. Todos los días veo crecer este amor en los niños, en los hombres, en las mujeres.

Un día bajaba yo por la calle; un mendigo se me acerca y me dice: "Madre Teresa, todo el mundo te hace regalos; también yo quiero darte alguna cosa. Hoy he recibido tan sólo veintinueve céntimos en todo el día y te los quiero dar". Reflexioné un momento: "Si acepto estos veintinueve céntimos (que no valen prácticamente nada), él corre el riesgo de no poder comer nada esta noche, y si no se los acepto, le voy a dar un disgusto". 
Entonces extendí la mano y cogí el dinero. Nunca jamás he visto sobre ningún rostro tanto gozo como en el de este hombre por el mero hecho de haber podido dar algo a Madre Teresa. ¡Se sintió muy feliz! Fue para él, que había mendigado todo el día bajo el sol, un enorme sacrificio darme esta irrisoria cantidad con la que no se podía hacer nada. Pero fue maravilloso también porque esas pocas monedas a las que renunciaba llegaron a ser una gran fortuna al haber sido dadas con tanto amor.

Beata Teresa de Calcuta
Fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad
(1919-1997)

lunes, 20 de mayo de 2013

EL PAPA NOS HA DICHO EN PENTECOSTÉS...

Queridos hermanos y hermanas:
En este día, contemplamos y revivimos en la liturgia la efusión del Espíritu Santo que Cristo resucitado derramó sobre la Iglesia, un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo de Jerusalén para difundirse por todo el mundo.

Pero, ¿qué sucedió en aquel día tan lejano a nosotros, y sin embargo, tan cercano, que llega adentro de nuestro corazón? San Lucas nos da la respuesta en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (2,1-11). El evangelista nos lleva hasta Jerusalén, al piso superior de la casa donde están reunidos los Apóstoles. 

El primer elemento que nos llama la atención es el estruendo que de repente vino del cielo, «como de viento que sopla fuertemente», y llenó toda la casa; luego, las «lenguas como llamaradas», que se dividían y se posaban encima de cada uno de los Apóstoles. Estruendo y lenguas de fuego son signos claros y concretos que tocan a los Apóstoles, no sólo exteriormente, sino también en su interior: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, «se llenaron todos de Espíritu Santo», que desencadenó su fuerza irresistible, con resultados llamativos: «Empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse». Asistimos, entonces, a una situación totalmente sorprendente: una multitud se congrega y queda admirada porque cada uno oye hablar a los Apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo, que nunca había sucedido: «Los oímos hablar en nuestra lengua nativa». 

¿Y de qué hablaban? 

«De las grandezas de Dios».

A la luz de este texto de los Hechos de los Apóstoles, deseo reflexionar sobre tres palabras relacionadas con la acción del Espíritu: novedad, armonía, misión.

1. La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. 

Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. 

Preguntémonos: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta?

2. Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porqueproduce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo “ipse harmonia est”. 

Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. 

Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son peligrosos.

Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial, y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2Jn 9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?

3. El último punto. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. 

Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16). 

Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión.

La liturgia de hoy es una gran oración, que la Iglesia con Jesús eleva al Padre, para que renueve la efusión del Espíritu Santo. Que cada uno de nosotros, cada grupo, cada movimiento, en la armonía de la Iglesia, se dirija al Padre para pedirle este don. También hoy, como en su nacimiento, junto con María, la Iglesia invoca: «Veni Sancte Spiritus! – Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Amén.

Agradecimiento al Papa Francisco de Mons. Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la promoción de la nueva Evangelización al final de la Santa Eucaristía de Pentecostés :
Santo Padre, 
Gracias. En nombre de todos los movimientos, nuevas comunidades, asociaciones y agregaciones laicales el más sincero y sentido agradecimiento por estos dos días durante los cuales hemos experimentado la fuerza que viene desde lo "alto". 

El Señor Jesús lo prometió a sus discípulos y todos nosotros en perenne continuidad con la fe de siempre, renovada por el agua del Bautismo que da la vida, experimentamos cada día su potencia y sus dones. Esta fuerza es capaz de transformar el corazón, de cambiarlo, de convertirlo y de hacerlo capaz de amar. 

Un amor que va más allá de nosotros mismos porque, generado por el Crucificado Resucitado, y renovado por la presencia fecunda del Espíritu Santo, nos empuja hacia las periferias de la vida humana y a los confines del mundo. 

Santo Padre, ayer por la tarde con tanta espontaneidad unida a la gran pasión evangélica usted ha querido indicar un camino para hacer más fecunda la misión de la variada constelación del laicado en el mundo. 

Nos ha recordado colocar siempre a Cristo al centro, porque sólo así la Iglesia será ella misma sin encerrarse entre los bastiones de sus certezas que son síntomas de enfermedad y de asfixia. La misión de evangelizar con coraje y paciencia, al contrario, debe empujarla a crear una cultura del encuentro para permitir de ver y tocar con mano la carne de Cristo. 

Hoy en esta Santa Eucaristía el Señor Resucitado ha renovado en todos nosotros la fuerza para volver a las respectivas comunidades en las cuales cada día se vive la fe. Reforzados por el Cuerpo de Cristo que es nuestro alimento, somos conscientes de la gran misión de la cual el Sucesor de Pedro nos ha investido: ser discípulos y misioneros del Señor Resucitado para que todos los hombres en Él, encuentren la vida. 

Esta vida es un don. Es gracia. Consiste en conocer al Padre y vivir la comunión con él. Es ella que forma las comunidades cristianas y permite hacer experiencia de los frutos de la fe. Estos dos días, Santo Padre, han sido una ulterior etapa en el camino iniciado con el Vaticano II. 

Todas estas realidades eclesiales sienten tener que empeñarse en la Nueva Evangelización dondequiera el Señor los llame. Cada uno de ellos sabe que la peculiaridad de la misión consiste en llevar el Evangelio allí, dónde sólo a través de ellos puede convertirse en sal y luz para los hombres. 

Santo Padre, antes de dejarlos en espera de otra cita futura, diríjales las mismas palabras de Pablo a los cristianos de Éfeso: "Ahora los encomiendo al Señor y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y darles la parte de la herencia que les corresponde, con todos los que han sido santificados " (Hch. 20,32). El camino que les espera es difícil y fatigoso. Saben, sin embargo, que pueden contar con la oración y con el apoyo del Papa. Los acompañen en su misión los santos y los beatos que han hecho posible esta nueva aventura de la Iglesia, en particular el beato Juan XXIII, el beato Juan Pablo II y desde hace algunos días el beato don Luigi Novarese precursor en esta Iglesia de Roma del movimiento de los Voluntarios del sufrimiento. 

jueves, 16 de mayo de 2013

CATEQUESIS CON EL PAPA

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy me quiero centrar en la acción que el Espíritu Santo realiza en la guía de la Iglesia y de cada uno de nosotros a la Verdad. Jesús mismo dice a sus discípulos: el Espíritu Santo "les guiará en toda la verdad" (Jn. 16,13), siendo él mismo "el Espíritu de la Verdad" (cf. Jn 14,17; 15,26; 16,13).
Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico con respecto a la verdad. Benedicto XVI ha hablado muchas veces de relativismo, es decir, la tendencia a creer que no hay nada definitivo, y a pensar que la verdad está dada por el consenso general o por lo que nosotros queremos. Surge la pregunta: ¿existe realmente "la" verdad? ¿Qué es "la" verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla? Aquí me viene a la memoria la pregunta del procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: "¿Qué es la verdad?" (Jn. 18,37.38).
Pilato no llega a entender que "la" Verdad está frente a él, no es capaz de ver en Jesús el rostro de la verdad, que es el rostro de Dios. Y sin embargo, Jesús es esto: la Verdad, la cual, en la plenitud de los tiempos, "se hizo carne" (Jn. 1,1.14), que vino entre nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona.
Pero, ¿quién nos hace reconocer que Jesús es "la" Palabra de la verdad, el Hijo unigénito de Dios Padre? San Pablo enseña que «nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, si no está impulsado por el Espíritu Santo» (1 Cor. 12,3). Es solo el Espíritu Santo, el don de Cristo Resucitado, quien nos hace reconocer la verdad. Jesús lo define el "Paráclito", que significa "el que viene en nuestra ayuda", el que está a nuestro lado para sostenernos en este camino de conocimiento; y, en la Última Cena, Jesús asegura a sus discípulos que el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas, recordándoles sus palabras (cf. Jn. 14,26).
¿Cuál es entonces la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas y en la vida de la Iglesia para guiarnos a la verdad? En primer lugar, recuerda e imprime en los corazones de los creyentes las palabras que Jesús dijo, y precisamente a través de estas palabras, la ley de Dios --como lo habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento--, se inscribe en nuestros corazones y en nosotros se convierte en un principio de valoración de las decisiones y de orientación de las acciones cotidianas; se convierte en un principio de vida. Se realiza la gran profecía de Ezequiel: "Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo… infundiré mi espíritu en ustedes y les haré vivir según mis preceptos, y les haré observar y poner en práctica mis leyes” (36, 25-27). Es un hecho que de lo profundo de nosotros mismos nacen nuestras acciones: es el corazón el que debe convertirse a Dios, y el Espíritu Santo lo transforma si nosotros nos abrimos a Él.
El Espíritu Santo, entonces, como promete Jesús, nos guía "en toda la verdad" (Jn. 16,13); nos lleva no solo al encuentro con Jesús, plenitud de la Verdad, sino que nos guía "en" la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión siempre más profunda con Jesús, dándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y esta no la podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial. La Tradición de la Iglesia afirma que el Espíritu de la verdad actúa en nuestros corazones, suscitando aquel "sentido de la fe" (sensus fidei), a través del cual, como afirma el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, indefectiblemente se adhiere a la fe transmitida, la profundiza con un juicio recto y la aplica más plenamente en la vida (cf. Constitución dogmática Lumen Gentium, 12). Probemos a preguntarnos: ¿estoy abierto a la acción del Espíritu Santo, le pido para que me ilumine, y me haga más sensible a las cosas de Dios?
Esta es una oración que tenemos que rezar todos los días: Espíritu Santo, haz que mi corazón esté abierto a la Palabra de Dios, que mi corazón esté abierto al bien, que mi corazón esté abierto a la belleza de Dios, todos los días. Me gustaría hacerles una pregunta a todos ustedes: ¿Cuántos de ustedes rezan cada día al Espíritu Santo, eh? ¡Serán pocos, eh! pocos, unos pocos, pero nosotros tenemos que cumplir este deseo de Jesús y orar cada día al Espíritu Santo para que abra nuestros corazones a Jesús.
Pensemos en María que «conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón " (Lc. 2,19.51). La recepción de las palabras y las verdades de fe, para que se conviertan en vida, se realiza y crece bajo la acción del Espíritu Santo. En este sentido, debemos aprender de María, reviviendo su "sí", su total disponibilidad para recibir al Hijo de Dios en su vida, que desde ese momento la transformó. A través del Espíritu Santo, el Padre y el Hijo establecen su morada en nosotros: nosotros vivimos en Dios y para Dios. ¿Pero nuestra vida está verdaderamente animada por Dios? ¿Cuántas cosas interpongo antes que Dios?
Queridos hermanos y hermanas, tenemos que dejarnos impregnar con la luz del Espíritu Santo, para que Él nos introduzca en la Verdad de Dios, que es el único Señor de nuestra vida. En este Año de la Fe, preguntémonos si en realidad hemos dado algunos pasos para conocer mejor a Cristo y las verdades de la fe, con la lectura y la meditación de las Escrituras, en el estudio del Catecismo, acercándonos con asiduidad a los Sacramentos. Pero preguntémonos al mismo tiempo cuántos pasos estamos dando para que la fe dirija toda nuestra existencia. No se es cristiano "por momentos", solo algunas veces, en algunas circunstancias, en algunas ocasiones. ¡No, no se puede ser cristiano así! ¡Se es cristiano en todo momento! Totalmente.
La verdad de Cristo, que el Espíritu Santo nos enseña y nos regala, forma parte para siempre y totalmente de nuestra vida cotidiana. Invoquémosle con más frecuencia, para que nos guíe en el camino de los discípulos de Cristo. Invoquémosle todos los días. Les hago esta propuesta: invoquemos cada día al Espíritu Santo. ¿Lo harán? No oigo, eh, ¡todos los días, eh! Y así el Espíritu nos acercará a Jesucristo. Gracias.

miércoles, 15 de mayo de 2013

¿QUÉ HAREMOS EN EL CIELO? 3 min DE CATECISMO


martes, 14 de mayo de 2013

S. MATÍAS

Un arranque de amor puede que sea factible, pero seguir en él de manera continuada, permanecer en él, es cosa que supera con creces lo que somos. Y eso es lo que nos pide Jesús. Que seamos como él, pues él permanece en todo momento en el amor del Padre; en el amor con que el Padre le ama.

La fuente del amor no somos nosotros, eso es la más pura de las evidencias, pero esa fuente ni siquiera es el Hijo, sino el Padre; de él es de donde procede nuestro amor y de él es de donde procede el amor que el Hijo nos tiene. Por eso puede él permanecer en el amor que nos tiene, y nosotros podemos permanecer en el amor que le tenemos a él. Pero hay una prueba de que ese amor permanece en nosotros: cuando cumplimos lo que es su voluntad para nosotros. Juan dice cuando él, y nosotros con él, cumplimos los mandamientos de nuestro Padre. Pero, cuidado, no nos confundamos. No es un conjunto de reglas y preceptos que Dios nos ha impuesto y debemos cumplir. Incluso no podemos olvidar que los diez mandamientos se enuncian de modo negativo: no matarás, sin con ello, en principio, decirnos qué debemos hacer, aunque, es claro, nuestro comportamiento deber ser tal que lleve a nunca matar; hay un hecho, el matar, y todo un ámbito de vida que girará en torno a lo que podría llevarnos a matar, en donde deberemos ser extremadamente cuidadosos.

El mandamiento será, pues, una cuestión de cuidado: de cuidadoso cuidado. Debemos ser fieles en nuestro cuidado del otro para no matar. No podemos ocultarnos del Señor, como Caín, para matar a Abel. Y el cuidado es, a su vez, cuestión de amor. Mas la plenitud del amor nos viene del Padre, de donde procede la torrentera de ese amor que para él es su mismo modo de ser, ser en completud.
Una torrentera de amor que, procediendo del Padre, nos llega por medio del Espíritu Santo. Ahora, pues, precisamente ahora, es cuando, habiendo subido Jesús, el Hijo, al seno del Padre, nos va a enviar el Espíritu con la fuerza de la gracia de Dios que nos santifica. Una fuerza, pues, que llega a nosotros por nuestra fe en quien muriera por y para nosotros en la cruz. Esa torrentera de amor que nos llega tiene en nosotros una puerta: nuestra fe en Jesús, el Cristo; en que en él se ha cumplido lo anunciado desde antiguo: que el Señor está con nosotros para siempre.


La sola fe en Cristo Jesús, muerto en la cruz y resucitado a la vida perdurable por la fuerza del Espíritu de Dios, nos adentra en los abismos insondables del amor de Dios. Si cerráramos esa puerta, estaríamos clausurando la acción de Dios en nosotros que nos justifica ante él. La cruz habría sido una muerte inútil. Ascendiendo Jesús al seno del Padre, no nos abriría la puerta del amor de Dios; quedaría cerrada para siempre. Puerta bien delgada: la puerta de nuestra fe en Cristo Jesús. En ella es donde permanecemos en su amor. Por ella viene a nosotros el beneficio de la cruz. Ella hace que no sea vano ese sacrificio. Es nuestra aportación al camino del Señor. Podemos decir: no quiero, no creo, no me da la gana; pero, también, con ayuda de la gracia, podemos decir: creo, quiero, cuida de mí en el sacramento de tu Iglesia.
Tenía la Iglesia tal confianza en el Espíritu, que echaron a suertes.

Liturgia del día en www.archimadrid.org

lunes, 13 de mayo de 2013

NUESTRA SEÑORA DE FATIMA

Hoy el Papa Francisco pondrá su pontificado y la JMJ, bajo la protección de Nuestra Señora de Fátima.
Nos unimos a la oración de nuestro Papa con estas mismas intenciones y la intercesión por todo el mundo a la Reina y Madre de la Iglesia.


Página oficial del Santuario AQUÍ



En 1917, en el momento de las apariciones, Fátima era una ciudad desconocida de 2.500 habitantes, situada a 800 metros de altura y a 130 kilómetros al norte de Lisboa, casi en el centro de Portugal. Hoy Fátima es famosa en todo el mundo y su santuario lo visitan innumerables devotos.

Allí, la Virgen se manifestó a niños de corta edad: Lucía, de diez años, Francisco, su primo, de nueve años, un jovencito tranquilo y reflexivo, y Jacinta, hermana menor de Francisco, muy vivaz y afectuosa. Tres niños campesinos muy normales, que no sabían ni leer ni escribir, acostumbrados a llevar a pastar a las ovejas todos los días. Niños buenos, equilibrados, serenos, valientes, con familias atentas y premurosas.

Los tres habían recibido en casa una primera instrucción religiosa, pero sólo Lucía había hecho ya la primera comunión.

Las apariciones estuvieron precedidas por un "preludio angélico": un episodio amable, ciertamente destinado a preparar a los pequeños para lo que vendría.

Lucía misma, en el libro Lucia racconta Fátima (Editrice Queriniana, Brescia 1977 y 1987) relató el orden de los hechos, que al comienzo sólo la tuvieron a ella como testigo. Era la primavera de 1915, dos años antes de las apariciones, y Lucía estaba en el campo junto a tres amigas. Y esta fue la primera manifestación del ángel:

Sería más o menos mediodía, cuando estábamos tomando la merienda. Luego, invité a mis compañeras a recitar conmigo el rosario, cosa que aceptaron gustosas. Habíamos apenas comenzado, cuando vimos ante nosotros, como suspendida en el aire, sobre el bosque, una figura, como una estatua de nieve, que los rayos del sol hacían un poco transparente. "¿Qué es eso?", preguntaron mis compañeras, un poco atemorizadas. "No lo sé". Continuamos nuestra oración, siempre con los ojos fijos en aquella figura, que desapareció justo cuando terminábamos (ibíd., p. 45).

El hecho se repitió tres veces, siempre, más o menos, en los mismos términos, entre 1915 y 1916.

Llegó 1917, y Francisco y Jacinta obtuvieron de sus padres el permiso de llevar también ellos ovejas a pastar; así cada mañana los tres primos se encontraban con su pequeño rebaño y pasaban el día juntos en campo abierto. Una mañana fueron sorprendidos por una ligera lluvia, y para no mojarse se refugiaron en una gruta que se encontraba en medio de un olivar. Allí comieron, recitaron el rosario y se quedaron a jugar hasta que salió de nuevo el sol. Con las palabras de Lucía, los hechos sucedieron así:

... Entonces un viento fuerte sacudió los árboles y nos hizo levantar los ojos... Vimos entonces que sobre el olivar venía hacia nosotros aquella figura de la que ya he hablado. Jacinta y Francisco no la habían visto nunca y yo no les había hablado de ella. A medida que se acercaba, podíamos ver sus rasgos: era un joven de catorce o quince años, más blanco que si fuera de nieve, el sol lo hacía transparente como de cristal, y era de una gran belleza. Al llegar junto a nosotros dijo: "No tengan miedo. Soy el ángel de la paz. Oren conmigo". Y arrodillado en la tierra, inclinó la cabeza hasta el suelo y nos hizo repetir tres veces estas palabras: "Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman". Luego, levantándose, dijo: "Oren así. Los corazones de Jesús y María están atentos a la voz de sus súplicas". Sus palabras se grabaron de tal manera en nuestro espíritu, que jamás las olvidamos y, desde entonces, pasábamos largos períodos de tiempo prosternados, repitiéndolas hasta el cansancio (ibíd, p. 47).

En el prefacio al libro de Lucía, el padre Antonio María Martins anota con mucha razón que la oración del ángel "es de una densidad teológica tal" que no pudo haber sido inventada por unos niños carentes de instrucción. "Ha sido ciertamente enseñada por un mensajero del Altísimo", continúa el estudioso. "Expresa actos de fe, adoración, esperanza y amor a Dios Uno y Trino".

Durante el verano el ángel se presentó una vez más a los niños, invitándolos a ofrecer sacrificios al Señor por la conversión de los pecadores y explicándoles que era el ángel custodio de su patria, Portugal.

Pasó el tiempo y los tres niños fueron de nuevo a orar a la gruta donde por primera vez habían visto al ángel. De rodillas, con la cara hacia la tierra, los pequeños repiten la oración que se les enseñó, cuando sucede algo que llama su atención: una luz desconocida brilla sobre ellos. Lucía lo cuenta así:

Nos levantamos para ver qué sucedía, y vimos al ángel, que tenía en la mano izquierda un cáliz, sobre el que estaba suspendida la hostia, de la que caían algunas gotas de sangre adentro del cáliz.

El ángel dejó suspendido el cáliz en el aire, se acercó a nosotros y nos hizo repetir tres veces: "Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo...". Luego se levantó, tomó en sus manos el cáliz y la hostia; me dio la hostia santa y el cáliz lo repartió entre Jacinta y Francisco... (ibíd., p. 48).

El ángel no volvió más: su tarea había sido evidentemente la de preparar a los niños para los hechos grandiosos que les esperaban y que tuvieron inicio en la primavera de 1917, cuarto año de la guerra, que vio también la revolución bolchevique.

El 13 de mayo era domingo anterior a la Ascensión. Lucía, Jacinta y Francisco habían ido con sus padres a misa, luego habían reunido sus ovejas y se habían dirigido a Cova da Iria, un pequeño valle a casi tres kilómetros de Fátima, donde los padres de Lucía tenían un cortijo con algunas encinas y olivos.

Aquí, mientras jugaban, fueron asustados por un rayo que surcó el cielo azul: temiendo que estallara un temporal, decidieron volver, pero en el camino de regreso, otro rayo los sorprendió, aún más fulgurante que el primero. Dijo Lucía:

A los pocos pasos, vimos sobre una encina a una Señora, toda vestida de blanco, más brillante que el sol, que irradiaba una luz más clara e intensa que la de un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesada por los rayos del sol más ardiente. Sorprendidos por la aparición, nos detuvimos. Estábamos tan cerca que nos vimos dentro de la luz que la rodeaba o que ella difundía. Tal vez a un metro o medio de distancia, más o menos... (ibíd., p. 118).

La Señora habló con voz amable y pidió a los niños que no tuvieran miedo, porque no les haría ningún daño. Luego los invitó a venir al mismo sitio durante seis meses consecutivos, el día 13 a la misma hora, y antes de desaparecer elevándose hacia Oriente añadió: "Reciten la corona todos los días para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra".

Los tres habían visto a la Señora, pero sólo Lucía había hablado con ella; Jacinta había escuchado todo, pero Francisco había oído sólo la voz de Lucía.

Lucía precisó después que las apariciones de la Virgen no infundían miedo o temor, sino sólo "sorpresa": se habían asustado más con la visión del ángel.

En casa, naturalmente, no les creyeron y, al contrario, fueron tomados por mentirosos; así que prefirieron no hablar más de lo que habían visto y esperaron con ansia, pero con el corazón lleno de alegría, que llegara el 13 de junio.

Ese día los pequeños llegaron a la encina acompañados de una cincuentena de curiosos. La aparición se repitió y la Señora renovó la invitación a volver al mes siguiente y a orar mucho. Les anunció que se llevaría pronto al cielo a Jacinta y Francisco, mientras Lucía se quedaría para hacer conocer y amar su Corazón Inmaculado. A Lucía, que le preguntaba si de verdad se quedaría sola, la Virgen respondió: "No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios". Luego escribió Lucía en su libro:

En el instante en que dijo estas últimas palabras, abrió las manos y nos comunicó el reflejo de aquella luz inmensa. En ella nos veíamos como inmersos en Dios. Jacinta y Francisco parecían estar en la parte de la luz que se elevaba al cielo y yo en la que se difundía sobre la tierra. En la palma de la mano derecha de la Virgen había un corazón rodeado de espinas, que parecían clavarse en él. Comprendimos que era el Corazón Inmaculado de María, ultrajado por los pecados de la humanidad, y que pedía reparación (ibíd., p. 121).

Cuando la Virgen desapareció hacia Oriente, todos los presentes notaron que las hojas de las encinas se habían doblado en esa dirección; también habían visto el reflejo de la luz que irradiaba la Virgen sobre el rostro de los videntes y cómo los transfiguraba.

El hecho no pudo ser ignorado: en el pueblo no se hablaba de otra cosa, naturalmente, con una mezcla de maravilla e incredulidad.

La mañana del 13 de julio, cuando los tres niños llegaron a Cova da Iria, encontraron que los esperaban al menos dos mil personas. La Virgen se apareció a mediodía y repitió su invitación a la penitencia y a la oración. Solicitada por sus padres, Lucía tuvo el valor de preguntarle a la Señora quién era; y se atrevió a pedirle que hiciera un milagro que todos pudieran ver. Y la Señora prometió que en octubre diría quién era y lo que quería y añadió que haría un milagro que todos pudieran ver y que los haría creer.

Antes de alejarse, la Virgen mostró a los niños los horrores del infierno (esto, sin embargo, se supo muchos años después, en 1941, cuando Lucía, por orden de sus superiores escribió las memorias recogidas en el libro ya citado. En ese momento, Lucía y sus primos no hablaron de esta visión en cuanto hacía parte de los secretos confiados a ellos por la Virgen, cuya tercera parte aún se ignora) y dijo que la guerra estaba por terminar, pero que si los hombres no llegaban a ofender a Dios, bajo el pontificado de Pío XII estallaría una peor.

Cuando vean una noche iluminada por una luz desconocida, sabrán que es el gran signo que Dios les da de que está por castigar al mundo a causa de sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de la persecución a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, quiero pedirles la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado y la comunión reparadora los primeros sábados. Si cumplen mi petición, Rusia se convertirá y vendrá la paz. Si no, se difundirán en el mundo sus horrores, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia... Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y se le concederá al mundo un período de paz... (ibíd., p. 122).

Después de esta aparición, Lucía fue interrogada de modo muy severo por el alcalde, pero no reveló a ninguno los secretos confiados por la Virgen.

El 13 de agosto, la multitud en Cova era innumerable: los niños, sin embargo, no llegaron. A mediodía en punto, sobre la encina, todos pudieron ver el relámpago y la pequeña nube luminosa. ¡La Virgen no había faltado a su cita! ¿Qué había sucedido? Los tres pastorcitos habían sido retenidos lejos del lugar de las apariciones por el alcalde, que con el pretexto de acercarlos en auto, los había llevado a otro lado, a la casa comunal, y los había amenazado con tenerlos prisioneros si no le revelaban el secreto. Ellos callaron, y permanecieron encerrados. Al día siguiente hubo un interrogatorio con todas las de la ley, y con otras amenazas, pero todo fue inútil, los niños no abandonaron su silencio.

Finalmente liberados, los tres pequeños fueron con sus ovejas a Cova da Iria el 19 de agosto, cuando, de repente, la luz del día disminuyó, oyeron el relámpago y la Virgen apareció: pidió a los niños que recitaran el rosario y se sacrificaran para redimir a los pecadores. Pidió también que se construyera una capilla en el lugar.

Los tres pequeños videntes, profundamente golpeados por la aparición de la Virgen, cambiaron gradualmente de carácter: no más juegos, sino oración y ayuno. Además, para ofrecer un sacrificio al Señor se prepararon con un cordel tres cilicios rudimentarios, que llevaban debajo de los vestidos y los hacían sufrir mucho. Pero estaban felices, porque ofrecían sus sufrimientos por la conversión de los pecadores.

El 13 de septiembre, Cova estaba atestada de personas arrodilladas en oración: más de veinte mil. A mediodía el sol se veló y la Virgen se apareció acompañada de un globo luminoso: invitó a los niños a orar, a no dormir con los cilicios, y repitió que en octubre se daría un milagro. Todos vieron que una nube cándida cubría a la encina y a los videntes. Luego reapareció el globo y la Virgen desapareció hacia Oriente, acompañada de una lluvia, vista por todos, de pétalos blancos que se desvanecieron antes de tocar tierra. En medio de la enorme emoción general, nadie dudaba que la Virgen en verdad se había aparecido.

El 13 de octubre es el día del anunciado milagro. En el momento de la aparición se llega a un clima de gran tensión. Llueve desde la tarde anterior. Cova da Iria es un enorme charco, pero no obstante miles de personas pernoctan en el campo abierto para asegurar un buen puesto.

Justo al mediodía, la Virgen aparece y pide una vez más una capilla y predice que la guerra terminará pronto. Luego alza las manos, y Lucía siente el impulso de gritar que todos miren al sol. Todos vieron entonces que la lluvia cesó de golpe, las nubes se abrieron y el sol se vio girar vertiginosamente sobre sí mismo proyectando haces de luz de todos los colores y en todas direcciones: una maravillosa danza de luz que se repitió tres veces.

La impresión general, acompañada de enorme estupor y preocupación, era que el sol se había desprendido del cielo y se precipitaba a la tierra. Pero todo vuelve a la normalidad y la gente se da cuenta de que los vestidos, poco antes empapados por el agua, ahora están perfectamente secos. Mientras tanto la Virgen sube lentamente al cielo en la luz solar, y junto a ella los tres pequeños videntes ven a san José con el Niño.

Sigue un enorme entusiasmo: las 60.000 personas presentes en Cova da Iria tienen un ánimo delirante, muchos se quedan a orar hasta bien entrada la noche.

Las apariciones se concluyen y los niños retoman su vida de siempre, a pesar de que son asediados por la curiosidad y el interés de un número siempre mayor de personas: la fama de Fátima se difunde por el mundo.

Entre tanto las predicciones de la Virgen se cumplen: al final de 1918 una epidemia golpea a Fátima y mina el organismo de Francisco y Jacinta. Francisco muere santamente en abril del año siguiente como consecuencia del mal, y Jacinta en 1920, después de muchos sufrimientos y de una dolorosísima operación.

En 1921, Lucía entra en un convento y en 1928 pronuncia los votos. Será sor María Lucía de Jesús.

Se sabe que, luego de concluir el ciclo de Fátima, Lucía tuvo otras apariciones de la Virgen (en 1923, 1925 y 1929), que le pidió la devoción de los primeros sábados y la consagración de Rusia.

En Fátima las peticiones de la Virgen han sido atendidas: ya en 1919 fue erigida por el pueblo una primera modesta capilla. En 1922 se abrió el proceso canónico de las apariciones y el 13 de octubre de 1930 se hizo pública la sentencia de los juicios encargados de valorar los hechos: "Las manifestaciones ocurridas en Cova da Iria son dignas de fe y, en consecuencia, se permite el culto público a la Virgen de Fátima".

También los papas, de Pío XII a Juan Pablo II, estimaron mucho a Fátima y su mensaje. Movido por una carta de sor Lucía, Pío XII consagraba el mundo al Corazón Inmaculado de María el 31 de octubre de 1942. Pablo VI hizo referencia explícita a Fátima con ocasión de la clausura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II. Juan Pablo II fue personalmente a Fátima el 12 de mayo de 1982: en su discurso agradeció a la Madre de Dios por su protección justamente un año antes, cuando se atentó contra su vida en la plaza de San Pedro.

Con el tiempo, se han construido en Fátima una grandiosa basílica, un hospital y una casa para ejercicios espirituales. Junto a Lourdes, Fátima es uno de los santuarios marianos más importantes y visitados del mundo.

sábado, 11 de mayo de 2013

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Evangelio
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.
Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
Y los sacó hasta cerca de Betania, y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo.
Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.
 
 
Lucas 24, 46-53
 
Jesús asciende ante el asombro de los ángeles a lo más alto del cielo. No falta razón a quienes, en la antigüedad cristiana, se refieren a la Liturgia como vida del cielo en la tierra. ¿Cómo podríamos conocer el asombro de los ángeles si el cielo no hubiera entrado en la tierra? En la solemnidad de la Ascensión del Señor, la Liturgia nos habla de victoria, esperanza y alegría exultante. Lo que asombra a los ángeles, llena de vida a los hombres.

La ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria. Así son los misterios de la vida de Cristo: nos revelan su verdadera identidad y nos comunican la salvación. Cuarenta días después de mostrarse a los discípulos bajo los rasgos de una humanidad ordinaria, que velaba su gloria de Resucitado, Jesús sube a los cielos y se sienta a la derecha del Padre. La humanidad asumida por el Verbo entra así definitivamente en el dominio celestial de Dios. La ascensión es subida porque conlleva elevación: la humanidad corruptible participa para siempre de la gloria incorruptible de Dios. La ascensión es para sentarse a la derecha, es decir, para que el Hijo reciba en su humanidad la gloria y el honor que posee desde siempre por ser Dios. Elevado y sentado Jesucristo, Dios y hombre verdadero, reina para siempre, como Señor del cosmos y de la Historia. Mientras aguardamos su venida en gloria, la vigilancia nos hace partícipes de su victoria.

La ascensión de Jesucristo fortalece nuestra esperanza. Donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo. Podemos esperar porque sabemos que, al final de nuestra vida terrena, hay quien nos espera. Antes de subir al cielo, Jesús recuerda lo que estaba escrito. El Señor cumple sus promesas. Su fidelidad sostiene nuestra esperanza: el que ha comenzado en nosotros la obra buena, también la llevará a término. Anterior a la ascensión es la misión: los discípulos predicarán la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos en nombre del Señor. Jesús convierte a los suyos en portadores de esperanza. Para los discípulos de Jesucristo, esperar significa actuar en su nombre.

La ascensión de Jesucristo llena a los discípulos de gran alegría. Extraña paradoja: el Maestro se aleja para permanecer de una forma nueva. No se llora la ausencia de quien se queda. Se celebra el gozo de la nueva presencia. La promesa del Paráclito es cierta. No hay abandondo, sino precedencia. Donde está la cabeza estarán los miembros. Jesús se separa mientras bendice a los suyos y los discípulos se postran ante Él. La alegría necesita adoración y reconocimiento. Después de resucitar, Jesús se ha dejado ver y oír para confirmar en la fe a los apóstoles y discípulos que tendrían que ser sus testigos en medio del mundo. Durante cuarenta días, la gloria del Resucitado permanece aún velada, aunque su humanidad ya revela el triunfo sobre la muerte. El acontecimiento de la ascensión, a la vez histórico y trascendente, supone el paso a una situación nueva. Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo. Así, por el sacerdocio eterno de Cristo, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales, que no esconden su asombro.

+ José Rico Pavés
obispo auxiliar de Getafe