miércoles, 29 de febrero de 2012

SIETE FORMAS DE REZAR EN FAMILIA

Encontrar momentos para unirse en la oración no en nada sencillo en estos tiempos. Algunos consejos para mantenerse en sintonía con Dios.
¿Qué puede hacer su familia para incorporar la oración en su vida diaria? Considere estas ingeniosas ideas de la madre y escritora Mary DeMuth.
Usen la tecnología. Vivimos en la era digital y nuestra familia ha aprendido el valor de la tecnología para orar los unos por los otros utilizando el correo electrónico, los mensajes de texto, e incluso los sitios de redes sociales. He enviado mis peticiones de oración por correo electrónico a mis hijos, ellos han enviado mensajes de texto con las suyas y yo les he respondido con oraciones específicas. Cuando viajo me escriben en Facebook acerca de sus intenciones e intercedo por ellos en mi respuesta.
Desconéctense. Muchas veces, a la oración se le da una importancia secundaria por lo saturadas que están nuestras vidas. Es importante crear una zona segura en su casa y un período de tiempo donde se desconecten por completo de la televisión, la música, Internet y la computadora. En ese silencioso oasis, anime a sus hijos a escuchar a Dios, que es el otro lado de la oración que con frecuencia no practicamos. Pasen algún tiempo como familia, compartiendo tranquilamente sus preocupaciones, alegrías y necesidades.
Pongan las peticiones por escrito. Cuando mis hijos eran pequeños, utilizábamos una pizarra para tener presente las intenciones. Con tiza de colores, dividía la pizarra en tres secciones: fecha, intención y respuesta. Nos turnábamos para expresar nuestras peticiones; otras ideas son escribirlas en un diario de la familia o en una sencilla libreta. También escribir la respuesta de Dios a nuestras súplicas. No importa la forma que se adopte, fortalecerá la fe de sus hijos y profundizará la determinación de ellos de comunicarse con el Señor.
Tomen un nombre para orar. Cada semana (o mes), que todos tomen al azar el nombre de otro miembro de la familia (como se hace con el “amigo invisible”). Durante el tiempo designado, rezará cada uno por esa persona.
Escuche, y luego actúe. En este mundo enloquecido algo que sus hijos necesitan es que usted los escuche con atención. Deténgase, escuche y esfuércese por interpretar lo que quieren comunicarle. Cuando compartan sus frustraciones o preocupaciones, ore por ellos en ese momento. No se limite a prometer que va a hacerlo después.
Utilicen los altibajos como trampolín. Cada noche, durante la cena, mencionamos las cosas buenas y malas del día. ¿Por qué no dar un paso más allá en la conversación utilizando esos altibajos como un trampolín para orar después de comer?
Visiten lugares nuevos para orar. Piensen en la posibilidad de dar una caminata por una plaza u otro lugar como otra forma de desconectarse del mundo y conectarse con el corazón de Dios en la oración y la lectura de su Palabra.

Por Mary DeMuth

martes, 28 de febrero de 2012

"ME SIENTO AMADA Y PREFERIDA POR JESÚS"

lunes, 27 de febrero de 2012

NUESTRA HISTORIA

Hacia 1574 existían en Sonseca las ermitas de San Benito (hoy de los Remedios), San Sebastián (hoy de la Salud), la Vera Cruz y Nuestra señora de la estrella. También sabemos que ese año se construyo la ermita de San Gregorio.



1574.- 21 de Marzo, en este día se inauguro, la ermita de San Gregorio Nacianceno. El acto fue oficiado por un Obispo y asistieron, el bachiller Pedro de Rojas, otros tres clérigos, el alcalde ordinario de Sonseca Pedro Castellanos, el regidor Geronimo Castellano y el alguacil Antón Gómez, y otros vecinos de Toledo y Sonseca. Antes como era costumbre, se dieron las limosnas acostumbradas y se concedieron la bulas otorgadas a otras ermitas. En concreto el obispo otorgó “… cuarenta días de perdón a todos los que visitasen dicha emita, tal como hoy para siempre jamás…” Y mandó a los mayordomos que en tres días hicieran una tapia en la puerta para evitar que entrasen los ganados. Es decir que la ermita no estaba terminada cuando se inauguró.



La construcción de la ermita  en el prado, tuvo mucho que ver con las continuas plagas de langosta que asolaban nuestros campos en estos meses de granación de cereales, ya que este Santo era el abogado contra las plagas. Su fiesta se festeja en el mes de Mayo.

 Antonio Gallego Peces

                                                                       Texto extraído del libro “Historia de Sonseca en Anales” . F. Gil Gallego

sábado, 25 de febrero de 2012

DOMINGO I DE CUARESMA

Evangelio
En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto.
Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles le servían.
Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
Marcos 1, 12-15
 
Hemos comenzado una nueva Cuaresma, tiempo de gracia y conversión. En el primer domingo, como cada año, contemplamos al Señor tentado por el diablo. El relato de san Marcos nos muestra a Jesús llevado por el Espíritu Santo al desierto, a la soledad, al silencio, al recogimiento, lejos de los hombres y a solas con el Padre. El desierto es el lugar del encuentro con Dios. Por eso el Mesías, antes de comenzar su vida pública, se retira al desierto, donde permanecerá cuarenta días. El desierto es también el lugar de la prueba y de la decisión. La tentación se dirige contra el Mesías y contra la obra de salvación que le ha sido encomendada. Jesús se dejará tentar por Satanás, aceptando un combate del que saldrá victorioso. La vida humana no deja de ser como un desierto lleno de pruebas.
Este episodio nos evoca la peregrinación del pueblo de Israel por el desierto y las pruebas que no superó. Acosado por el hambre, aun después de haber visto obras prodigiosas en su liberación, pide volver a la esclavitud de Egipto, añorando incluso sus ajos y cebollas. Jesús, en cambio, nos enseña a no dejarnos dominar por la búsqueda de seguridad material, a poner nuestra confianza en Dios; vence las tentaciones y nos señala el camino de la confianza en Dios, de la fidelidad al Padre. Contemplar este episodio de las tentaciones de Cristo nos ayuda y nos enseña a superar nuestras tentaciones. En el Bautismo, renunciamos a todo lo que representan esas tentaciones: al pecado, para vivir en la libertad de los hijos de Dios; a todas las seducciones del mal; a Satanás, padre y príncipe del pecado. En el Bautismo, hacemos profesión de fe en Dios y nos adherimos al estilo de vida del Evangelio, a vivir amando a Dios y al prójimo, a participar de la entrega de Cristo. Éste es el programa de vida del cristiano, que hemos de renovar al llegar el tiempo de Cuaresma, que hemos de vivir y que hemos de inculcar a nuestros niños y jóvenes.
Vivimos tiempos recios, que diría santa Teresa de Jesús, tiempos fuertes. La cultura dominante pretende imponer un relativismo moral según el cual no hay verdades absolutas, todas son relativas; y lo mismo habría que afirmar respecto a la bondad o maldad de los actos. Al final, en lugar de luchar para superar las tentaciones, se puede acabar pactando con el tentador y hasta descubriendo la conveniencia del pecado. No debemos permitir que se confundan los términos, ni que se manipule la verdad. Por nuestra parte, al comenzar una nueva Cuaresma, pidamos al Señor gracia y fortaleza, pidamos humildemente que no nos deje caer en la tentación y que nos libre de todo mal.
 
+ José Ángel Saiz Meneses
obispo de Tarrasa

viernes, 24 de febrero de 2012

CAMINO DE LA CRUZ

Rezar el Via Crucis para acercarnos más a la pasión de Cristo, no con miedo, no con falsa compasión, o con "pena", sino con el vivo deseo de VER que no hay AMOR MAYOR que el suyo por TÍ.
Hoy viernes, te proponemos el texto del Vía Crucis que dos millones de jóvenes, rezaron con el Papa en Madrid en la pasada JMJ.

Primera Estación

Última Cena de Jesús con sus discípulos

Y to­mando pan, des­pués de pro­nun­ciar la ac­ción de gra­cias, lo partió y se lo dio, di­ciendo: «Esto es mi cuerpo, que se en­trega por vo­so­tros; haced esto en me­moria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, di­ciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es de­rra­mada por vo­so­tros» (Lc 22, 19–20).
Jesús, antes de tomar entre sus manos el pan, acoge con amor a todos los que están sen­tados en su mesa. Sin ex­cluir a nin­guno: ni al traidor, ni al que lo va a negar, ni a los que huirán. Los ha ele­gido como nuevo pueblo de Dios. La Iglesia, lla­mada a ser una.
Jesús muere para re­unir a los hijos de Dios dis­persos (Jn 11, 52). «No sólo por ellos ruego, sino tam­bién por los que crean en mí por la pa­labra de ellos, para que todos sean uno» (Jn 17, 20–21). El amor for­ta­lece la unidad. Y les dice: «Que os améis unos a otros» (Jn 13, 34). El amor fiel es hu­milde: «También vo­so­tros de­béis la­varos los pies unos a otros» (Jn 13, 14).
Unidos a la ora­ción de Cristo, oremos para que, en la tierra del Señor, la Iglesia viva unida y en paz, cese toda per­se­cu­ción y dis­cri­mi­na­ción por causa de la fe, y todos los que creen en un único Dios vivan, en jus­ticia, la fra­ter­nidad, hasta que Dios nos con­ceda sen­tarnos en torno a su única mesa.

SEGUNDA ESTACIÓN AQUÍ

jueves, 23 de febrero de 2012

¿QUÉ TENGO QUE HACER EN CUARESMA?

Aquí tienes una parábola:



miércoles, 22 de febrero de 2012

MENSAJE DEL PAPA PARA CUARESMA II

El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.

2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.

Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.

Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).

3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.

Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.

Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).

Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 3 de noviembre de 2011



BENEDICTUS PP. XVI

martes, 21 de febrero de 2012

CARTA DEL PAPA PARA LA CUARESMA I

Para ir meditándola en estos días previos al tiempo de GRACIA que se inicia con la CUARESMA

MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 201
2



«Fijémonos los unos en los otros
para estímulo de la caridad y las buenas obras»
(Hb 10, 24)



Queridos hermanos y hermanas

La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.

Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.

1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.

El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).

La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.

lunes, 20 de febrero de 2012

NUESTRA HISTORIA

A continuación se describe cuando comenzó a construirse la ermita del Cristo, es curioso observar la gran cantidad de miembros que tenia esta cofradía (1650) y teniendo en cuenta la población de Sonseca en aquella época, casi la mitad eran cofrades.

1560.- Se reunió la  Cofradía de la Vera Cruz en la Iglesia Parroquial, en esta reunión fue leída una Provisión del Arzobispado de Toledo en la que se le autorizaba, a edificar una casa (Ermita), muy necesaria para sus Juntas ya que en pocos años había llegado a tener 1650 cofrades, en un solar cedido por el Concejo de Sonseca a orillas de la población.

Es por tanto en esta reunión cuando se acordó construir la Ermita de la Vera Cruz (Ermita del Cristo), en la que los cofrades además se obligaron a edificarla, sostenerla y conservarla.

Es importante resaltar que la reunión tuvo lugar, en la capilla de la Parroquia, pero como era pequeña y allí no cabían los numerosos cofrades, deciden construir esta ermita de la Vera Cruz, más amplia que la anterior.

1564.- Esta fecha se encuentra inscrita en una ventana de la Ermita, lo que nos lleva a pensar que durante este año se acabó de construir.

 Antonio Gallego Peces

      Texto extraído del libro “Historia de Sonseca en Anales” . F. Gil Gallego

domingo, 19 de febrero de 2012

LOS BENEFICIOS DE CREER EN DIOS

Mientras se sigue discutiendo en no pocos lugares, especialmente en países de raigambre cristiana en Occidente, el papel de la religión en la vida pública, diferentes estudios científicos ponen de manifiesto los beneficios humanos de la fe.


En un reciente libro titulado «Cómo cambia Dios tu cerebro», Andrew Newberg y Mark Robert Waldman resumen años de investigación sobre la relación entre salud neurológica y fe, a partir de estudios a religiosas y monjes budistas. ¿La conclusión? Hay una influencia positiva de la fe en aquellos que verdaderamente creen.
A inicios de marzo de 2009 la universidad de Toronto ofrecía los resultados de una investigación realizada por uno de sus profesores de psicología, Michael Inzlicht, y que arrojaba datos sumamente interesante como el que creer en Dios puede bloquear la ansiedad y minimizar el estrés. El estudio fue publicado en la revista Psychological Science y en las muestras participaron no nada más creyentes sino también agnósticos.

Según un estudio del profesor Bradford Wilcox, docente de sociología en la universidad de Virginia, en los Estados Unidos, hay una evidencia de que la religión está desempeñando un papel que fomenta una orientación familiar entre los varones estadounidenses. ¿Cómo sustenta esta afirmación? A partir de la asistencia regular de los hombres a los servicios litúrgicos cristianos: los hombres que acuden regularmente tienen matrimonios más fuertes, estables y sus esposas son más felices. Pero no es todo. Un elevado porcentaje de las parejas casadas que asisten a misa, tienen un 35% menos de probabilidad de divorcio.

Respecto a los hijos, Wilcox evidenció que los padres que asisten a los servicios cristianos están más involucrados en las vidas de sus hijos: en el 65% de los casos, los padres también tienden a ser más afectuosos. Otro dato significativo es la alta tasa de hombres y mujeres que su vida cristiana activa propicia el concebir hijos sólo después del matrimonio.

En la misma línea va el estudio de Pat Fargan para la Fundación Heritage (se puede consultar en este enlace), análisis que, además, ahonda en el papel positivo que la religión tiene en la educación de los hijos, la prevención en el consumo de drogas y alcohol, sexualidad y salud mental y física y ausencia de violencia doméstica.

Según el estudio de Fargan, entre otros muchos datos, los jóvenes religiosos son hasta tres veces menos propensos a tener hijos fuera del matrimonio y a no abusar en el consumo de alcohol. Fargan también afirma que la gente que practica su fe tiene menos riesgo de caer en depresión o de suicidio.

En el mes de enero de 2009, la revista Pediatrics publicó un estudio de Janice Rosembaum donde queda de manifiesto que los jóvenes religiosos aplazan su edad de inicio sexual, algo sumamente bueno pare evitar embarazos no deseados, enfermedades sexuales e infidelidad en el matrimonio. Pero no es todo. Según el análisis del Journal of Drug Issues, de octubre de 2008, la religiosidad de los jóvenes influye en la resistencia a la influencia de amigos que suelen emborracharse o drogarse.

Hay otros estudios que confirman el bien que produce la vivencia práctica y real de la fe en la familia, en sintonía con las investigaciones de Wilcox, Fargan y Rosembaum. Es el caso del análisis del sociólogo de la universidad estatal de Mississippi, John Bartkowski, publicado en la revista Social Science Research (se puede consultar el estudio en este enlace).

Según la investigación de Bartkowski, si el padre y madre van a la iglesia y viven su fe, los hijos se desarrollan mejor: estudian con mayor disposición y tienen más habilidades sociales. Los niños cuyos padres asistían a la iglesia con frecuencia tenían las mejores puntuaciones en autocontrol, comportamiento y cooperación con sus iguales. ¿Por qué sucedía esto? Por tres razones:

1) Las redes religiosas de relación social apoyan a los padres, mejoran sus habilidades como padres, y los niños ven que los mensajes de los padres son reforzados por otros adultos.

2) Las comunidades religiosas tienden a promover valores de sacrificio y familia, que "podrían ser muy, muy importantes al definir cómo los padres se relacionan con los hijos y cómo los niños se desarrollan como respuesta".

3) Las comunidades religiosas aportan al ser padre una “significación sacra”.


El estudio comprobó que si los padres discuten en casa por razones religiosas perjudica a los hijos, que no se benefician de los resultados estadísticos positivos de otros niños.

También es posible que los padres con niños buenos puedan ser ambos asiduos a la práctica religiosa precisamente porque sus hijos se comportan bien; mientras que «el culto en una congregación es una opción menos viable si piensan que sus hijos se comportan pobremente», reflexiona Bartowski.

Ciertamente no se recurre a la fe para ser feliz. C.S. Lewis decía que para eso él siempre tenía presente que existían las botellas de alcohol. Los beneficios son una consecuencia natural de la fe, no una causa para creer. Sin embargo, los beneficios humanos de la fe no dejan de ser un valor añadido que no se puede olvidar nunca al hablar de la religión en la vida pública pues, en definitiva, son una riqueza para la vida de las naciones y de todos sus ciudadanos.

Jorge E. Múgica

sábado, 18 de febrero de 2012

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio
Cuando, a los pocos días, volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la Palabra. Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro, y como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde Él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico:
«Hijo, tus pecados te son perdonados».
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: ¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo uno, Dios?
Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo:
«¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decir al paralítico Tus pecados te son perdonados; o decir Levántate, coge la camilla y echa a andar? Pues, para que comprendáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados -dice al paralítico-: «Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa».
Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió de la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual».
Marcos 2, 1-12
Jesús ha vuelto a Cafarnaún después de recorrer otros pueblos y ciudades anunciando la Buena Nueva del Reino. Cuando la gente se entera, acuden tantos que no caben ni dentro de la casa ni en el exterior. Incluso han venido unos maestros de la Ley. Mientras les propone la Palabra, aparecen cuatro hombres que llevan un paralítico, y como no pueden acercarlo hasta Él a causa del gentío, desmontan una parte del tejado para abrir un boquete, y descuelgan la camilla con el paralítico hasta el Maestro. Ciertamente, eran emprendedores y creativos, y superaron con nota las barreras humanas y arquitectónicas.
Podemos imaginar la situación que se creó; primero, de sorpresa por el alboroto producido y, después, de expectación esperando la reacción de Jesús. Éste, viendo la fe que tenían, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Ciertamente, aquellos hombres habían demostrado fe al llevar a su amigo o familiar enfermo hasta la presencia de Jesús y suplicar la curación con unos hechos más elocuentes que las palabras. Lo que no podían imaginarse era que Jesús, además de la curación física, le otorgara el perdón de sus pecados, algo que únicamente corresponde a Dios.
Tampoco lo esperaban aquellos maestros de la Ley, que se escandalizan y piensan que está blasfemando, ya que sólo Dios puede perdonar los pecados. Es entonces cuando Jesús les demuestra que tenía poder para perdonar los pecados diciendo al paralítico: «Levántate, carga con tu camilla y vete a tu casa. El paralítico se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos». El sentido profundo de este milagro es que Jesús se manifiesta como alguien que tiene el poder de perdonar los pecados, y como esta potestad está reservada a Dios, se está presentando como Dios. Jesús curará a aquel hombre de su parálisis física, pero pone de manifiesto que la salvación que ha venido a traer es integral, que ha venido a salvar al hombre entero.
Vivimos un momento histórico de profundas transformaciones, en una continua evolución cultural y tecnológica, en medio de una secularización aparentemente imparable, en que la dimensión religiosa tiende a ser relegada al ámbito privado. En el centro del escenario, el eclipse del sentido de Dios y del sentido último del hombre, la anestesia de la conciencia del pecado y el consiguiente desvanecimiento de las categorías del bien y del mal. Aquí y ahora estamos llamados a anunciar la Buena Noticia del perdón de los pecados. Porque el pecado existe y no se puede ignorar su realidad, porque Jesucristo ha venido a salvarnos del pecado y de todo mal, porque, en virtud del amor misericordioso de Dios, sabemos que, donde abundó el pecado, sobreabundará la gracia (véase Rom 5, 20).
+ José Ángel Saiz Meneses
obispo de Tarrasa

viernes, 17 de febrero de 2012

HISTORIA DE UNA RESISTENCIA

Don Alberto Reyes Pías es un sacerdote cubano, párroco en la localidad de Guáimaro, diócesis de Camagüey. Un hombre joven que está muy contento con su fe, que ha decidido ser libre a pesar de las dificultades, que busca ser coherente con lo que su sacerdocio le pide y que, si eso tiene un precio, está dispuesto a pagarlo. Porque sufrir no le importa, le importa ser fiel a lo que siente que Dios le va pidiendo.
El padre Alberto nunca había pensado en ser cura. Con 18 años, era un chico enamorado que estaba terminando el Bachillerato y que acababan de admitir en la universidad para estudiar Medicina. Tenía el mundo a sus pies, todo planificado, cuando sintió eso que se llama vocación y que él define como un enamoramiento, «como un enganche que llega a tu vida, pero que no lo esperas».
El hombre se rebeló y allí empezó esa resistencia, que duró muchos años, entre un Dios que le quería sacerdote y él que, aunque se daba cuenta de ello, no quería decirle que sí. En ese momento no se rindió y trató de encontrar las respuestas que le permitieran dar ese a lo que Dios le pedía.
A partir de ese instante, comienza a forjarse su vocación sacerdotal en la Cuba de Fidel Castro, como refleja en su libro Historia de una resistencia, editado por LibrosLibres. Su misión es como la de tantos otros sacerdotes en medio de una dictadura marxista: por un lado, evangelizar, pero también acompañar al pueblo en su búsqueda de Dios, en su necesidad de fe, en sus necesidades concretas, ya sea de escucha o de acogida, así como en sus carestías -facilitarles medicinas o arreglar sus casas cuando pasa un huracán-. Eso hace que el pueblo sienta a la Iglesia muy cercana y muy suya. Como explica el sacerdote de Camagüey, «el estilo de la Iglesia cubana tiene que ver mucho con el estilo de Jesús, persona a persona. Es como el estilo de la Madre Teresa de Calcuta, que decía: «Yo atiendo uno a uno a mis enfermos». La Iglesia cubana hace eso, atiende una a una a las personas que se van acercando en lo que necesitan».
Así revolucionó Cuba Juan Pablo II

La Iglesia en Cuba trabaja, sobre todo, de persona a persona, alimentándose antes de la oración
Don Alberto Reyes era un sacerdote recién ordenado cuando Juan Pablo II visitó la isla. Recuerda que su estancia marcó un antes y un después entre el pueblo, a nivel de Iglesia, aunque, en aquel momento, no percibió grandes cambios en las relaciones Iglesia-Estado. Sí notó que mucha gente se desbloqueó. Lo explica contando que, «en Cuba, utilizamos mucho la expresión el policía interior, es decir, uno mismo se bloquea en muchos campos: en la expresión pública de ideas, de opiniones, pero también en la fe. Y a bastantes personas, el policía interior les dice que no se les ocurra ir por la Iglesia. Entonces, Juan Pablo II ayudó a muchos a echar a un lado al policía interior».

A partir de ahí, las comunidades cristianas se renovaron y muchos de los que hoy llevan las responsabilidades pastorales en las diócesis, son de la época de Juan Pablo II. «Para todos, fueron días de alegría por las calles, de energía, de una sensación de libertad, fue espectacular; era otro pueblo».
El sacerdote de 44 años dice que, ahora, se espera a Benedicto XVI como al hombre de Dios. «Es verdad que los cubanos deseamos un cambio que vaya también más a lo político, pero la Visita de Benedicto XVI a Cuba no se espera con tintes políticos, se espera con tintes pastorales: qué tiene que decirme este hombre que viene en nombre del Señor».
Las páginas de su libro reflejan la lucha por la fe en un país donde no existe eso que se llama Estado de Derecho, donde la Iglesia no tiene prácticamente acceso a los medios de comunicación, ni a la enseñanza. Historia de una resistencia es también la historia de Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN). Sus páginas sintetizan, asimismo, la trayectoria vital de su fundador, un sacerdote holandés, el padre Werenfried van Straaten, que, desde que impulsó esa locura de ayudar a los que sufren a causa de su fe, se resistió a que los católicos del este europeo, los que vivían en tierras sin Dios, no tuvieran un sacerdote que alimentara su fe. Uno de los seminaristas que recibió la ayuda de AIN es el padre Alberto Reyes Pías. Un hombre joven que, como cuenta el preámbulo de la obra, se rebela contra lo irracional de nuestro mundo, pero que se entrega a lo sobrenatural de la llamada que recibió en su juventud.
Eva Galvache

jueves, 16 de febrero de 2012

TERAPIA DE DIOS CONTRA LA TRISTEZA

Paz y bien

Hay unos textos muy lindos en el libro del Eclesiástico «No entregues tu alma a la tristeza ni te atormentes a ti mismo con tus cavilaciones» no te des “manija”, no te estés lamentando día y noche de lo que ocurrió y de la que se viene. «La alegría del corazón es la vida del hombre, el regocijo del varón prolonga sus días». Vive más quien tiene alegría en su corazón..., por eso «Anima tu alma, consuela tu corazón, echa bien lejos la tristeza» para que, si te arrepientes y desear ir en busca de ella, no la encuentres más.

El que sufre mucho hasta no ama y llega a odiar su propia vida. «Llora amargamente, date fuertes golpes en el pecho...» Los santos lloraron: San Bernardo lloró amargamente la muerte de su hermano y San Agustín por la de su madre y un amigo. Pero de inmediato volvieron a recuperar la paz, la alegría y a ponerse en marcha.

El apóstol Santiago dice «Si alguien está afligido, que ore. Si está alegre, que cante salmos» el canto es medicina preventiva contra la tristeza y la oración es medicina curativa. Y hay más todavía, el que lee la palabra de Dios, la contempla y medita también se sana de la tristeza... lo dijo el Señor «felices más bien los que escuchan la palabra de Dios y la practican» para que «mi gozo sea el de ustedes y vuestro gozo y alegría sea perfecta»

Jesús, nos trae gozo y alegría. En el libro de Isaias (61, 1-4) se encuentra una revelación de los tiempos mesiánicos. Es el texto que Jesús leerá en la sinagoga de Nazaret diciendo que en ese momento eso se está cumpliendo en él «El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para traer Buenas Nuevas a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos y a proclamar el año de la gracia del Señor» (Lc. 4, 18-19)

Cristo vino para darnos una vida de victoria, hasta llegar a la talla de su plenitud. El da perfume a la fiesta y nos quita el vestido de luto. Vino para que nuestra vida llegue a ser festiva y jubilosa y no para que nos lamentemos, cara larga, ceño fruncido, arrugas.

¡Cristo vino para que haya alegría! y sin embargo no vino a proscribir el sufrimiento ni el dolor sino a darles sentido: sufrimiento con alegría, dolor con esperanza. El Espíritu del Señor está sobre él para dar consuelo y esperanza, «Me envió para consolar a los que lloran y darles a todos los afligidos de Sión una corona en vez de cenizas, el aceite de los días alegres»; la corona, significa victoria, la ceniza, derrota.

Cristo se comprometió por nosotros, dio su vida por nuestro rescate, pagando un alto precio; así nos amó. ¿Cuánto valemos para Jesucristo? Tanto como su amor por nosotros. Siguiendo su palabra y llenos del Espíritu Santo, cuando lleguemos a algún lugar, con nosotros llegará también la alegría.

Cristo está amando con nuestros corazones... en este mundo no tiene otro corazón para amar que el corazón de los que creemos en él, de los que tienen su Espíritu. Entonces... pongamos alegría en cada ocasión, en cada obra, en cada aurora, en cada rostro... incluso en cada agonía podemos poner alegría y esperanza.

Vivamos dando gracias a Dios por nuestro pasado, aunque en él haya habido espinas y dolor, porque ya no sufrimos hoy lo que sufrimos antes, el Espíritu hará que conservemos la alegría. Dándole gracias por el sufrimiento pasado y deseando ardientemente el futuro. Porque el deseo es nuestra oración permanente.

San Agustín dice que la oración permanente no es que nos pongamos de rodillas, veinticuatro horas por día, orando y no haciendo nada, sino que la oración permanente es el deseo que está en el fondo del alma y del corazón.

Así que, vivamos deseando ardientemente un futuro venturoso, amando el presente y no concediendo espacio alguno al pesimismo, al que destruye y se derrota con la fe puesta en la esperanza que no defrauda.

Fraternalmente,

Del blog "Más allá del desierto"

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Sobre textos de José Torres Alonso

miércoles, 15 de febrero de 2012

LA VICTORIA DE CRISTO: NUESTRA CURACIÓN

El 11 de febrero la Iglesia celebró la jornada mundial del enfermo, y este domingo el Papa glosó antes del Angelus el pasaje evangélico de la curación del leproso.

Se trataba de ilustrar lo que Jesucristo enseñaba al purificar a aquellos enfermos cuyo mal físico les atraía además un terrible estigma social.

Y Jesús "no rechazó el contacto con aquel hombre" que se le acercó pidiéndole "¡Si quieres, puedes limpiarme!", sino que, "superando la prohibición legal" de tocarle, "le tocó y le dijo: ´¡Quiero! ¡Sé limpio!´ En ese gesto y en esas palabras está toda la historia de la salvación".

Se trata, continuó Benedicto XVI, "de la voluntad de Dios de curarnos, de purificarnos del mal que nos desfigura y que arruina nuestras relaciones. En ese contacto entre la mano de Jesús y el leproso cae toda barrera entre Dios y la impureza humana, para demostrar que Dios es más fuerte que cualquier mal, incluso del más contagioso y horrible".

La vida de San Francisco de Asís
Como ejemplo, el Papa recordó un momento de la vida de "el pobrecito de Asís", de San Francisco, quien vivió en sí mismo esa relación entre el amor a los demás, personificados en los enfermos de lepra, y la propia curación de los males morales.

"El Señor me dijo", cuenta el mismo San Francisco de Asís en su Testamento, "que comenzase a hacer penitencia de la siguiente forma. Cuando era pecador, me parecía demasiado amargo ver a los leprosos; y el Señor mismo me condujo entre ellos y practiqué con ellos misericordia. Y al alejarme de ellos, lo que antes me parecía amargo se transformó en dulzura de cuerpo y alma. Y luego abandoné el mundo".

"En aquellos leprosos que Francisco encontró cuando aún era pecador", explica Benedicto XVI, "estaba Jesús. Y cuando Francisco se acercó a uno de ellos y, venciendo su propia repulsión, lo abrazó, Jesús le curó de su lepra, es decir, de su orgullo, y lo convirtió al amor de Dios".

"¡He ahí la victoria de Cristo: nuestra curación profunda y nuestra resurrección a la vida nueva!", concluyó el Papa.

Publicado en ReL

martes, 14 de febrero de 2012

EL HACEDOR DE MILAGROS

Lleva la muñeca ceñida por distintos brazaletes. "¡Vas a la moda!", le saludo. Su padre interpreta los gestos de Ángel. "A él no le atraen las pulseras". Y me narra una historia refrendada por las sonrisas del chaval: le sometieron a una durísima intervención para rehacerle la espalda, pues sus vértebras se habían convertido en piezas de Lego que un golpe de mano hubiese derribado. En el hospital sus amigos le trenzaron el brazo, convencidos de que cuado mirara esos brazaletes rezaría por cada uno de ellos.
Ángel nació con parálisis cerebral. Los médicos dijeron que no había nada que hacer, pues ni siquiera podían asegurar los daños que guardaba su cabecita. Pero sus padres no se rindieron, a pesar de que no podía moverse ni emitir sonido, y con el paso de los años descubrieron que reconocía los signos de las letras y el significado de su unión en sílabas que forman palabras. Ángel ha sido capaz de superar los cursos escolares a pesar de su silencio, de su inmovilidad, de la dificultad de expresarse con un teclado.

Endereza lo que está torcido. Martín, su compañero de pupitre, lo refrenda. Él era un repetidor vocacional, un caso más del estudiante desmotivado, hasta que le sentaron junto a aquel chico que lo mira todo y sonríe, porque a pesar de los pesares siente la vida como un premio. La cercanía alimentó el interés de Martín por el mundo de Ángel. Comenzó a cuidarle, a ayudarle también en sus estudios, y se hizo posible el milagro de que vaya a comenzar, junto con su amigo paralizado, la carrera de Derecho.

Aunque le han abierto la espalda como a un pescado, para fileteársela con piezas de titanio y huesos modelados en quirófano, Ángel le saca al día hasta la última viruta. No le importan los veinticinco días de hospital. Ni siquiera esa semana que estuvo más cerca de la muerte que de la vida: en cuanto le irguieron en la cama, empezó a estudiar.

Quisiera sonreír como Ángel, pero no lo consigo, empapar mi alrededor con una alegría contagiosa como la suya, y me quedo en el intento. Por eso, qué bueno conocerte, héroe en silla de ruedas.

Miguel Aranguren en "Alba"

lunes, 13 de febrero de 2012

NUESTRA HISTORIA


Después de mucho tiempo volvemos a escribir sobre la  historia de la Parroquia de Sonseca, si anteriormente tratábamos sobre las noticias aparecidas en la prensa histórica, en esta ocasión  vamos a hablar sobre la cronología, tanto del templo parroquial como de sus ermitas.



1540.- Un poco antes de este año se comienza a construir el templo parroquial de San Juan Ante Portam Latinam, según una inscripción con esa fecha que aparece en la ventana lateral sur de la capilla mayor. Sin duda, el nuevo templo se debió levantar  sobre otro mas pequeño y antiguo que ya existiera, al menos desde dos o tres siglos antes, y que seria la Iglesia primitiva del lugar.

1552.- El 25 de Julio de este año, se puso la última capa de yeso a una de las capillas laterales de la Iglesia parroquial. Se desconoce porque solamente se construyo la Capilla y no se concluyo la Iglesia al completo; pues faltaban las naves centrales, el piecero y la torre. Sin duda la causa de su no conclusión pudo ser el escaso dinero con el que quedo la Parroquia y población en general tras los primeros gastos. Si sabemos que existió una nave central y dos pequeñas laterales, mas rusticas y no del mismo estilo, quizás construidas posteriormente; la izquierda incompleta y de menos longitud que la central, pues solo constaba de dos arcos o capillas y, la derecha, más incompleta aun, pues solo tenia una reducida e irregular capilla llamada del Santísimo Cristo de la Misericordia.

 Antonio Gallego

       Texto extraído del libro “Historia de Sonseca en Anales” . F. Gil Gallego

domingo, 12 de febrero de 2012

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio
En aquel tiempo se le acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
«Si quieres, puedes limpiarme».
Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo:
«Quiero: queda limpio».
La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente:
«No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés».
Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así, acudían a Él de todas partes.
Marcos 1, 40-45
Erradicar la exclusión social parece ser uno de los objetivos de nuestra sociedad actual. Si rastreamos un poco en los medios de comunicación o en Internet, descubriremos cómo las diferentes Administraciones y los organismos más variados se aplican a esta tarea, a través de programas, redes, observatorios, planes de acción, planes de educación para luchar contra la exclusión social. Incluso el año 2010 fue el Año Europeo de lucha contra la pobreza y la exclusión social.
Esta sensibilidad para evitar las marginaciones no era precisamente una característica de la época de Jesús. Al contrario, tenían lugar diferentes tipos de exclusiones, de la cual la más terrible era la producida por la lepra, una enfermedad espantosa que no tenía remedio. Los leprosos eran obligados a vivir separados de los demás, en el desierto, en lugares alejados, en los cementerios, hasta que la enfermedad consumía totalmente su organismo. Nadie se acercaba a ellos por miedo al contagio. De ahí que la lepra entrañaba el dolor físico, y también el dolor moral, la segregación social, la exclusión de la comunidad de los creyentes; incluso llegaba a comportar la idea de que Dios les estaba castigando así a causa de sus pecados. Por eso, este encuentro del Señor con el leproso y su posterior curación contiene una fuerza y una emotividad que para nosotros es difícil de imaginar. A pesar de que no podían acercarse a los lugares habitados, este leproso se arriesga y llega hasta Jesús rompiendo todas las precauciones y protocolos. Y de rodillas, con el corazón dolorido por una existencia tan terrible y a la vez con una fe viva en aquel joven Maestro que se compadece de los que sufren y cura a los enfermos, le suplica: «Señor, si tú lo quieres, puedes limpiarme». Con su gesto y sus palabras, ha demostrado no poca fe en Jesús, que extiende su mano, le toca y le dice: «Quiero; queda limpio». Y, al instante, le desaparece la lepra y queda limpio. Una respuesta de compasión y amor ante la persona que sufre.
La curación del leproso tiene un efecto múltiple en su vida. Jesús le ha devuelto la salud física, ha cerrado las heridas de su corazón, lo ha reintegrado a la sociedad y a la comunidad de creyentes, ha recompuesto también su relación con Dios. Este milagro es signo de la misión de Jesús salvador respecto a todos los hombres. La respuesta por nuestra parte es una fe confiada que pide al Señor la curación del pecado y de todos los males, y la fuerza para luchar contra el mal implantando su Reino en la tierra. Como nos recuerda el Santo Padre Benedicto XVI, en la Carta apostólica Porta fidei, es necesario «redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo».
+ José Ángel Saiz Meneses
obispo de Tarrasa

sábado, 11 de febrero de 2012

NTRA. SRA. DE LOURDES-JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

MENSAJE DE SS BENEDICTO XVI con motivo de la JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

Queridos hermanos y hermanas!
Con ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo, que celebraremos el próximo 11 de febrero de 2012, memoria de la Bienaventurada Virgen de Lourdes, deseo renovar mi cercanía espiritual a todos los enfermos que están hospitalizados o son atendidos por las familias, y expreso a cada uno la solicitud y el afecto de toda la Iglesia. En la acogida generosa y afectuosa de cada vida humana, sobre todo la débil y enferma, el cristiano expresa un aspecto importante de su testimonio evangélico siguiendo el ejemplo de Cristo, que se ha inclinado ante los sufrimientos materiales y espirituales del hombre para curarlos.

1. Este año, que constituye la preparación más inmediata para la solemne Jornada Mundial del Enfermo, que se celebrará en Alemania el 11 de febrero de 2013, y que se centrará en la emblemática figura evangélica del samaritano (cf. Lc 10,29-37), quisiera poner el acento en los «sacramentos de curación», es decir, en el sacramento de la penitencia y de la reconciliación, y en el de la unción de los enfermos, que culminan de manera natural en la comunión eucarística.

El encuentro de Jesús con los diez leprosos, descrito en el Evangelio de san Lucas (cf. Lc 17,11-19), y en particular las palabras que el Señor dirige a uno de ellos: «¡Levántate, vete; tu fe te ha salvado!» (v. 19), ayudan a tomar conciencia de la importancia de la fe para quienes, agobiados por el sufrimiento y la enfermedad, se acercan al Señor. En el encuentro con él, pueden experimentar realmente que ¡quien cree no está nunca solo! En efecto, Dios por medio de su Hijo, no nos abandona en nuestras angustias y sufrimientos, está junto a nosotros, nos ayuda a llevarlas y desea curar nuestro corazón en lo más profundo (cf. Mc 2,1-12).

La fe de aquel leproso que, a diferencia de los otros, al verse sanado, vuelve enseguida a Jesús lleno de asombro y de alegría para manifestarle su reconocimiento, deja entrever que la salud recuperada es signo de algo más precioso que la simple curación física, es signo de la salvación que Dios nos da a través de Cristo, y que se expresa con las palabras de Jesús: tu fe te ha salvado. Quien invoca al Señor en su sufrimiento y enfermedad, está seguro de que su amor no le abandona nunca, y de que el amor de la Iglesia, que continúa en el tiempo su obra de salvación, nunca le faltará. La curación física, expresión de la salvación más profunda, revela así la importancia que el hombre, en su integridad de alma y cuerpo, tiene para el Señor. Cada sacramento, en definitiva, expresa y actúa la proximidad Dios mismo, el cual, de manera absolutamente gratuita, nos toca por medio de realidades materiales que él toma a su servicio y convierte en instrumentos del encuentro entre nosotros y Él mismo (cf. Homilía, S. Misa Crismal, 1 de abril de 2010). «La unidad entre creación y redención se hace visible. Los sacramentos son expresión de la corporeidad de nuestra fe, que abraza cuerpo y alma, al hombre entero» (Homilía, S. Misa Crismal, 21 de abril de 2011).

La tarea principal de la Iglesia es, ciertamente, el anuncio del Reino de Dios, «pero precisamente este mismo anuncio debe ser un proceso de curación: “… para curar los corazones desgarrados” (Is 61,1)» (ibíd.), según la misión que Jesús confió a sus discípulos (cf. Lc 9,1-2; Mt 10,1.5-14; Mc 6,7-13). El binomio entre salud física y renovación del alma lacerada nos ayuda, pues, a comprender mejor los «sacramentos de curación».

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viernes, 10 de febrero de 2012

Y VOLVÍ A CASA...

Rafael Álvarez, “El Brujo” (Lucena, Córdoba, 1950), actor y dramaturgo, ha representado “Mujeres de Shakespeare” en el Teatro Cervantes. Entre sus últimas obras destacamos “El Evangelio de San Juan” y de sus numerosos premios, la medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, que le entregaron SS.MM. los Reyes de España.

(Beatriz Lafuente / Diócesis de Málaga) - Se le ilumina la mirada al hablar de Jesús de Nazaret, ¿Por qué?
- Lo más fascinante de la vida de Jesús es el equilibrio, la simetría, la proporcionalidad entre los diferentes rasgos de su personalidad, en el sentido de un maestro independientemente de su naturaleza divina, en la cual yo creo absolutamente.

- ¿Qué le hace estar tan seguro de esa naturaleza divina?
- Creo en la naturaleza divina de Jesús porque algo me lo dice. Es más, creo porque no tengo derecho a no creerlo, es como si traicionara la confianza de un amigo leal. No puedo ser escéptico cuando me está dando señales de que es leal. Sin ir muy lejos, en el evangelio de san Juan, por ejemplo, ves a un personaje divino involucrado en las actividades históricas y mundanas. Eso teatralmente es de una potencia tremenda.

- Pero su fe no ha sido siempre tan férrea, ¿Qué le movió a representar un evangelio?
- Yo he tenido un camino de ida y de vuelta en la cuestión religiosa, el monasterio de Silos ha sido para mí un punto de inflexión en este camino. Dos momentos importantes en mi vida tienen relación con este monasterio. Cuando tenía 33 años, cuatro amigos decidimos ir allí a pasar un fin de semana y disfrutar del silencio. Pero a 40 kilómetros de Silos el coche salió volando, murieron dos de mis amigos, yo salí ileso, aunque despedido a varios metros. Entonces no llegué al monasterio, estuve diez días ingresado en el hospital y cuando pasó el peligro volví a Madrid besando el suelo, ya no me hacía falta leer ningún evangelio para creer. Después de aquello ya no quería volver a Silos, del miedo que había pasado. Pero a los 45 años involucrado en una tormenta de la vida, lloraba y lloraba, ya no sabía que hacer, así que decidí volver a Silos. Cuando llegué no había nadie, los monjes cantaban, así que me senté allí, junto a un Cristo negro y recuerdo que las lágrimas fluían a raudales, entonces le entregué mi alma, como si fuera un psicoanalista, para que me ayudara, pensé: él me va a escuchar sin decirme nada y eso es lo que yo necesito. Finalmente cuando se fueron los monjes, terminé gritando: ayúdame, de una manera casi agresiva. A partir de ese momento volví periódicamente.

- Entonces, ¿fue en Silos donde entró en contacto con los evangelios?
- Allí decidí confesarme con el padre Moisés tras 37 años sin hacerlo. La última vez que me había confesado tenía unos 14 años, después de eso fui hippie, ateo, comunista, desencantado, separado… y volví al redil como la oveja perdida, que cuando ya está muy mal, dice: padre perdóname y dame lo que sea porque ya no puedo conmigo mismo. En esa charla le comenté que no sabía porque había pedido formalmente la confesión, quizás porque creía que estaba desahuciado y esto era lo único que me quedaba. Él padre Moisés se rio y me dijo: tienes que hacer algo sobre los evangelios, ve a la fuente original. Por ello me propuse leer los evangelios y fue cuando surgió la idea. En el monasterio de Silos se consideran los padres de este evangelio, y desde entonces hablo cada pocos días con ellos.

jueves, 9 de febrero de 2012

JMJ RIO 2013

La próxima JMJ tendrá lugar en Río de Janeiro en Julio de 2013.
Ya han elegido LOGO y se ha presentado en estos días.
En el dibujo podéis ver la explicación del mismo y un vídeo de presentación.
Nuestros hermanos de Petrópolis, que este verano fueron acogidos en nuestra Parroquia, ya están preparando la acogida en su diócesis.
Ya oramos por los frutos de esta Jornada en toda la Iglesia.

miércoles, 8 de febrero de 2012

COMENTANDO LA LITURGIA DEL DÍA


Esta afirmación de Jesús le deja a uno perplejo. ¿Cómo habríamos de oír si no tuviéramos oídos? Más aún, ¿será falta nuestra si no tenemos oídos, si Dios no nos los ha dado? Parece, más bien, que nosotros nos empeñamos en cerrarlos, tapiándolos a cal y canto. ¿Por qué? Por una sencilla razón. Al pensar que sea lo que entra en nosotros lo que nos haga impuros, pues eso es lo que nos tizna, manchándonos. Pensamos que podemos entrar en el espacio santo de Dios mediante abluciones y vistiéndonos de bonito. Agrada, es verdad, vestirse elegante y de nuevo para asistir a alguna fiesta principal. Y, en ese momento, deberemos procurar que lo de dentro no se vea, no salga a nuestra superficie para enlodar la fiesta. Pero ese no es el pensar de Jesús. A él no le preocupan los exterioridades de nuestra vestido y de nuestra cara sonriente, sino las internalidades de muestro corazón. La fiesta no es un momento en que olvidamos nuestros rencores e intereses, poniendo cara bonita, esperando que llegue la uniformidad de nuestro odio que no perdona, que busca su propio interés, que alancea a quien se le ponga por delante. Lo decisivo es nuestro interior. De donde nos salen las palabras y los haceres es del corazón. Donde se cuece nuestra vida es en el lugar de las internalidades. Del corazón sale toda nuestra impureza. Es nuestro corazón el que odia y mata, aunque luego necesite para ejecutarlo del arma homicida. Por eso, también es pecado horrible el matar de intención. Y es ahí, a nuestro corazón, a donde llega la gracia redentora que Dios nos ofrece en la cruz de Cristo. Pero es de ahí de donde salen todo género de malos propósitos, la lista es larga: fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfrenos, toda envidia y difamación, orgullo y frivolidad.

¿Para qué la eucaristía diaria? ¿No forma arte, ella también, de las externalidades que nos dejan en lo de fuera? No cabe duda, podemos participar en ella con el corazón relleno de negruras. La oración sobre las ofrendas nos señala algo salvador para nosotros. Pedimos a Dios —estas oraciones siempre se dirigen al Padre, por nuestro Señor Jesucristo— que acepte los dones que le presentamos. Dones de pan y vino que se nos regalan como fruto de la cruz. Y le pedimos que nos conceda algo decisivo: que sea la participación en este sagrado misterio que celebramos lo que haga que seamos testigos de su amor. Amor que es suyo en nosotros. Amor que, en él, con el y por él, impregna corazón e internalidades, de modo que nuestras palabras y nuestras acciones tengan el suave olor de Cristo.

Tal es la manera en que el justo expone la sabiduría, porque ella es el mismo Cristo. De este modo en Salomón —al que no apreciamos pos sus haceres, mas hoy sí por sus palabras— vemos la sabiduría que nos muestra a Cristo. No Salomón, sino Jesús es el rey que el Padre ha elegido para colocarlo en el trono de Israel. Y ese trono, asombra sobremanera poder decirlo, es la cruz. Que las cosas sean así todo lo cambia y, por eso, todo nuestro caminar nos conduce a ese lugar de salvación. Es en él en donde participamos de su palabra y de sus haceres, de su autoridad divina. Así, nuestro corazón producirá la vida eterna que él nos dona. Vida de unión con él.

El que quiera oír, que oiga.
www.archimadrid.org

martes, 7 de febrero de 2012

TODAVÍA HAY MUCHO POR HACER

D. Justo Rodríguez Gallego, es un sacerdote español que pasó el primer año de su ministerio sacerdotal aquí en  Sonseca. Desde hace veinte años está en Argentina y en los últimos años, desarrolla este proyecto de evangelización integral en Maquinista Savio.
Hoy queremos dar a conocer esta obra que hemos conocido muy de cerca, con sus propias palabras, y queremos invitarte a colaborar con ella.

Tienes el enlace a su página web AQUÍ



lunes, 6 de febrero de 2012

¿PREDICAR EN EL DESIERTO?

Como mucho apenas conseguirás cristianizar a 10 ó 20 personas en todo un año. Como contar granos de arena en el desierto.

- ¿Cuántas personas?... ¡Ya quisiera yo! Tú sabes que llevo tres años y pico diciendo misa para mí solo. Nadie viene a la capilla. Cuando doy la paz, miro por la ventana, porque dentro no hay nadie. Miro por la ventana y le doy la paz a Somalia entera. Somalia, la paz sea contigo, digo yo. Es mi vocación.

- ¿Qué es la vocación?
- ¿Que qué es la vocación? Es a quien pertenece tu corazón.

- ¿Acaso no es ese el enamoramiento?
- Mi vocación, mi enamoriamiento, no es individual, es con toda este gente abandonada, con una pobre madre que intenta que su hijo no muera de hambre mañana mismo. Cuando veo sus caras, veo la cara de sufrimiento de Viernes Santo.

El de arriba es parte del diálogo sostenido entre un periodista y un sacerdote misionero, el padre Christopher Hartley Sartorius, nacido en el seno de una familia acomodada hace 50 años, hijo de padre inglés y madre española, alumno avanzado de la Madre Teresa (trabajó en Calcuta con ella), que dejó a un lado una prometedora carrera eclesiástica después de sus estudios en Roma por irse a predicar el Evangelio.

Como lo señala en el diálogo que reproduce el diario El Mundo, Christopher Hartley vive desde hace casi cuatro años en una olvidada región entre Etiopía y Somalia, concretamente en la localidad de Gode (Etiopía).

Decidió irse a aquella olvidada parte de África después de que abandonara República Dominicana (1197-2006), donde se convirtió en la pesadilla de los productores de azúcar que explotaban a los recogedores haitianos de la caña. Además de llevar la luz y el agua a 60 poblados y crear comedores para los niños, logró negociar con las azucareras, por primera vez en la historia, un contrato que establezcía un día de descanso a la semana, una cama por trabajador y un sueldo de 2,4 euros por cada jornada. Concluida su misión centroamericana, Hartley buscó en el mapa un punto donde jamás hubiera habido un misionero católico y "aterrizó" en medio de la nada...

El próximo proyecto del misionero es construir un comedor/escuela para los niños de la zona, sin importar que sean musulmanes y ni, probablemente, vayan a estar cristianizados jamás.
Publicado en ReL



domingo, 5 de febrero de 2012

CRISTIANOS PERSEGUIDOS

EN NUESTRO MUNDO, UN CRISTIANO ALCANZA EL MARTIRIO CADA CINCO MINUTOS. CRISTIANOS PERSEGUIDOS HOY EN NUESTRA ORACIÓN.



Vídeo publicado en "Por ti madrugo"

APRENDE A PERDONARTE

A los cristianos se nos ha hablado y enseñado mucho sobre la necesidad del perdón y es verdad y es bueno perdonar.

Pero el perdón más efectivo es el que nos damos a nosotros mismos reconociendo nuestros errores y fragilidades.

No es el estar orgulloso de lo malo que hemos hecho o de los muchos fallos cometidos…es reconocer que, a pesar de nuestra buena voluntad, en numerosas ocasiones nos equivocamos y tenemos derecho a perdonar nuestra frágil humanidad.
Muchos perdones que damos a los demás casi a diario, no tienen la suficiente fuerza porque no vienen de un corazón que ha experimentado el gozo de ser perdonado y reconciliado interiormente.

Sólo quien ha saboreado el gusto del auto-perdón es capaz de perdonar.
De nada vale que te tortures por tu pasado.
De nada sirve que una y otra vez acudan a tu mente los pedazos rotos del recuerdo.

El auto-perdón es capaz de desinfectar nuestras tormentas internas y destrozar las más pesadas cargas de dolor.

Propósitos:
- Voy a intentar hacer un inventario de las cosas que no me he perdonado en mi vida.

- Voy a elegir la que más dolor me provoque y me voy a perdonar el error de antaño.

- Ejercitaré una y otra vez este método de recordar para perdonarme hasta que desaparezcan mis tormentas interiores.

Ojalá que esta práctica la vivas cada día el resto de tu existencia.

Autor: © 2002 Mario Santana Bueno


sábado, 4 de febrero de 2012

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca».
Él les responde:
«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.
Marcos 1, 29-39
 
El evangelio del próximo domingo nos presenta el reportaje de lo que era una jornada en la vida de Jesús. Después de enseñar en la sinagoga, se acerca a la casa de Pedro, y cura a su suegra, que estaba en cama con fiebre; al anochecer, le llevan todos los enfermos y poseídos; cura a muchos enfermos y expulsa a los demonios. De madrugada, se retira a un lugar apartado para orar; después marcha a predicar el Reino a otros pueblos y aldeas. La jornada de la vida de Jesús estaba compuesta fundamentalmente de tres elementos: predicación del Reino, curación de los enfermos y oración. Contemplamos, maravillados, a Jesucristo que se levanta de madrugada, busca un lugar tranquilo y entra en oración. En la oración llega al culmen de su intimidad con el Padre y alcanza la plenitud su conciencia filial. El Maestro era un hombre que se entregaba a la oración y les enseñaría a sus discípulos a orar en todo momento, sin desfallecer. En su vida alternaba la contemplación y la acción, la predicación del Reino, la curación de los enfermos y el encuentro con el Padre. Pero el centro que unifica toda su existencia, todo su ministerio, es su unión con el Padre, porque Él es uno con el Padre.
Vivimos una situación, especialmente en nuestro Occidente rico, en que la nueva evangelización se hace cada vez más urgente, porque nos encontramos inmersos en un proceso de secularización aparentemente imparable. Como respuesta, el Santo Padre Benedicto XVI ha constituido el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización y ha anunciado la convocatoria de la próxima Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tratará de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana -no en vano ha convocado el Año de la fe-. La nueva evangelización se llevará a cabo predicando el evangelio, celebrando los misterios de la fe y curando a los enfermos de hoy. Pero es preciso que los evangelizadores, como Jesús, centren su vida y su ministerio en la unión con Dios. El evangelizador es un testigo enviado en virtud del Bautismo, por el que ha nacido a la vida divina por el agua y el espíritu. Desde ese momento, las tres Personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, inhabitan en él, como principio ontológico y dinámico de su nueva vida.
Es la hora de la fe, de la confianza en el Señor, porque Él ha vencido al mundo. Al fundamentar la vida en Dios, se recibe la fortaleza necesaria para superar las dificultades y para ser capaces de dar testimonio en toda ocasión, también en las situaciones más adversas. Hoy más que nunca, es preciso que tengamos una fe adulta, profunda, madura, que vivamos una espiritualidad que integre la fe y la vida y que estemos siempre dispuestos para dar testimonio de nuestra fe en Jesucristo.
+ José Ángel Saiz Meneses
obispo de Tarrasa

viernes, 3 de febrero de 2012

Inmaculée Ilibagiza (encontrar a Dios y perdonar)

2 de febrero de 2012.-1994, Ruanda. En un pueblecito del sur del país llamado Mataba, en la casa de un pastor protestante se dejaron oír unos gritos: «¿Dónde está Inmaculée? ¿Dónde está esa cucaracha?». Detrás de la pared, oculta en un minúsculo baño secreto junto a otras seis mujeres, la susodicha contenía la respiración: si las descubrían, las mataban. El holocausto ruandés había comenzado unos meses antes, aunque se llevaba ya preparando desde hacía más tiempo. La matanza fratricida de los hutus hacia los tutsis, las dos tribus del país, había estado anidándose en los corazones y, para colmo, el gobierno hutu alentaba a perpetrar dichos crímenes a través de su estación de radio.


Pero antes que todo esto sucediese, la familia de Inmaculée Ilibagiza, todos tutsis, podía calificarse de afortunada. Unos padres magníficos -ambos maestros- y unos hermanos cariñosos y brillantes en sus empresas. ¡Vivían un paraíso en la tierra! Un paraíso que se vio radicalmente frustrado el 7 de abril de 1994, fecha de inicio del holocausto.


Publicamos un reportaje escrito sobre lo que le sucedió a Immaculée Ilibagiza y su testimonio en video que explicó en medio de una conferencia de Wayne Dyer y en el que cuenta como encontró a Dios y pudo perdonar al asesino de su familia, que los mató durante el holocausto en Ruanda. Ella aparece en el vídeo a partir del minuto 8 y 32 segundos.


(Juan Antonio Ruiz J., LC / Con Tinta de Esperanza) Grupos armados con machetes y granadas rodearon la casa de la familia -a la que había acudido gente de todo el pueblo en busca de ayuda- y empezaron la carnicería. En medio del alboroto, el papá de Inmaculée la obligó a irse a refugiar a la casa del pastor Murinzi, que era un hutu moderado.


El pastor, un hombre bueno, la escondió junto a otras seis mujeres. No hablaban, no recibían sino un poco de comida por la noche y casi no podían moverse. Estuvieron ahí por más de tres meses, pendientes de un hilo y con el miedo cerrándoles la garganta.


Fue en uno de esos días cuando los gritos sorprendieron la casa: «¿Dónde está Inmaculée? ¿Dónde está esa cucaracha?». «Podía verlos en mi mente -comenta Inmaculée- aquéllos que solían ser mis amigos y vecinos […] ahora recorrían la casa con lanzas y machetes llamándome por mi nombre. […] Sabía que ellos no tendrían misericordia, y en mi mente sólo resonaba un pensamiento: “Si me atrapan, me matan”».


No la atraparon, pero el infierno de esos meses fue intenso. Sólo la oración continua la mantenía en calma, aunque la lucha interior fue muy dura; muchas veces deseó aniquilar con sus manos a todos los que le deseaban la muerte.


«¿Por qué estás invocando a Dios? -sentía en su interior durante sus momentos de oración- ¿no sientes tanto odio en tu corazón como los asesinos?». Se dio cuenta de que no podría orar sinceramente si no dejaba que en su corazón reinara el perdón. Pero, ¿cómo?


Una tarde, escuchó desde la ventana del baño cómo un bebé moría en la calle. En su interior se levantó una nueva queja: «¿Cómo puedo olvidar a las personas que son capaces de hacerle algo así a un bebé?». Y la respuesta, sencilla, le golpeó: «Todos ustedes son mis hijos y el bebé está conmigo ahora».


En ese momento se dio cuenta de algo increíble: los asesinos, aunque crueles, tenían alma y eran parte de la familia de Dios. ¡Tenía que perdonarles, tal y como Cristo lo hizo en la cruz! Y aunque no fue fácil y aún tuvo que recorrer mucho, ahí empezó todo.


Unas tropas francesas llegaron a la región, buscando sobrevivientes; el pastor condujo al campamento a las cansadas mujeres. Y ahí se topó con la noticia escalofriante, aquella que había estado negando todos esos meses: toda su familia, a excepción de su hermano Aimable, residente ese momento en Senegal, había sido asesinada.


Lloró. Gritó. Pero, sobre todo, oró mucho a Dios. Y perdonó.


Tras muchas peripecias -más infortunios con hutus; la llegada del Frente Rebelde Popular tutsi, que había luchado por liberar el país; la vuelta a Kigali, la capital, etc.- Inmaculée inició a trabajar en la ONU, en la misión de asistencia para la reconstrucción del país. En esa circunstancia, y tras un breve espacio de tiempo, se le concedió la posibilidad de regresar a su pueblo Mataba y ver lo que quedaba de su familia. Aceptó.


La experiencia fue dolorosa. Encontró las improvisadas tumbas de su madre y su hermano Damascene (brutalmente asesinado a machetazos); su padre y su hermano Vianney habían sido tirados a fosas comunes. Contempló su casa en ruinas. Pero, sobre todo, vio los rostros de sus asesinos, espiándole tras las ventanas de las casas. En sus pupilas descubrió pánico y resquemor.


Tarde, se dirigió a la cárcel. La recibió el burgomaestre y le trajo al jefe de la pandilla que había asesinado a toda su familia. Lo conocía: Felicien, un hutu con cuyos hijos ella había jugado en la primaria. Había sido su voz la que la llamaba en la casa del pastor… Sintió escalofríos.


«¡De pie, asesino!-le gritó el burgomaestre- Levántese y explíquele a esta chica por qué su familia está muerta. Explíquele por qué asesinó a su madre y descuartizó a sus hermanos». El hombre, con sucias ropas colgándole a jirones, lloraba. Cruzó su mirada por un instante con la de Inmaculée.


Ella se estiró hacia él, le tocó ligeramente las manos y le dijo en voz baja lo que había ido a decirle: «Lo perdono». Su corazón sintió un alivio inmediato y pudo comprobar que la tensión se liberaba de los hombres de Felicien.


Los años han pasado, y ahora Inmmculée se dedica a dar charlas sobre el perdón, a mostrar el efecto liberador que de él se desprende. Y ¿cuál es la clave? La oración y dejar que el amor de Dios penetre en el corazón. Como dice Inmaculée, «el amor de un solo corazón puede marcar la diferencia. Creo que podemos sanar a Ruanda y a nuestro mundo sanando un corazón a la vez. Espero que mi historia ayude». Este es su testimonio en vídeo:




Publicado en "Escuchar la voz del Señor"