domingo, 15 de agosto de 2010

ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA


La lectura del Evangelio resulta siempre muy ilustrativa para la vida y para nuestro camino. De hecho, hoy, comienza diciéndonos que «María se puso en camino». Y así ocurre en nuestra vida: toda nuestra historia consiste en estar en camino, en camino hacia algún lugar, en camino hacia Dios, en camino hacia el encuentro definitivo con Aquél que nos amó primero.

Lucas nos recuerda la tarea pedagógica de María, pues además de narrarnos el viaje que la iba a conducir a visitar a su prima Isabel, aprovecha también para enseñarnos a salir de nuestra propia realidad e ir al encuentro del otro. El viaje de María al encuentro de Isabel nos enseña a nosotros a salir al encuentro del hermano que está en cualquier tipo de necesidad.

Isabel era una mujer mayor, estaba encinta, sin duda el embarazo no debía ser muy fácil y sobre todo a su edad debía resultar bastante fuera de lo que estaba ella misma habituada. María fue a su encuentro. Se puso en camino para ir a visitar a su prima Isabel, estar con ella, ayudarla, acompañarla. El viaje de María es una invitación para nosotros: para que salgamos de nuestro engranaje, de nuestra situación personal, de nuestra realidad interior para ir al encuentro del otro para servirle, para acompañarle, para ayudarle.

Y justo en este tiempo, en que todo propende a que cada uno sea el centro del Universo, la Madre del Señor nos vuelve a explicar con su propia vida, de manera sencilla como una madre enseña a sus hijos, nos vuelve a explicar que el centro de la vida no es nuestra propia historia, no somos nosotros mismos, que el centro de la vida sigue siendo el Señor y aquel en quien el Señor se manifiesta o aquel en quien el Señor nos visita.

Salir de nosotros mismos se convierte así en una llamada de la Madre de Dios para ayudar, para socorrer, para atender al hermano para anunciarle y explicar al hermano, de una manera simple quien es Dios. Cuando María canta el Magníficat no entona solamente un cántico de alabanza, sino que va haciendo también una preciosa catequesis que inicia con descripción de Dios Padre. Va explicando quien es Dios, y va explicando las razones que Ella tiene para amar a Dios con todas sus fuerzas. No es simplemente un canto de alabanza es un resumen de esa contemplación que María tenía de Dios Padre y una manera simple de explicarlo y de compartirlo con Isabel.

«Proclama mi alma la grandeza del Señor».

Nosotros quizás marcaríamos el acento más en nuestra acción, en nuestra constancia, en cómo nosotros, en cómo hemos descubierto la oración y cómo alabamos a Dios y cómo necesitamos alabarlo … María, sin embargo, pasa por encima de su proclamación para convertir a Dios, la grandeza de Dios, en el centro de su manifestación, en el centro de su dialogo, proclama la grandeza del Señor.

«Mi espíritu se alegra porque Dios es mi Salvador».

María va incide en ese rostro del Señor grande, que salva, que se preocupa de los humildes, de los pequeños. Ese rostro de Dios a quien no le importa tanto que seas poderoso, sino que seas sencillo, humilde y vivas con Dios.

«Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes»

Nos muestra el rostro de Dios que cuida de todos y cada uno de los hombres que pueblan la tierra, que tiene buen cuidado de que a nadie le falte nada y al que tiene le enseña a compartir. Ese Rostro que nos muestra que Dios nos ama por entero a cada uno de los hombres, a quienes conduce por el camino de la humildad porque el humilde está más fácilmente dispuesto, no tiene nada que defender, no tiene nada que guardar. Por eso derriba del trono a los poderosos hace humildes a los poderosos y a los poderosos los hace capaces de responder, capaces de acoger el amor de Dios.

En cada una de las afirmaciones del Magníficat encontramos esa pincelada de Dios, esa descripción de Dios que si un pintor lo plasmara en un lienzo, lograría expresarlo con bastante cercanía.

La Madre del Señor, lo que pretende comunicar es aquello que Ella contempla y aquello que tiene grabado en su corazón: el rostro de Dios, el Padre, que se abaja hasta el hombre, que siendo poderoso se hace humilde, que siendo Dios se hace hombre y que Ella puede experimentar en su propio seno.

El Grande se hace pequeño. Ella se lo explica a Isabel y nos lo explica a nosotros. La importancia de que seamos pequeños, de que seamos humildes, de que contemplando el rostro de Dios, vayamos dejándonos configurar por El, vayamos dejándonos impregnar de su amor y llenar de El.

Como ella en camino hacia Ain Karen, nos muestra el camino hacia el hermano para que en él el Señor nos vaya configurando y contemplando el rostro de Dios. Porque Dios vive y se me muestra en mi hermano; porque es mi hermano quien me hace vida y hace posible que sea verdad en mí el Evangelio.

María nos muestra una vez más que la enseñanza de Dios no es una teoría, un relato sin más, sino que es una acción poderosa de Dios que interviene, que se hace cercano. Y esto es una experiencia de vida que María anuncia y que la lleva evidentemente a cantar porque la experiencia de Dios siempre encierra esa armonía y esa perfección de la belleza que la lleva a proclamarlo, cantarlo, gritarlo y hacerlo sensible a través nuestro.

No es María la que atrae la atención de Isabel, aún siendo tan querida y muy bien recibida. Es Juan quien, en el seno de su madre, experimenta la presencia de Dios, la presencia de Jesús.

María nos enseña que viviendo de esa manera y viviendo así, Dios se hará presente a través nuestro aunque nosotros no nos demos cuenta.

Dios busca, espera, quiere hacerse presente a través nuestro, como en el caso de María, a base de vivir en la intimidad con el Señor, a base de contemplar su rostro y de explicar quién es Dios a los que le rodean. Dejar que los demás lo escuchen y dejar que los demás lo experimenten. La escucha será por nuestra palabra, la experiencia será por la misma acción de Dios. Dios se dejará sentir.

Por otra parte, en esta celebración, como en tantos otros momentos, es la Madre de Dios la que nos enseña y nos explica las cosas de Dios y nos da la dichosa oportunidad de rogarle que insista en recordarnos las cosas de Dios, que no se desanime con nosotros, que aunque muchas veces nos quejamos, nos lamentamos o nos escapamos del entorno, no se canse de nosotros, que tenga paciencia con nosotros. Y que más allá de nuestras torpezas, que nos enseñe, que nos muestre el rostro de Dios, para que este rostro de Dios quede grabado en nuestro corazón, en nuestra mente y en nuestra mirada. Y entonces nosotros podamos vivir y encontrar cada día a Dios que cada día nos busca. Y entonces los hombres que están cercanos a nosotros puedan también experimentar la presencia de ese Dios que nos busca porque nos ama y quiere conducirnos al Reino.

Hoy en la Tradición de la Iglesia, Jesús toma a su Madre, asciende con Ella, la lleva a Ella al cielo.

Roguémosle también al Señor que de igual manera que hizo el camino con la Madre, también haga el camino con nosotros. Y roguémosle al Señor también fortaleza, firmeza. Que no nos entretengamos ni nos despistemos con las cosas pequeñas, sin importancia. Que busquemos y miremos de verdad siempre las cosas del cielo. Que no distraiga nuestra atención lo que ya hemos oído y sabemos de muchas veces. Que no nos creamos que con saber las cosas vivimos la vida.

Pidámosle al Señor que nos lleve, como hizo con la Madre de Dios, a entender que la urgencia siempre es vivir cada día la novedad del Evangelio, porque cada día la Palabra del Señor es nueva, es distinta, es diferente, es Dios. Y aún cuando creemos que ya sabemos todo sobre Dios, porque desde niños hemos estado cerca de El, no nos engañemos. Aunque viviéramos miles de años nuestra mirada y nuestra inteligencia, nuestra mente, nunca llegaría a conocer enteramente a Dios, hasta que crucemos el umbral de la muerte y nos sentemos con El en el Reino.

Digámosle al Señor que nos conduzca a conocerle, que nos lleve a descubrirlo cada día y a vivirlo cada día para darnos cuenta de que Dios es una eterna novedad en la experiencia de la vida, aunque los conceptos los conozcamos, pero la vida no es un concepto, gracias a Dios.

Hoy el Señor asciende con la Madre al cielo y Ella deja caer su cinturón -cuenta la Tradición- para que Tomás no se quede sin su recuerdo.

Roguémosle también que nos eche su cinturón para ser más humildes, más sencillos, para no tener a veces ese genio interior que nos lleva a romper la armonía. Pidámosle al Señor que nos permita alcanzar ese cinturón de la Madre de Dios. El cinturón de la humildad, por el que nos reconozcamos necesitados de Dios y tanto más necesitados cuanto con más frecuencia nos olvidamos de El.

Y no tengamos miedo en mirar hacia el cielo y en fijar en él nuestra mirada. Agarrémonos fuerte al Señor como hizo María Magdalena el día de la Resurrección. Agarrémonos fuerte al Señor para que El nos lleve a vivir con un corazón limpio y siempre dispuesto porque en ello siempre encontraremos la vida.






1 comentario:

Roberto dijo...

Sabemos que Ella permanece junto a nosotros, en cercanía amorosa a su Hijo Jesús, para ayudarnos a ser felices en esta vida y merecer la del tiempo futuro.