domingo, 10 de octubre de 2010

¿Y QUÉ HACEMOS CON LAS ANTIPATÍAS?

Clarito, estupendo y fenomenalmente escrito...

Rara es la persona que se libra de las antipatías de otros y que él no se la tiene a nadie. Hay personas que disponen de una bondad natural que les aflora y son incapaces de sentir antipatía hacia alguien. Y por el contrario, hay otras que con mayor o menor intensidad tenemos el colmillo retorcido y no todo el mundo que nos presentan o conocemos nos cae bien. Un gesto inadecuado, una cara seria, un comentario que molesta, aunque la intención no haya sido esa, estas y otras muchas cosas y circunstancias pueden generar animadversión. Muchas veces el conocer a una persona, de la cual ya no nos han hablado bien, esto pude ser circunstancia suficiente para que nos pongamos de uñas y no digamos en ellos, si la persona que conocen tiene una determinada fortuna o un status social superior, o en el caso de ellas si la que conocen es muy guapa y tiene mucho éxito entre los hombre, inmediatamente se la pone el san Benito de tonta. En estos últimos supuestos, funciona muchas veces un cierto sentimiento de envidia.

No creo que sea muy científico eso de la química entre las personas, pues los impulsos de simpatía o antipatía se generan en la mente humana en función de una variedad de parámetros que no son del caso examinar aquí. Lo importante en relación a este tema, es que si sentimos un cierto rechazo hacia alguien, por muy depravada que sea la persona que nos genere el rechazo, nunca olvidemos que es una persona creada por amor y con amor por el Señor y que aunque se encuentre alejada de Él, el Señor la ama quizás mucho más que a nosotros que nos pasamos el día comiéndonos a los santos.


Se cuenta en la biografía de Santa Teresa de Lisieux, que ella sentía una cierta antipatía hacia una hermana conventual que tenía el don de desagradarla en todo: “Me apliqué a hacer por aquella hermana lo que hubiera hecho por la persona más querida. Cada vez que la encontraba rogaba a Dios por ella, ofreciéndole todas sus virtudes y méritos. Conocía que esto agradaba mucho a mi Jesús, pues no hay artista que no le guste recibir alabanzas por su obra y el divino Artista de las almas se complace en que uno no se detenga en el exterior, sino que penetrando hasta en el santuario íntimo que ha elegido por morada, admiremos la belleza de este”. Lo curioso de esta historia, es que cuando Santa Teresa de Lisieux murió, la hermana conventual objeto de sus antipatías, lloraba desconsoladamente mencionando el tremendo cariño que Santa Teresa de Lisieux tenía por ella.
Juan Pablo II en su “Vida de Cristo” escribe que: “… ante el instinto de la aversión, que potencialmente ya es un acto de lesión y hasta de muerte, al menos espiritual,…. Jesús intenta contraponer la Ley de la caridad que purifica y reordena al hombre hasta en los más íntimos sentimientos y movimientos de su espíritu”. La insistencia en la práctica del amor fraterno fue constante en Nuestro Señor, y recogida después por las epístolas apostólicas. "Habéis oído que fue dicho: Amaras a tu prójimo y aborrecerás a tus enemigos. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos. Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿que hacéis de más? ¿No hacen eso también los gentiles?”. (Mt 5,43-47). Él mismo nos llamó hermanos suyos y como tales nos consideró, aunque media una notable diferencia ya que Él es Hijo de Dios por naturaleza y nosotros solo por adopción.

Entre las citas epistolares hay que destacar dos de San Juan que dicen: “Carísimos amémonos los unos a los otros, porque la caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor”. (1Jn 4,7-8). La segunda dentro del mismo capítulo cuarto completa esta primera al decir que: “Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano”. (1Jn 4,20-21).
En sí, no es malo que una persona encuentre antipática a otra y que le cueste contactar con ella, pues es humano, hasta Santa Teresa de Lisieux sentía antipatía, lo malo consiste en no tratar de vencer esa antipatía y demostrarla, y lo que es peor propiciarla en nuestro interior, porque de la misma forma que como dice San Juan de la Cruz, que: “Donde no hay amor pon amor y encontrarás amor”, también podríamos decir: “Donde no hay antipatía, pon simpatía y encontrarás simpatía”.
San Josemaría Escrivá, en su libro Camino, tiene un punto en el que viene a recordar que la persona que te fastidia te está dando la oportunidad de santificarte. Esta persona no me mortifica, sino que me santifica. Es recomendable que cuando alguien nos reviente, nos fastidie o simplemente nos caiga gorda, penemos inmediatamente que también él es un amado de Dios, y que nosotros tenemos la suerte de tener la oportunidad de mostrarle a Dios cuanto le amamos, amando al que nos inoportuna´
La antipatía, es el primer escalón de la escalera que nos desciende al pozo del odio que es quien nos destruye espiritualmente, pasando previamente por otros escalones, como la enemistad o la maledicencia. Borra pues Señor, de nuestra mente y de nuestro corazón cualquier tipo de antipatía o fobia que secreta o manifiestamente anide en nosotros, sobre cualquier persona sea la que sea, me haya hecho o esté haciéndome mal o bien.
Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.
Juan del Carmelo



2 comentarios:

mjbo dijo...

No recuerdo qué le pedía el Señor a santa Faustina Mª Kowalska en relación con una monja del mismo convento,lo que sí la respuesta de la santa: "¿¡Cómo me pides eso, si sabes que no le tengo el sentimiento del amor!?". A lo que el Señor respondió: "Eso no está de tu mano, tú reza por ella y haz como te digo".

Me impresionó mucho ver que el Señor acepta que existan esas antipatías y diga que no las podemos evitar; menos mal que dio la medicina: "¡Orad!".

Saludos

Javier Vicens y Hualde dijo...

Entonces ¿qué hacemos con las antipatías? ¿Aceptarlas? Eso es fácil cuando se trata de las antipatías que suscitamos. ¿Confesarlas? Es facilísimo cuando se trata de las antipatías que otros nos inspiran. ¿Ambas cosas? ¿Penitencia?