martes, 17 de marzo de 2009

TESTIMONIO: LA CONVERSIÓN DE CLAUDIA



Todos la recuerdan por la película «Così fan Tutte» del director Tinto Brass o por su papel junto a Antonio Banderas en «El joven Mussolini». En Italia fue una actriz de éxito, con una carrera desarrollada durante años en la rentable industria del cine erótico. Sin embargo, desde hace unos años, Claudia Koll ya no se desnuda; sólo se remanga para ayudar en los diversos proyectos de voluntariado, para trabajar en África con los niños enfermos de Sida o para trabajar mano a mano con los jóvenes actores en la nueva academia «Star Rose Academy,» con sede en Roma, que forma a jóvenes artistas apostando por los valores profundos. El motor de su cambio de vida tiene un nombre: Cristo. «Un día entré en la iglesia de Santa Anastasia, en Roma», relata. «Buscaba, de alguna manera, la ayuda de Dios. Se me acercó un sacerdote y me dijo: ¿¿Qué quieres de Él?¿. Yo le dije: ¿Nada, soy una pecadora¿. Cuando me hizo la señal de la cruz en la frente, sentí que mi corazón se abría y se llenaba de Jesús. Las rodillas se me doblaron, me tuve que sentar y empecé a llorar... Era la respuesta del Señor», relata. «Hasta hace poco tiempo pensaba que yo era una mujer que amaba mucho, pasional, que consumaba las historias pero no me satisfacían», explica. «Comprendí que el amor que había buscado siempre por caminos equivocados era el amor que deseaba desde el corazón, el que todos los corazones desean: la presencia de Dios.
Comencé a degustar la vida y a entender que el Señor me empujaba a vivir sin miedo, porque Él estaba a mi lado», asegura. «Utilizan nuestra debilidad» «El mundo del espectáculo me ha utilizado», afirma; «el mundo utiliza nuestra debilidad y nos golpea allí donde somos más frágiles. Por esta sed de amor me vi envuelta en historias equivocadas», prosigue. «Quería probar emociones fuertes, pero nadie realmente me había enseñado a vivir. Lo más extraordinario para mí ha sido descubrir que el Señor venía en mi ayuda, a pesar de mi condición de gran pecadora. Pero después de haber herido el corazón de Dios, he sentido que Él, en el momento en el que más lo necesitaba, venía a socorrerme. Nada me bastaba, no estaba contenta de verdad con nada, siempre estaba buscando algo más. Nadie me había enseñado la fidelidad y ni siquiera era capaz de expresar gestos de amor, no sabía amar», concluye. Hoy, Claudia Koll ha encontrado el amor más grande: el de saberse querida y perdonada.
Publicado en "Fe y Razón".

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Feliz culpa, Dios derrocha gracia donde mas se necesita. Cuando me siento como ella, es cuando me imagino estar entre Sus brazos como un niño en los brazos del Padre, segura, tranquila, confiada, me abandono y entonces llega la paz y se siente el perdón y las ganas de Amar ....
Besos.
Esther.

Anónimo dijo...

Un gesto de misericordia,una mano tendida,la señal de la cruz hecha con caridad por un sacerdote...todo puede ser una puerta entreabierta para escapar de una situación desesperada y para que se cuele a raudales la Gracia de Dios.Del gesto adusto,de la frialdad,del juicio humano se puede esperar casi nada.Un fariseo enseñando a los demás a serlo y poco más.Un abrazo de M.A

Dámaris dijo...

Me emociona este testimonio.
Un saludo.
Dámaris