sábado, 7 de marzo de 2009

LA DEVOCIÓN A MARÍA EN EL BEATO RAFAEL



Ya hay fecha para su canonización: 11 de Octubre de 2.009. Poco a poco iremos conociendo un poco más la figura del Hno. Rafael, propuesto por Juan Pablo II como modelo para los jóvenes católicos. Hoy sábado, nos detenemos en su devoción mariana ¿qué piensa y cómo siente Rafael a María?





Resaltan tres notas distintivas en la espiritualidad mariana de Rafael: la sencillez, la intimidad y la confianza. Habla de la Virgen con la misma espontaneidad con que lo hiciera un niño.


Su corazón, libre de amores mundanos y entregado de lleno al seguimiento de Cristo, rebosa de amores a la Madre. Es consciente, a pesar de su juventud, de su limitación personal y de su incapacidad para llegar con sus propias fuerzas a Dios. Con la ayuda de la Señora el camino más abrupto se vuelve llano y la oscuridad se convierte en luz. Solo Ella puede conducir su alma hacia Dios. Nada desea si no es por mediación suya. Hasta tal punto confía en su protección y en su poder para llegar a Jesús. Su fe heroica le hace percibir, experimentar, sentir, vivir al fin y al cabo, una realidad sobrenatural que va borrando progresivamente cualquier interés por lo corruptible y perecedero. Mira con los ojos del alma a la Virgen Madre que goza ya de la bienaventuranza prometida. Rafael sabe, como buen cristiano, que después del Corazón de Cristo, no hay otro como el de María. Por eso afirmará lleno de agradecimiento que después de Jesús solo María puede consolar su corazón.


Al unirse estas virtudes en el alma de Rafael: la sencillez, la búsqueda anhelante de intimidad con Dios y una fe que es el sustento de toda su persona, entonces nos encontramos con una espiritualidad ciertamente sencilla, pero honda y profunda como un pozo sin fondo de donde siempre salen aguas cristalinas, frescas y transparentes que nunca se agotan. El lector que, sediento, se acerca a las fuentes de Rafael, y ya no es tan profano porque lleva un tiempo gustando de sus escritos, que le permiten conocerle y saber cómo sentía y vivía su deseo insaciable de Dios, cae en la cuenta de la profundidad que tiene en el conocimiento de Cristo, de la coherencia de su vida, de la hermosura de su alma. Le invade entonces a ese lector anónimo la verguenza interior, el reconocimiento de la sofisticación personal en la que vive, la falta de sencillez y de autenticidad de su vida. Y en el alma brota una plegaria, un deseo de que a Dios por María llegue su humilde oración: "Dios mío, quiero ser como Rafael, porque quiero amarte como él te amó, vivir la fe como él la vivió, ser fiel hasta el final como él lo fue, y llenar mi vida de amores a Maria" ¡ Qué vacía es la vida cuando se llena de la nada de nuestras propias argumentaciones! Y cuando Dios roza nuestra pobre alma y llena nuestra vida de ilusión y de sentido, ¡qué deseo tan irresistible de dejarlo todo, de ser otra vez un niño, de aprender a hablar otra lengua nueva, de cantar una nueva melodía hasta este momento desconocida!


"…Dios y solo Dios..., si así viviéramos siempre, nuestra vida sería un cielo anticipado..., qué concierto armaríamos! ¿verdad?, ¡unirnos a los ángeles, a los santos, a María!…"

En el alma de Rafael no habitaba más que Dios. La gracia que el Espíritu Santo infundió en su alma el día de su bautismo fue creciendo a pasos de gigante, a un ritmo vertiginoso. "Seguir, seguir, seguir, ese era su grito, su fuerza, seguir a Cristo, alcanzarle, transformarse, zambullirse, abismarse, hundirse, deshacerse, fundirse, desaparecer, y tantos verbos que él utilizaba tan llenos de sentido que expresaban el deseo incontenible de su alma de unirse a Dios. Y no importaba nada, ni dificultades, ni apegos humanos, ni enfermedades, ni contrariedades, tantas idas y venidas al monasterio, tanta incomprensión de su enfermedad, hasta por parte de los hermanos que con él convivían. Ni riquezas, ni honores, ni juventud, ni belleza, ni dinero, ni estudios sólo Dios importaba, solo Él, sólo Dios que llenaba todo en su alma, todo lo enamoraba y todo saltaba de gozo en su presencia. " ¡Solo quiero una cosa, amar a Dios, solo eso!" Se repetía una y otra vez. Y el amor le desbordaba, no le cabía, porque era un amor reciproco y Dios cuando se da, no cabe en la criatura, que es pequeña y frágil, y ésta quiere volar para siempre ,para siempre, con Maria, ver a María, a los santos, vivir en Él para toda la eternidad.


Nada deseo, nada quiero, solo cumplir mansa y humildemente la voluntad de Dios; morir algún día abrazado a su Cruz y subir hasta él en brazos de la santísima Virgen María..."


Nadie ha amado tanto a Dios como María, nadie se ha parecido tanto a Jesús como Ella. Y no solo eso, sino que El, Todopoderoso, se hizo carne de su carne y sangre de su sangre. Ella le amamantó, le cuidó, le enseñó a caminar, a rezar, le acompañó en todas las circunstancias de su vida terrena... Mientras vivía con Él, su dulce corazón de Madre fue aprendiendo lo importante que es el hombre para Dios, y en cada caricia, en cada gesto, en cada momento de esos treinta años que compartieron todo en un cielo en la tierra, amaba a su Hijo con toda el alma y en El, a todos los hombres. Tiempo de silencio y de contemplación, de escucha y de aprendizaje, de adoración y de fidelidad. Rafael vive esta realidad de la maternidad divina de Maria como algo que pertenece a la sustancia de su propio ser. Ella es el espejo en el que Dios se mira y refleja, la manifestación más entrañable de su Amor.


Y en esa búsqueda apasionada de Jesucristo, Nuestra Señora es su punto de referencia, su modelo, su fortaleza. Siente su protección siempre y sabe que con Ella todo es fácil. Su alma, llena de anhelos divinos experimenta la fuerza poderosísima del amor de Maria. ¡Cuánto le quiere la Señora! Después de Dios, no hay amor como el suyo, y su alma sedienta de amores, apaga la sed en el regazo materno que siempre le espera, le abraza y conforta. Y de ese encuentro surge la gracia pedida, deseada o necesaria para seguir caminando hacia Dios. Unas veces, envuelto en gozo y alegría; otras, agarrado de su mano que le lleva casi en volandas cuando él no puede sostenerse en pie por el peso terrible de la cruz. "Qué dulce es María, repite, cómo me ayuda y consuela. Nada quiero sino es por mediación suya. Todo lo pongo en sus manos". Ella es la mediadora de la gracia, la luz en las tinieblas de este mundo.

2 comentarios:

Javier Vicens y Hualde dijo...

Esta serie no me la perderé.

Anónimo dijo...

!ay la Virgen de la Trapa!¿que tiene?...Rafael se puso bajo su protección desde el primer momento.El dia de su entrada recibió un consejo de oro del hermano portero..."Y ahora a no preocuparse de nada y cualquier cosa pués a la Santísima Virgen.LLevo aqui muchos años y nunca me ha fallado".un abrazo de M.A