martes, 9 de julio de 2013

¿DÓNDE ESTÁ TU HERMANO?

Texto completo de la homilía del Papa ayer en Lampedusa (Italia)



Inmigrantes muertos en el mar, desde esas barcas que en lugar de ser una vía de esperanza han sido una vía de muerte. Así es el título de los periódicos. Cuando hace algunas semanas he conocido esta noticia, que lamentablemente tantas veces se ha repetido, mi pensamiento ha vuelto a esto continuamente come una espina en el corazón que causa sufrimiento.
Y entonces he sentido que debía venir aquí hoy a rezar, a realizar un gesto de cercanía, pero también a despertar nuestras conciencias para que lo que ha sucedido no se repita, no se repita, por favor.
Pero antes, quisiera decir una palabra de sincera gratitud y de aliciente a ustedes, habitantes de Lampedusa y Linosa, a las asociaciones, a los voluntarios y a las fuerzas de seguridad, que han mostrado y muestran atención a las personas en su viaje hacia algo mejor. Ustedes son una pequeña realidad, ¡pero ofrecen un ejemplo de solidaridad!
Gracias también al Arzobispo monseñor Francesco Montenegro, por su ayuda, su trabajo y su cercanía pastoral. Gracias también a la señora Giusy Nicolini, alcaldesa, por lo que hace.
Dirijo un pensamiento a los queridos inmigrantes musulmanes que están comenzando el ayuno de Ramadán, con el deseo de abundantes frutos espirituales. La Iglesia está cerca de ustedes en la búsqueda de una vida más digna para ustedes y para sus familias. ¡A ustedes O’ scia’!
Esta mañana, a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, quisiera proponer algunas palabras que, sobre todo, despierten la conciencia de todos, impulsen a reflexionar y a cambiar concretamente ciertas actitudes.
¿Adán, dónde estás?: es la primera pregunta que Dios dirige al hombre después del pecado. ¿Dónde estás? Es un hombre desorientado que ha perdido su lugar en la creación porque cree que puede volverse potente, que puede dominar todo, que puede ser Dios. Y la armonía se rompe, el hombre se equivoca y esto se repite también en la relación con el otro que ya no es el hermano al que hay que amar, sino sencillamente el otro que disturba mi vida, mi bienestar. Y Dios hace la segunda pregunta: Caín, ¿dónde está tu hermano? El sueño de ser poderoso, de ser grande como Dios, es más de ser Dios, lleva a una cadena de equivocaciones que es cadena de muerte, ¡conduce a derramar la sangre del hermano!
¡Estas dos preguntas de Dios resuenan también hoy, con toda su fuerza! Muchos de nosotros, también yo me incluyo, estamos desorientados, ya no estamos atentos al mundo en que vivimos, no cuidamos, no custodiamos lo que Dios ha creado para todos y ya no somos capaces ni siquiera de custodiarnos unos a otros. Y cuando esta desorientación adquiere las dimensiones del mundo, se llega a las tragedias como a la que hemos asistido.
¿Dónde está tu hermano?, la voz de su sangre grita hasta mí, dice Dios. Esta no es una pregunta dirigida a los demás, es una pregunta dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros. Esos hermanos y hermanas nuestros trataban de salir de situaciones difíciles para encontrar un poco de serenidad y de paz; buscaban un lugar mejor para ellos y para sus familias, pero han encontrado la muerte.
¡Cuántas veces aquellos que buscan esto no encuentran comprensión, acogida, solidaridad! ¡Y sus voces suben hasta Dios!
He escuchado recientemente a uno de estos hermanos. Antes de llegar aquí han pasado por las manos de los traficantes. Esos que explotan la pobreza de los demás. Esa gente que hace de la pobreza de los demás su propia fuente de ganancia. ¡Cuánto han sufrido... y algunos no han logrado llegar!
¿Dónde está tu hermano? ¿Quién es el responsable de esta sangre? En la literatura española hay una comedia de Lope de Vega que narra cómo los habitantes de la ciudad de Fuenteovejuna matan al Gobernador porque es un tirano, y lo hacen de modo que no se sepa quién ha realizado la ejecución. Y cuando el juez del rey pregunta: ¿Quién ha asesinado al Gobernador?, todos responden: Fuenteovejuna, Señor. ¡Todos y nadie!
También hoy esta pregunta surge con fuerza: ¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? ¡Nadie! Todos nosotros respondemos así: no soy yo, yo no tengo nada que ver, serán otros, ciertamente no yo. Pero Dios pregunta a cada uno de nosotros: ¿Dónde está la sangre de tu hermano que grita hasta mí?
Hoy nadie se siente responsable de esto; hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna; hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y del servidor del altar, del que habla Jesús en la parábola del Buen Samaritano: miramos al hermano medio muerto en el borde del camino, quizá pensamos pobrecito, y continuamos por nuestro camino, no es tarea nuestra; y con esto nos tranquilizamos y nos sentimos bien. La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de los demás, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisorio, que lleva a la indiferencia hacia los demás, es más lleva a la globalización de la indiferencia. En este mundo de la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos habituado al sufrimiento del otro, no nos concierne, no nos interesa, no es un asunto nuestro!
Vuelve la figura del Innominado de Manzoni. La globalización de la indiferencia nos hace a todos innominados, responsables sin nombre y sin rostro.
Adán, ¿dónde estás?, ¿dónde está tu hermano?, son las dos preguntas que Dios hace al inicio de la historia de la humanidad y que dirige también a todos los hombres de nuestro tiempo, también a nosotros.
Pero yo querría que nos hiciéramos una tercera pregunta: ¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste?¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por estas personas que estaban en la barca? ¿Por las jóvenes mamás que llevaban a sus niños? ¿Por estos hombres que deseaban algo para sostener a sus propias familias?
Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llorar, del padecer con: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!
En el Evangelio hemos escuchado el grito, el llanto, el gran lamento: Raquel llora a sus hijos… porque ya no están. Herodes ha sembrado muerte para defender su propio bienestar, su propia pompa de jabón. Y esto sigue repitiéndose… Pidamos al Señor que borre lo que queda de Herodes también en nuestro corazón; pidamos al Señor la gracia de llorar sobre nuestra indiferencia, sobre la crueldad que hay en el mundo, en nosotros, también en aquellos que en el anonimato toman decisiones socio-económicas que abren el camino a dramas como este. ¿Quién ha llorado? ¿Quién ha llorado? ¿Quién ha llorado hoy en el mundo?
Señor, en esta Liturgia, que es una Liturgia de penitencia, pedimos perdón por la indiferencia hacia tantos hermanos y hermanas, te pedimos, Padre, perdón por quien se ha acomodado, se ha encerrado en su propio bienestar que lleva a la anestesia del corazón, te pedimos perdón por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas. ¡Perdón Señor!
Señor, que escuchemos también hoy tus preguntas: ¿Adán, dónde estás?, ¿dónde está la sangre de tu hermano?

lunes, 8 de julio de 2013

LUMEN FIDEI

El padre Santiago Martín nos explica la encíclica que el Papa Francisco acaba de hacer pública y que ha sido preparada también, por el Papa emérito Benedicto XVI.
Puedes leer la encíclica AQUÍ


sábado, 6 de julio de 2013

DOMINGO XIV

Evangelio
En aquel tiempo designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de Él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: El reino Dios ha llegado a vosotros. Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad».
Los setenta y dos volvieron con alegría, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
 
Lucas 10, 1-12.17-20
 
 
Los discípulos vuelven muy contentos, después de completar la misión. Jesús designa a un grupo de setenta y dos discípulos y los envía a trabajar en la mies. A su vuelta, comparten con Él la alegría por la misión cumplida. El Señor recoge el contento de los suyos y lo lleva a un estadio mejor. Las palabras previas a la misión trazan las pautas que garantizarán la alegría; las posteriores señalarán su fundamento último. Cuando llegamos con la Iglesia al XIV Domingo del Tiempo ordinario, Jesucristo nos instruye haciéndonos partícipes de su misión salvadora. La tarea es abundante; los trabajadores pocos. La instrucción de Jesús no se centra en los resultados, sino en las personas que colaboran con Él. En el cumplimiento de la misión no van a faltar dificultades. Lo importante, sin embargo, es que los discípulos no pierdan la alegría que el Señor les confía. En las palabras de Jesucristo encontramos la manera de afrontar una misión que, a pesar de ser desbordante, protege la alegría en el corazón del discípulo.
Jesús envía de dos en dos. La tarea evangelizadora nunca es empresa de solitarios. Es misión de comunión y para la comunión. La concordia de los enviados es ya palabra que evangeliza. La carga del misionero es siempre carga compartida. Los discípulos se ponen en camino sabiendo que luego llegará el Señor. Jesucristo envía sin desentenderse de aquellos a los que envía. La misión, en realidad, consiste en llevar a otros a Él. La suerte del Maestro será la del discípulo. La instrucción a los enviados desvela la manera en que el mismo Cristo lleva a cabo su misión. La primera palabra previene frente a la hostilidad. El discípulo ya cuenta con el rechazo: cuando éste aparece, lejos de retroceder, se ve afianzado en las palabras de su Maestro. A los ojos del mundo, el misionero aparece indefenso -como cordero en medio de lobos- y carente del apoyo de los recursos de este mundo -sin bolsa, alforja o sandalias-, pero el Señor ha puesto en él la fuerza de su palabra, capaz de construir la paz y de curar a los enfermos. El trabajador merece hogar para su descanso, refrigerio para reparar las fuerzas y alimento para su sustento. Pero nada de eso puede ser el fin de la misión. La paz será la señal: dada y recibida garantizará la llegada del Reino; rechazada, anticipará la ruina de una vida sin Dios.
Los discípulos se ponen en camino y vuelven muy contentos. El cumplimiento fiel de las consignas del Señor es garantía de alegría desbordante. La hostilidad ha estado presente, pero, invocado el Nombre de Jesús, hasta los demonios retroceden. Cuando Jesucristo envía, capacita para la misión y ésta incluye, junto a la proclamación de la llegada del Reino de Dios, la derrota de Satanás y sus secuaces. El combate de los discípulos de Cristo no es contra el mal, abstractamente comprendido, sino contra el Maligno. La alegría mejor no brota del triunfo en el combate contra Satanás, sino de la ciudadanía concedida por el Señor a los que le son fieles. Cumplir las palabras del Señor, tener sus mismos sentimientos, ponerse en camino para la misión, rogar para que haya más trabajadores, asumir sin miedo el rechazo, llevar el saludo de paz, poner la confianza en el que envía y no en los medios de este mundo, derrotar al demonio y, sobre todo, tener morada en el Cielo son motivos que sostienen la alegría del discípulo.

+ José Rico Pavés
obispo auxiliar de Getafe

viernes, 5 de julio de 2013

JUAN PABLO II

«Vais a tener que ir a Roma para la canonización de Juan Pablo II, así que id ahorrando ya». La semana pasada, el cardenal Stanislaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia y ex secretario del Papa polaco, dio este consejo a un grupo de jóvenes del colegio CEU San Pablo Montepríncipe, que tuvieron una audiencia con él, durante una peregrinación a Polonia. Al preguntarle qué se sabía sobre la fecha de la celebración, respondió: «Tened paciencia. Os puedo decir que no vamos a tener que esperar mucho; todo está casi hecho».
El grupo de jóvenes, estudiantes de Bachillerato, sólo conocieron al Papa polaco durante su infancia. Por eso, el cardenal Dziwisz, en primer lugar, quiso presentárselo: «Era un hombre de Dios. Tenía muchísimos talentos –poeta, escritor...–» y también una gran afición por el deporte; por ejemplo, por el fútbol. «Pero era –añadió–, sobre todo, una persona de fe y de oración. Se dejó llenar por horas de oración. Tenía un amor muy profundo dentro, que venía de su contacto con el Señor en la oración». Ya era así antes de ser Papa, «y no necesitó ningún cambio». Esta profunda unión con Dios hacía que «su vida fuera siempre muy creativa. Él nunca paraba porque siempre caminaba con el Señor. Por ejemplo, nunca miraba lo escrito en años anteriores para Navidad, Pascua... y sin embargo nunca se repetía».
Una vida marcada por el sufrimiento... y la esperanza
También subrayó su cercanía a los jóvenes: «Vio que los jóvenes buscan, preguntan, y que hay que responder a esas preguntas y enseñarles la belleza de su juventud y de la vida en general. Conocía a los jóvenes, sabía que son muy sensibles a la verdad y la belleza». Ofreciéndoles respuestas desde esta perspectiva, «creó unas relaciones muy cercanas y cordiales con ellos, y les sigue inspirando».
Otro factor muy importante en la vida del Beato, añadió su ex secretario, es el sufrimiento, desde el quedarse sin familia desde muy joven, sufrir un atropello, la guerra y la ocupación comunista, el atentado de 1981... hasta sus últimos días. «Pero él nunca se quejaba. Siempre decía que el sufrimiento tiene sentido, y que la muerte también. Decía que toda la vida lleva a la muerte, pero detrás de la muerte hay una vida nueva. El último día de su vida, se despidió de todos y quiso quedarse solo con el Señor». Para ello, «pidió que se le leyera el evangelio de san Juan. Así se preparó para pasar a la Casa del Padre». Por todo ello, el cardenal polaco cree que «su muerte fue un proceso de evangelización», que permitió «devolver la dignidad a las personas que se están muriendo».
«Cuando tengo dificultades, me ayuda»
El cardenal Dziwisz subrayó a continuación la enorme cantidad de relatos de presuntos milagros recibidos para la Causa. «Por eso, sólo hacía falta escoger alguno para analizarlos». Entre ellos, son frecuentes las curaciones de cáncer y los casos de parejas estériles que, por su intercesión, lograron tener un hijo. Contó asimismo cómo su oración, estando aún vivo, también logró curaciones. Cuando se le preguntaban por estos casos, «él respondía: El hombre no puede hacer milagros; sólo Dios. Yo, cuando tengo dificultades, siempre acudo a él, y le digo: Padre Santo, yo te serví durante 39 años, ahora me tienes que ayudar tú. Y me ayuda. Mi consejo para vosotros, ante las dificultades, y también ante las cosas del corazón, es: acudid a él; pedid, por su intercesión, todas las gracias que necesitéis».
María Martínez López en Alfa y Omega

miércoles, 3 de julio de 2013

SANTO TOMÁS

No hay duda que, en estos tiempos, la imagen es muy importante. Tenemos que dar buena imagen al exterior e incluso aparentarla. Muchas personas se afanan en “limpiar” su pasado, no dejar huella de sus equivocaciones y sus errores y así presentar al mundo una cara simpática y amable. Cuando se quiere hundir a alguien se busca en su pasado para descubrir cualquier mancha, desliz o pecado y se airea a los cuatro vientos. Para los que consideran que sólo somos fruto de nuestra historia es fundamental que en nuestro pasado no haya ninguna falta.  Pero nuestra historia es algo más que un acontecer de sucedidos y decisiones.
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. » Celebramos hoy a Santo Tomás. En un grupo de creyentes a nadie le gusta ser recordado como “el incrédulo”.

 Los Apóstoles eran pocos, menos los Evangelistas, podían haber hecho un pacto de silencio y callar este acontecimiento de la vida de Tomás. Ciertamente, si el Apóstol se presentase a unas elecciones al papado este sería un borrón en su expediente. Habría que lavar su imagen y dejarle como un señor comprometido, fiel, siempre al lado del Señor, inquebrantable, firme y de toda confianza. Pero no es así. Tampoco Pedro, ni Pablo, ni el resto de los Apóstoles quedan como los mejores candidatos a ocupar ningún cargo de responsabilidad.
Pero nuestra historia no es lineal. Al igual que la historia de la humanidad ha sido sacudida por la encarnación de Cristo y Dios hecho hombre ha irrumpido en nuestra vida, la misericordia de Dios cambia nuestra imagen desde la fortaleza de la debilidad. “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular” y por eso estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles. Cimientos solidos pues no es su fortaleza la que los fortalece, sino la de Jesús.
No tengamos miedo a nuestro pasado ni a nuestro presente y afrontemos con esperanza el futuro. La misericordia de Dios hace que nuestras equivocaciones y nuestros pecados –si los ponemos en manos de Dios-, puedan ser una bendición. Mostrando nuestra heridas reconocemos la grandeza de aquél que nos ha curado. La imagen de la Iglesia es la imagen de Cristo resucitado. A pesar de los pecados de los que la formamos todos podemos decir -«¡Señor mío y Dios mío!», confesar nuestros pecados y hacer de nuestras debilidades pasadas la fortaleza de la Iglesia presente. No queramos limpiar nuestra imagen ante Dios, justificarnos nosotros e intentar quedar bien. Deja que sea Cristo el que te cure con el sacramento de la reconciliación. No te avergüences de tu pasado si has puesto tu presente en Cristo. El Espíritu Santo sana desde dentro hacia afuera. Deja que Él sane tus heridas y te convertirá en bálsamo y consuelo para todos.
María, madre de los creyentes, nos ayude a creer cada día más y mejor, a poner nuestra vida en manos del Señor, dejar que sane nuestras heridas y nos haga fuente de consuelo para los demás.

www.archimadrid.org

martes, 2 de julio de 2013

SEIS NUEVOS PRESBÍTEROS Y CATORCE DIÁCONOS

Este es el regalo que el  Señor ha hecho a nuestra Iglesia diocesana y a toda la Iglesia.
Damos gracia a Dios porque sigue llamando y encontrando corazones generosos dispuestos a poner la mano en el arado y no mirar atrás.
Aquí os dejamos la homilía que D. Braulio pronunció el pasado domingo:

Mis queridos hermanos: pronto se cumplirán 40 años de la publicación de la Carta Pastoral de Don Marcelo, Cardenal-Arzobispo de Toledo, Un Seminario nuevo y libre (septiembre de 1973). Es un escrito valiente y que apostaba por un Seminario Diocesano que viviera la novedad del Concilio Vaticano II sin olvidar cuanto la Iglesia quiere sobre esta institución vital para la Iglesia de Toledo. Cuantos celebráis en estos días el aniversario de vuestra ordenación y los que hoy recibiréis las órdenes sagradas haced una memoria agradecida al Señor, que con la sabiduría y el gobierno de Don Marcelo habéis encontrado en nuestro Seminario el ámbito adecuado en el que ha crecido vuestra vocación para el ministerio sacerdotal. Yo también quiero con vosotros unirme a vuestra acción de gracias. Sabéis bien que una ordenación sacerdotal y diaconal es todo un acontecimiento de alegría y fiesta en una Iglesia diocesana. Es también vuestra fiesta, la de cada ordenando y su familia; la alegría del Seminario Mayor y del Menor; la alegría de las comunidades parroquiales; la alegría del presbiterio diocesano. Es mi alegría de Pastor de Toledo por tantas cosas. Quiero agradecer al Rector y su equipo de formadores tantos esfuerzos en la preparación de estos jóvenes. Sé que vosotros, padres de los ordenandos, habéis ofrecido vuestros hijos al Señor. No os arrepentiréis: ellos serán normalmente los que cuidarán mucho de vosotros. Hay que desterrar el tópico de que los padres pierden a los hijos que entran en el Seminario. No es verdad. Tenemos muchos ejemplos de ello.
 
Pero estos ordenandos estarán ávidos, tras escuchar la Palabra de Dios hoy tan espléndida, de oír lo que el Arzobispo diga el día de su ordenación. No es que yo piense que sea el más importante en esta celebración: lo decisivo es la acción del Espíritu Santo que, por Jesucristo, os conformará a Él como presbíteros y diáconos. Yo me limitaré a hacer algún comentario en lo que hoy se nos ha proclamado en la liturgia de la Palabra. Un primer dato interesante de la 1ª lectura es que el profeta Elías, perseguido, huye hacia el sur, pero reconfortado por el Señor, recibe de Él el encargo de elegir su sucesor. Su acción simbólica echando encima de Eliseo su manto invita a éste a continuar su misión, de modo que Eliseo responde sin vacilación; deja hasta lo más querido para ser fiel a la llamada de Elías, que es la del Señor, y lo sella todo con un sacrificio generoso.La rápida respuesta de Eliseo, su disponibilidad total es la que exige Jesús a los suyos, de los que le quieren seguir, esto es, de todos los cristianos. Tal disponibilidad da al profeta una total libertad para la misión confiada. El que es llamado, y los somos todos los cristianos, sabe que ante Dios todo cede. La prontitud de Eliseo, que deja los bueyes y corre tras Elías, nos está hablando de su sentimientos interiores que magníficamente quedan expresados en el salmo responsorial de hoy: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en su mano (…); me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” (Sal 15). ¡Es un texto tan evocador para uno que va a recibir la ordenación sacramental! Nos recuerda a Cristo que nos ha llamado personalmente, y que hemos respondido a su invitación.
 
Sabido es que Jesús, al igual que san Juan Bautista y como solían hacer los rabinos de su tiempo, reunió en torno a sí un círculo de discípulos. Ahora bien, las diferencias que hay entre los rabinos y sus escolares y Jesús y sus discípulos son mucho mayores que sus semejanzas. Una de las características más llamativas del seguimiento de Jesús es el carácter absoluto de sus exigencias, conforme al mensaje del Reino. Jesús no quiere discípulos con el corazón dividido y menos entre los sacerdotes; los quiere convencidos de su absoluta novedad, y entregado a Él con todas las fuerzas de su corazón. Pues bien, son estas exigencias las que aparecen en el evangelio de hoy, en el que han reunidos tres episodios con un factor común. En el primero, alguien se ofrece entusiasmado a seguir a Jesús –eso es posible-, y éste le hace notar con realismo lapidario la dificultad de la empresa: el Hijo del Hombre lleva una vida de apátrida, y hasta los animales tienen un vivir más seguro que el suyo. Seguirle es participar en ese mismo destino. Hay que ser muy realista. Sólo tenemos seguro el amor de Cristo. Pero en el segundo episodio es el que más nos llama la atención. ¿No sobrepasan aquí las exigencias lo que humanamente puede pedirse? ¿No es, además, un deber de piedad filial el enterrar un padre? Es evidente, sin embargo, que Jesús no se caracterizaba precisamente por su falta de sensibilidad o su dureza de corazón. Lo que sucede es que tal vez entendemos aquí más de lo que dice el texto. “Ir a enterrar a mi padre” parece suponer que el padre del llamado estaba agonizando o recién muerto, de “cuerpo presente”, vamos. Pero probablemente el texto no dice eso.
 
Y lo decimos por la manera como los semitas utilizan corrientemente verbos como “ir, “levantarse”, “salir”, para decir simplemente que se hace una acción. Como cuando Jesús dice: “No me elegisteis vosotros, sino que os elegí yo y os puse para que vayáis y deis fruto”. ¿A dónde han de ir los Apóstoles? En tales casos, al traducir debe prescindirse del verbo “ir”. Diría, pues, nuestra frase, nuestra frase: “Deja primero que entierre a mi padre”. No es preciso, entonces, suponer que su padre está enfermo o muerto, sino que el llamado aplaza el seguimiento mientras vive su padre. Probablemente tampoco la sentencia de Jesús decía en un principio “deja que los muertos entierren a sus muertos”, sino “deja que los indecisos entierren a sus muertos”. En arameo, en efecto, muertos e indecisos son palabras sumamente parecidas y pudieron ser confundidas al traducirlas al griego. En cualquier caso, estamos ante una sentencia que quiere llamar la atención sobre la verdad que se quiere destacar. Esto mismo ocurre en la tercera respuesta de Jesús. Para comprenderla es útil conocer que el arado palestino, muy ligero, se maneja con una mano, que asegura su posición vertical, le da profundidad presionando, y le levanta al pasar entre piedras. La otra mano la necesita el labrador para estimular a los bueyes con una vara larga. Esta forma de arar exige habilidad y atención, ya que si el labrador se distrae, el nuevo surco se tuerce. La misma atención necesita el seguidor de Jesús; quien no es capaz de concentrar sus fuerzas en el Reino, no es digno de él.
 
No estoy, por supuesto, dando una clase de teología bíblica o haciendo gala de una erudición. Estoy intentando mostrar sencillamente que en este evangelio de Lc 9 el seguimiento de Jesús se entiende, por esas características, no en un sentido general, es decir, en cuanto que es camino común para encontrar al Señor. Se entiende en un sentido especial, restringido, que ya había diseñado el AT a propósito de Moisés y Elías: como seguimiento ministerial, seguimiento por encargo, un ser admitido, ser recibido, para una misión especial. Se alude, pues, a lo que más tarde fue llamado el sacerdocio de la Iglesia. Este evangelio nos habla a nosotros en esta hora de la ordenación, en la que podemos tener también presente la vasta multitud de los que oyeron y siguieron la llamada de Jesús. Es el seguimiento de Jesús refrendado por la imposición de manos del obispo que está en la cadena de la sucesión apostólica. Se narra en esta escena el encuentro de Jesús con tres hombres. En ellos y en sus respuestas se refleja lo que es el seguimiento, lo que significa el sacerdocio. Si Jesús rechaza al primero que quería seguirlo, esto significa que el sacerdocio no lo puede elegir nadie por su propia decisión. No es posible imaginarlo como un modo de conseguir seguridad en la vida, de ganarse el sustento, de obtener una cierta posición social; algo que proporcione seguridad, protección y cobijo, como un medio de organizar la vida. Jamás puede ser simple medio de asegurar la subsistencia, ni una simple elección personal. Nadie puede darse a sí mismo o por sí mismo el sacerdocio auténtico.
 
Tampoco puede aplazarse la hora, porque existe la hora de Jesucristo, el instante que no puede aplazarse, porque no se puede calcular y decir: “Sí, quiero, por supuesto, pero ahora me resulta demasiado peligroso. Todavía tengo que hacer esto o lo otro”. También el tercer hombre de esta escena quiere poner en orden los asuntos pendientes de su casa. Pide un poco de tiempo, pero también a él se le dice: “Te necesito enteramente”. Es que no hay sacerdocio a media jornada ni a medio corazón. Es algo que requiere al hombre que se entrega, y no sólo una parte de su tiempo o de sus bienes. Esto nos conduce de nuevo a Elías. El profeta dice a Eliseo, que quiere ser su sucesor, que pide una cosa difícil, pues ha de estar a su lado cuando sea llevado en el carro del fuego. Pues bien, lo que hemos oído en el evangelio acerca del seguimiento de Jesús también exige que tengamos el valor de estar cerca del fuego de Jesús, que ha venido para incendiar la tierra. Hay en Orígenes una sentencia atribuida a Jesús: “Quien está cerca de mí está cerca del fuego”. Esto es, quien no quiera ser quemado, debe alejarse de Él. En el sí al seguimiento se incluye el valor de dejarse abrasar por el fuego de la pasión de Jesucristo, que es también, al mismo tiempo, el fuego salvador del Espíritu Santo. Nos damos cuenta, hermanos, que hemos de orar con fuerza por estos ordenandos. Lo vamos a hacer enseguida, para que no sean tibios y tediosos, sino que traigan este fuego al mundo. En el fondo es anunciar la alegría. Por eso a los servidores del evangelio los llama san Pablo “servidores de vuestra alegría”. Los santos y, sobre todo, Santa María serán nuestros valedores.

X Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo
Primado de España


lunes, 1 de julio de 2013

ORTEGA LARA Y SU TRATADO SOBRE LA ORACIÓN

José Antonio Ortega Lara se convirtió con su ejemplo en una de las personas referentes y a seguir por la sociedad española. Su historia, marcada por el azote del terrorismo, no se ha dejado marcar por ETA sino que recobró su vida con normalidad. Y en todo esto tuvo que ver mucho la fe y sobre todo la oración. La propia y la ajena.
 
El que fuera funcionario de prisiones vivió una de las peores experiencias imaginables al estar secuestrado en un diminuto zulo durante 532 días. Sin ventilación y en condiciones infrahumanas. Pero ni aún así pudieron con él. En su rutina del día a día tenía a Dios en un lugar principal, sabiendo que era el pilar en el que debía apoyarse para no sucumbir durante el cautiverio. Poco después  de su liberación afirmaba que durante el secuestro “procuraba hacer ejercicio todos los días, leer y rezar, rezaba hasta nueve rosarios al día”.
 
La oración en conventos de clausura
Han pasado casi 16 años desde su liberación y es gracias a la fe inquebrantable por lo que ha podido recuperar totalmente su vida. Incluso en 2002 adoptó junto con su una niña. Pero la familia también tuvo mucho que ver. La cuñada de Ortega Lara es religiosa de clausura en Madrid, desde donde movilizó un ejercito que mantuviera en vilo mediante la oración a su cuñado. Y bien que lo consiguió. Tras la liberación esta monja afirmaba que “estoy verdaderamente admirada con mi familia, porque nunca les he oído maldecir, ni insultar a los secuestradores, ni palabras de rencor. La fe, el amor y la unión de todos se la debemos a mis padres”.
 
Sin embargo, es ahora cuando queriendo o sin querer José Antonio Ortega Lara ha escrito una especie de tratado sobre la oración. Una explicación sobre su relación con Dios, también en los momentos más duros donde le costaba verle y sentirle. Basa  todo en su experiencia personal tanto durante como después del secuestro y en él confirma que sea cual sea la circunstancia Dios siempre acontece y si no le vemos es porque somos nosotros los que nos hemos alejado de él.
 
La encíclica de Benedicto XVI
Su experiencia sobre la oración parte de un pasaje de la encíclica de Benedicto XVI Spe Salvi y que se recoge en un libro sobre el Papa eméritoDice así: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar- Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad (…) el que reza nunca está totalmente solo”.
 
Ortega Lara ha experimentado en sí mismo esta parte de la encíclica y tiene una experiencia total de que a pesar de su duro cautiverio en un zulo sin luz “nunca estuvo totalmente solo”.
 
Ortega Lara, liberadpDe este modo, cuenta que “a pesar de haber nacido en una familia de creyentes y de haber recibido una educación religiosa también yo me convertí en un cristiano formal y no de fondo”. “¡Qué fácil me resultaba ser cristiano en un ambiente favorable, donde no había otra exigencia que la que tú mismo quisieras imponerte! Pero la vida no siempre es benevolente y cómoda, a veces te conduce por caminos tormentosos y llenos de dificultades que nunca habías pensado transitar”.
 
El secuestro que cambió su vida
¿Y qué le ocurrió a él? “Esto es lo que me sucedió a mí, en la experiencia de mi secuestro, y lo que definitivamente cambió mi existencia y mi percepción de la vida en este mundo”, cuenta Ortega Lara. Fue precisamente esta oración la que le mantuvo con vida pues se hizo tan importante como el comer cada día.
 
En este sentido, el que fuera funcionario de prisiones y concejal agrega que “cuando rezo, me siento conectado; creo que Dios me escucha y, de paso, ahuyento la soledad y el abandono que a veces experimenta mi alma”.
 
La oración, como arma
Es precisamente en esos momentos cuando “aflora con fuerza la presencia de Dios,que yacía latente pero olvidada en el fondo de nuestro corazón, bien porque la considerábamos innecesaria,  bien porque el ritmo de vida nos impedía centrarnos en lo verdaderamente importante”.
 
Entonces, ¿para qué sirve la oración? Ortega Lara lo dice claramente y no le importa nadar contracorriente: “puede que rezar no esté de moda, pero a mí me ha servido y me sirve como remedio para serenar mi alma en situaciones de tribulación, y me aporta seguridad cuando debo tomar decisiones importantes”.
 
En su disertación sobre la oración, continúa diciendo que “ayuda en los momentos dulces de la vida, pero cuando adquiere realmente un valor especial es en situaciones difíciles o de desesperación personal. Comienzas rezando en búsqueda del remedio a tus desgracias para después continuar haciéndolo por otras personas que consideras lo necesitan más que tú”.
 
Ofrecer los sufrimientos
El sentido de la oración comprende que es salvífico y universal, no pertenece a uno mismo. “Acabas por entender que tus oraciones, e incluso tus sufrimientos, pueden serle de gran utilidad a otras personas, a quienes deseas que nunca tengan que padecer lo que tú has sufrido”, confiesa.
 
Aún así, Ortega Lara no tiene problemas en reconocer que su relación con Dios no tiene por qué ser tranquila pues también le grita para encontrar una respuesta. “La oración en este contexto se transforma en una comunicación no siempre serena, o al menos eso me sucedió a mí. A veces surge como la cascada de un torrente llena de reproches hacia Dios porqueconsideras que no te escucha o que, si lo hace, no se apiada de tus súplicas. ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué?’. Te das cuenta después de tu error, te disculpas y procuras de nuevo establecer la serenidad en tu alma, tan atormentada por las tribulaciones y las dudas”.
 
Esta es precisamente la fuerte experiencia que vivió durante su secuestro. Pese  a todo, cada día era distinto al anterior y por ello también evolucionaba su trato con Dios a  través de la oración. “Se convierte en un camino de ida y vuelta, con altibajos, con sentimientos contradictorios, pero que siempre acaban llevándote a la misma conclusión: a pesar de las dificultades, no quieres romper esa comunicación directa que te hace sentir vivo y deseas conservar esa amistad que te une a Dios en una relación recíprocamente sincera, aunque en sus comienzos fueses precisamente tú quien buscaba un interés personal en ella”.
 
La evolución de la oración
Esta experiencia va transformando poco a poco y finalmente Ortega Lara confiesa que “la oración va evolucionando; se vuelve más dinámica y fluida, desinteresada, se va despojando de trabas y reproches, y te hace sentir libre para decirle a la otra parte lo que sientes o piensas con absoluta sinceridad y sin contrapartidas”.
 
¿Dónde te lleva todo esto? “La oración no es ya una prueba de sumisión a Dios, sino que es una expresión de libertad que surge de lo más profundo de tu alma”. Además, añade que “rezas de corazón, y el alma se va liberando poco a poco de la desesperación que la aterroriza y que te hace sentir despreciado, abandonado y desahuciado. Incluso cuando ya has perdido la esperanza de retomar el tren de tu vida anterior, sientes que Dios está a tu lado como un amigo que comparte contigo tu desdicha, observa en silencio, reza contigo y no hurga en tu herida”.
 
“Mi fe en Dios permaneció viva entonces, durante mi secuestro, y lo sigue estando ahora; no se resquebrajó a pesar de la dura experiencia vivida, sino que pienso que salió fortalecida, Confiaba y confío en Dios”, afirma para concluir que “sé que nunca me abandonará y eso me reconforta y me ayuda a seguir viviendo”.
Publicado en ReL