miércoles, 13 de noviembre de 2013

NUESTRA MIRADA SOBRE LOS DEMÁS

El video de hoy nos muestra, desde una analogía del cambio físico, una perspectiva interesante de cómo ver a los demás. Es la mirada de aquellos que ven a las personas más allá de las apariencias (en el video el hombre era un ex-militar venido a menos que terminó de vagabundo), viendo quién es el otro realmente para así descubrir la valía que tiene cada uno desde su ser único e irrepetible.
Elementos apostólicos
En primer lugar, pensaba en esa frase que usamos mucho: “Los ojos son la ventana del alma”. Muchas veces, pensamos esa frase en relación a uno mismo, es decir, que nuestra mirada revela cómo nos encontramos en el interior y eso es muy cierto. Sin embargo, ¿Qué tanto hemos pensado que nuestros ojos son ventanas para “ver” las almas de cada persona? En ese sentido, pensaba en esa transformación que tiene el personaje principal del video y me venía a la mente la idea de que esa transformación se debe dar primero en la mirada de cada uno en relaciónal otro. Es la mirada de aquel que entiende y vive en su vida la realidad de que lo esencial o más importante es siempre lo interior.  Es la mirada que no se conforma con lo que “ve” en un primer momento, sino que ve “más allá”, ve con la fe, para descubrir la grandeza que hay en cada persona.
 
Hoy en día, muchas veces nos dejamos llevar por los estereotipos que se han formado en la sociedad, que son sobretodo físicos. Si esa persona tiene buena apariencia o no, si es de tal color, si se viste de tal manera, o tiene tal peinado, o tiene tal trabajo, etc. Tantos estereotipos que se quedan en lo más cómodo. Es muy fácil juzgar a una persona por lo que muestra, por sus apariencias y no comprometernos de verdad. Pero sí que es difícil ver la bondad particular y única de cada uno. ¿Por qué? Porque nos mueve a querer conocer más, a querer compartir la vida con el otro porque el bien nos atrae naturalmente. En este punto, pensaba en la mirada del Señor Jesús… ¿Cómo debió haber sido? ¿Cómo habrá mirado a las personas con que se juntaba? ¿con las prostitutas, cobradores de impuesto corruptos o los fariseos que creían que ya no necesitaban nada más para ser felices? Y me venía a la mente ese pasaje del joven rico, en la cual Jesús “mirándolo, lo amó”. ¿Cómo alguien puede amar con la mirada? Creo que esto nos da la clave para entender un poco más al Señor, creo que porque Él y toda persona humana es irresistible a la Bondad que hay en cada persona de manera única. 
 
En segundo lugar, me pongo a pensar en el “cambiazo” que tuvo la vida Jim Wolf en su vida, después de grabar este video. De ser durante décadas alcohólico, pobre y vagabundo pasó, de un día a otro, a ayudar a personas alcohólicas y a tener su propia casa. ¿Por qué cambió? Creo que es porque otros le hicieron ver lo mejor de sí y, por tanto, había esperanza. Efectivamente, es necesario ver lo valioso que es cada persona, pero qué difícil también es verse así mismo valioso. ¿Nos resulta incómodo y hasta rechazamos, por ejemplo, decir: “Qué bueno que es ser yo mismo” o “qué alegría es ser yo”? Si es así, creo es muy importante cambiar nuestra mirada, no solo en relación a los demás, sino en relación a uno mismo. Mirarse como Dios mismo nos ve. Si las personas no tienen una mirada esperanzada de sí mismos, ¿qué esperanza van a dar a los demás? Y, por el contrario, si uno mismo se ama como Dios lo ama, se nota… Vemos, ya no a esa persona decaída, triste o cabizbaja, sino a alguien que sabe como certeza que es valioso en sí mismo, porque Dios lo ha visto. Yo creo que la conversión es dejarse ver por Aquel que nos ama. Ese, en mi opinión, es el primer paso para cambiar, dejarse amar por la mirada de un Dios que nos ve tal cual somos.
 
Daniel Bonifaz para catholic-link

 

martes, 12 de noviembre de 2013

SOLO POR HOY

1- Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver los problemas de mi vida todos de una vez.

2- Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé criticar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo....


3- Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también.
4- Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

5- Sólo por hoy dedicaré diez minutos a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

6- Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7- Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.

8- Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9- Sólo por hoy creeré firmemente -aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena Providencia de Dios se ocupa de mí, como si nadie más existiera en el mundo.

10- Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

Beato Juan XXIII

lunes, 11 de noviembre de 2013

ME ENCANTA SOÑAR CADA MAÑANA...

Cuando el otro día celebramos la fiesta de todos los santos pensaba en que a veces nos cuesta querer ser santos. Nos parece complicado, arduo, casi imposible, tal vez hasta aburrido.

Vemos a los santos demasiado perfectos e inmaculados. Nos cuesta imaginar pecados en sus vidas y siempre pensamos que respondieron de forma correcta en toda situación. Actuaron en todo movidos por el amor, supieron siempre lo que Dios les pedía, no se guardaron nada y besaron la cruz con alegría.

Creemos tal vez que si aspiramos a ser santos tendremos que cambiar demasiadas cosas y, en realidad, cambiar siempre es difícil. La santidad nos parece algo lejano, duro, frío. Nos imaginamos a esos santos de altar, blancos, duros, perfectos, demasiado lejanos. Y nos desanimamos. Así no hay quien sea santo, pensamos, al comprobar nuestra propia limitación.

No respondemos siempre de forma correcta a los desafíos de la vida, nos dejamos llevar por el egoísmo y dejamos de soñar, algo desanimados, con esas cumbres que antes nos encendían. ¿Es posible ser santos en esta vida tan complicada?

Miramos a otros con cierta envidia, al pensar en sus vidas intachables, porque juzgamos por fuera y nos sentimos pecadores en comparación.

Esa santidad de cuello blanco que pretendemos no es la que nos toca vivir. Más que nada, porque no podemos. Nos empeñamos en tocar el cielo con las manos y nos llenamos de barro cuando menos lo esperamos.

Una persona comentaba: «Me he dado cuenta que mi ‘pequeña maldición’, mi herida, mi debilidad, me ha hecho más completa, más persona, más honda, más humana. He entendido que no tengo que luchar contra ello, sino aceptar y bendecir. Lo he hecho con alegría. Es esta debilidad mía la que me hace escalar más alto cada día». Si vemos la santidad como decía esta persona cambian las cosas.

Aceptar esa limitación, esa herida, como el trampolín que nos lanza hacia las cumbres. Se trata de aceptar que no podemos con nuestro esfuerzo, que siempre de nuevo volvemos a caer por más que nos exigimos.

Ser santos implica levantarse cada día dispuestos a luchar por no caer y a levantarnos después de cada caída para volver a empezar. Sin temer la imperfección o la debilidad.

Entonces, ¿es que la santidad no consiste en hacer las cosas bien, en evitar el pecado cada día, en cumplir a rajatabla las más leves insinuaciones de Dios?

Desear ser santos es desear amar hasta el extremo, querer dar la vida cuando nos la exijan, asumir la cruz con un corazón valiente y despejar las cadenas que nos atan y no nos dejan ser libres.

Es el deseo da amar en toda ocasión y a toda persona, sin hacer diferencias, sin guardarnos la vida. Porque el que se guarda la vida la perderá para siempre.

Sin embargo, ¿quién puede ser santo a base de esfuerzo? ¿Quién puede mantener limpio el corazón en una lucha sin cuartel por alejar el pecado? Nadie, en realidad nadie puede ser santo por méritos propios.

No podemos dejar de pecar aunque lo deseamos. Caemos una y otra vez, tropezamos, el hombre viejo resurge de las cenizas y nos hace ver que no estaba vencido. Las antiguas tentaciones olvidadas vuelven con más fuerza y nos vencen.

Los ideales que brillan ante nuestros ojos nos animan, pero no es suficiente. Como siempre decimos al renovar nuestra alianza con María en el Santuario: «Nada sin ti, nada sin nosotros». No podemos ser santos sin la gracia de Dios, pero tampoco podemos serlo sin nuestro esfuerzo y nuestra lucha.

Nosotros nos subimos a la higuera, derribamos muros, vencemos batallas, abrimos brechas, despejamos barricadas. Pero la victoria final es de Dios.

Él vence, Él entra, Él hace fecunda nuestra vida y logra que la semilla enterrada en el alma, muera y dé mucho fruto. Logra que nuestra vida, enterrada en humildad, escondida para dar vida a muchos, tenga un sentido.

«Sin lagar no hay vino, el trigo debe ser triturado, sin tumba no hay victoria, sólo el morir gana la batalla», rezaba una oración del Padre Kentenich en el «Hacia el Padre».

La aspiración a la santidad nos lleva a querer dar la vida, en cada batalla, en cada esfuerzo. Con una sonrisa y el corazón lleno de luz.

Hay un poema de Rudyard Kipling en el que un padre le habla a su hijo de esas cosas importantes de la vida:

«Si al encontrar el triunfo o el desastre, puedes tratar igualmente a esos dos impostores. Si puedes poner en un momento todas tus ganancias y arriesgarlas a un golpe a cara o cruz, perder y volver a comenzar desde el principio, sin jamás decir una palabra sobre tu pérdida. Entonces serás hombre, hijo mío».

Ese corazón libre es el que pedimos a Jesús que nos regale. Es el corazón santo que se levanta cuando cae, que se despierta cuando se duerme, que vuelve a empezar cuando tropieza. Es el corazón pobre y rico, humilde y altivo, luchador y esperanzado. El corazón caído y levantado, que nunca se da por vencido, que siempre ve en el fracaso la semilla de una nueva oportunidad. Así de simple, así de bello.

Un corazón herido, coronado de espinas e inscrito en la llaga de Cristo. Un corazón muerto y resucitado. Así es la vida de los santos que no se desaniman en la lucha y no desconfían de la mano de Dios sosteniendo sus pies desnudos.

Es tal vez por eso que me encanta soñar cada mañana con la santidad. No porque me crea santo, no porque quiera ser canonizado un día, sino más bien porque cada día compruebo la propia fragilidad y me alegro al pensar que mi alegría no es mía sino que procede de un Dios que me quiere por lo que soy, por lo que Él ha hecho en mí.

Su amor es como ese fuego que enciende el alma y la hace aspirar a las alturas. La santidad, por lo tanto, no es el pago obtenido a base de esfuerzo sacrificado. No es el premio a una vida inmaculada. No es el simple pago por el trabajo bien hecho. La santidad es bienaventuranza, felicidad, alegría ya aquí en el camino.

Aspiramos a ser santos no para cumplir las expectativas de un Dios creador exigente, no para tratar de devolver todo el amor que nos han dado. El querer ser santos es simplemente el anhelo del alma que sueña la felicidad.

Pero no ya la felicidad en la vida eterna, con el deber ya cumplido. Sino esa felicidad incompleta que degustamos cada día como un don de Dios.

En realidad es como la vida de Zaqueo. Una mirada que expresa gratuidad, un amor sin medida que nos busca, un perdón sin límites que nos lleva a cambiar de vida.

Nosotros tenemos la fuerza y la disposición para subirnos a lo alto de una higuera cargados con nuestra debilidad. Nos subimos a lo alto de la Iglesia, de aquella persona que Dios pone en nuestro camino para acercarnos a Él.

La higuera son los sacramentos, es la vida que nos da continuamente oportunidades para volver a empezar.

Luego Cristo nos invita a comer en nuestra propia casa. Llega con su luz y nos quiere hacer felices. Porque no quiere que el sufrimiento, cuando lo vivimos mal, pueda acabar con la esperanza y la alegría.

Entonces su amor, no nos lo da porque nos lo merezcamos. Es cierto que es muchas veces nuestra forma de juzgar la vida. Te doy cuando te lo mereces. Recibo cuando me lo merezco. No es así.

Cristo se acerca siempre y su presencia es gratuidad, don, paz, alegría. Nos perdona e incluso llega a olvidar el perdón que nos da. El encuentro con Él nos recuerda su impronta grabada en nuestra alma. En nuestro interior reconocemos su vida como algo ya nuestro.

Su presencia entonces santifica lo que hasta ese momento parecía oscuro y sin brillo. Ilumina lo que para los hombres parece demasiado lúgubre. Porque su luz brilla en lo profundo del alma cuando Cristo se hace luz para nosotros. Tal vez es así la santidad. Nuestra vida brilla por dentro.

Como leía el otro día: «Nosotros no estamos interesados en brillar por fuera, nosotros queremos brillar por dentro»[1]. Hoy el mundo quiere que brillemos por fuera, que destaquemos en todo lo que hacemos, que reflejemos un brillo de perfección que deje al mundo con la boca abierta. Y muchas veces comprobamos que caemos en la más antigua tentación, la del orgullo y la vanidad.

Nos importa brillar por fuera, ser reconocidos, tener éxito. Ser los número uno en todo lo que hacemos. Así de sencillo. Brillar y que nadie llegue a brillar tanto como nosotros. Pero no es ésa la santidad a la que nos invita el Señor. No. Él quiere que brillemos por dentro.

P. Carlos Padilla

domingo, 10 de noviembre de 2013

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos que niegan la resurrección, y le preguntaron:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último, murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella».
Jesús les contestó:
«En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos».
 
Lucas 20, 27-38
 
Hay formas equivocadas de acercarse a Jesús. En no pocos pasajes de los evangelios se nos presenta a personas que acuden al encuentro de Cristo con intenciones torcidas. El Señor nunca rechaza a nadie: con sus palabras desenmascara el engaño de los diálogos fingidos; con sus gestos rodea siempre de misericordia a quienes le escuchan. Palabras y gestos reclaman la atención en la singular escuela del Corazón de Jesús. En el Evangelio de este domingo un grupo de saduceos, que niegan la resurrección, se acercan a Jesús para intentar cazarlo con una pregunta capciosa. Entre las agrupaciones judías en tiempos de Jesús, los saduceos se caracterizan por reducir las Escrituras a los cinco libros de la Ley (el Pentateuco) y por negar la fe en la resurrección. El caso inventado de la mujer de los siete maridos que fallecen es planteado por los saduceos a Jesús no con el deseo limpio de aclarar dudas legítimas, sino con la pretensión de ridiculizar una creencia y poner en apuros al Señor. Jesucristo no desaprovecha la ocasión y corrige con paciente misericordia a quienes le interpelan. Los saduceos capciosos reciben a cambio de su pregunta torcida una recta enseñanza sobre el modo auténtico de leer las Escrituras y sobre la vida eterna. Se equivocan al proponer con burla un tema que Jesucristo se toma muy en serio.

 Lo que está en juego no es la habilidad para escapar de una pregunta difícil, sino la verdad misma de Dios y el alcance de nuestra propia esperanza. Los saduceos creen conocer lo que Moisés dejó escrito, pero ignoran lo que Dios ha revelado de Sí mismo en las Escrituras. Al ignorar la Palabra de Dios, destruyen la esperanza. En las palabras de Jesús descubrimos, por el contrario, las certezas que sostienen la esperanza: disipa las dudas del engaño, revela la verdad de la condición humana y nos muestra el verdadero rostro de Dios.
El engaño juega con los sentimientos y se disfraza de inteligencia. En el caso que proponen los saduceos parece interesar la cuestión ineludible del alcance del amor que se profesan los esposos. Su comprensión del matrimonio, sin embargo, es sólo carnal. Con su respuesta, Jesús desvela que el amor que sostiene a los esposos en este mundo no puede fundarse sólo en el afecto de la carne. Jesús no afirma que los esposos, tras la resurrección, dejarán de amarse, sino que el deseo carnal desaparecerá. Los que sean dignos de la resurrección -dice el Señor- no se casarán, pues ya no pueden morir. El deseo perecedero dejará paso definitivamente al amor inmortal.

Jesús también revela que la última palabra de la condición humana no es la muerte. Hemos sido creados para la vida: no se equivoca nuestro entendimiento cuando desea conocer la verdad más allá de los límites que nos impone el tiempo; ni falla nuestra voluntad al querer abrazar un bien que nos supera; ni se confunden nuestros afectos cuando reclaman la belleza de una ternura que disipe nuestros miedos. Hemos sido creados para más. La vida eterna que Cristo nos promete responde a los anhelos más profundos del corazón humano. La salvación que Jesucristo nos alcanza no sólo es para el alma, sino también para el cuerpo. Al proclamar la fe en la resurrección, Jesús anuncia la derrota de la muerte, revela que Dios lo es de vivos y nos regala las certezas que sustentan nuestra esperanza.
 
+ José Rico Pavés
obispo auxiliar de Getafe

jueves, 7 de noviembre de 2013

EL MATRIMONIO NO ES PARA MI




Después de haber estado casado solamente por un año y medio, he llegado a la conclusión de que el matrimonio no es para mí. Por favor, antes de empezar a hacer suposiciones o pasar juicio a este artículo, sigue leyendo.


Nota del editor: Este escrito de Seth Adam Smith fue publicado originalmente en su blog SethAdamSmith.com. Se publica aquí con permiso del autor.
Conocí a mi esposa en la escuela secundaria cuando teníamos 15 años. Fuimos amigos durante diez años, hasta que decidimos que ya no queríamos ser sólo amigos. Recomiendo ampliamente que los mejores amigos se enamoren. Vendrán muchos buenos ratos de una relación así.

Sin embargo, enamorarme de mi mejor amiga no impidió que tuviera ciertos temores y ansiedades sobre el matrimonio. Entre más se acercaba el momento de decidir si nos deberíamos casar, más me llenaba de un miedo paralizante. ¿Estaba preparado? ¿Estaba tomando la decisión correcta? ¿Era Kim la persona más adecuada para tomar como esposa? ¿Podría ella hacerme feliz?

Entonces, en una noche que cambió mi destino, le conté estos pensamientos y preocupaciones a mi papá. Cada uno de nosotros tenemos momentos en nuestras vidas en que sentimos como si el tiempo se detuviera y todo a nuestro alrededor se acomodara perfectamente para marcar ese suceso especial que nunca olvidaremos.

Cuando mi padre respondió a mis inquietudes, fue uno de esos momentos para mí. Con una sonrisa en su rostro, dijo: "Seth, estás siendo totalmente egoísta. Así que voy a hacer esto realmente simple: el matrimonio no es para ti. No te casas para que te hagan feliz, te casas para hacer feliz a alguien más. Más que eso, tu matrimonio no es para ti, te casas para beneficiar a tu familia. No hablo de los suegros y familiares, sino de tus futuros hijos. ¿A quién quieres a tu lado para que te ayude a criarlos? ¿Quién quieres que sea una influencia diaria en ellos? El matrimonio no es para ti. No se trata de ti. Se trata de la persona con quien te casas.”

Fue en ese momento en el que supe que Kim era la persona con quien quería casarme. Me di cuenta de que quería hacerla feliz a ella, ver su sonrisa cada día, y hacerla reír todos los días. Yo quería ser parte de su familia, y mi familia quería que ella fuera parte de la nuestra. Y al recordar todas las veces que la había visto jugar con mis sobrinas, supe que ella era la persona con quien quería construir nuestra propia familia.

El consejo de mi padre era a la vez sorprendente y revelador. Iba en contra de la actual "filosofía de Wal-Mart”, que es: “si no te hace feliz, puedes regresarlo y llevarte otro nuevo”. La realidad no es así, un matrimonio verdadero (y el amor verdadero) no se trata de ti. Se trata de la persona que amas: sus deseos, sus necesidades, sus esperanzas y sus sueños. El Egoísmo siempre exige: "¿Qué gano yo?" Mientras que el Amor dice: "¿Qué más puedo dar?"

Hace algún tiempo, mi esposa me mostró lo que significa amar desinteresadamente. Durante muchos meses, mi corazón se había endurecido con una mezcla de miedo y resentimiento. Cuando la presión había aumentado a un punto en donde ninguno de los dos podía soportarlo más, las emociones estallaron. Tristemente fui insensible y egoísta con ella.

Pero en lugar de responder con más egoísmo, Kim hizo algo más que maravilloso, ella demostró un acto humilde de amor puro. Dejando de lado todo el dolor y sufrimiento que yo le había causado, amorosamente me tomó entre sus brazos y reconfortó mi alma.

Me di cuenta de que me había olvidado del consejo de mi padre. Mientras que el objetivo de Kim en el matrimonio había sido darme amor, mi contribución había sido solo pensar en mí. El darme cuenta de lo terrible que fui, me hizo llorar, y en ese momento le prometí a mi esposa que iba a tratar de ser mejor.

Para todos los que están leyendo este artículo ya seas —casado, comprometido, soltero, o incluso si has jurado nunca casarte— Quiero que sepas que el matrimonio no es para ti. Ninguna relación verdadera basada en amor se trata ti. El amor siempre se trata de la persona que amas.

Y, paradójicamente, entre más amas a esa persona, más es el amor que recibes. Y no solo de tu pareja, sino también de sus amigos, su familia y las miles de personas que nunca hubieras conocido si el amor que puedes brindar hubiera permanecido centrado solo en ti mismo.

En verdad, el amor en el matrimonio no es para ti. Es para otros.
Traducido y adaptado al español por Miriam Aguirre.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

ESTÁS INVITADO A UNA FIESTA: ¡¡ERES CRISTIANO!!



La esencia cristiana es una invitación a la fiesta. Es cuanto ha afirmado el Santo Padre Francisco en la Misa de esta mañana en la Casa Santa Marta. El santo padre ha reiterado que la Iglesia “no es solo para las personas buenas”, la invitación a formar parte afecta a todos. Y ha añadido que, a la fiesta del Señor, se “participa totalmente” y con todos, no se puede hacer una selección. Los cristianos, ha advertido, no pueden contentarse con “estar en la lista de los invitados”, si no es como “quedarse fuera” de la fiesta.
Las lecturas del día, ha afirmado el papa al comienzo de su homilía, “nos muestran el documento de identidad del cristiano”. En este sentido, ha subrayado que “ante todo la esencia cristiana es una invitación: solo nos convertimos en cristianos si somos invitados”. Se trata, ha añadido, de “una invitación gratuita”, a participar, “que viene de Dios”. Para entrar en esta fiesta, ha advertido, “no se puede pagar: o estás invitado o no puedes entrar”. Si “en nuestra conciencia”, ha proseguido, “no tenemos esta certeza de ser invitados” entonces “no hemos entendido qué es un cristiano”:
“Un cristiano es uno que está invitado. ¿Invitado a qué? ¿A una tienda? ¿Invitado a dar un paseo? El Señor nos quiere decir algo más: ‘¡Tú estás invitado a la fiesta!’ El cristiano es aquel que está invitado a una fiesta, a la alegría, a la alegría de ser salvado, a la alegría de ser redimido, a la alegría de participar de la vida con Jesús. ¡Ésta es una alegría! ¡Tú estás invitado a la fiesta! Se entiende, una fiesta es una reunión de personas que hablan, ríen, festejan, son felices. Es una reunión de personas. Entre personas normales, mentalmente normales, no he visto jamás a uno que festeje a solas, ¿no? ¡Eso sería un poco aburrido! Abrir la botella de vino… Ésta no es una fiesta, es otra cosa. Se festeja con los demás, se festeja en familia, se festeja con los amigos, se festeja con las personas que han sido invitadas, como yo he sido invitado. Para ser cristiano se necesita una pertenencia y pertenece a este Cuerpo esta gente que ha sido invitada a la fiesta: ésta es la pertenencia cristiana”.
Refiriéndose a la Carta a los Romanos, el pontífice ha afirmado que esta fiesta es una “fiesta de unidad”. Y ha subrayado que todos están invitados, “buenos y malos”. Así, los primeros a ser llamados son los marginados:
“La Iglesia no es la Iglesia sólo para las personas buenas. ¿Queremos decir quién pertenece a la Iglesia, a esta fiesta? Los pecadores, todos nosotros, pecadores, hemos sido invitados. ¿Y aquí qué hacemos? Se hace una comunidad, que tiene dones diferentes: uno tiene el don de la profecía, el otro el ministerio, aquí un profesor… Aquí ha surgido. Todos tienen una cualidad, una virtud. Pero la fiesta se hace llevando lo que tengo en común con todos… En la fiesta se participa, se participa totalmente. No se puede entender la existencia cristiana sin esta participación. Es una participación de todos nosotros. ‘Voy a la fiesta, pero me detengo sólo en la primera sala de estar, porque tengo que estar sólo con tres o cuatro que conozco y los demás…’ ¡Esto no se puede hacer en la Iglesia! ¡O entras con todos o permaneces fuera! Tú no puedes hacer una selección: la Iglesia es para todos, empezando por los que he dicho, los más marginados. ¡Es la Iglesia de todos!”
Es la “Iglesia de los invitados”, ha añadido: “Estar invitados, participar en una comunidad con todos”. Pero, ha observado, en la parábola narrada por Jesús leemos que los invitados, uno tras otro, empiezan a encontrar escusas para no ir a la fiesta. “¡No aceptan la invitación! Dicen que sí, pero no lo hacen”. Ellos, ha reflexionado, “son los cristianos que se conforman sólo con estar en la lista de los invitados: cristianos enumerados”. Pero, ha advertido, esto “no es suficiente”, porque si no se entra en la fiesta no se es cristiano. “¡Tú –ha afirmado– estarás en la lista, pero esto no sirve para tu salvación! Ésta es la Iglesia: entrar en la Iglesia es una gracia; entrar en la Iglesia es una invitación”. Y este derecho, ha añadido, “no se puede comprar”. “Entrar en la Iglesia –ha reiterado– es hacer comunidad, comunidad de la Iglesia; entrar en la Iglesia es participar de todo aquello que tenemos, de las virtudes, de las cualidades que el Señor nos ha dado, en el servicio del uno para el otro”. Y además: “entrar en la Iglesia significa estar disponible para aquello que el Señor Jesús nos pide”. En definitiva, ha constatado, “entrar en la Iglesia es entrar en este Pueblo de Dios, que camina hacia la eternidad”. “Ninguno –ha advertido– es protagonista en la Iglesia: pero tenemos Uno que ha hecho todo”. “¡Dios es el protagonista!” Todos nosotros, ha afirmado, vamos “detrás de Él y quien no va detrás de Él, es uno que se excusa” y no va a la fiesta:
“El Señor es muy generoso. El Señor abre todas las puertas. También el Señor comprende al que dice: ‘¡No, Señor, no quiero ir contigo!’ Lo entiende y espera, porque es misericordioso. Pero al Señor no le gusta ese hombre que dice ‘sí’ y hace ‘no’; que finge agradecerle por tantas cosas bonitas, pero en realidad va por su camino; que tiene buenas formas, pero hace su propia voluntad y no la del Señor: aquellos que siempre se excusan, aquellos que no conocen la alegría, que no experimentan la alegría de la pertenencia. Pidamos al Señor esta gracia: entender bien cuanto es hermoso ser invitados a la fiesta, cuanto es hermoso estar con todos y compartir con todos las propias cualidades, cuanto es hermoso estar con Él y que feo es jugar entre el ‘sí’ y el ‘no’, decir que ‘sí’, pero conformarme con estar sólo enumerado en la lista de los cristianos”.
(ZENIT)

martes, 5 de noviembre de 2013

RENDIRME NO FUE UNA OPCIÓN

Historia de esperanza y perseverancia, incluso en los momentos más trágicos. Tras su accidente, Stefanie luchó por volver a caminar de la mejor maneja, y luego por correr con todas sus capacidades. Actualmente es medallista paralímpica en atletismo tras batir un récord en las olimpiadas del Londres 2012.
 Su madre fue quien le dio la noticia de que su pierna derecha tuvo que ser amputada y ante esto Stefanie respondió: “Puedo elegir esta situación y sacar lo mejor de ella o puedo elegir enojarme y me dije a mí misma: Voy a darle al creador del mundo el beneficio de la duda y  tener la esperanza de que Él pueda hacer algo con esto”.
 El accidente se convirtió para esta deportista en una muestra del amor de Dios, pensó que su sueño deportivo estaba perdido, pero en realidad recibió más de lo que pudo esperar. En la competencia de los 200 metros, cuando debía dar todo de sí misma para ganar sintió que Dios le hablaba: “Me dijo: ‘Stefanie, quiero que sepas que cuando estés en ese punto de partida y esas 80,000 personas te estén alentando, eso es cuánto te amo’.
 
 Andrea Cabrera Pombo (Redacción GoodNews)