lunes, 6 de febrero de 2012

¿PREDICAR EN EL DESIERTO?

Como mucho apenas conseguirás cristianizar a 10 ó 20 personas en todo un año. Como contar granos de arena en el desierto.

- ¿Cuántas personas?... ¡Ya quisiera yo! Tú sabes que llevo tres años y pico diciendo misa para mí solo. Nadie viene a la capilla. Cuando doy la paz, miro por la ventana, porque dentro no hay nadie. Miro por la ventana y le doy la paz a Somalia entera. Somalia, la paz sea contigo, digo yo. Es mi vocación.

- ¿Qué es la vocación?
- ¿Que qué es la vocación? Es a quien pertenece tu corazón.

- ¿Acaso no es ese el enamoramiento?
- Mi vocación, mi enamoriamiento, no es individual, es con toda este gente abandonada, con una pobre madre que intenta que su hijo no muera de hambre mañana mismo. Cuando veo sus caras, veo la cara de sufrimiento de Viernes Santo.

El de arriba es parte del diálogo sostenido entre un periodista y un sacerdote misionero, el padre Christopher Hartley Sartorius, nacido en el seno de una familia acomodada hace 50 años, hijo de padre inglés y madre española, alumno avanzado de la Madre Teresa (trabajó en Calcuta con ella), que dejó a un lado una prometedora carrera eclesiástica después de sus estudios en Roma por irse a predicar el Evangelio.

Como lo señala en el diálogo que reproduce el diario El Mundo, Christopher Hartley vive desde hace casi cuatro años en una olvidada región entre Etiopía y Somalia, concretamente en la localidad de Gode (Etiopía).

Decidió irse a aquella olvidada parte de África después de que abandonara República Dominicana (1197-2006), donde se convirtió en la pesadilla de los productores de azúcar que explotaban a los recogedores haitianos de la caña. Además de llevar la luz y el agua a 60 poblados y crear comedores para los niños, logró negociar con las azucareras, por primera vez en la historia, un contrato que establezcía un día de descanso a la semana, una cama por trabajador y un sueldo de 2,4 euros por cada jornada. Concluida su misión centroamericana, Hartley buscó en el mapa un punto donde jamás hubiera habido un misionero católico y "aterrizó" en medio de la nada...

El próximo proyecto del misionero es construir un comedor/escuela para los niños de la zona, sin importar que sean musulmanes y ni, probablemente, vayan a estar cristianizados jamás.
Publicado en ReL



domingo, 5 de febrero de 2012

CRISTIANOS PERSEGUIDOS

EN NUESTRO MUNDO, UN CRISTIANO ALCANZA EL MARTIRIO CADA CINCO MINUTOS. CRISTIANOS PERSEGUIDOS HOY EN NUESTRA ORACIÓN.



Vídeo publicado en "Por ti madrugo"

APRENDE A PERDONARTE

A los cristianos se nos ha hablado y enseñado mucho sobre la necesidad del perdón y es verdad y es bueno perdonar.

Pero el perdón más efectivo es el que nos damos a nosotros mismos reconociendo nuestros errores y fragilidades.

No es el estar orgulloso de lo malo que hemos hecho o de los muchos fallos cometidos…es reconocer que, a pesar de nuestra buena voluntad, en numerosas ocasiones nos equivocamos y tenemos derecho a perdonar nuestra frágil humanidad.
Muchos perdones que damos a los demás casi a diario, no tienen la suficiente fuerza porque no vienen de un corazón que ha experimentado el gozo de ser perdonado y reconciliado interiormente.

Sólo quien ha saboreado el gusto del auto-perdón es capaz de perdonar.
De nada vale que te tortures por tu pasado.
De nada sirve que una y otra vez acudan a tu mente los pedazos rotos del recuerdo.

El auto-perdón es capaz de desinfectar nuestras tormentas internas y destrozar las más pesadas cargas de dolor.

Propósitos:
- Voy a intentar hacer un inventario de las cosas que no me he perdonado en mi vida.

- Voy a elegir la que más dolor me provoque y me voy a perdonar el error de antaño.

- Ejercitaré una y otra vez este método de recordar para perdonarme hasta que desaparezcan mis tormentas interiores.

Ojalá que esta práctica la vivas cada día el resto de tu existencia.

Autor: © 2002 Mario Santana Bueno


sábado, 4 de febrero de 2012

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca».
Él les responde:
«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.
Marcos 1, 29-39
 
El evangelio del próximo domingo nos presenta el reportaje de lo que era una jornada en la vida de Jesús. Después de enseñar en la sinagoga, se acerca a la casa de Pedro, y cura a su suegra, que estaba en cama con fiebre; al anochecer, le llevan todos los enfermos y poseídos; cura a muchos enfermos y expulsa a los demonios. De madrugada, se retira a un lugar apartado para orar; después marcha a predicar el Reino a otros pueblos y aldeas. La jornada de la vida de Jesús estaba compuesta fundamentalmente de tres elementos: predicación del Reino, curación de los enfermos y oración. Contemplamos, maravillados, a Jesucristo que se levanta de madrugada, busca un lugar tranquilo y entra en oración. En la oración llega al culmen de su intimidad con el Padre y alcanza la plenitud su conciencia filial. El Maestro era un hombre que se entregaba a la oración y les enseñaría a sus discípulos a orar en todo momento, sin desfallecer. En su vida alternaba la contemplación y la acción, la predicación del Reino, la curación de los enfermos y el encuentro con el Padre. Pero el centro que unifica toda su existencia, todo su ministerio, es su unión con el Padre, porque Él es uno con el Padre.
Vivimos una situación, especialmente en nuestro Occidente rico, en que la nueva evangelización se hace cada vez más urgente, porque nos encontramos inmersos en un proceso de secularización aparentemente imparable. Como respuesta, el Santo Padre Benedicto XVI ha constituido el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización y ha anunciado la convocatoria de la próxima Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tratará de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana -no en vano ha convocado el Año de la fe-. La nueva evangelización se llevará a cabo predicando el evangelio, celebrando los misterios de la fe y curando a los enfermos de hoy. Pero es preciso que los evangelizadores, como Jesús, centren su vida y su ministerio en la unión con Dios. El evangelizador es un testigo enviado en virtud del Bautismo, por el que ha nacido a la vida divina por el agua y el espíritu. Desde ese momento, las tres Personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, inhabitan en él, como principio ontológico y dinámico de su nueva vida.
Es la hora de la fe, de la confianza en el Señor, porque Él ha vencido al mundo. Al fundamentar la vida en Dios, se recibe la fortaleza necesaria para superar las dificultades y para ser capaces de dar testimonio en toda ocasión, también en las situaciones más adversas. Hoy más que nunca, es preciso que tengamos una fe adulta, profunda, madura, que vivamos una espiritualidad que integre la fe y la vida y que estemos siempre dispuestos para dar testimonio de nuestra fe en Jesucristo.
+ José Ángel Saiz Meneses
obispo de Tarrasa

viernes, 3 de febrero de 2012

Inmaculée Ilibagiza (encontrar a Dios y perdonar)

2 de febrero de 2012.-1994, Ruanda. En un pueblecito del sur del país llamado Mataba, en la casa de un pastor protestante se dejaron oír unos gritos: «¿Dónde está Inmaculée? ¿Dónde está esa cucaracha?». Detrás de la pared, oculta en un minúsculo baño secreto junto a otras seis mujeres, la susodicha contenía la respiración: si las descubrían, las mataban. El holocausto ruandés había comenzado unos meses antes, aunque se llevaba ya preparando desde hacía más tiempo. La matanza fratricida de los hutus hacia los tutsis, las dos tribus del país, había estado anidándose en los corazones y, para colmo, el gobierno hutu alentaba a perpetrar dichos crímenes a través de su estación de radio.


Pero antes que todo esto sucediese, la familia de Inmaculée Ilibagiza, todos tutsis, podía calificarse de afortunada. Unos padres magníficos -ambos maestros- y unos hermanos cariñosos y brillantes en sus empresas. ¡Vivían un paraíso en la tierra! Un paraíso que se vio radicalmente frustrado el 7 de abril de 1994, fecha de inicio del holocausto.


Publicamos un reportaje escrito sobre lo que le sucedió a Immaculée Ilibagiza y su testimonio en video que explicó en medio de una conferencia de Wayne Dyer y en el que cuenta como encontró a Dios y pudo perdonar al asesino de su familia, que los mató durante el holocausto en Ruanda. Ella aparece en el vídeo a partir del minuto 8 y 32 segundos.


(Juan Antonio Ruiz J., LC / Con Tinta de Esperanza) Grupos armados con machetes y granadas rodearon la casa de la familia -a la que había acudido gente de todo el pueblo en busca de ayuda- y empezaron la carnicería. En medio del alboroto, el papá de Inmaculée la obligó a irse a refugiar a la casa del pastor Murinzi, que era un hutu moderado.


El pastor, un hombre bueno, la escondió junto a otras seis mujeres. No hablaban, no recibían sino un poco de comida por la noche y casi no podían moverse. Estuvieron ahí por más de tres meses, pendientes de un hilo y con el miedo cerrándoles la garganta.


Fue en uno de esos días cuando los gritos sorprendieron la casa: «¿Dónde está Inmaculée? ¿Dónde está esa cucaracha?». «Podía verlos en mi mente -comenta Inmaculée- aquéllos que solían ser mis amigos y vecinos […] ahora recorrían la casa con lanzas y machetes llamándome por mi nombre. […] Sabía que ellos no tendrían misericordia, y en mi mente sólo resonaba un pensamiento: “Si me atrapan, me matan”».


No la atraparon, pero el infierno de esos meses fue intenso. Sólo la oración continua la mantenía en calma, aunque la lucha interior fue muy dura; muchas veces deseó aniquilar con sus manos a todos los que le deseaban la muerte.


«¿Por qué estás invocando a Dios? -sentía en su interior durante sus momentos de oración- ¿no sientes tanto odio en tu corazón como los asesinos?». Se dio cuenta de que no podría orar sinceramente si no dejaba que en su corazón reinara el perdón. Pero, ¿cómo?


Una tarde, escuchó desde la ventana del baño cómo un bebé moría en la calle. En su interior se levantó una nueva queja: «¿Cómo puedo olvidar a las personas que son capaces de hacerle algo así a un bebé?». Y la respuesta, sencilla, le golpeó: «Todos ustedes son mis hijos y el bebé está conmigo ahora».


En ese momento se dio cuenta de algo increíble: los asesinos, aunque crueles, tenían alma y eran parte de la familia de Dios. ¡Tenía que perdonarles, tal y como Cristo lo hizo en la cruz! Y aunque no fue fácil y aún tuvo que recorrer mucho, ahí empezó todo.


Unas tropas francesas llegaron a la región, buscando sobrevivientes; el pastor condujo al campamento a las cansadas mujeres. Y ahí se topó con la noticia escalofriante, aquella que había estado negando todos esos meses: toda su familia, a excepción de su hermano Aimable, residente ese momento en Senegal, había sido asesinada.


Lloró. Gritó. Pero, sobre todo, oró mucho a Dios. Y perdonó.


Tras muchas peripecias -más infortunios con hutus; la llegada del Frente Rebelde Popular tutsi, que había luchado por liberar el país; la vuelta a Kigali, la capital, etc.- Inmaculée inició a trabajar en la ONU, en la misión de asistencia para la reconstrucción del país. En esa circunstancia, y tras un breve espacio de tiempo, se le concedió la posibilidad de regresar a su pueblo Mataba y ver lo que quedaba de su familia. Aceptó.


La experiencia fue dolorosa. Encontró las improvisadas tumbas de su madre y su hermano Damascene (brutalmente asesinado a machetazos); su padre y su hermano Vianney habían sido tirados a fosas comunes. Contempló su casa en ruinas. Pero, sobre todo, vio los rostros de sus asesinos, espiándole tras las ventanas de las casas. En sus pupilas descubrió pánico y resquemor.


Tarde, se dirigió a la cárcel. La recibió el burgomaestre y le trajo al jefe de la pandilla que había asesinado a toda su familia. Lo conocía: Felicien, un hutu con cuyos hijos ella había jugado en la primaria. Había sido su voz la que la llamaba en la casa del pastor… Sintió escalofríos.


«¡De pie, asesino!-le gritó el burgomaestre- Levántese y explíquele a esta chica por qué su familia está muerta. Explíquele por qué asesinó a su madre y descuartizó a sus hermanos». El hombre, con sucias ropas colgándole a jirones, lloraba. Cruzó su mirada por un instante con la de Inmaculée.


Ella se estiró hacia él, le tocó ligeramente las manos y le dijo en voz baja lo que había ido a decirle: «Lo perdono». Su corazón sintió un alivio inmediato y pudo comprobar que la tensión se liberaba de los hombres de Felicien.


Los años han pasado, y ahora Inmmculée se dedica a dar charlas sobre el perdón, a mostrar el efecto liberador que de él se desprende. Y ¿cuál es la clave? La oración y dejar que el amor de Dios penetre en el corazón. Como dice Inmaculée, «el amor de un solo corazón puede marcar la diferencia. Creo que podemos sanar a Ruanda y a nuestro mundo sanando un corazón a la vez. Espero que mi historia ayude». Este es su testimonio en vídeo:




Publicado en "Escuchar la voz del Señor"

jueves, 2 de febrero de 2012

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR Y JUEVES SACERDOTAL

Hoy es primer jueves de mes y en nuestra Parroquia, el Santisimo Sacramento estará expuesto desde las nueve de la mañana, hasta las siete y media de la tarde para orar por los sacerdotes y por las vocaciones.
Además hoy celebramos la fiesta de la Presentación del Señor y todos los niños bautizados en nuestra Parroquia a lo largo del año pasado, están invitados a participar en la Eucaristía y ser presentados ante nuestra Patrona.
Oramos hoy por estas dos intenciones tan queridas y especiales.

miércoles, 1 de febrero de 2012

CUANDO DEJAMOS A DIOS SER DIOS...

Cuando el mayor deseo en el corazón de un hombre es que Dios haga en él su Voluntad, cuando ese hombre se abandona con humildad en Sus manos, con la certeza plena de que es el buen Padre quien mejor nos conoce y quien mejor sabe lo que nos conviene, entonces comienzan a suceder maravillas.

Sólo hay que abandonarse por completo y dejarse llevar. Dicho así, ¡qué fácil parece! Pero enseguida nos tropezamos con nuestra realidad, y chocamos con nuestras limitaciones. Ese orgullo, esa vanidad, esa soberbia (que nos convence de que solos podemos), o cualquier otro defecto que nos impida presentarnos ante el Señor, con las manos vacías, llenos de humildad para decirle: “Haz de mí lo que quieras. No me fío de mi, Padre, sólo en Ti confío. Haz que en mi vida sólo se cumpla Tu voluntad y no la mía, porque yo soy un auténtico desastre y ando siempre tropezando en las mismas piedras. Arranca cualquier cosa que de mí te estorbe, hazme a tu gusto. En Tus manos me pongo. Me fío por completo de Ti.”

Reconozco que yo lo he intentado, y lo intento, con frecuencia. Lleno mi corazón de buenos deseos y dispongo mi voluntad para luchar contra lo que me impidiera ese abandono tan deseado. Pero uno está lleno de limitaciones, y resulta agotadora esa lucha permanente… e interminable. Al menos en mi caso no funciona. La voluntad flaquea. Mi debilidad. Un día, bastante cansado, así se lo dije a Jesús: “A ver, Señor, yo no puedo más, no me sale, no llego. YO SÓLO, NO PUEDO. ¿Acaso tú no podrías quitarme lo que me impida abandonarme por completo a la Voluntad del Padre? Porque querer sí que quiero, pero está claro que yo solo no puedo.” Y algo me dijo en mi interior que Él me había escuchado. Incluso con agrado. Y también en ese instante, supe que me iba a ayudar.

Y así fue. Y comenzaron a sucederse las maravillas, una detrás de otra. Menudo pasmo. Descubrí que en asuntos de Dios no hay lucha que valga cuando Él está en nuestro corazón. Si acaso, esfuerzo. Pero para los que somos más pequeños, para los que realmente sin Él nada podemos, el Padre suple todas nuestras carencias. Nos lo da todo. Si nos sobra vanidad, lentamente nos despoja de ella. Y a quien le estorba el egoísmo, sin que apenas se dé cuenta, se lo va borrando, haciéndole cada vez más generoso, en silencio, suavemente.

Descubrí que la mano del Señor es suave, y que actúa siempre con suma delicadeza y eficacia. Descubrí que cuanto más consciente es uno de no ser nada sin Él, más grande es la labor que el Señor realiza en nosotros. Como por milagro, aumenta el amor en nuestro corazón, y la fe; y el Espíritu Santo no deja de iluminar a quien se lo pide, no sólo mostrándole el camino con mil señales, sino susurrándole palabras de ánimo, inspirándole buenas obras y pensamientos, limpiando a fondo el corazón. Descubrí, en definitiva, que la huella de Dios es siempre dulce, tierna y amorosa; que caminar de su mano, abandonado por completo a Su Voluntad, es garantía de llegar al Cielo.

Cuando dejamos que Dios trabaje en nosotros, cuando por completo nos abandonamos a Su Voluntad, vemos con auténtico asombro cómo vamos mejorando, y cómo nuestro corazón se transforma lentamente, para parecerse más al Corazón divino de nuestro amadísimo Jesús. Yo lo tengo claro. Cuando le dejamos actúar, Dios obra maravillas en nosotros. ¡Bendito seas por siempre, mi Señor!
Guillermo Urbizu