sábado, 8 de octubre de 2011

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio
En aquel tiempo volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otroscriados encargándoles que dijeran a los convidados: Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis llamadlos a la boda.Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta, y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda? El otro no abrió la boca. Entonces, el rey dijo a los servidores: Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
Mateo 22, 1-14
 
 
Este domingo, nos encontramos, una vez más, a Jesús hablando en parábolas y con los mismos interlocutores con los que lo dejamos en domingos anteriores: los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, y nosotros, por eso de que la Palabra de Dios nos es contemporánea. Una vez más, usa imágenes familiares para los que le escuchamos. En esta ocasión, utiliza el banquete, una imagen de la Sagrada Escritura que indica la abundancia generosa de los dones de Dios. Jesús habla de un rey que invita a unos privilegiados a la boda de su Hijo. Pues bien, contra lo que cabría esperar, ese gesto no es aceptado. Increíblemente se desencadena un rechazo masivo, e incluso violento, por parte de los invitados. A pesar de la insistencia del rey, la primera llamada no tuvo ningún éxito. Traducido a términos actuales: la indiferencia, el agnosticismo o el laicismo beligerante han ignorado y despreciado el proyecto de Dios para sus vidas y para el mundo. Porque esa boda es un don para los hombres. Pero éstos han preferido organizarse la vida a su aire, buscando la felicidad por su cuenta y haciendo de Dios un rival. Han cegado los deseos de su corazón, que está hecho para las grandes cosas que Dios les ofrece, y se contentan con migajas de verdad, de felicidad, de vida. Y lo que es peor, quizás no sepan que, con este rechazo, ellos mismo se están jugando la vida.
Pero vayamos al segundo paso que da el rey: tras condenar a los primeros invitados, llama a otros, recogidos en los cruces de los caminos. Ahora van todos, y entre los invitados hay pobres y marginados. Ya en la sala del banquete, entró el rey a saludar a los nuevos comensales y descubrió que a uno le faltaba el traje de fiesta. Las consecuencias de una falta tan grave, sabemos que fueron fatales para el infractor. Si alguno se está preguntando por qué se exigía vestido de fiesta a gentes que habían sido reclutadas en las calles y sin invitación previa, la respuesta es sencilla: Dios proporciona siempre el vestido adecuado para participar dignamente en su banquete. A todos nos da la gracia de los sacramentos para participar en el banquete pascual, nos da el sacramento de la Reconciliación para participar en la Eucaristía. El que no tenga el traje de fiesta es porque lo ha rechazado. ¿No os parece que, por desgracia, rechazar el vestido adecuado para acercarse a la Comunión se ha convertido, para algunos, en costumbre? Son cada vez más los que se hacen los despistados y se ponen en las filas de los que reparten el Cuerpo del Señor, sin haberse preparado para el banquete. Otros, también sucede, se han comprado un traje en las rebajas de una confesión insuficiente, a la que le falta sinceridad y conversión. Éstos deberían saber que no basta con acoger la invitación; también hay que aceptar la gracia que nos hace dignos de participar en la Eucaristía: la que nos purifica, santifica. De no hacerlo así, nos situamos en una posición muy peligrosa. Como dice Jesús, muchos son los llamados y pocos los escogidos. Es una llamada a no estar tranquilos en nuestra infidelidad o desidia; al contrario, hemos de poner el máximo interés en acoger con todas las consecuencias la maravillosa invitación de Dios al gran banquete de la vida divina.
+ Amadeo Rodríguez Magro
obispo de Plasencia

1 comentario:

Angelo dijo...

Me llama la atención el amor conque se ha preparado el banquete. No podemos negarnos . Un beso