domingo, 1 de junio de 2014

DOMINGO DE LA ASCENSION DEL SEÑOR

Evangelio
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y hace discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».
Mateo 28, 16-20


El Evangelio de este domingo recoge la despedida de Jesús y su último mensaje a los discípulos después de la Resurrección. La escena que nos describen los últimos versículos del Evangelio de San Mateo, queda perfectamente enmarcada por la primera lectura que narra, en el inicio del libro de los Hechos de los Apóstoles, la Ascensión de Jesús a los cielos.
El Señor parte, pero, paradójicamente, permanece con nosotros hasta el fin del mundo. La confianza que engendra su promesa y el envío del Espíritu Santo, nos ayudan a afrontar con decisión la misión que el Señor encomendó entonces a la Iglesia naciente y que sigue siendo hoy un reto para nosotros. La misión es apasionante: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado».
Guardar todo lo que el Señor nos mandó. Sus propuestas, sus mandatos, están recogidos en las palabras y hechos que Él ha protagonizado a lo largo de su vida. Cuando tomamos conciencia de lo que significa la custodia que se nos está confiando, descubrimos que no se trata tan sólo de la contemplación de una hermosa realidad que ocurrió en el pasado. Por el contrario, estamos ante una propuesta que incide en el presente y llena de esperanza el futuro: difundir el amor de Dios. No estamos ante una experiencia meramente teórica. Estamos ante el reto de hacer vida y trasmitir al mundo el mandato nuevo que Jesús entrega a su Iglesia: el mandamiento del amor.
En ese amor, y sólo en él, estamos en disposición de anunciar el Evangelio y de bautizar en el nombre de la Trinidad. La despedida de Jesús se convierte entonces en una propuesta a la que el evangelizador de todos los tiempos, también nosotros, debe estar atento. Se nos invita a iniciar un camino de trasformación de la Humanidad, para que, conforme al plan de Dios, ésta se vea reconciliada en Cristo.
El arranque es la acción evangelizadora de la Iglesia. El Papa Francisco nos lo recordaba a los obispos españoles, en Visita ad limina, el pasado mes de marzo: «El momento actual, en el que las mediaciones de la fe son cada vez más escasas y no faltan dificultades para su transmisión, exige poner a vuestras Iglesias en un verdadero estado de misión permanente, para llamar a quienes se han alejado y fortalecer la fe».
El destino, como Cuerpo Místico de Cristo, es el tomar parte en la vida celestial de nuestra Cabeza. Cuanto más unidos estemos con Cristo en el misterio de su Ascensión, más sensibles nos iremos haciendo a las necesidades de los miembros de su Cuerpo que luchan con fe por alcanzar la visión del rostro amoroso de Dios en la gloria. Sus problemas, frustraciones, angustias y logros serán los nuestros. Y, lo que es más importante, les mostraremos, desde el testimonio de nuestro compromiso, que también son los de Jesucristo. Él se hace presente en nuestras vidas, infundiendo constantemente su gracia en nuestras almas, para que nosotros consigamos unirnos a Él para llegar a ser glorificados en Él.
El camino es arduo, pero confiamos en su palabra: «Estoy con vosotros hasta el fin del mundo».
+ Carlos Escribano Subías
obispo de Teruel y Albarracín

martes, 27 de mayo de 2014

ADÁN ¿DÓNDE ESTÁS?

Impresionante texto del discurso del Papa pronunciado en el memorial del Holocausto en Jerusalén. Todos podemos reflexionar con las preguntas que el Santo Padre lanza.
Oramos para que la propuesta de diálogo que han aceptado Israel y Palestina, auspiciados por el Papa, de realmente fruto de paz abundante para estos pueblos.

Adán, ¿dónde estás?” (cf. Gn 3,9).
¿Dónde estás, hombre? ¿Dónde te has metido?
En este lugar, memorial de la Shoah, resuena esta pregunta de Dios: “Adán, ¿dónde estás?”.
Esta pregunta contiene todo el dolor del Padre que ha perdido a su hijo.
El Padre conocía el riesgo de la libertad; sabía que el hijo podría perderse… pero quizás ni siquiera el Padre podía imaginar una caída como ésta, un abismo tan grande.
Ese grito: “¿Dónde estás?”, aquí, ante la tragedia inconmensurable del Holocausto, resuena como una voz que se pierde en un abismo sin fondo…
Hombre, ¿dónde estás? Ya no te reconozco.
¿Quién eres, hombre? ¿En qué te has convertido?
¿Cómo has sido capaz de este horror?
¿Qué te ha hecho caer tan bajo?
papa-holocaustoNo ha sido el polvo de la tierra, del que estás hecho. El polvo de la tierra es bueno, obra de mis manos.
No ha sido el aliento de vida que soplé en tu nariz. Ese soplo viene de mí; es muy bueno (cf. Gn 2,7).
No, este abismo no puede ser sólo obra tuya, de tus manos, de tu corazón… ¿Quién te ha corrompido? ¿Quién te ha desfigurado?
¿Quién te ha contagiado la presunción de apropiarte del bien y del mal?
¿Quién te ha convencido de que eres dios? No sólo has torturado y asesinado a tus hermanos, sino que te los has ofrecido en sacrificio a ti mismo, porque te has erigido en dios.
Hoy volvemos a escuchar aquí la voz de Dios: “Adán, ¿dónde estás?”.
De la tierra se levanta un tímido gemido: Ten piedad de nosotros, Señor.
FranciscoA ti, Señor Dios nuestro, la justicia; nosotros llevamos la deshonra en el rostro, la vergüenza (cf. Ba 1,15).
Se nos ha venido encima un mal como jamás sucedió bajo el cielo (cf. Ba 2,2). Señor, escucha nuestra oración, escucha nuestra súplica, sálvanos por tu misericordia. Sálvanos de esta monstruosidad.
Señor omnipotente, un alma afligida clama a ti. Escucha, Señor, ten piedad.
Hemos pecado contra ti. Tú reinas por siempre (cf. Ba 3,1-2).
Acuérdate de nosotros en tu misericordia. Danos la gracia de avergonzarnos de lo que, como hombres, hemos sido capaces de hacer, de avergonzarnos de esta máxima idolatría, de haber despreciado y destruido nuestra carne, esa carne que tú modelaste del barro, que tú vivificaste con tu aliento de vida.
¡Nunca más, Señor, nunca más!
“Adán, ¿dónde estás?”. Aquí estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre, creado a tu imagen y semejanza, ha sido capaz de hacer.
Acuérdate de nosotros en tu misericordia.
Papa Francisco.
Visita al Memorial de Yad Vashem.
Jerusalén, 26 de mayo de 2014

domingo, 25 de mayo de 2014

DOMINGO VIII DE PASCUA

Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.
No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él».
 
Juan 14, 15-21
 
El Evangelio de este sexto domingo de Pascua nos introduce en un clima de despedida y promesa y, a la vez, nos presenta a Jesús mostrándonos la grandeza del misterio de la Santísima Trinidad de una forma elocuente y explícita. Jesús quiere revelarnos la esencia misma de Dios. Para eso ha venido, para mostrarnos el verdadero rostro del Padre. Para los discípulos, en la Última Cena, es difícil comprender aquello de lo que les habla el Señor. Lo comprenderán más tarde, de la mano del Espíritu de la verdad: que Dios es amor.

Dios es nada más que amor y todos los demás atributos son sencillamente manifestaciones, formas y aspectos de su amor. Ese amor se proyecta a toda la Humanidad. La unidad en el amor entre el Padre y el Hijo y la unidad en el amor entre Cristo y los hombres que aman es el Espíritu mismo. Es la Tercera Persona de la Trinidad la que crea esta unidad.

Ese misterio de amor tiene consecuencias para toda la Humanidad y, en especial, para nosotros, los testigos del Resucitado. El amor de Dios se concreta, de modo explícito, en sus mandamientos. Éstos nos vinculan existencialmente, pues son expresión de una alianza de amor que Dios ha querido establecer con todos los hombres. Dios nos ama y nos ofrece un camino para corresponderle y concretar con obras que también nosotros le amamos a Él.

El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama. Aceptar y cumplir los mandatos de Dios. Hacerlo como correspondencia a una vocación a la que Dios nos ha llamado: la vocación al amor. El primero de todos los mandamientos nos recuerda que debemos amar al Señor con todo nuestro corazón..., y al prójimo como a nosotros mismos. Dios, a pesar de nuestras flaquezas e infidelidades, se ha empeñado en no abandonar al hombre. En nuestra relación con Dios no es Él quien nos deja, sino el hombre quien olvida a Dios. Entonces, éste se vuelve incompresible para sí mismo y se diluye en su horizonte el plan que Dios tenía preparado para él. Aquello que Dios soñó para cada uno de nosotros se difumina, y el desamor dificulta el que se pueda hacer realidad.

Por eso el Salvador insiste. Cristo sabe que su partida es inminente, pero el amor hacia nosotros desborda su corazón: nos promete el don del Espíritu de la verdad. Éste nos anima y sostiene, en medio de una cultura que fácilmente se instala en la mentira y el engaño, a ser testigos de la verdad.
El amor entonces se convierte en exigencia, en norma de vida. El amor que Cristo nos propone es el amor con el que Él ha amado a su Iglesia: un amor que es donación. Cristo nos muestra que el auténtico modo de amar exige dar la vida por quienes amamos. Entrar en esa dinámica nos lleva, en definitiva, a descubrir la fuerza y la gracia que contienen los mandamientos que Jesús nos recuerda.
En este camino pascual que nos conduce a la celebración de la Ascensión del Señor y Pentecostés, vamos redescubriendo la grandeza de un Dios que ha apostado por nosotros y por todos los hombres, derramando sobre todos copiosamente su amor, y que espera una respuesta conforme a su misma invitación.

+ Carlos Escribano Subías
obispo de Teruel y Albarracín

miércoles, 21 de mayo de 2014

HOY MIERCOLES, CATEQUESIS DEL PAPA

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy querría destacar otro don del Espíritu Santo, el don de la ciencia. Cuando se habla de ciencia el pensamiento va inmediatamente a la capacidad del hombre de conocer cada vez mejor la realidad que lo rodea y de descubrir las leyes que regulan la naturaleza y el universo. La ciencia que viene del Espíritu Santo, entretanto, no se limita al conocimiento humano, es un don especial que nos lleva a entender a través de lo creado, la grandeza y el amor de Dios y su relación profunda con cada criatura.
Cuando nuestros ojos son iluminados por el Espíritu se abren a la contemplación de Dios, en la belleza de la naturaleza y en la grandiosidad del cosmos, y nos llevan a descubrir como cada cosa nos habla de Él, cada cosa nos habla de su amor. Todo esto suscita en nosotros un gran estupor y un profundo sentido de gratitud.
Es la sensación que probamos también cuando admiramos una obra de arte o cualquier maravilla que sea fruto del ingenio y de la creatividad del hombre: delante de todo esto, el Espíritu nos lleva a alabar al Señor desde la profundidad de nuestro corazón y a reconocer, en todo lo que tenemos y somos, un don inestimable de Dios y un signo de su infinito amor por nosotros.
En el primer capítulo de la Génesis, justamente al inicio de toda la Biblia, se pone en evidencia que Dios se complace de su creación, subrayando repetidamente la belleza y la bondad de cada cosa. Al término de cada día, está escrito: “Dios vio que era una cosa buena”. Pero si Dios vio que la creación era una cosa buena y una cosa bella, también nosotros debemos tener esta actitud, que nos permite ver que la creación es una cosa buena y bella, con el don de la Ciencia, al ver esta belleza alabamos a Dios, y le agradecemos a Dios de habernos dado tanta belleza a nosotros. Este es el camino.
Y cuando Dios concluyó de crear el hombre, no dijo 'vio que era cosa buena', pero que era 'muy buena', nos acerca a Él. Y a los ojos de Dios nosotros somos la cosa más bella, más grande, mejor de la creación.
Pero padre, los ángeles... No, los ángeles están debajo de nosotros, nosotros somos más de los ángeles y lo hemos escuchado en el libro de los salmos. Nos quiere mucho el Señor y debemos agradecerle por ésto.
El don de la ciencia nos pone en profunda sintonía con el Creador y nos permite participar en la limpidez de su mirada y de su juicio. Y es en esta perspectiva que logramos a ver en el hombre y en la mujer, la cumbre de la creación, como cumplimiento de un plan de amor, que está impreso en cada uno de nosotros y que nos permite reconocernos como hermanos y hermanas.
Todo esto es motivo de serenidad y de paz, y vuelve al cristiano un testigo alegre de Dios, siguiendo la estela de San Francisco de Asís y de tantos santos que supieron alabar y cantar Su amor a través de la contemplación de la creación. Al mismo tiempo, el don de la ciencia nos ayuda a no caer en algunas actitudes excesivas o equivocadas.
El primero es el riesgo de creernos patrones de la creación. La creación no es una propiedad de la que que podemos abusar a nuestro gusto. Ni siquiera una propiedad de algunos pocos: la creación es un don, y un don maravilloso que Dios nos ha dado, para que lo cuidemos y usemos para el beneficio de todos, siempre con gran respeto y gratitud.
La segunda actitud equivocada está representada por la tentación de detenernos delante de las criaturas como si éstas pudieran ofrecernos respuesta a todas nuestras expectativas. El Espíritu Santo con el don de la Ciencia nos ayuda a no caer en esto.
Querría retornar un poco sobre el primer camino equivocado. Custodiar la creación y no apropiarse de la creación. Tenemos que cuidar la creación, es un don que Dios nos ha dado, es el regalo que Dios nos ha hecho.
Nosotros somos custodios de la creación, pero cuando nosotros no cuidamos la creación destruimos este signo del amor de Dios. Destruir la creación es decirle a Dios: esto no me gusta, no es bueno. ¿Y qué te gusta entonces a tí? 'Yo mismo'. ¡Eh aquí el pecado!, han visto.
Custodiar la creación es cuidar el don de Dios y también es decirle a Dios: ¡gracias yo soy el patrón de la creación, pero para cuidarlo no destruiré nunca este don tuyo. Es esta nuestra actitud delante de la creación, porque si nosotros destruimos la creación, la creación nos destruirá. ¡No nos olvidemos de esto!
Una vez estaba en el campo y escuché un pensamiento de una persona simple, a la que le gustaban mucho las flores. Y él cuidaba estas flores y me dijo, debemos custodiar estas cosas que Él nos ha dado. Cuidarlo bien, no explotar, custodiar. Y me dijo, Dios siempre perdona, y esto es verdad, Dios perdona siempre. Nosotros personas humanas, hombres y mujeres a veces perdonamos, otras veces no. Pero la creación si no la custodiamos ella nos destruirá. Esto debe hacernos pensar, y hacernos pedir al Espíritu Santo el don de la Ciencia para entender bien que la creación es el regalo más lindo de Dios, del cual Él dijo: 'esto es bueno, esto es bueno, esto es bueno', y este es el regalo para la cosa mejor que he creado, que es la persona humana. Gracias.

martes, 20 de mayo de 2014

¿ES POSIBLE PERDONAR A QUIEN MATÓ A TU HIJA?

Clotilde Silva cuenta que la tarde del 27 de febrero del año 2008 en la localidad Isla Teja (Valdivia. Chile) todo parecía normal…

“Los niños jugaban en la calle pues todos los vecinos se conocían –precisa-, casi como una gran familia, no existían dudas o desconfianza”.

Era el estilo de vida en esta pequeña comunidad rural costera de Chile. Pero a medida que iba cayendo la noche y los niños regresaban a sus casas, se hizo evidente que algo había ocurrido con Sofía y Camila, dos pequeñas amigas de 6 y 7 años. Desaparecieron y nadie sabía dónde estaban.

Recuerda Clotilde que aunque su casa esa noche de incertidumbre por la ausencia de su hijita Sofía estaba llena de gente, sintió la intensa necesidad de refugiarse en el Espíritu Santo. Sin dudarlo se fue al ‘baño’ (servicio higiénico), se arrodilló y rezó: “«Prepárame Señor, dame fuerzas para afrontar lo que viene»… Hoy veo que el Señor me tenía preparada de antes, estuve tranquila, serena”, explica en esta entrevista exclusiva que ha concedido a Periódico Portaluz.

Fe probada en la cruz

En esa oración que elevaba a su “papito Dios” -como gusta llamarlo-, no sólo había abandono y confianza. Casi percibiendo lo que en ese instante podría estar viviendo su pequeña, recuerda que en su rezo suplicante continuó diciendo… «Señor, no permitas que Sofía sufra, cualquier cosa que ella tenga que pasar, pero que no sufra».

Al día siguiente, Clotilde partió hacia la Fiscalía para hacer los trámites legales en la denuncia de rigor por presunta desgracia. Pero al llegar su intuición materna de la noche anterior se consolidó en certeza. Habían encontrado los cuerpos de dos pequeñas... eran Sofía y Camila.

“Yo no quise verla -nos dice-, fue mi marido quien tuvo que pasar por ese momento; la prensa me preguntaba si yo había visto el cuerpo, pero no quise, me quedé con la imagen alegre y cariñosa de Sofía, así era mi hija y así quiero recordarla siempre”.

Sin embargo el informe de la autopsia que se hizo a su pequeña Sofía fue para ella, señala, una prueba de que Dios había escuchado aquella súplica que le hiciera en el baño de su casa… “Todas las atrocidades que el asesino le hizo a mi Sofi, fueron post mortem. Dios protegió a mi hija de la maldad terrenal, y es algo que no dejo de agradecerle”.

Testigo y apóstol del perdón

Fue de tal magnitud el impacto emocional del aberrante secuestro, asesinato y violación de ambas pequeñas en la comunidad, que pronto comenzaron a llamar al perpetrador “El chacal de Isla Teja”. Pero en el corazón de Clotilde no había cabida para el odio ni apelativos, ella –nos confiesa- “deseaba enseñarle el camino hacia Cristo”.

Así entonces en medio del proceso judicial, Clotilde tomó una decisión, que pocas madres tomarían en esa situación: Habló con su párroco, el padre Ivo Brasseur, pidiéndole su apoyo y ayuda para visitar en la cárcel al asesino.

“Yo quería verlo, mirarlo a los ojos y regalarle un Nuevo Testamento…el que era de Sofía. Decirle que ella lo leía y que yo se lo dejaba para que él también lo leyera, porque ahora tendría tiempo de conocer a Dios; y también quería que aprendiera a orar, para que pidiera por todos aquellos hombres que tuvieran la intención de hacer esa maldad… ese era mi deseo”

(Clotilde no podría concretar este anhelo de fe pues el asesino, ocho meses después de haber sido ingresado en el recinto penal de la zona, se suicidó).

El día que la comunidad se reunió en el cementerio para despedir a las niñas -comenta Clotilde-, la gente estaba eufórica y comenzó a gritar: «¡Qué lo maten, qué lo maten!». Ella, sin poder soportar la implicancia espiritual de aquel espectáculo, tomó un micrófono que había disponible en el lugar y dirigiéndose a la muchedumbre les dijo:

«Yo no quiero que lo maten, ¡no se debe hacer eso! ¿Qué se consigue con matar a esa persona?»…

“No recuerdo todo lo que dije –nos comenta emocionada-, pero hablé muchas cosas, que después me di cuenta que fue el Señor quien me hizo hablar, él hizo que me parara y hablara al público”.

El triunfo del amor por sobre el mal

Aquél día toda la comunidad de Isla Teja se había reunido y para Clotilde era un signo del amor de Dios y también una oportunidad de proclamarlo... “Llegaron personas de diferentes religiones, era como un templo maravilloso orando a Dios, unidos en una fe. Cuando me abrazaban, podía sentir en cada abrazo, cómo el Señor me sacaba el dolor y yo me aferré más a Cristo, pues él iba mitigando ese dolor con cada abrazo de las personas, era algo maravilloso. Nunca tomé tampoco tranquilizantes, no quise. Yo estaba con Dios y él estaba conmigo”.

Poder entregar su testimonio tras años de lo ocurrido, es para Clotilde una oportunidad que completa el dar razón de su fe… “Dios ha creado en mí un corazón sin rencor, sin odio hacia las personas. Yo soy una hija de Dios y debo actuar conforme al Señor, no como actúan los hombres. Él nos dice que tenemos que ser como niños y recibirlo. Cuando uno ama de verdad con el corazón, cuando tú abres tu corazón a Cristo, Dios te abre las puertas, tus ojos brillan de otra manera, pero cuando estás ciego, aunque tengas a tu lado la flor más linda no la vas a ver”, sentencia.

Clotilde, firme en la fe, hoy sólo recuerda la alegría de su hija. Vive en paz y con esperanza. “Mi Sofi está conmigo y algún día voy a estar con ella”, finaliza.

Publicado en Aleteia.org

viernes, 16 de mayo de 2014

"SIN CRISTO ESTAMOS PERDIDOS"



Laurent Lafforgue está sentado en un pequeño despacho del Departamento de Matemáticas de la Universidad de Milán. Aún no ha cumplido 48 años, pero tiene el rostro y el físico de un muchacho. Se trata de una de las mentes más aguda de Europa y del mundo. Premiado en 2002 con la Fields Medal, lo que sería el Premio Nobel de las matemáticas, Lafforgue no es un intelectual todo aula y fórmulas matemáticas. En los últimos años ha sido protagonista del debate sobre la escuela pública en su país. Y hoy observa con gran perplejidad lo que sucede en Europa y en las sedes de la Unión Europea. Hemos hablado con él del manifiesto de Comunión y Liberación con cara a las elecciones europeas del 25 de mayo.

-¿Qué efecto le ha causado leer este documento?
-Me hace pensar que, en general, no existen instituciones que van en una buena dirección de manera automática, aunque hayan sido creadas, en su origen, con buenas intenciones. No se pueden crear instituciones que sustituyan a la libertad humana para ir en la dirección del bien. Si por azar las ideáramos, acabaríamos por crear máquinas perversas. Lo vemos en el proyecto europeo, que está llevando a cabo aberraciones cada vez más grandes, contrarias al espíritu de los padres fundadores.

-¿Se siente europeo? ¿En qué sentido?

-Sí, en muchos sentidos. Ante todo, soy cristiano, aunque en sí el cristianismo no es una religión europea. Soy europeo por cultura. Soy un científico, en el sentido de que participo a una ciencia que ha sido elaborada por primera vez en Europa, aunque actualmente se practique en todo el mundo. Soy europeo también por cultura literaria, porque aunque soy un matemático, siempre me han interesado la literatura y la historia. He pasado mucho más tiempo leyendo que haciendo matemáticas. He leído los grandes autores franceses y la gran literatura nacional de los otros países europeos.

El manifiesto retoma la expresión de Jürgen Habermas relanzada por Benedicto XVI sobre la necesidad de una forma razonable para resolver los contrastes políticos, que debe ser un «proceso de argumentación sensible a la verdad». ¿Qué significa para usted?

Hoy, en el ámbito jurídico por ejemplo, se concibe el derecho como una construcción formal y arbitraria. De este modo se abandona deliberadamente la cuestión de la verdad. Si se hace esto es porque se ha perdido “el sentido de la verdad”. En el mundo moderno lo hemos perdido en gran parte porque buscamos la verdad con el criterio de la objetividad perfecta. Desearíamos una máquina que encontrara la verdad de manera automática en nuestro lugar. Como ya no somos sensibles a la verdad, necesitamos que alguien lo sea por nosotros. Pero no existe un mecanismo que lo sea: las instituciones, un régimen político, una constitución… Hoy vemos las consecuencias de la pérdida de la sensibilidad a la verdad y, al mismo tiempo, no tenemos recetas para volver a encontrar esta sensibilidad. Nosotros, como cristianos, intentamos ser humildes sobre este tema.

-¿En qué sentido?
-El cristianismo dice que frente a la verdad somos muy frágiles. No sólo nuestro sentido moral está herido, pues somos pecadores, sino que también nuestra inteligencia está herida. Y por lo tanto estamos expuestos al error en todo momento. Y para protegernos del error, esperando recorrer el camino de la verdad, no tenemos mejor recurso que la oración, que dirigirnos a Dios y rezar humildemente que nos ilumine, porque hacemos experiencia de errores monumentales, a veces de manera individual, otras de manera colectiva. Hoy asistimos a cosas aberrantes, pero si miramos la historia vemos que muchas cosas que ahora consideramos horribles, en el momento en que se realizaron no eran percibidas como tales. Nuestra inteligencia es tan débil como nuestra voluntad. Necesitamos dirigirnos a Dios y pedirle que nos ilumine. Esto no nos dispensa de utilizar el rigor de la razón, no nos dispensa del ser inteligentes.

-¿Cuál es la aportación que el cristianismo puede dar a Europa?
-No hablaría de contribución del cristianismo, sino de Cristo. En el fondo, a nosotros cristianos no nos interesa “el cristianismo”. Hay personas que se interesan por él, tal vez personas no cristianas, que quieren ver los efectos de la fe cristiana en la historia, lo que los cristianos han hecho bien y mal. Los frutos de la Iglesia. Pero para nosotros, ser cristianos no es hacer algo con el cristianismo; es dirigirse a Cristo. Esto no significa que no tengamos interés en la historia, porque en parte hemos conocido a Cristo a través de la tradición. Estamos vinculados al Cristo histórico a través de una cadena histórica. Hoy, el sentimiento que domina en mí es que sin Cristo estamos perdidos. ¿Se acuerda usted de ese pasaje del Evangelio en el que Jesús ve a la multitud y se conmueve, porque eran «ovejas sin pastor»?

-¿Ser cristianos frente al mundo es decir esto, que Cristo es la respuesta a la necesidad del hombre?
-Me turba una frase de San Pedro: «Señor, no entendemos todo lo que dices, ¿pero adónde iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna». Me sorprende, intento hacerla mía y me doy cuenta de que no soy el único que se siente así. Pero sé también que no es hacia dónde va en general la sociedad. Veo que la mayor parte de la gente está desesperada y lleva una existencia frenética intentando olvidarlo de todos los modos posibles. La gente sabe que está perdida y la mayor parte piensa que es algo irremediable.

-Usted ha participado en el debate sobre la escuela en Francia. ¿Qué le ha impulsado a participar y cuánto ha contado para esto su ser cristiano?

-La fe cristiana hace que las personas estén atentas y da razones para transmitir la vida, lo que significa traer hijos al mundo, pero también transmitir la vida intelectual. Hoy, el fondo del problema de la escuela es que ya no sabemos por qué se debe transmitir el saber. Hay una duda profunda sobre todo lo que somos capaces de trasmitir. También el ambiente intelectual y universitario duda del valor de lo que hace. Y además se duda sobre el valor de la vida. Hoy, todas las sociedades europeas tienen pocos hijos y tienen pocos hijos porque dudan que la vida tenga verdaderamente un valor. A nosotros cristianos el valor nos lo hace ver Cristo. Es el vínculo con él lo que da razón del valor de la vida: no a nivel intelectual, no es una teoría que justifica la vida. Si estamos dirigidos hacia Cristo, el valor de la vida es una evidencia sensible, visible. Es el valor de la vida en toda su plenitud. Por otra parte, para enseñar a las personas, no es suficiente tener conciencia de que la vida tiene un valor, es necesario tener una idea de qué es el hombre. ¿Quiénes son estos jóvenes a los que tenemos que enseñar? Si no sabemos quiénes son, si pensamos que son material manipulable arbitrariamente, no se necesita enseñar esto o aquello. Todo es opinión. Si estamos dirigidos a Cristo, vemos al hombre a través de Él. Cristo es el modelo de hombre y también es el modelo de maestro.

-Para usted, ¿ver al otro como un bien es una necesidad? ¿Puede ser un hecho de construcción?
-En el ambiente científico, el otro puede ser alguien que me enseña algo, pero puede ser también un competidor. La actitud general entre los científicos es ambivalente. Sin embargo, hay otro nudo en el ámbito científico que está presente en toda la sociedad europea: el papel de los jóvenes. ¿Consideramos a estas personas nuevas como un bien? En mi opinión, no. Lo veo en mi ambiente; y en Italia la situación es dramática. Las sociedades contemporáneas no saben qué hacer con los niños y los niños se convierten en jóvenes. Sucede lo mismo con los ancianos, que al final de su vida ya no son considerados un bien. Hemos llegado a esto porque hemos perdido el sentido de la persona como bien. Hoy pensamos que la persona es un bien sólo si es eficaz, si es capaz de desarrollar tareas. Pero no es un bien en sí misma.

-Es un problema muy europeo.

-No solo. En China, ¿la persona está considerada un bien en sí misma? Diría que no. Las personas, para justificar su propia existencia, deben combatirse entre ellas. Si no tienes éxito, si no acumulas dinero… Cada uno debe motivar el propio valor. No somos un valor en nosotros mismos.

-Si pudiera decir sintéticamente si es posible un nuevo inicio, ¿qué diría?
-Sólo el Espíritu Santo puede generar un nuevo inicio. Sólo con las fuerzas humanas es imposible. En Francia, el año pasado vimos al Gobierno proponer una ley para desnaturalizar el matrimonio pero, ante la sorpresa general, se produjo una oposición muy fuerte. Millones de personas se manifestaron en las calles contra esa ley y de esas manifestaciones nació el movimiento de los veilleurs. Fue algo imprevisto y nadie sabe cuáles serán sus frutos. Al mismo tiempo, pienso que este movimiento es una consecuencia de las enseñanzas de Juan Pablo II primero y de Benedicto XVI después.

-¿Qué le asombra de estos veilleurs?
-He ido a las vigilias varias veces y les he visto y escuchado. Son jóvenes que se sientan en el suelo en silencio y que escuchan lecturas de textos literarios o filosóficos. Su objetivo es redescubrir los fundamentos filosóficos de la sociedad. En mi opinión, es algo extraordinario. Algo que los partidos políticos no son capaces de hacer. Son personas no violentas, diría incluso extremamente pacíficas. Impresiona. Son una verdadera sorpresa.

-¿Son una esperanza para Europa?
-Para renovar a Europa hay que empezar así. Es inimaginable que los políticos se conviertan de golpe. Y no serán las instituciones quienes los convertirán. Las cosas ocurren a nivel de las personas. Todo ha nacido de manera muy discreta: los grandes movimientos históricos nacen de hechos muy pequeños.

Publicado en Tracce.
Traducción de Helena Faccia Serrano.

jueves, 15 de mayo de 2014

CATEQUESIS DEL PAPA: DON DE FORTALEZA

Queridos hermanos y hermanas ¡buen día!

   Las semanas pasadas hemos reflexionado sobre los tres primeros dones del Espíritu Santo: la sabiduría, el intelecto y el consejo. Hoy pensemos a lo que hace el Señor, Él viene a sostenernos en nuestra debilidad y esto lo hace con un don especial, el don de la fortaleza.
Hay una parábola contada por Jesús que nos ayuda a entender la importancia de este don. Un sembrador no logra plantar todas las semillas que arroja, pero estas fructifican. Lo que cae en el camino es comido por los pájaros, lo que cae en el terreno pedregoso y en medio a las zarzas germina pero rápidamente se seca por el sol o es sofocado por las espinas. Solamente lo que termina en el terreno bueno puede crecer y dar fruto.

Como el mismo Jesús le explica a sus discípulos, este sembrador representa al Padre, que esparce abundantemente la semilla de su palabra. La semilla, entretanto, muchas veces se encuentra con la aridez de nuestro corazón, y mismo cuando es recibido corre el riesgo de quedar estéril. Con el don de la fortaleza en cambio, el Espíritu Santo libera el terreno de nuestro corazón, lo libera del topor, de las incertezas y de todos los temores que pueden frenarlo, de manera que la palabra del Señor sea puesta en práctica de una manera auténtica y gozosa. Es una verdadera ayuda este don de la fortaleza, nos da fuerza y nos libera de tantos impedimentos.

Existen también, esto sucede, momentos difíciles y situaciones extremas durante las cuales el don de la Fortaleza se manifiesta de manera ejemplar y extraordinaria. Es el caso de aquellos que deben enfrentar experiencias particularmente duras y dolorosas que descompaginan sus vidas y las de sus seres queridos. La Iglesia resplandece con el testimonio de tantos hermanos y hermanas que no dudaron en dar su propia vida para ser fieles al Señor y a su evangelio. También hoy no faltan cristianos que en tantos lugares del mundo siguen celebrando y dando testimonio de su fe, con profunda convicción y serenidad, y resisten también a pesar de que saben les puede comportar un precio más alto.

También nosotros, todos nosotros conocemos gente que ha vivido situaciones difíciles, tantos dolores, pensemos a esos hombres y mujeres que llevan una vida difícil, luchan para llevar adelante la familia, para educar a sus hijos. Esto lo hacen porque está el espíritu de fortaleza que les ayuda. Cuántos y cuántos hombres y mujeres, no sabemos los nombres, pero que honoran a nuestro pueblo y a la Iglesia, porque son fuertes, fuertes en llevar adelante a su familia, su trabajo, su fe. Y estos hermanos y hermanas son santos en los cotidiano, santos escondidos en medio de nosotros, tienen el don de la fortaleza para llevar adelante su deber de personas, de padres, madres de hermanos, de hermanas, de ciudadanos.

Son tantos, agradezcamos al Señor por estos cristianos que tiene una santidad escondida, que tienen el Espíritu dentro que los lleva adelante. Y nos hará bien acordarnos de estas personas: ¿Si ellos pueden hacerlo, por qué yo no?, y pedirle al Señor que nos dé el don de la fortaleza.
No pensemos que el don de la fortaleza sea necesario solamente en algunas ocasiones o situaciones particulares. Este don tiene que constituir el cuadro de fondo de nuestro ser cristiano, en nuestra vida ordinaria cotidiana. Todos los días de nuestra vida cotidiana tenemos que ser fuertes, necesitamos esta fortaleza para llevar adelante nuestra vida, nuestra familia y nuestra fe.
Pablo, el apóstol, dijo una frase que nos hará bien escucharla: “Puedo todo en Áquel que me da la fuerza”. Cuando estamos en la vida ordinaria y vienen las dificultades acordémonos de esto: “Todo puedo en Áquel que me da la fuerza”.

El Señor nos da siempre las fuerzas, no nos faltan. El Señor no nos prueba más de lo que podemos soportar. Él está siempre con nosotros, “todo puedo en Áquel que me da la fuerza”.
Queridos amigos, a veces podemos sufrir la tentación de dejarnos tomar por la pereza, o peor, por el desaliento, especialmente delante de las fatigas y de las pruebas de la vida. En estos casos no nos desanimemos, sino que invoquemos al Espíritu Santo, para que con el don de la fortaleza pueda aliviar a nuestro corazón y comunicar una nueva fuerza y entusiasmo a nuestra vida y a nuestro seguir a Jesús.