jueves, 10 de abril de 2014

CATEQUESIS DEL PAPA: DON DE SABIDURÍA

LOS DONES  DEL ESPIRITU:

LA SABIDURÍA

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Iniciamos hoy un ciclo de catequesis sobre los dones del Espíritu Santo. Sabéis que el Espíritu Santo constituye el alma, el alma vital de la Iglesia y de todo símbolo cristiano: es el Amor de Dios que hace de nuestro corazón su morada y entra en comunión con nosotros. Él está siempre con nosotros.

El Espíritu mismo es “el don de Dios” por excelencia (cfr Gv 4,10), y a su vez comunica a quien lo acoge diversos dones espirituales. La Iglesia especifica siete, número que simbólicamente dice plenitud, lo completo; son los que se aprenden cuando nos preparamos para el sacramento de la Confirmación y que invocamos en la antigua oración llamada “Secuencia al Espíritu Santo”: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, y temor de Dios. Ya el profeta Isaías los menciona, hablando del Espíritu que se posaría sobre el Mesías y que habría guiado su acción de salvación (cfr 11,2).

1.    El primer don del Espíritu Santo, según la lista tradicional, es por tanto la sabiduría. No se trata sencillamente la sabiduría humana, fruto del conocimiento y de la experiencia. En la Biblia se relata que a Salomón, en el momento de su coronación como rey de Israel, Dios le ofrece el don que él quiera. Salomón no le pide la riqueza, el éxito, la fama o una vida larga y feliz sino que le pide “un corazón dócil, que sepa distinguir el bien del mal” (1Re 3,9). La sabiduría es exactamente esto: es la gracia de poder ver todas las cosas con los ojos de Dios. A veces vemos las cosas según nuestro parecer, según la situación de nuestro corazón, con amor, con odio, con envidia, esto no es el ojo de Dios. La sabiduría es lo que el Espíritu Santo hace en nosotros para que veamos todas las cosas con los ojos de Dios. Se trata de una luz interior, que solo el Espíritu Santo puede dar y que nos hace capaces de reconocer la impronta de Dios en nuestra vida y en nuestra historia.

2.    La sabiduría, por tanto, no nace tanto de la inteligencia o del conocimiento que podamos tener, sino de la intimidad con Dios. ¡Cuántas veces encontramos personas que no han estudiado y ciertamente tienen este don! Cuando estamos en comunión con el Señor, el Espíritu es cómo si transfigurase nuestro corazón y les hiciese percibir todo su calor y su predilección. Esto quiere decir que el don de la sabiduría hace de un cristiano un contemplativo: todo le dice cosas sobre Dios y se convierte en signo de su misericordia y de su amor. Se trata verdaderamente de una experiencia sobrenatural: significa sentirse siempre con el Señor, sentirse entre sus manos y compartir su alegría, su paz y su irrefrenable pasión por todos los hombres. El todo en un espíritu de profunda gratitud, donde en todas las cosas aparece su belleza y se convierte en un motivo para dar gloria a Dios.

3.    El Espíritu Santo hace del cristiano un “sabio”. Esto, no en el sentido de que tiene respuesta para todas las cosas, que sabe todo, sino en el sentido de que “sabe” de Dios, que su corazón y su vida tienen el gusto, el sabor de Dios. ¡Lo importante que es que en nuestras comunidades haya cristianos así! Todo en ellos habla de Dios y se convierte en un signo bello y vivo de su presencia y de su amor. Y es algo que no podemos improvisar, que no podemos procurarnos por nosotros mismos: es un don que Dios hace a los que son dóciles a su Espíritu.

Todos esto nos interpela personalmente. Cada uno de nosotros puede preguntarse: “Mi persona y mi vida ¿tienen sabor o no saben a nada, son insípidas? ¿Puedo decir que tienen el sabor del Evangelio? ¿El perfume de Cristo?”. El que nos encuentra percibe enseguida si somos hombres o mujeres de Dios o no… Si nos movemos por nosotros mismos, en base a nuestras ideas, nuestros propósitos, o bien por su Espíritu que habita en nuestro corazón… Y si está en nosotros la sabiduría que viene de Dios, podemos distinguir el bien del mal, y convertirnos en expertos de las cosas de Dios, comunicar a los demás su dulzura y su amor.

martes, 8 de abril de 2014

"ENTREGUÉ MI NIÑO A JESUCRISTO"

No me podía imaginar que por un dolor se pudiera dar gracias a Dios y celebrar la Eucaristía. Poder entregar mi niño a Jesucristo es lo más grande que me ha pasado». La carta de agradecimiento que reproducimos en esta página muestra a la perfección lo que significa Proyecto Raquel para las personas que sufren tras un aborto: no se trata sólo de la necesaria sanación psicológica, sino de un proceso integral de reconciliación con Dios, con el hijo perdido y con todas las personas implicadas en el aborto

Mientras leía las cartas a las personas
que participaron en la decisión de abortar,
rezábamos por ellas ante el Santísimo
Queridísima: Quiero empezar dando muchísimas gracias a Dios por habernos puesto en el camino, por haberte conocido y encontrado. Y por haber puesto en mi vida el Proyecto Raquel, que tanto bien me ha hecho al liberarme del dolor y el sufrimiento tan grandes que tenía, y que me hacían incapaz de caminar.
Han pasado ya unos meses desde que, por la gracia de Dios, llegamos al Centro de Orientación Familiar (COF) de Valladolid, enviados por la parroquia, para aprender los métodos naturales [de reconocimiento de la fertilidad]. Fue en el COF donde saliste a nuestro encuentro. En una de las sesiones, al expresar también dificultades en la relación sexual, me preguntaste si había tenido algún otro embarazo. Te conté que, en 2007, tuve un aborto voluntario. Entonces me hablaste de Proyecto Raquel, de su significado y su fin. Me invitaste a hacerlo. Yo confié en ti, me puse en tus manos, y empezamos, sesión a sesión.
La primera sesión me resultó muy dura, porque hacía años que no hablaba del aborto. Lo tenía oculto, escondido. Pensé que, con los años, todo se pasaría. El hablar de ello me dolía, y me resultó muy duro volver a recodar todo lo sucedido. Cuando acabó la sesión, salí asustada y con ganas de no volver. Pero me acuerdo de que, antes de empezar, me habías ofrecido rezar una oración conjunta. Y, al finalizar, rezamos el Ángelus con dos compañeras tuyas. La oración me dio una fuerza muy grande, la estuve repitiendo día tras día, para poder volver a la siguiente sesión. Gracias a Dios, pude.
Me dolía, pero me liberaba
Las siguientes sesiones también fueron muy duras, porque estaba recordando todo mi pasado, y había muchas cosas de él que no me gustaban. Me dolía mucho hablar de todo ello. Pero, a la vez, me hacía sentir muy bien. Me parecía que me estaba liberando de una carga muy grande, que he llevado dentro de mí durante muchos años.
Hubo una sesión que me marcó muchísimo: la sexta, cuando estuve leyendo ante el Santísimo unas cartas a todas aquellas personas que formaron parte de la decisión de no seguir adelante con el embarazo. Me acuerdo de que, a la vez que las leía, rezábamos juntas por todas esas personas al Santísimo, que teníamos expuesto ante nosotras. Era algo increíble lo que estaba viviendo. Y tú estabas a mi lado. Quiero darte las gracias, porque en todo momento me has acompañado y me has arropado. Gracias, porque has sido como una madre para mí.
Cuando salí del santuario de la Gran Promesa después de esta sesión, me parecía que estaba flotando porque, a pesar del dolor que sentía, el Señor Jesús en su infinita misericordia me había dado la gracia de sacar todo lo que había dentro de mí: resentimiento, rencor, ira..., que había ido guardando tantos años; y me había concedido el don de perdonar a todas esas personas y ofrecérselo todo al Santísimo. Me sentí libre, como si me hubiese quitado una mochila que pesaba muchísimo y que me había hecho mucho daño durante años.
La misma alegría que con mi hija
Las siguientes sesiones fueron más suaves, hasta que llegamos a la de la celebración de la Eucaristía en acción de gracias por mi hijo, y a la preparación de la canastilla. Fue algo precioso. No me podía imaginar todo esto, que por un dolor se pudiera dar gracias a Dios y celebrar la Eucaristía. Fue una Misa preciosa, de las más bonitas que he vivido en mi vida. Poder entregar mi niño a Jesucristo es lo más grande que me ha pasado, y sentí una liberación grandísima.
La preparación de la canastilla [que permite tener un recuerdo del hijo, para superar el duelo y demostrar que es querido] fue algo hermoso. Al principio, no lo entendía, porque mi hijo ya no estaba físicamente. Me puse a rezar, y en la oración me encontré con Cristo, que me dio la fuerza, la ilusión y el entusiasmo que necesitaba para preparar la canastilla con la misma alegría que cuando tuve a nuestra hija. Mi esposo me acompañó.
Quiero darte mil gracias; agradecerte tu entrega gratuita y la de todos tus compañeros, por todo el tiempo que me has dado y que dedicáis para que este Proyecto salga adelante. Gracias porque me has acompañado y me has arropado todo este tiempo. Gracias por tus oraciones, gracias por tu dulzura, gracias por todo el amor y cariño que nos has dado a mi hija, a mi esposo y a mí. Gracias también por tu comprensión, por tu apoyo y por llorar conmigo cuando lo necesitaba; por tus oraciones, por tus abrazos, por tus ánimos en los momentos de decaimiento. Gracias por haberme hecho comprender que ahora, en el presente, soy esposa y madre, y por haberme ayudado a dar un nuevo sentido a mi vida. ¡He recuperado una alegría de vivir que no tenía!
Le doy muchas gracias a Dios por habernos cruzado en el camino y por toda esta historia de sanación y salvación que está haciendo conmigo. Rezo a Dios para que Proyecto Raquel llegue a muchas mujeres, como ha llegado a mí, y para que puedan ser sanadas como yo. Gracias a todos los colaboradores del Proyecto, por vuestra entrega y dedicación. Que Dios os bendiga.
Una madre
Alfa y Omega

domingo, 6 de abril de 2014

DOMINGO V DE CUARESMA

Evangelio
En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y Marta, su hermana, había caído enfermo. Le mandaron recado a Jesús: «Señor, tu amigo está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios». Y se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Marta salió a su encuentro y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará... Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?»
Jesús, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?» Contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba, y dijo: «Quitad la losa». Marta le dijo: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días». Quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que Tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que Tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos creyeron en Él.
Juan 11, 1-45

La resurrección de Lázaro es un texto que muchas veces se ha interpretado en referencia al perdón de los pecados. El pecado es una verdadera muerte del alma. Entre sus efectos está la pérdida de la gracia y la paralización de nuestra capacidad para obrar el bien.
Ahora bien, el que muere es siempre un amigo de Jesucristo. Aparece en la figura de Lázaro, verdadero amigo del Señor, al igual que sus hermanas. Su muerte natural afecta al Señor hasta el punto que llora. Quienes lo ven se conmueven al ver el dolor del Señor que nace de su afecto hacia Lázaro.

 Pensando en ello también nos damos cuenta de cómo Jesús se duele por nuestras faltas. Su amor hacia nosotros le ha movido a hacerse hombre y cargar incluso con las penas de nuestros pecados. Es el misterio de la pasión y muerte. A Jesús le duelen nuestras faltas. La escena del evangelio de hoy lo muestra bien.
San Agustín se fija en que Lázaro ya lleva cuatro días en la tumba. Estaba bien muerto. La hija de Jairo acababa de morir cuando el Señor va a verla, y el hijo de la viuda de Naín aún no había sido enterrado. Lázaro ya lleva tiempo muerto. Por eso dice Agustín que nunca es tarde para volver a la gracia cuando esta se ha perdido si se deja actuar al Señor. No se debe perder la esperanza. Alegóricamente en Lázaro vemos como toda persona puede volver a la vida de la gracia.

A estas alturas de la Cuaresma nos sentimos invitados a acudir al sacramento de la penitencia. Allí nos encontramos con un amigo, Jesucristo, al que le duele nuestra muerte espiritual y que está dispuesto a devolvernos la vida. De hecho, cuando experimentamos la reconciliación con Dios sentimos la necesidad de unirnos a la acción de gracias de Jesús.
Pero hay un detalle en la escena de hoy que no debe pasarnos desapercibida. Jesús manda que quiten las vendas a Lázaro para que pueda andar. Al amortajarlo lo habían atado con vendas. Es una imagen de lo que supone para nosotros el pecado. Pero una vez perdonados hay que ponerse a andar. Es decir, si Dios nos da la gracia es para que vivamos según ella. Tiene un dinamismo que exige de nuestra colaboración.

La mejor manera de conservar la gracia es dejando que se exprese en nuestra vida. Vemos también cómo ayudamos a las personas que queremos de dos maneras. Por una parte pidiendo por ellos, como hacen las hermanas de Lázaro al llamar al Señor. Por otra parte hay que ayudar a perseverar en la vida cristiana. Las vendas, como imagen de los hábitos adquiridos, nos señalan que no siempre es fácil caminar como cristianos. Pero a pesar de las caídas posteriores ya ha sucedido algo importante: la experiencia de cómo Jesús puede transformar tu vida. Por mal que estemos Él puede llenarnos de una nueva vitalidad.
Comentario a la liturgia del día en www.archimadri.org

viernes, 4 de abril de 2014

VIA CRUCIS DE GRATUIDAD

Detente unos minutos... tal vez no tengas tiempo para hacerlo entero; no importa.. hazlo a tu ritmo. Acompaña al Señor Jesús en su camino a la Cruz. Hoy te proponemos este VIA CRUCIS inspirado en el amor gratuito e incondicional al Padre y a nosotros, por el que Jesús dió su vida en la Cruz.
No podrás parar de dar gracias a Dios por tanto amor.


jueves, 3 de abril de 2014

¡¡SACERDOTES!!

Hoy es jueves Sacerdotal.
El Señor está esperándote en nuestra Parroquia, durante todo el día y hasta las 20:00 en que con el rezo e Vísperas, concluirá la Adoración, para pedir por las vocaciones y por los sacerdotes.

En este vídeo puedes escuchar a sacerdotes hablando de un modo original sobre el sacerdocio:


miércoles, 2 de abril de 2014

¿PERDONARSE?

Hay personas que sólo ven el mal que los demás cometen. Lo juzgan y lo condenan. Se sienten por encima de los demás, porque ellos cumplen. No ven la pureza de las intenciones, no distinguen el amor. Ven los actos fríos y condenan. No se conmueven ante la debilidad, ante el error, sólo condenan. Se quedan en los errores manifiestos, en las caídas, en la impureza y no tienen misericordia.
 
Nos cuesta aceptar nuestra limitación. Nos cuesta mucho perdonar nuestros errores. Tenemos buena memoria para aquellas cosas que hacemos mal. Y nos cuesta mucho perdonarnos. Descubrimos con facilidad las cosas que no están bien en nosotros. Ahí no somos ciegos. Más bien somos exigentes.
 
Como la sociedad en la que vivimos, que no acepta los fallos. Rápidamente te da una fama inmerecida y rápidamente, por un pequeño error, te la quita. Y entonces uno pasa al olvido. Los hombres no perdonan los errores. 
 
Nosotros no perdonamos nuestros propios errores y fallos. No aceptamos no estar a la altura. No perdonamos haber fallado.
 
Ojalá pudiéramos decir: «Gracias por darme la libertad de poder caer para que luego Tú me ayudes a levantarme y pueda ver tu misericordia. Gracias por dejar que me confunda y tenga errores en mi vida, y poder aprender a ser humilde. Gracias porque cuando estoy triste conviertes la tristeza en tierra fértil para encontrar alegría. Gracias porque cuando lloro, siento que estás dentro de mi corazón».
 
Sin embargo, no lo logramos y ser tan exigentes no nos hace bien. Nos tensiona, nos quita la paz. Vivimos tratando de ser perfectos y no lo logramos. Juzgamos a otros y, sobre todo, nos juzgamos a nosotros.
 
¡Cuánto cuesta el propio perdón! Es el más difícil. Nos absuelven de nuestros pecados, pero nosotros seguimos rumiando nuestras caídas. Incapaces de perdonarnos. Somos más duros que Dios, más inmisericordes.
 
Una persona comentaba: «Mi verdad es que estoy esperando a que Dios me mire, que me transforme una vez más. Mi verdad es que por mucho que me esfuerce en querer buscar desesperadamente algo que me transforme, eso no depende de mi voluntad. Tú no eliges lo que te va a cambiar. Te transforma lo que te transforma y en el momento en que te transforma. No quiero vivir en la oscuridad, quedarme estancada, recreándome en el temor, sin avanzar, retrocediendo, con temor al futuro y sintiéndome mal por mi pasado».
 
La incapacidad para aceptarnos en nuestra verdad, en la luz de nuestra vida, es lo que nos retiene estancados, nos paraliza, nos sume en la oscuridad de nuestra vida. Quisiéramos salir de ahí.
 
Quisiéramos tener más luz. Luz para ver la verdad de nuestro corazón y querernos sin miedo. Luz para descubrir el pecado de nuestra vida y perdonarnos con un corazón dócil, inocente, filial. Luz para descubrir que no somos lo que espera el mundo de nosotros y vivir felices así, alegrándonos de nuestras flaquezas.
 
Luz para entender que el futuro no lo controlamos, que no está en nuestras manos y se nos escapa. Luz suficiente para dar sólo el siguiente paso sin miedo, con paz en el alma, tranquilos. Luz para descubrir nuestra propia belleza y nuestra inocencia.
 
En ocasiones no somos capaces de alegrarnos con nuestra vida. No vemos lo bello. No nos reconocemos inocentes y puros. Contradecimos incluso a aquellos que aseguran cosas bonitas de nosotros. Somos los peores jueces con nosotros mismos, implacables.
 
Nos hace falta luz para percibir nuestra realidad con algo más de objetividad, de distancia, de perspectiva. Somos jueces sin misericordia y no dejamos pasar ni un error. Nos creemos peores de lo que somos. Aquellos que nos aman nos ven de otra forma. Pero nosotros pensamos que su amor deforma su mirada y ven lo que no hay.

Tal vez su amor les da una luz que les permite ver lo que para nosotros está oculto. El amor abre espacios desconocidos, ilumina cuartos oscuros, descubre bellezas perdidas. El amor no es ciego. Más bien suele ser luz que ilumina y devuelve la vista. El amor es capaz de hacernos mejores. El amor recibido nos transforma.
 
Decimos en ocasiones que es ciego porque no ve la realidad como es, porque no reconoce la fealdad, porque no se escandaliza ante el pecado.Pero es que el amor es inocente, es puro, es fuego. El amor desvela los misterios del alma. 
 
El amor convierte la fealdad en belleza y la pobreza en el tesoro más valioso. No, el amor no es ciego. Tiene una mirada pura que hace todo nuevo.
 
El amor de Jesús cargando con un madero hasta el Calvario es capaz de hacer las cosas nuevas. Hace nuevo el polvo del camino, transforma el monte en un lugar de luz. Rompe la roca para que entre la vida. Cambia el corazón del centurión. Transforma el alma de un ladrón arrepentido. El amor hace las cosas diferentes y la vida se llena de esperanza. 

P. Carlos Pailla para www.aleteia.org

martes, 1 de abril de 2014

ASÍ SE PREPARA PARA SU BAUTISMO ESTA PASCUA

Pavithra Subramaniyan, una joven de 25 años de la India, se bautizará esta Pascua. Ha nacido y crecido en una familia brahman, de la casta alta: ella es contable, su padre es banquero y su madre profesora universitaria de economía.

Pavithra cuenta a AsiaNews cómo ha sido su viaje hacia la fe cristiana: en un primer momento,intrigada en una búsqueda filosófica favorecida por el hecho de que su madre es cercana al catolicismo; en un segundo momento, atraida por la fe de su novio y la familia de él. 
Una atracción desde la infancia
»Desde mi infancia siempre sentí una gran atracción hacia el cristianismo y Dios me ha llamado a Él. Ahora, junto a mi novio, puedo satisfacer los deseos de mi corazón. Jamás habría imaginado cómo los eventos me cambiarían, a mí y a mi vida, desde que dije a mis padres que quería abrazar la fe católica. No han tenido objeciones, y ambos estarán presentes en mi bautismo, el día de la vigilia de Pascua, para participar de mi alegría.
»En una época atravesé una fase de búsqueda espiritual y leí sobre varias tradiciones religiosas, incluida la cristiana. Entendí que Dios era una especie de figura paterna, pero no sabía que Jesucristo fuese Su Hijo, milagrosamente concebido y nacido de una virgen. Sí sabía que Jesús había resucitado de la muerte, después de haber sido crucificado.

Sin bautizar, a la Novena de la Virgen
»Mi madre fue educada en una escuela católica, cree en Jesucristo, y sabe todo de su vida y su enseñanza. 

»Me llevaba con ella a la iglesia y a la novena de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en Mahin: es de ella que aprendí esta costumbre de ir a la iglesia. Cuando entraba en ese lugar siempre sentía paz. 

»Casi cada año celebraba la Navidad- yo recibía regalos y ropas nuevas- organizábamos un hermoso almuerzo en casa para Pascua.

La madre del novio
»Luego conocí a un muchacho cristiano: se convirtió en mi mejor amigo, y ahora es mi novio. Me apoyó y me sostiene hasta ahora y en cada momento de mi vida, sea triste o alegre.

»Su madre me explicó la importancia de Cristo en nuestras vidas. Sin Él- me decía- "no somos nada. Cada cosa que tenemos llegó a través de Él, y la razón por la cual estamos vivos es por Él". La fe de ella es realmente fuerte y me llevó a seguirla.

»Decidí seguir a Cristo. En breve tiempo me dirigí al centro pastoral diocesano y conocí al padre Terrence. Él me dio tiempo para reflexionar sobre mi elección y me explicó las consecuencias. De algún modo pensaba que esto me habría hecho bien, que algo dentro de mí me había empujado a tomar esta decisión, aunque hubiese encontrado problemas, justo como le sucedió a Moisés o a Jonás.

Buenas catequistas
»Las obras de Dios son maravillosas. Él me ha mandado un grupo de ángeles- mis catequistas Zita, Fátima, Patricia y Rose- que me han enseñado y acompañado. 

»Estas personas han cuidado en mí la semilla de la fe que estaba en mí y que llevaré el resto de mi vida, y después más allá de la muerte. El modo en el que me hablan del Señor me da ganas de saber siempre más.

»Recuerdo que llovía mucho ese primer día de formación, cuando entré a la habitación y encontré a otras personas como yo que quería abrazar la fe católica. Con toda honestidad, esto siempre me hizo sentir segura. Debatimos, hicimos muchas preguntas y recibimos muchas respuestas, rezamos juntos. Ahora está terminando este curso y me siento triste: quisiera que no terminase nunca. Me gusta aprender cosas sobre el Señor de parte de mis enseñantes y de parte de mis compañeros. ¡No puedo imaginarme que no lo haré más! Se convirtió en parte de mi vida.



Pavithra Subramaniyan se bautiza en la Pascua de 2014


»Desde el principio descubrí que Jesús es "Dios", antes que "Hijo de Dios", es un mesías venido a salvar al mundo, murió para liberarnos de nuestros pecados. Un sacrificio inmenso que personas que viven en el pecado como nosotros.

El papel de unos padrinos
»Agradezco a Dios también por haberme hecho encontrar a mi madrina y a mi padrino, Auxelia y Tony Gonsalves, dos personas amorosas que estuvieron al lado mío es este nuevo recorrido de mi vida. Me han hecho conocer la parroquia, se sentaron y rezaron conmigo, me respondieron a mis dudas. Pero, sobre todo, me han ayudado a construir una unión con Cristo, un amigo que está siempre dispuesto a escuchar y a entender.

Biblia, misa, Bienaventuranzas
»Durante este camino de conocimiento de Jesús, emprendido para poderme bautizar en mi parroquia y convertirme, mi vida cambió. Empecé a leer la Biblia, a ir a misa en modo regular, a aprender las oraciones y leer libros sobre la fe.

»Pero más importantes son los efectos: las Bienaventuranzas han empezado a formar parte de mi vida. Comencé a ver a Cristo en los otros, y esto cambió mucho mi vida, mi modo de mirar la vida. 

»Ahora soy consciente que mis comportamientos tiene un efecto y que no debo olvidar que estoy abrazando a Jesús y sus enseñanzas. Debo convertirme en un ejemplo para los otros en el modo en que me comporto. 

»Superé mis exámenes, encontré trabajo 15 días después de doctorarme y encontré confianza en mí misma. 

»Cuando fui admitida al catecumenado me sentí una privilegiada, porque el párroco, mi familia, mis padres y los otros fieles formaban parte de mi camino. Se hicieron especiales plegarias de intercesión por mí y fui recibida en la comunidad con gran calor. Recibí también la bendición del obispo. Jamás olvidaré la misa celebrada ese día.

»Me estoy acercando al día en la cual me convertiré en católica, recibiré al Espíritu Santo, que me guiará y protegerá para siempre. 

»No veo la hora de recibir el cuerpo y al sangre de Jesús: el día en el cual Jesús vivirá en mí, como dice San Pablo, y a través de esta fuerza, ¡difundir la Buena noticia al mundo!