Andamos escasos de alegría. Este ajetreo de vida nos contagia a casi todos un proceso severo de ansiedad. Unos porque les falta trabajo, otros porque no les llega el dinero a fin de mes, otros porque andan indignados por el panorama que contempla cada día nada más levantarse, muchos porque les falta salud, a bastantes porque están vacíos en su interior y no encuentran sentido a la vida, a un número no pequeño porque les falta fe y no ven más allá de sus narices…
Y, sin embargo, la alegría, la auténtica alegría, es imprescindible, yo diría que una medicina de urgencia, de por vida. Pero tiene su secreto. La alegría de la que hablo no tiene mucho que ver con la carcajada, o la euforia provocada. Dice Tagore: Buscas la alegría en torno a ti y en el mundo. ¿No sabes que sólo nace en el fondo del corazón?
La alegría tiene su secreto. Brota, como planta de primavera, en el alma serena y con la conciencia en paz. Yo diría más: brota espontanea cuando acogemos la Palabra de Dios. La Virgen María rompió a cantar ese himno a la alegría que es el Magníficat. Ella había acogido el Verbo de Dios que se hizo carne en su seno cuando pronunció el SI decisivo para la humanidad.
Los samaritanos acogieron la Palabra de Dios que les exponían los Apóstoles y, dice los Hechos de los Apóstoles, que se llenaron de gran alegría. Comentando este texto Benedicto XVI decía el domingo en su alocución del Regina Coeli: “Es posible que la humanidad conozca la verdadera alegría, porque allí donde llega el Evangelio florece la vida; como un terreno árido que irrigado por la lluvia, de inmediato reverdece… También hoy la vocación de la Iglesia es la evangelización: ya sea hacia las naciones que no han sido todavía irrigadas por el agua viva del Evangelio; ya sea hacia aquellas que a pesar de tener antiguas raíces cristianas, tienen necesidad de una nueva linfa para llevar nuevos frutos, y redescubrir la belleza y la alegría de la fe… que los hombres reencuentren la alegría de vivir como hijos de Dios”.
Y la Virgen María es causa de nuestra alegría. Por eso me gusta contemplar la imagen de La Virgen de la Sonrisa. Que ella haga el milagro de hacer posible que el mundo ría, aunque nos cueste. Lo necesitamos.
Juan Inza para ReL
Dios ha querido darnos el regalo de hacernos sus hijos. Nos ha regalado la Iglesia, comunidad que le hace presente en medio de este mundo: ESTA ES NUESTRA CASA. Blog de la Parroquia de San Juan Evangelista Sonseca (Toledo)
lunes, 30 de mayo de 2011
sábado, 28 de mayo de 2011
DOMINGO VI DE PASCUA
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está en vosotros.
No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está en vosotros.
No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».
Juan 14, 15-21
El Evangelio de este domingo corresponde al discurso de despedida de Jesús, que con tanta belleza, hondura y amplitud recoge el evangelista san Juan. En este texto, ya aparece el Espíritu defensor que esperamos para Pentecostés. Jesús lo promete porque conoce la preocupación que con sus palabras de despedida está suscitando en los corazones de sus discípulos. Por eso Jesús les dice que no han de preocuparse, que Él volverá con su Espíritu: «No os dejaré huérfanos, volveré». Con esas palabras, los sitúa a la espera de ese tiempo fecundo en el que el amor de Dios se instalará en nosotros. Cuando venga el Espíritu, «entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros». Será ése el tiempo -que es el nuestro- en el que la vida eterna se hace experiencia cotidiana en el vivir y en el quehacer de los que conocen el amor de Dios, manifestado en su Hijo Jesucristo.
El Espíritu Santo traerá un nuevo modo de vida en el que todo es amor: con su fuerza, amaremos a Dios y amaremos a nuestros hermanos. En realidad, el amor será la fuente de nuestras responsabilidades, es decir, del cumplimiento de los mandamientos. Éstos ya no serán una carga, sino carne de nuestro amor. Todo lo haremos por el Espíritu derramado en nuestros corazones, que por Él serán de carne y no de piedra. Naturalmente, esto no sucederá sin dificultades. Al contrario, éstas se mostrarán más hostiles ante la santidad y coherencia de la vida. El mal suele dejar de lado a los que chaquetean con él, porque ya son suyos; pero se ensaña, con fuerza, en aquellos que muestran, con obras, la presencia de Dios en sus vidas. Pero, a pesar de todo, el Espíritu garantizará nuestra alegría, nos hará gozar por cumplir la voluntad de Dios.
Como podéis daros cuenta, ni Jesús en el Evangelio, ni yo en este comentario, estamos hablando de cosas inaccesibles y extrañas a la experiencia cristiana.
En los sacramentos de Iniciación (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), la presencia del amor de Dios Padre y de Jesucristo, por el Espíritu, se instala en nuestra vida. En la Confirmación, el Espíritu Santo sella esa presencia en el bautizado, para que ya nada suceda en él sin la fuerza alentadora del Paráclito: por Él rezamos, luchamos, damos testimonio…, vivimos en coherencia con nuestra fe. Él es el abogado que nos defiende, el que se explica por nosotros, el que interpreta nuestros silencios, el que suple nuestra debilidad y nos da fuerzas para resistir al mal. Él siempre será el Espíritu de la Verdad, el gran maestro de la Iglesia y el de cada cristiano. Acoger al Espíritu Santo y dejarse llevar por Él es siempre la grata tarea de nuestra vida.
+ Amadeo Rodríguez Magro
obispo de Plasencia
obispo de Plasencia
viernes, 27 de mayo de 2011
DIOS SIGUE TIRANDO DEL CABALLO
Trabajó en la televisión basura de los años noventa. Periodista de profesión, humanista de vocación y peregrino de la fe.
Miguel Vidal relata en ALBA su historia de conversión. Hoy es un discreto pero eficaz peón de la batalla de las creencias que trabaja en Hazteoir y Mas Libres.org. antes había trabajado en TVE, Canal Sur, Telemadrid y Onda Madrid.
- ¿Consejo para los no creyentes?
- “Que no tengan miedo”.
-¿Cómo es su actual sentimiento religioso?
-Una vida asustada porque no sabe adónde ir ni cuál es el sitio adecuado ni el camino correcto. Yo lo pregunto todo.
-Tendrá a su director espiritual agotado.
-Es que prefiero andar sobre seguro.
-Así que se considera un peregrino que no ha llegado.
-No, no he llegado. Cada vez lo veo más lejos. No digo que sea inalcanzable, pero es muy difícil.
-¿Cuál es el camino?
-No separarse ni un milímetro del Evangelio.
-O sea, la perseverancia. Pero para eso hace falta un amor primero.
-Cotelo habla de un proceso de enamoramiento. Para quien no ha tenido la experiencia personal de encuentro con Dios, hay muchas cosas que no se entienden.
-¿Cuál ha sido su experiencia?
-Un día del mes de junio me encontraba a las siete de la mañana andando por la playa. Era un parque natural y muy temprano. No había nadie. Yo entonces no era creyente. Pero en unos segundos me vi arrastrándome por el suelo y llorando como un loco.
-Llorando, ¿por qué?
-De alegría, de susto, de gratitud y de miedo.
-¿Por qué de gratitud?
-De pronto lo entendí todo. A veces siento envidia de los que han tenido la fe desde niños y nunca la han perdido. Pero se pierden la experiencia de que Alguien te quita una venda y ves y tienes la conciencia física de que antes estabas ciego.
-O sea, como san Pablo.
-Yo no iba a caballo…
-¿Qué hizo después?
-No conocía ninguna Iglesia ni ningún sacerdote. Me fui a internet y busqué una Iglesia. Solo sabía que me quería confesar.
-Desde entonces, ¿nunca ha tenido sensación de abandono?
-Jamás. Eso era antes. Ahora me siento muy seguro y con una sensación de tranquilidad que nunca había sentido antes.
-¿Qué le diría a quien se encuentra igual que usted antes del episodio de la playa?
-Que no tengan miedo… El miedo es una barrera. Si uno es brutalmente sincero consigo mismo, puede que el Señor te toque el corazón.
-¿Por qué sinceridad? ¿Había cosas que no se atrevía a decirse?
-Hombre, debes reconocer que en tu vida has estado equivocado y que no te has dado cuenta. Si eso te pasa a los veinte, es fácil; pero si llevas treinta, cuarenta, cincuenta años por el camino equivocado, es duro.
-¿Qué más cambió en su vida?
-Ya había empezado un proceso de regeneración laboral porque provenía de la televisión basura de los noventa. Empecé de nuevo en todo, también en lo laboral.
-¿Poco a poco?
-A bastante velocidad.
-¿Y esto de ser portavoz de Más Libres forma parte de una necesidad personal de reparación?
-Desde entonces todos los días le pido al Señor que mi trabajo esté a su servicio. Porque me he pasado la mayor parte de mi vida profesional destruyendo los valores religiosos y necesito compensar tantas barbaridades.
-Proviene del laicismo. ¿Beligerante?
-A veces pasaba y otras había cosas que me irritaban. Pero nada que ver con la beligerancia del laicismo actual.
-¿Por qué este laicismo? ¿La última rebelión del hombre contra Dios?
-Yo creo que es mucho más pedestre, forma parte de la ignorancia general sobre casi todo. Poca gente se plantea cuestiones, huye de las preguntas que le incomoden.
- Pero somos la primera generación humana que no nos preguntamos de dónde venimos, adónde vamos, cuál es el sentido de nuestra vida. ¿Por qué?
-No lo sé.
Luis Losada para ALBA
-¿Le consuela que el Espíritu Santo guíe la nave de Pedro?
-Me admira. Porque si solo miramos lo que hacemos nosotros, es desesperante.
-¿Quizás nos hemos olvidado del poder de la oración?
-Por eso he importado una iniciativa de 40 días de oración en los abortorios. Para mí ha sido una catequesis.
-¿Por qué los provida europeos van de laicos?
-Van de laicos disimulados cuando la mayoría son católicos. Lo entiendo. Pero echo de menos que digan que son provida porque son católicos. Es bueno que se sepa que la Iglesia ha sido y es el único bastión frente al aborto y el adoctrinamiento del Estado.
-Provenir de la izquierda ¿le ha dado cierta audacia en las batallas sociales?
-Trabajo con católicos de toda la vida y me doy cuenta de que son muy buenos y que yo tiendo a ser muy malo...
Miguel Vidal relata en ALBA su historia de conversión. Hoy es un discreto pero eficaz peón de la batalla de las creencias que trabaja en Hazteoir y Mas Libres.org. antes había trabajado en TVE, Canal Sur, Telemadrid y Onda Madrid.
- ¿Consejo para los no creyentes?
- “Que no tengan miedo”.
-¿Cómo es su actual sentimiento religioso?
-Una vida asustada porque no sabe adónde ir ni cuál es el sitio adecuado ni el camino correcto. Yo lo pregunto todo.
-Tendrá a su director espiritual agotado.
-Es que prefiero andar sobre seguro.
-Así que se considera un peregrino que no ha llegado.
-No, no he llegado. Cada vez lo veo más lejos. No digo que sea inalcanzable, pero es muy difícil.
-¿Cuál es el camino?
-No separarse ni un milímetro del Evangelio.
-O sea, la perseverancia. Pero para eso hace falta un amor primero.
-Cotelo habla de un proceso de enamoramiento. Para quien no ha tenido la experiencia personal de encuentro con Dios, hay muchas cosas que no se entienden.
-¿Cuál ha sido su experiencia?
-Un día del mes de junio me encontraba a las siete de la mañana andando por la playa. Era un parque natural y muy temprano. No había nadie. Yo entonces no era creyente. Pero en unos segundos me vi arrastrándome por el suelo y llorando como un loco.
-Llorando, ¿por qué?
-De alegría, de susto, de gratitud y de miedo.
-¿Por qué de gratitud?
-De pronto lo entendí todo. A veces siento envidia de los que han tenido la fe desde niños y nunca la han perdido. Pero se pierden la experiencia de que Alguien te quita una venda y ves y tienes la conciencia física de que antes estabas ciego.
-O sea, como san Pablo.
-Yo no iba a caballo…
-¿Qué hizo después?
-No conocía ninguna Iglesia ni ningún sacerdote. Me fui a internet y busqué una Iglesia. Solo sabía que me quería confesar.
-Desde entonces, ¿nunca ha tenido sensación de abandono?
-Jamás. Eso era antes. Ahora me siento muy seguro y con una sensación de tranquilidad que nunca había sentido antes.
-¿Qué le diría a quien se encuentra igual que usted antes del episodio de la playa?
-Que no tengan miedo… El miedo es una barrera. Si uno es brutalmente sincero consigo mismo, puede que el Señor te toque el corazón.
-¿Por qué sinceridad? ¿Había cosas que no se atrevía a decirse?
-Hombre, debes reconocer que en tu vida has estado equivocado y que no te has dado cuenta. Si eso te pasa a los veinte, es fácil; pero si llevas treinta, cuarenta, cincuenta años por el camino equivocado, es duro.
-¿Qué más cambió en su vida?
-Ya había empezado un proceso de regeneración laboral porque provenía de la televisión basura de los noventa. Empecé de nuevo en todo, también en lo laboral.
-¿Poco a poco?
-A bastante velocidad.
-¿Y esto de ser portavoz de Más Libres forma parte de una necesidad personal de reparación?
-Desde entonces todos los días le pido al Señor que mi trabajo esté a su servicio. Porque me he pasado la mayor parte de mi vida profesional destruyendo los valores religiosos y necesito compensar tantas barbaridades.
-Proviene del laicismo. ¿Beligerante?
-A veces pasaba y otras había cosas que me irritaban. Pero nada que ver con la beligerancia del laicismo actual.
-¿Por qué este laicismo? ¿La última rebelión del hombre contra Dios?
-Yo creo que es mucho más pedestre, forma parte de la ignorancia general sobre casi todo. Poca gente se plantea cuestiones, huye de las preguntas que le incomoden.
- Pero somos la primera generación humana que no nos preguntamos de dónde venimos, adónde vamos, cuál es el sentido de nuestra vida. ¿Por qué?
-No lo sé.
Luis Losada para ALBA
-¿Le consuela que el Espíritu Santo guíe la nave de Pedro?
-Me admira. Porque si solo miramos lo que hacemos nosotros, es desesperante.
-¿Quizás nos hemos olvidado del poder de la oración?
-Por eso he importado una iniciativa de 40 días de oración en los abortorios. Para mí ha sido una catequesis.
-¿Por qué los provida europeos van de laicos?
-Van de laicos disimulados cuando la mayoría son católicos. Lo entiendo. Pero echo de menos que digan que son provida porque son católicos. Es bueno que se sepa que la Iglesia ha sido y es el único bastión frente al aborto y el adoctrinamiento del Estado.
-Provenir de la izquierda ¿le ha dado cierta audacia en las batallas sociales?
-Trabajo con católicos de toda la vida y me doy cuenta de que son muy buenos y que yo tiendo a ser muy malo...
miércoles, 25 de mayo de 2011
martes, 24 de mayo de 2011
¡¡NO TENGÁIS MIEDO!!
A poco más de 100 días de la Jornada Mundial de la Juventud es una buena ocasión para hacer un sprint en la preparación espiritual personal de cara a la JMJ. Para facilitar este objetivo, la editorial Romana ha editado un libro donde se recogen todos los mensajes de todas las Jornadas Mundiales.
En el prólogo del libro, Monseñor César Franco, obispo auxiliar de Madrid y coordinador general de la JMJ, dice: “estoy convencido de que su lectura ayudará a los jóvenes a prepararse para vivir la próxima JMJ. (…) Animo a los jóvenes a leer y meditar estos mensajes, como una peregrinación por las diversas Jornadas”.
Mensajes siempre actuales
Todos estos mensajes “se centran siempre en lo esencial, en el núcleo de la fe cristiana, que es Cristo. Pero, al mismo tiempo, ofrecen pautas para vivir esta fe en las circunstancias concretas de la vida de los jóvenes y del mundo que les toca vivir”, explica Monseñor César Franco.
Cada mensaje lanza retos, desafíos a los jóvenes… Cada uno es una particular manera de reformular el ‘¡No tengáis miedo!’ con que Juan Pablo II saludó al mundo entero al inicio de su Pontificado; y que Benedicto XVI ha retomado.
No tengáis miedo…: a ser santos (JMJ Czestochowa 1991), de hablar de Cristo a quien todavía no lo conoce (JMJ Denver 1993), de responder con generosidad si Jesús os llama (JMJ 2007), a enfrentaros a las preguntas sobre las grandes aspiraciones que hay en vuestro corazón (JMJ 2010)… El último de los mensajes es de la JMJ de Madrid, en el que Benedicto XVI invita a todos los jóvenes a prepararse espiritualmente: “Queridos amigos, os reitero la invitación a asistir a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Con profunda alegría os espero a cada uno personalmente. (…) A lo largo de este año, preparaos intensamente para la cita de Madrid. La calidad de nuestro encuentro dependerá, sobre todo, de la preparación espiritual”. (JMJ Madrid 2011).
En el prólogo del libro, Monseñor César Franco, obispo auxiliar de Madrid y coordinador general de la JMJ, dice: “estoy convencido de que su lectura ayudará a los jóvenes a prepararse para vivir la próxima JMJ. (…) Animo a los jóvenes a leer y meditar estos mensajes, como una peregrinación por las diversas Jornadas”.
Mensajes siempre actuales
Todos estos mensajes “se centran siempre en lo esencial, en el núcleo de la fe cristiana, que es Cristo. Pero, al mismo tiempo, ofrecen pautas para vivir esta fe en las circunstancias concretas de la vida de los jóvenes y del mundo que les toca vivir”, explica Monseñor César Franco.
Cada mensaje lanza retos, desafíos a los jóvenes… Cada uno es una particular manera de reformular el ‘¡No tengáis miedo!’ con que Juan Pablo II saludó al mundo entero al inicio de su Pontificado; y que Benedicto XVI ha retomado.
No tengáis miedo…: a ser santos (JMJ Czestochowa 1991), de hablar de Cristo a quien todavía no lo conoce (JMJ Denver 1993), de responder con generosidad si Jesús os llama (JMJ 2007), a enfrentaros a las preguntas sobre las grandes aspiraciones que hay en vuestro corazón (JMJ 2010)… El último de los mensajes es de la JMJ de Madrid, en el que Benedicto XVI invita a todos los jóvenes a prepararse espiritualmente: “Queridos amigos, os reitero la invitación a asistir a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Con profunda alegría os espero a cada uno personalmente. (…) A lo largo de este año, preparaos intensamente para la cita de Madrid. La calidad de nuestro encuentro dependerá, sobre todo, de la preparación espiritual”. (JMJ Madrid 2011).
lunes, 23 de mayo de 2011
ESTILOS DE VIDA
Antes decíamos que, vistos retrospectivamente, muchos pequeños objetivos que en un momento de nuestra vida nos parecieron importantes y seductores, ahora, pasado el tiempo, los vemos como algo insustancial y de poco valor.
La prueba del tiempo nos ha mostrado con nitidez ese contraste. A lo mejor vemos ahora lo equivocado de aquella obsesión por ganar aquel dinero más... ¿para qué sirvió al final? O aquel otro afán por lograr neciamente ese poco de fama o de notoriedad... ¿en qué ha quedado? O aquella otra tonta pasión por experimentar tal o cual placer, que supuso aquellos atropellos... ¿qué nos aportó?, ¿en qué quedó al final?
Cuando somos engañados y dejamos de lado otros valores seguros para claudicar ante el espejismo del placer, o ante la inercia de la comodidad y el egoísmo, al final siempre acabamos por advertir –si somos sinceros con nosotros mismos– que aquello no nos condujo a nada.
Son estilos de vida que, en sus comienzos, suelen presentarse ante nosotros con gran esplendor, y son enormemente atractivos y seductores. Pero sus consecuencias, los efectos que producen en el interior de las personas, pocas veces se dan luego a conocer con la crudeza que realmente tienen (a las víctimas de un engaño les suele costar admitirlo).
Las personas que centran su vida en el placer o el egoísmo acaban por aburrirse de cada uno de los sucesivos niveles que van alcanzando, pues constantemente piensan en uno mayor y más excitante, en una cima más alta. Y esto es algo que sucede no sólo con los placeres propiamente dichos, sino también con la tendencia a rehuir el esfuerzo.
Cuando el hombre busca siempre el camino de mayor comodidad y menor exigencia, entonces su vida se va erosionando gradualmente.
Sus capacidades se van adormeciendo, su talento no se desarrolla, su espíritu se aletarga y su corazón se siente cada vez más insatisfecho, desencantado por lo fugaces que finalmente resultan sus efímeros logros.
—De todas formas, la mayoría de la gente procura vivir conforme a unos principios, aunque estén algo difusos. Son pocos los que se plantean formalmente vivir centrados en el placer.
Pero si esos principios son difusos, es fácil que esas personas acaben un poco a merced de los estados de ánimo, acudiendo a arreglos transitorios para las crisis que se presentan en sus vidas, buscando evadirse mediante gratificaciones fugaces que les hagan olvidar un poco que aquello no va bien. Pero cada vez que sube la tensión en sus vidas, todo aquello que no funciona sale a la superficie, y quizá entonces se muestran hipercríticos, malhumorados, pesimistas, ensimismados, y la levedad de sus valores y principios acaba por llevarles, casi inadvertidamente, a una vida muy centrada en la comodidad y el egoísmo.
La realidad de la vida es muchas veces dura y dolorosa, y cualquier esfuerzo nuestro por hacerla más habitable es siempre una aportación importante, para nosotros y para los demás. Cada vez que nos sacudimos la inercia e impulsamos los valores y principios que nos inspiran, contribuimos –vayamos a favor o en contra de la corriente– a nuestra felicidad y a la de los demás. Lo que no podemos es abandonarnos en el regazo cálido y adormecedor de las inercias de la vida y luego quejarnos de su amargura.
Alfonso Agulló
La prueba del tiempo nos ha mostrado con nitidez ese contraste. A lo mejor vemos ahora lo equivocado de aquella obsesión por ganar aquel dinero más... ¿para qué sirvió al final? O aquel otro afán por lograr neciamente ese poco de fama o de notoriedad... ¿en qué ha quedado? O aquella otra tonta pasión por experimentar tal o cual placer, que supuso aquellos atropellos... ¿qué nos aportó?, ¿en qué quedó al final?
Cuando somos engañados y dejamos de lado otros valores seguros para claudicar ante el espejismo del placer, o ante la inercia de la comodidad y el egoísmo, al final siempre acabamos por advertir –si somos sinceros con nosotros mismos– que aquello no nos condujo a nada.
Son estilos de vida que, en sus comienzos, suelen presentarse ante nosotros con gran esplendor, y son enormemente atractivos y seductores. Pero sus consecuencias, los efectos que producen en el interior de las personas, pocas veces se dan luego a conocer con la crudeza que realmente tienen (a las víctimas de un engaño les suele costar admitirlo).
Las personas que centran su vida en el placer o el egoísmo acaban por aburrirse de cada uno de los sucesivos niveles que van alcanzando, pues constantemente piensan en uno mayor y más excitante, en una cima más alta. Y esto es algo que sucede no sólo con los placeres propiamente dichos, sino también con la tendencia a rehuir el esfuerzo.
Cuando el hombre busca siempre el camino de mayor comodidad y menor exigencia, entonces su vida se va erosionando gradualmente.
Sus capacidades se van adormeciendo, su talento no se desarrolla, su espíritu se aletarga y su corazón se siente cada vez más insatisfecho, desencantado por lo fugaces que finalmente resultan sus efímeros logros.
—De todas formas, la mayoría de la gente procura vivir conforme a unos principios, aunque estén algo difusos. Son pocos los que se plantean formalmente vivir centrados en el placer.
Pero si esos principios son difusos, es fácil que esas personas acaben un poco a merced de los estados de ánimo, acudiendo a arreglos transitorios para las crisis que se presentan en sus vidas, buscando evadirse mediante gratificaciones fugaces que les hagan olvidar un poco que aquello no va bien. Pero cada vez que sube la tensión en sus vidas, todo aquello que no funciona sale a la superficie, y quizá entonces se muestran hipercríticos, malhumorados, pesimistas, ensimismados, y la levedad de sus valores y principios acaba por llevarles, casi inadvertidamente, a una vida muy centrada en la comodidad y el egoísmo.
La realidad de la vida es muchas veces dura y dolorosa, y cualquier esfuerzo nuestro por hacerla más habitable es siempre una aportación importante, para nosotros y para los demás. Cada vez que nos sacudimos la inercia e impulsamos los valores y principios que nos inspiran, contribuimos –vayamos a favor o en contra de la corriente– a nuestra felicidad y a la de los demás. Lo que no podemos es abandonarnos en el regazo cálido y adormecedor de las inercias de la vida y luego quejarnos de su amargura.
Alfonso Agulló
sábado, 21 de mayo de 2011
DOMINGO V DE PASCUA
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta».
Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, Él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
El que cree en mi, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».
Juan 14, 1-12
Camino, Verdad y Vida
Por mucho que, a veces, algunos quieran dar la impresión de que nada trascendente les preocupa, e incluso hagan públicamente alarde de ello, es inevitable que, a lo largo de la vida, broten constantemente en nosotros, con mayor o menor facilidad, preguntas esenciales a nuestra condición humana. En cuanto se escarba un poquito en el interior, las grandes preguntas del ser humano afloran de inmediato, pues nadie puede vivir al margen de las cuestiones de fondo, como la cuestión de Dios, o la del sentido o destino de la propia vida. Siempre hay momentos de crisis existencial que abren a los asuntos esenciales de la vida y de la muerte.
Para los apóstoles, ese momento llega cuando Jesús, en la intimidad de su despedida, en la Última Cena, les hace ver que les tiene que dejar, para pasar de este mundo al Padre. Entonces se produce entre ellos un cierto desconcierto que, como hemos leído, les provoca inquietudes y preguntas. Quieren saber a dónde irá Jesús. A lo que Él les responde mostrándose como el Camino, la Verdad y la Vida para conocer y para ir al Padre. Y los apóstoles, que confían en Jesús, abren su corazón a un nuevo deseo: quieren conocer al Padre. «Señor, muéstranos al Padre y nos basta», le dice Felipe. Jesús, que se da cuenta de lo que les está sucediendo, actúa con ellos con inmensa ternura y les calma, diciéndoles que también ellos irán con Él a la Casa del Padre.
Es preciosa y de una gran delicadeza la imagen con la que Jesús nos muestra el cielo: como una casa grande con muchas habitaciones, una para cada uno de los que viven en él. Y es enternecedor escucharle decir que Él se adelanta para que todo esté a punto cuando nosotros lleguemos. También en eso se muestra nuestro servidor. Jesús, que en la Cruz es el camino de nuestra salvación, en la Resurrección es el que se anticipa para preparar nuestra estancia en la morada eterna de Dios. Por eso es tan necesario conocer y amar a Jesucristo; sin Él, o no hay camino, o se corta el itinerario hacia la Casa del Padre. Eso es lo que Jesús dice en ese diálogo tan esclarecedor con Tomás y Felipe. ¡Cuánto hemos de agradecerles a los dos la pregunta y el deseo que le formulan a Jesús! Gracias a ellos, también nosotros hemos podido conocer sus respuestas y, con ellas, resolver nuestras inquietudes y dudas, que suelen ser muy semejantes a las de los dos apóstoles. Por boca de Jesús sabemos que nuestro destino es ir al amor de Dios para siempre, y que el camino para llegar hasta el Padre es Jesús mismo: «Nadie va al Padre sino por mí». En efecto, sólo en la intimidad de Jesucristo conocemos al Padre y vamos hacia Él.
Ir al Padre es nuestra gran aspiración en la vida, aunque a veces no la percibamos ni nosotros mismos, ni tampoco la sepamos formular, como, por ejemplo, lo hizo san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descase en Ti». Saciar ese deseo es lo que le pide Felipe a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Pues bien, sólo hay un camino para saciar esta aspiración: entrar en intimidad con el Hijo. «Yo estoy en el Padre, y el Padre en mí»: Jesús es el rostro de Dios Padre entre nosotros; Él es la imagen del Dios invisible. Él, que vino del Padre, traza la senda de Dios hacia el hombre y, al regresar al Padre, deja abierto el sendero para que el hombre encuentre su destino.
+ Amadeo Rodríguez Magro
obispo de Plasencia
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta».
Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, Él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
El que cree en mi, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».
Juan 14, 1-12
Camino, Verdad y Vida
Por mucho que, a veces, algunos quieran dar la impresión de que nada trascendente les preocupa, e incluso hagan públicamente alarde de ello, es inevitable que, a lo largo de la vida, broten constantemente en nosotros, con mayor o menor facilidad, preguntas esenciales a nuestra condición humana. En cuanto se escarba un poquito en el interior, las grandes preguntas del ser humano afloran de inmediato, pues nadie puede vivir al margen de las cuestiones de fondo, como la cuestión de Dios, o la del sentido o destino de la propia vida. Siempre hay momentos de crisis existencial que abren a los asuntos esenciales de la vida y de la muerte.
Para los apóstoles, ese momento llega cuando Jesús, en la intimidad de su despedida, en la Última Cena, les hace ver que les tiene que dejar, para pasar de este mundo al Padre. Entonces se produce entre ellos un cierto desconcierto que, como hemos leído, les provoca inquietudes y preguntas. Quieren saber a dónde irá Jesús. A lo que Él les responde mostrándose como el Camino, la Verdad y la Vida para conocer y para ir al Padre. Y los apóstoles, que confían en Jesús, abren su corazón a un nuevo deseo: quieren conocer al Padre. «Señor, muéstranos al Padre y nos basta», le dice Felipe. Jesús, que se da cuenta de lo que les está sucediendo, actúa con ellos con inmensa ternura y les calma, diciéndoles que también ellos irán con Él a la Casa del Padre.
Es preciosa y de una gran delicadeza la imagen con la que Jesús nos muestra el cielo: como una casa grande con muchas habitaciones, una para cada uno de los que viven en él. Y es enternecedor escucharle decir que Él se adelanta para que todo esté a punto cuando nosotros lleguemos. También en eso se muestra nuestro servidor. Jesús, que en la Cruz es el camino de nuestra salvación, en la Resurrección es el que se anticipa para preparar nuestra estancia en la morada eterna de Dios. Por eso es tan necesario conocer y amar a Jesucristo; sin Él, o no hay camino, o se corta el itinerario hacia la Casa del Padre. Eso es lo que Jesús dice en ese diálogo tan esclarecedor con Tomás y Felipe. ¡Cuánto hemos de agradecerles a los dos la pregunta y el deseo que le formulan a Jesús! Gracias a ellos, también nosotros hemos podido conocer sus respuestas y, con ellas, resolver nuestras inquietudes y dudas, que suelen ser muy semejantes a las de los dos apóstoles. Por boca de Jesús sabemos que nuestro destino es ir al amor de Dios para siempre, y que el camino para llegar hasta el Padre es Jesús mismo: «Nadie va al Padre sino por mí». En efecto, sólo en la intimidad de Jesucristo conocemos al Padre y vamos hacia Él.
Ir al Padre es nuestra gran aspiración en la vida, aunque a veces no la percibamos ni nosotros mismos, ni tampoco la sepamos formular, como, por ejemplo, lo hizo san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descase en Ti». Saciar ese deseo es lo que le pide Felipe a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Pues bien, sólo hay un camino para saciar esta aspiración: entrar en intimidad con el Hijo. «Yo estoy en el Padre, y el Padre en mí»: Jesús es el rostro de Dios Padre entre nosotros; Él es la imagen del Dios invisible. Él, que vino del Padre, traza la senda de Dios hacia el hombre y, al regresar al Padre, deja abierto el sendero para que el hombre encuentre su destino.
+ Amadeo Rodríguez Magro
obispo de Plasencia
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