sábado, 30 de abril de 2011

DOMINGO II DE PASCUA, DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

Evangelio


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Por qué me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».


Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Juan 20, 19-31
 
Las escenas que nos narra el evangelista san Juan se pueden perfectamente trasladar a nuestra situación. Me refiero, por ejemplo, al día en que se reúnen los apóstoles, el primero de la semana. Se trata del mismo día en que nos reunimos los cristianos, semana a semana, para celebrar juntos, en el Día del Señor, la resurrección de Jesucristo. El Resucitado, además, se aparece con el mismo ritmo con que nosotros nos reunimos en su nombre para celebrar la Eucaristía dominical: cada ocho días. En efecto, también nosotros reconocemos cada domingo la presencia del Resucitado que nos ofrece su alegría y su paz y nos da el Espíritu Santo, que renueva a la Iglesia con el perdón de los pecados.



Y es sensatamente trasladable a nosotros la escena que ha montado Tomás, al negarse a creer en la resurrección del Señor por el testimonio de sus compañeros, los otros apóstoles: «Si no veo en sus manos la señal de sus clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». ¿Acaso nosotros no le pedimos constantemente signos al Señor? ¿Acaso no pedimos poder ver a Jesús, poder hablar con Él, sentir más interiormente su Presencia? Sea como sea nuestra confesión de fe, Jesús la comprende y la acepta. No obstante, se deduce de sus palabras que le gustaría poder hacernos a todos el halago que tiene reservado a los que han asumido su novena bienaventuranza: «Bienventurados los que crean sin haber visto». Pero, si no es así, lo que importa es que Tomás, con profunda humildad y mucho amor, confiesa su fe en Jesús resucitado: «¡Señor mío y Dios mío». Preciosa escena, que ojalá se repitiera con frecuencia cada vez que el Señor viene a nosotros y nos muestra su corazón. La fe es un camino, a veces cargado de dificultades y de dudas, que siempre nos ha de llevar a esta confesión de Tomás.


Éste es el camino que recorre la fe en cada cristiano: le llega por un testigo del Resucitado, la acoge en su corazón y se pone a disposición de la Iglesia, que le acompañará en su itinerario como creyente y le ayudará en el fortalecimiento de su fe, aunque ésta no madure siempre con un ritmo lineal y ascendente. El modelo del recorrido de la fe es el de los adultos no bautizados: para ellos, el primer tramo del camino es el catecumenado, ese que justamente concluye este domingo pascual, conocido como in albis, por ser entonces cuando se despojan de sus túnicas blancas los que en la noche de Pascua fueron revestidos de Cristo en su Bautismo. A partir de entonces viene la fe en la vida. Sea como sea el camino de un creyente, siempre hemos de tener en cuenta que el recorrido hasta una confesión de fe como la de Tomás no es posible, si no contamos con la Divina Misericordia, si no reconocemos la iniciativa amorosa del Señor que sale a nuestro encuentro y nos muestra la vida que surge de su costado abierto con el agua y la sangre. Ante nuestra ceguera para creer en Jesucristo, siempre nos queda la luz de gracia que brota de las entrañas del Resucitado.


+ Amadeo Rodríguez Magro
obispo de Plasencia

viernes, 29 de abril de 2011

EL VIVE

“Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro: impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ‘Alegraos’. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies” (Mt 28, 8-9)


¿Qué sintió la Virgen María al ver a su Hijo vivo? ¿Qué sintió Magdalena, o Juan, o Pedro? Eso es lo que tenemos que sentir nosotros. Tendríamos que amar a Cristo tanto como ellos. Tanto como para decir, como seguro que dijeron ellos: "Estoy feliz sólo por eso, sólo porque él, que había muerto, ha resucitado. No estoy contento en primer lugar por ser rico, por ser joven, por estar sano y ni siquiera porque me quiere la persona que yo quiero. El principal motivo de mi alegría es que Cristo, que estaba muerto, ha resucitado". Si la resurrección de Cristo debe servir para algo, debe ser ante todo causa de eso: de alegría para mí, como creyente y amigo suyo, porque Él, que había muerto por mí, ha resucitado.


Después, esa resurrección debe ser también un motivo de esperanza. La esperanza en la vida eterna, que tenemos la certeza de que existe precisamente porque Cristo ha vuelto a la vida tras haber conocido la muerte. Motivo, también, de esperanza en la justicia de Dios, de la que podemos estar seguros pues la historia de Cristo nos demuestra que, aunque el mal tiene su poder y gana sus batallas, el bien siempre termina venciendo, siempre tiene la última palabra.


Cristo vive y estoy feliz por ello. Cristo vive y yo puedo tener esperanza, puedo creer en la fuerza del amor, puedo creer que es más fuerte que el odio, que la violencia, que el pecado. No lo olvidemos esta semana de Pascua, pero sobre todo no lo olvidemos nunca, tampoco cuando se esté en las horas oscuras del Viernes Santo.


Santiago Martín


jueves, 28 de abril de 2011

PREPARANDO LA BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II

Entrevista a Mons. Slawomir Oder, sacerdote polaco y postulador de la causa de beatificación de Juan Pablo II. Con diversas anécdotas explica la impresión que le ha causado investigar la vida del futuro beato.


. Mons. Oder, la Iglesia le ha encargado una tarea de mucha responsabilidad…

Ser postulador de la causa de Juan Pablo II es un regalo que me ha hecho la Providencia, no encuentro otros motivos.


. ¿Conoció a Juan Pablo II?

Pude saludarle, como tantos otros miles de sacerdotes, en diferentes encuentros. En especial recuerdo una ocasión, cuando yo era un joven sacerdote, en que me llamó el Secretario para invitarme a cenar con el Santo Padre, que en breve viajaría a Polonia. No supe nunca el motivo de la invitación, y sigo sin saberlo. Al finalizar la cena, cuando nos dirigíamos hacia la cocina –porque Juan Pablo II siempre pasaba por allí para agradecer el trabajo a los cocineros– me manifestó su inquietud porque la situación política en Polonia había empeorado justo antes de su visita. Yo, joven sacerdote, le dije: “Santo Padre, hay que leer esa contrariedad a la luz de la Providencia”. Él se paró, me miró divertido, y me dijo: “Bueno, pienso que de la Providencia creo saber algo...”.

. Pero tras estos años, sus vidas están en cierto modo entrelazadas.

Puedo decir que aunque estos han sido los seis años más importantes de mi vida, mi biografía ha estado en cierto modo siempre unida a la del Papa. Poco antes de que yo iniciase la Universidad, el Cardenal Wojtyla fue elegido Pontífice. Polonia estaba atravesando una época triste, por lo que la noticia nos llenó a todos de esperanza. Yo dudaba sobre si entrar o no en el seminario, pero aquella ilusión general terminó por decidirme. Así que, primero hice mis estudios universitarios y luego inicié el camino al sacerdocio.

. Y vivió su fallecimiento desde la Plaza…

La noche en que murió me encontraba en la Plaza de San Pedro rezando y esperando noticias, como miles y miles de romanos. Cuando nos dijeron que Juan Pablo II “había pasado a la casa del Padre” me vino a la cabeza la muerte del santo a la que está encomendada mi parroquia, San Benedetto Giuseppe Labre. Le llamaban “el vagabundo de Dios”, y cuentan que, a su muerte, los niños de Roma comenzaron a correr por las calles difundiendo la noticia: “¡Ha muerto un santo!, ¡ha muerto un santo!”. ¡Yo también tenía ese deseo! Aquella noche hubiera deseado correr por las calles gritando: ¡Ha muerto Juan Pablo II, ha muerto un santo!

. Su santidad era algo en lo que todos estaban de acuerdo.

Especialmente durante los primeros meses del proceso recibimos muchas cartas de protesta. Decían: “Es inútil, están ustedes perdiendo el tiempo, ¡es santo, lo saben todos!”. Pero el proceso ha valido la pena, porque no lo hemos hecho por nosotros, sino pensando en las generaciones futuras. Nosotros tenemos bien impresa en el corazón la certeza de su vida santa, pero cuando pasen los años muchos nos preguntarán: “¿Cómo fue ese Papa? ¿Qué os llevó a creer en su santidad? ¿Por qué tuvisteis tanto entusiasmo?”. Además, él mismo dijo: “Yo no puedo ser entendido si no es desde dentro”. Ahora podemos decir que lo conocemos mejor.

. ¿Qué le ha llamado la atención de la vida de Juan Pablo II?

Una de las cosas que más me ha sorprendido es que no me ha sorprendido casi nada. Es decir, Juan Pablo II fue transparente con su vida. No escondía nada: tal y como le veíamos, así era. No existió un “Wojtyla mediático” y un “Wojtyla privado”, sino que fue un sacerdote coherente. Y debo decir que la investigación nos ha llevado a descubrir lo que todos veían: un hombre que sufría, sí, pero que aun así era feliz, realizado, contento... santo.


. ¿Para qué sirven los santos?

Él lo explicó en una ocasión: “Los santos sirven para avergonzarnos y para darnos esperanza”. La santidad es un proceso que exige mejora, pero es Dios quien continuamente nos va buscando.

. ¿Se ha extendido mucho la devoción al futuro beato?

Hemos recibido muchas cartas de todas partes del mundo. En algunas ponen solamente: “A Juan Pablo II, Roma”. Aunque la mejor ha sido la de un niño que escribió: “Juan Pablo II. El Paraíso”. Evidentemente, llegó a mi mesa. También hemos recibido muchas de no cristianos, que percibían la santidad del Papa.

. ¿Alguna impresión de los testimonios?

En un cierto momento del proceso, me llamó la atención una frase de las personas que acudían a declarar, porque se repetía con mucha frecuencia. Repetían la expresión: “Él me miró de una manera especial”. Será porque Juan Pablo II veía en cada persona la imagen de Dios.

. Un Papa tan bueno, ¿tenía defectos?

¿Defectos? Bueno, imagino que sí, como todos. Algunos dicen que era demasiado transparente. Recuerdo el problema que se creó cuando una periodista logró fotografiarlo mientras se lanzaba a la piscina de Castel Gandolfo. Cuando le informaron, dijo: “¿De verdad? ¿Y dónde lo podré ver publicado?”. Y es que le daba igual. Otros sostienen que podía parecer que daba signos de inquietarse, pero era evidente que tenía un gran dominio de sí. Siendo Cardenal de Cracovia le informaron de que un sacerdote de la diócesis recibía muchas multas porque conducía mal. Así que le llamó, le regañó amablemente y le pidió que dejase allí su carnet de conducir. Pero en cuanto aquel pobre sacerdote abandonó arrepentido el despacho, Wojtyla reflexionó: “¿Y cómo llegará este hombre a todas las parroquias que tiene que atender?”. Así que enseguida le llamaron y le entregó de nuevo su carnet. Y..., bueno, le gustaban mucho los dulces, ¡pero no pienso que sea un defecto!

. ¿Hay un hilo que une el pontificado de Juan Pablo II y Benedicto XVI?

Benedicto XVI ha trabajado 25 años al lado de Juan Pablo II. Así que, si no hubiera sido elegido Papa, sería sin duda el testigo más importante del proceso. Él, evidentemente, no se ha pronunciado, pero si se leen sus homilías de las misas de aniversario por el fallecimiento de su predecesor, son textos que podrían aplicarse perfectamente en una misa de beatificación... Cuando en alguna ocasión le he podido saludar, siempre me ha dicho refiriéndose al proceso: “Trabajad rápido, pero sobre todo... ¡trabajad bien!”.

http://www.fluvium.org/

miércoles, 27 de abril de 2011

LA OVEJA PERDIDA EN 3D

Lo hemos visto en "Perder el miedo a equivocarse".
Qué cierto lo de que vale más una imágen que mil palabras.

martes, 26 de abril de 2011

EL PAPA HABLA DE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Fué el Viernes Santo y lo hizo en la televisión italiana.
Podéis ver el contenido íntegro de la entrevista, realizada con preguntas hechas por personas de diversos países.

De la entrevista a Benedicto XVI en la TV italiana



Viernes 22 de abril de 2011
Primera pregunta: El dolor del inocente



- Me llamo Elena, soy japonesa y tengo siete años. Tengo mucho miedo porque la casa en la que me sentía segura ha temblado muchísimo, y porque muchos niños de mi edad han muerto. No puedo ir a jugar al parque. Quiero preguntarle: ¿por qué tengo que pasar tanto miedo? ¿por qué los niños tienen que sufrir tanta tristeza? Le pido al Papa, que habla con Dios, que me lo explique.


- Querida Elena, te saludo con todo el corazón. También yo me pregunto: ¿por qué es así? ¿por qué vosotros tenéis que sufrir tanto mientras otros viven cómodamente? Y no tenemos respuesta, pero sabemos que Jesús ha sufrido como vosotros, inocentes, que Dios verdadero se muestra en Jesús, está a vuestro lado. Esto me parece muy importante, a pesar de que no tenemos respuestas, si la tristeza sigue: Dios está a vuestro lado y tenéis que estar seguros de que esto os ayudará. Y un día podremos comprender por qué ha sucedido esto. En este momento me parece importante que sepáis que ´Dios me ama´, aunque parezca que no me conoce. No, me ama, está a mi lado, y tenéis que estar seguros de que en el mundo, en el universo, hay tantas personas que están a vuestro lado, que piensan en vosotros, que hacen todo lo que pueden por vosotros, para ayudaros. Y ser conscientes de que, un día, yo comprenderé que este sufrimiento no era una cosa vacía, no era inútil, sino que detrás del sufrimiento hay un proyecto bueno, un proyecto de amor. No es una casualidad. Siéntete segura, estamos a tu lado, al lado de todos los niños japoneses que sufren, queremos ayudaros con la oración, con nuestros actos y debéis estar seguros de que Dios os ayuda. Y de este modo rezamos juntos para que la luz os llegue a vosotros cuanto antes.

Segunda pregunta


La segunda pregunta para el Santo Padre fue formulada por una madre italiana que se llama María Teresa y que tiene con un hijo en estado vegetativo.


- Santidad, el alma de mi hijo, Francesco, en estado vegetativo desde el día de Pascua del 2009, ¿ha abandonado su cuerpo, visto que está totalmente inconsciente, o está todavía en él?


- Ciertamente el alma está todavía presente en el cuerpo. La situación es un poco como la de una guitarra que tiene las cuerdas rotas y que no se puede tocar. Así también el instrumento del cuerpo es frágil, vulnerable, y el alma no puede tocar, por decirlo en algún modo, pero sigue presente. Estoy también seguro de que esta alma escondida siente con profundidad vuestro amor, a pesar de que no comprende los detalles, las palabras, etc., pero siente la presencia del amor. Y por esto esta presencia vuestra, queridos padres, querida mamá, junto a él, horas y horas cada día, es un verdadero acto de amor muy valioso, porque esta presencia entra en la profundidad de esta alma escondida y vuestro acto es un testimonio de fe en Dios, de fe en el hombre, de fe, digamos de compromiso a favor de la vida, de respeto por la vida humana, incluso en las situaciones más trágicas. Por esto os animo a proseguir, sabiendo que hacéis un gran servicio a la humanidad con este signo de confianza, con este signo de respeto de la vida, con este amor por un cuerpo lacerado, un alma que sufre.

Tercera pregunta: Cristianos perseguidos


La tercera pregunta de la entrevista fue formulada desde Irak. Desde Bagdad un grupo de jóvenes cristianos perseguidos le preguntan:


- Saludamos al Santo padre desde Irak. Nosotros, cristianos de Bagdad somos perseguidos como Jesús. Santo Padre, ¿en qué modo podemos ayudar a nuestra comunidad cristiana para que reconsideren el deseo de emigrar a otros países, convenciéndoles de que marcharse no es la única solución?


- Quisiera en primer lugar saludar con todo el corazón a todos los cristianos de Irak, nuestros hermanos, y tengo que decir que rezo cada día por los cristianos de Irak. Son nuestros hermanos que sufren, como también en otras tierras del mundo, y por esto los siento especialmente cercanos a mi corazón y, en la medida de nuestras posibilidades, tenemos que hacer todo lo posible para que puedan resistir a la tentación de emigrar, que –en las condiciones en las que viven- resulta muy comprensible.

Diría que es importante que estemos cerca de vosotros, queridos hermanos de Irak, que queramos ayudaros y cuando vengáis, recibiros realmente como hermanos. Y naturalmente, las instituciones, todos los que tienen una posibilidad de hacer algo por Irak, deben hacerlo. La Santa Sede está en permanente contacto con las distintas comunidades, no solo con las comunidades católicas, sino también con las demás comunidades cristianas, con los hermanos musulmanes, sean chiitas o sunitas. Y queremos hacer un trabajo de reconciliación, de comprensión, también con el gobierno, ayudarle en este difícil camino de recomponer una sociedad desgarrada. Porque este es el problema, que la sociedad está profundamente dividida, lacerada, ya no tienen esta conciencia: "Nosotros somos en la diversidad un pueblo con una historia común, en el que cada uno tiene su sitio". Y tienen que reconstruir esta conciencia que, en la diversidad, tienen una historia común, una común determinación. Y nosotros queremos, en diálogo precisamente con los distintos grupos, ayudar al proceso de reconstrucción y animaros a vosotros, queridos hermanos cristianos de Irak, a tener confianza, a tener paciencia, a tener confianza en Dios, a colaborar en este difícil proceso. Tened la seguridad de nuestra oración.


Cuarta pregunta: "Salam aleikum"


La siguiente pregunta fue hecha por una mujer musulmana de la Costa de Marfil, un país en guerra desde hace años. Saluda en árabe al pontífice: "Que Dios esté en medio de todas las palabras que nos diremos y que Dios esté contigo".

- Querido Santo Padre, aquí en Costa de Marfil hemos vivido siempre en armonía entre cristianos y musulmanes. A menudo, las familias están formadas por miembros de ambas religiones; existe también una diversidad de etnias, pero nunca hemos tenido problemas. Ahora todo ha cambiado: la crisis que vivimos, causada por la política, está sembrando divisiones. ¡Cuántos inocentes han perdido la vida! ¡Cuántos prófugos, cuántas madres y cuántos niños traumatizados! Los mensajeros han exhortado a la paz, los profetas han exhortado a la paz. Jesús es un hombre de paz. Usted, en cuanto embajador de Jesús, ¿qué aconsejaría a nuestro país?


- Quiero contestar al saludo: que Dios esté también contigo, y siempre te ayude. Y tengo que decir que he recibido cartas desgarradoras de la Costa de Marfil, donde veo toda la tristeza, la profundidad del sufrimiento, y me quedo triste porque podemos hacer tan poco. Siempre podemos hacer una cosa: orar con vosotros, y en la medida de lo posible, hacer obras de caridad, y sobre todo queremos colaborar, según nuestras posibilidades, en los contactos políticos, humanos.

He encargado al cardenal Tuckson, que es presidente de nuestro Consejo de Justicia y Paz, que vaya a Costa de Marfil e intente mediar, hablar con los diversos grupos, con las distintas personas, para facilitar un nuevo comienzo. Y sobre todo queremos hacer oír la voz de Jesús, en el que Vd. también cree como profeta. Él era siempre el hombre de la paz. Se podía pensar que, cuando Dios vino a la tierra, lo haría como un hombre de gran fuerza, que destruiría las potencias adversarias, que sería un hombre de una fuerte violencia como instrumento de paz. Nada de esto: vino débil, vino solo con la fuerza del amor, totalmente sin violencia hasta ir a la cruz. Y esto nos muestra el verdadero rostro de Dios, y que la violencia no viene nunca de Dios, nunca ayuda a producir cosas buenas, sino que es un medio destructivo y no es el camino para salir de las dificultades.


Es una fuerte voz contra todo tipo de violencia. Invito fuertemente a todas las partes a renunciar a la violencia, a buscar las vías de la paz. Para la recomposición de vuestro pueblo no podéis usar medios violentos, aunque penséis tener razón. La única vía es la renuncia a la violencia, recomenzar el diálogo, los intentos de encontrar juntos la paz, una nueva atención de los unos hacia los otros, la nueva disponibilidad a abrirse el uno al otro. Y este, querida señora, es el verdadero mensaje de Jesús: buscad la paz con los medios de la paz y abandonad la violencia. Rezamos por vosotros para que todos los componentes de vuestra sociedad sientan esta voz de Jesús y así vuelva la paz y la comunión.

Quinta pregunta: La muerte y la resurrección de Jesús


- Santidad: ¿Qué hizo Jesús en el lapso de tiempo entre la muerte y la resurrección? Y, ya que en el Credo se dice que Jesús después de la muerte descendió a los infiernos: ¿Podemos pensar que es algo que nos pasará también a nosotros, después de la muerte, antes de ascender al Cielo?


- En primer lugar, este descenso del alma de Jesús no debe imaginarse como un viaje geográfico, local, de un continente a otro. Es un viaje del alma. Hay que tener en cuenta que siempre el alma de Jesús siempre toca al Padre, está siempre en contacto con el Padre, pero al mismo tiempo, esta alma humana se extiende hasta los últimos confines del ser humano. En este sentido, baja a las profundidades, va hacia los perdidos, se dirige a todos aquellos que no han alcanzado la meta de sus vidas, y trasciende así los continentes del pasado. Esta palabra del descenso del Señor a los infiernos significa, sobre todo, que Jesús alcanza también el pasado, que la eficacia de la redención no comienza en el año cero o en el año treinta, sino que llega al pasado, abarca el pasado, a todas las personas de todos los tiempos.


Dicen los Padres, con una imagen muy hermosa, que Jesús toma de la mano a Adán y Eva, es decir, a la humanidad, y la encamina hacia adelante, hacia las alturas. Y así crea el acceso a Dios, porque el hombre, por sí mismo, no puede elevarse a la altura de Dios. Jesús mismo, siendo un hombre, tomando de las manos al hombre, abre el acceso. ¿Qué acceso? La realidad que llamamos cielo. Así, este descenso a los infiernos, es decir, en las profundidades del ser humano, en las profundidades del pasado de la humanidad, es una parte esencial de la misión de Jesús, de su misión de Redentor y no se aplica a nosotros. Nuestra vida es diferente, el Señor ya nos ha redimido y nos presentamos al Juez, después de nuestra muerte, bajo la mirada de Jesús, y esta mirada en parte será purificadora: creo que todos nosotros, en mayor o menor medida, necesitaremos ser purificados. La mirada de Jesús nos purifica y además nos hace capaces de vivir con Dios, de vivir con los santos, sobre todo de vivir en comunión con nuestros seres queridos que nos han precedido.

Sexta pregunta: El cuerpo glorioso


- Santidad, cuando las mujeres llegan al sepulcro, el domingo después de la muerte de Jesús, no reconocen al Maestro, lo confunden con otro. Lo mismo les pasa a los Apóstoles: Jesús tiene que enseñarles las heridas, partir el pan para que le reconozcan precisamente por sus gestos. El suyo es un cuerpo real de carne y hueso, pero también un cuerpo glorioso. El hecho de que su cuerpo resucitado no tenga las mismas características que antes, ¿qué significa? ¿Y qué significa, exactamente, "cuerpo glorioso"? ¿Y la resurrección, será también así para nosotros?


- Naturalmente, no podemos definir el cuerpo glorioso porqué está más allá de nuestra experiencia. Sólo podemos interpretar algunos de los signos que Jesús nos dio para entender, al menos un poco, hacia dónde apunta esta realidad. El primer signo: el sepulcro está vacío. Es decir, Jesús no abandonó su cuerpo a la corrupción, nos ha enseñado que también la materia está destinada a la eternidad, que resucitó realmente, que no ha quedado perdido. Jesús asumió también la materia, por lo que la materia está también destinada a la eternidad. Pero asumió esta materia en una nueva forma de vida, este es el segundo punto: Jesús no muere más, es decir: está más allá de las leyes de la biología, de la física, porque los sometidos a ellas mueren.






Por lo tanto, hay una condición nueva, diversa, que no conocemos, pero que se revela en lo sucedido a Jesús, y esa es la gran promesa para todos nosotros de que hay un mundo nuevo, una nueva vida, hacia la que estamos encaminados. Y, estando ya en esa condición, para Jesús es posible que los otros lo toquen, puede dar la mano a sus amigos y comer con ellos, pero, sin embargo, está más allá de las condiciones de la vida biológica, como la que nosotros vivimos. Y sabemos que, por una parte, es un hombre real, no un fantasma, vive una vida real, pero es una vida nueva que ya no está sujeta a la muerte y esa es nuestra gran promesa. Es importante entender esto, al menos por lo que se pueda, con el ejemplo de la Eucaristía: en la Eucaristía, el Señor nos da su cuerpo glorioso, no nos da carne para comer en sentido biológico; se nos da Él mismo; lo nuevo que es Él, entra en nuestro ser hombres y mujeres, en el nuestro, en mi ser persona, como persona y llega a nosotros con su ser, de modo que podemos dejarnos penetrar por su presencia, transformarnos en su presencia.


Es un punto importante, porque así ya estamos en contacto con esta nueva vida, este nuevo tipo de vida, ya que Él ha entrado en mí, y yo he salido de mí y me extiendo hacia una nueva dimensión de vida. Pienso que este aspecto de la promesa, de la realidad que Él se entrega a mí y me hace salir de mí mismo, me eleva, sea la cuestión más importante: no se trata de descifrar cosas que no podemos entender sino de encaminarnos hacia la novedad que comienza, siempre, de nuevo, en la Eucaristía.


Séptima pregunta: María


- Santo Padre, la última pregunta es acerca de María. A los pies de la Cruz, hay un conmovedor diálogo entre Jesús, su madre y Juan, en el que Jesús dice a María "he aquí a tu hijo" y a Juan, "he aquí a tu madre". En su último libro, "Jesús de Nazaret", lo define como "una disposición final de Jesús". ¿Cómo debemos entender estas palabras? ¿Qué significado tenían en aquel momento y que significado tienen hoy en día? Y ya que estamos en tema de confiar. ¿Piensa renovar una consagración a la Virgen en el inicio de este nuevo milenio?


- Estas palabras de Jesús son ante todo un acto muy humano. Vemos a Jesús como un hombre verdadero que lleva a cabo un gesto de verdadero hombre: un acto de amor por su madre confiándola al joven Juan para que esté segura. En aquella época en Oriente una mujer sola se encontraba en una situación imposible. Confía su madre a este joven y a él le confía su madre. Jesús realmente actúa como un hombre con un sentimiento profundamente humano. Me parece muy hermoso, muy importante que antes de cualquier teología veamos aquí la verdadera humanidad, el verdadero humanismo de Jesús. Pero por supuesto este gesto tiene varias dimensiones, no atañe solo a ese momento: concierne a toda la historia.


En Juan, Jesús confía a todos nosotros, a toda la Iglesia, a todos los futuros discípulos a su madre y su madre a nosotros. Y esto se ha cumplido a lo largo de la historia: la humanidad y los cristianos han entendido cada vez más que la madre de Jesús es su madre. Y cada vez más personas se han confiado a su Madre: basta pensar en los grandes santuarios, en esta devoción a María, donde cada vez más la gente siente: "Esta es la Madre". E incluso algunos que casi tienen dificultad para llegar a Jesús en su grandeza del Hijo de Dios, se confían a la Madre sin dificultad. Algunos dicen: "Pero eso no tiene fundamento bíblico". Aquí me gustaría responder con San Gregorio Magno: _"A medida que se lee - dice - crecen las palabras de la Escritura". Es decir, se desarrollan en la realidad, crecen, y cada vez más en la historia se difunde esta Palabra. Todos podemos estar agradecidos porque la Madre es una realidad, a todos nos han dado una madre. Y podemos dirigirnos con mucha confianza a esta madre, que para cada cristiano es su Madre.

Por otro lado la Madre es también expresión de la Iglesia. No podemos ser cristianos solos, con un cristianismo construido según mis ideas. La Madre es imagen de la Iglesia, de la Madre Iglesia y confiándonos a María, también tenemos que confiarnos a la Iglesia, vivir la Iglesia, ser Iglesia con María. Llego ahora al tema de la consagración: los papas - Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II - hicieron un gran acto de consagración a la Virgen María y creo que, como gesto ante la humanidad, ante María misma, fue muy importante. Yo creo que ahora sea importante interiorizar ese acto, dejar que nos penetre, para realizarlo en nosotros mismos. Por eso he visitado algunos de los grandes santuarios marianos del mundo: Lourdes, Fátima, Czestochowa, Altötting..., siempre con el fin de hacer concreto, de interiorizar ese acto de consagración, para que sea realmente un acto nuestro.

Creo que el acto grande, público, ya se ha hecho. Tal vez algún día habrá que repetirlo, pero por el momento me parece más importante vivirlo, realizarlo, entrar en esta consagración para hacerla nuestra verdaderamente. Por ejemplo, en Fátima, me di cuenta de cómo los miles de personas presentes eran conscientes de esa consagración, se habían confiado, encarnándola en sí mismos, para sí mismos. Así esa consagración se hace realidad en la Iglesia viva y así crece también la Iglesia. La entrega a María, el que todos nos dejemos penetrar y formar por esa presencia, el entrar en comunión con María, nos hace Iglesia, nos hace, junto con María, realmente esposa de Cristo. De modo que, por ahora, no tengo intención de una nueva consagración pública, pero si quisiera invitar a todos a incorporarse a esa consagración que ya está hecha, para que la vivamos verdaderamente día tras día y crezca así una Iglesia realmente mariana que es Madre y Esposa e Hija de Jesús





lunes, 25 de abril de 2011

NOVENA A JUAN PABLO II

"Siete en familia", es decir, Angel Sánchez Toledano, ha tenido esta inspiración y nos presenta esta preciosa novena a JUAN PABLO II.
Puede servirnos como excelente preparación para la beatificación que tenemos ya tan cercana.

La tienes disponible en este ENLACE

domingo, 24 de abril de 2011

¡¡HA RESUCITADO!!

Evangelio


Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y, de pronto, tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago, y su vestido, blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres:


«Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía, e id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. Mirad, os lo he anunciado». Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos.


De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante Él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Mateo 28, 1-10

El que escribe lo hace antes de que se celebre el acontecimiento que comenta. Eso significa que he tenido que entrar en el clima de la Resurrección cuando aún estaban ustedes inmersos en la pasión y la muerte del Señor. También yo lo estaba, y muy de lleno. Quizás por eso lo que les comunica el ángel a María Magdalena y a la otra María, me produjo, una vez más, un profundo asombro; me pareció que lo escuchaba por primera vez. Al leer ha resucitado, sentí el estremecimiento de la fe; pues es así como entra en el corazón de los creyentes, como un rayo luminoso que todo lo inunda y lo conmueve. Así fue también el estremecimiento de las mujeres, al llegar al sepulcro. Ante estas benditas palabras, ante esta verdad maravillosa y decisiva, las mujeres sintieron miedo y alegría, los dos ingredientes del estupor ante la infinita grandeza y bondad de Dios, que había cumplido sus promesas.



Y enseguida pensé en ustedes, en cuantos conmigo leerán este texto evangélico y, sobre todo, lo escucharán en la santa y solemne Vigilia Pascual. En esa noche santa, todo coopera a que esa estremecida confesión de fe se renueve: el fuego en el cirio que nos acerca a Jesucristo resucitado, Luz del mundo; la historia de la salvación, que nos hace comprender el sentido del camino de la Pascua; y el agua que nos sumerge en su fuente y nos hace pasar, en Cristo, de la muerte a la vida. Todo coopera al gozo que produce esta noticia. En la noche de Pascua, y a lo largo de toda la vida, la experiencia cristiana pasa siempre por la aceptación gozosa de una verdad sencilla y primaria, de la que se desencadena la confesión de todas las verdades que creemos, vivimos y celebramos. Cuando decimos, desde el corazón, Jesucristo ha resucitado, sabemos que estamos confesando la minúscula semilla desde la que ha florecido el árbol frondoso que es la fe de la Iglesia.


Y como es fácil entrar en el clima de la Resurrección, porque en él vive la Iglesia, les invito a renovar ante esa experiencia conmovedora la convicción de que Jesucristo resucitado es la fuente de una nueva identidad, una nueva vida. Confesar que Jesucristo verdaderamente ha resucitado es la afirmación que nos sostiene en la fe y nos abre un horizonte de sentido, un universo de esperanza; pues para el que cree que Jesucristo ha resucitado siempre hay futuro, y para siempre. Se trata, por tanto, de un acontecimiento decisivo y esencial: «Sólo si Jesús ha resucitado, ha sucedido algo verdaderamente nuevo que cambia al mundo y la situación del hombre» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 2).


Creer en Jesucristo resucitado es siempre una fuerza para vivir en plenitud: nos traslada de la incertidumbre a la certeza, de la angustia a la alegría, de la desilusión al entusiasmo, del pecado a la gracia. Mientras no sintamos el gozo de este anuncio, la fe no ha llegado al fondo de la vida, y siempre será más formal que personal. De hecho, confesar la resurrección de Jesucristo es el gran impulso para el testimonio cristiano. La evangelización sólo la pueden hacer los que llevan esta convicción en su corazón y sólo puede llegar a su destino, que es el corazón de otro hombre o mujer, si pone en él la certeza de que Jesucristo ha resucitado.


+ Amadeo Rodríguez Magro


obispo de Plasencia