jueves, 11 de diciembre de 2014

RORATE CAELI

Estamos en Adviento, el tiempo litúrgico en que nos preparamos para la venida del Salvador. La liturgia de la Iglesia ofrece una vasta gama de recursos para ayudarnos en esa preparación, incluyendo, entre ellos, el precioso tesoro del canto gregoriano.
 
El "Rorate Caeli" está considerado una de las más bellas y sublimes composiciones no sólo de Adviento, sino de todo el repertorio litúrgico de la historia del cristianismo. Sus versos vienen del libro del profeta Isaías (45, 8), en que se suplica: "¡Que los cielos, desde las alturas, derramen su rocío; que las nubes hagan llover la victoria; ábrase la tierra y brote la felicidad y, al mismo tiempo, ella haga germinar la justicia! Soy yo, el Señor, la causa de todo eso".
 
Inspirado por las aclamaciones del Antiguo Testamento para que Dios nos rescatase y nos mandase al Mesías, el "Rorate Caeli" representa magistralmente el espíritu de súplica y espera del Adviento.
 
Escucha en este video una interpretación de esta opera-prima del canto litúrgico cristiano y descubre debajo el texto original en latín, acompañado de la traducción al español.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

MARÍA EMBARAZADA

Miramos a María en el Adviento. Siempre me conmueve celebrar a María Inmaculada. Ella, sin mancha, pura. Ella, arrodillada ante Dios, vacía de todo. Llena de luz y esperanza.

Me arrodillo. Me conmuevo. Repito las palabras de una canción: "De rodillas ante ti, María, tiemblo, contemplo tu amor". Me encuentro así ante Ella. Pequeño y grande. Contemplo y tiemblo. Claro que el alma se emociona al mirarla a Ella. Me gustaría sentirme pequeño como Ella.

Me gustó la oración de una persona: "Que mi Adviento sea volverme pequeña, para acogerte con un corazón de niña. Que mi pesebre sea un lugar sencillo, para recibirte con humildad. Que mi cuna sea un poco de heno del campo, para sentirte pobre, Señor. Que mi corazón te adore escondida, te espere en silencio y vuelva a creer que ese Dios diminuto, escondido en mi pesebre pobre y vacío, pueda llenar de esperanza mi dolor».

Y pensaba que yo quiero vivir así el Adviento. Así de pobre como vivió María. Ella se arrodilló conmovida ante tanto amor. Ella se sorprendió ante la vida y aprendió a obedecer. Cada día. Toda la vida. Un amor verdadero. Ella, pequeña y frágil, se hizo valiente en la espera. Aprendió a vivir las horas como un sí repetido con el corazón.

Una persona le decía a María: "¿Qué guardas en tus ojos en Adviento, María, que caminas llena de paz y alegría? Miras hacia dentro de tu corazón, ahí está el secreto: Dios nos tocó". María está llena de Dios, llena de un amor que toca y abraza, de un amor que acaricia abajándose.

Así es María. La mujer mirada por Dios. La mujer enamorada de Dios. La mujer que nos mira con misericordia infinita. 

Una persona hablaba así de María embarazada: "Lleva a Jesús. Mira hacia dentro. Tiene paz. Le habla, le acaricia en su tripa, tiene luz en sus ojos. Lleva a Dios sin decirlo. Pero todos los que se cruzan con ella se quedan con paz".

María regaló la paz que llevaba escondida. María Inmaculada, pura, posesión de Dios. María embarazada, llena de Jesús. Fue gestando hijos a su paso. Fue haciéndose madre en el camino.

Nos decía hace poco el Papa Francisco: "Una Iglesia sin María es un orfanato porque María es la que ayuda a bajar a Jesús. Lo trae del cielo a convivir con nosotros".

María se acercó al hombre llevando el amor de Dios. El hombre se hizo hijo. ¡Qué puede haber más grande! María tenía el corazón de una niña, la ternura de una niña, la inocencia y la alegría de una niña.

Pero era el corazón de una mujer firme, fuerte y valiente. Era el corazón más grande en el que Dios pudo confiar. El corazón más noble y fiel. El corazón más humilde, más pobre. Ella, arrodillada ante Él. María se hizo libre al hacerse esclava. Se hizo más libre al darlo todo y quedarse con nada.

Así lo explica el padre José Kentenich: "Las cosas nos hacen interiormente libres cuando las cumplimos por generosidad, cuando la motivación que nos impulsa no es ante todo la mera obligación o la pura actitud de evitar el pecado. Cuanto menor sea el rol que desempeñe el pecado como amenaza y peligro en el camino de mi vida, tanto más libre y generoso seré interiormente"[1].

María nos enseña a movernos en el camino por amor. No por el deber ser, no por obligación, no por el temor a pecar. Lo que movió su corazón de Madre fue el deseo de dar más, de entregar toda la vida, todo su tiempo.

Es nuestro camino para ser libres. Movernos por el deseo de dar más, de amar más. El deseo de allanar nuestra vida con amor. De elevar los valles con amor.

P. Carlos Padilla

domingo, 7 de diciembre de 2014

II DOMINGO DE ADVIENTO

Evangelio
Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos».
Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
Juan iba vestido del piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:
«Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo».
Marcos 1, 1-8
Hoy estamos acostumbrados a resultados rápidos. Nos parece que perdemos el tiempo cuando hay que hacer preparativos, cortos o largos. El viaje a la India le costó a san Francisco Javier un año de navegación calamitosa en la que dejó la vida más de un pasajero. Nosotros decidimos de un día para otro viajar a La Habana y, por la tarde, ya estamos allí, sin despeinarnos. El teléfono o el correo electrónico nos permiten estar presentes en cualquier rincón del mundo, sin movimiento ni dilación alguna. La información que la red pone a nuestro alcance hace innecesarios el tiempo y las molestias de las visitas a archivos o bibliotecas, o incluso de ir a la compra. Lo tenemos todo en casa, al momento, al alcance de un movimiento de la mano. El esfuerzo personal y los costes económicos de nuestras operaciones parece que tienden cada vez más a cero.
¿Cómo influye todo esto en nuestro ser y en nuestra vida? Está por saber todavía bien qué está pasando en el alma del homo technicus, del hombre que va configurando su existencia más a base de la influencia externa de los logros técnicos de su ingenio que del trabajo espiritual, interior y paciente, de las potencias de su espíritu.
En medio del Adviento, nos encontramos con la figura imponente de Juan el Bautista. Todo él es preparación. Se define a sí mismo como «una voz que grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor». En él se simboliza la espera mil veces milenaria de una Humanidad peregrina a la búsqueda de salvación. En el desierto se oye su voz. En el desierto hay que preparar el camino del futuro humano y divino de cada persona. Porque lo esencial no es fruto de los oasis de nuestra civilización, agraria, industrial o postindustrial. El amor incondicional que nos salva no es producto de ningún artilugio ni se halla en los programas informáticos de comunicación. Es necesario que cada uno nos hagamos capaces de recibirlo en ese fondo solitario del alma donde sólo valen la voluntad límpida y la libertad completa. Es necesario preparar el camino en la ausencia de cosas, de resultados rápidos, de logros externos brillantes. Hay que preparar el camino en el desierto.
El desierto del Adviento no nos da miedo. Más bien nos da anchura para el trabajo silencioso y simple de la preparación. Y cuando se trabaja así, desde el fondo del alma, acabamos por encontrarnos con la veta profunda de felicidad que es inseparable de la autenticidad. ¡Preparadle el camino! Que el Señor viene. No tengamos reparo en la aparente pérdida de tiempo de la preparación. No hay tiempo mejor empleado que el de la oración silenciosa, el examen de la vida a la luz de la Palabra divina y la celebración pausada de los sacramentos de la salvación. El Señor viene. Pero hay que prepararle el camino. Él trae un bautismo de Espíritu y fuego. Él apacigua nuestras impaciencias y quema nuestras culpas con el fuego del Espíritu Santo del Amor divino. Para recibirlo hemos de preparar caminos en el desierto. Tal vez los resultados no sean rápidos, pero serán eternos.
+ Juan Antonio Martínez Camino
obispo auxiliar de Madrid

jueves, 4 de diciembre de 2014

JUEVES SACERDOTAL

Hoy es Jueves Sacerdotal y con tal motivo, en nuestra Parroquia hay exposición del Santísimo a lo largo de todo el día. Pedimos al dueño de la mies, que envíe obreros... también intercedemos por nuestros sacerdotes, por todos los sacerdotes del mundo: los ancianos, los enfermos, los perseguidos, los que pasan por algún tipo de crisis en su vocación... Señor: danos santos sacerdotes. Señor ¡¡gracias por el don del sacerdocio para tu Iglesia!!


miércoles, 3 de diciembre de 2014

COMO PASAR DEL MIEDO A LA CONFIANZA

Una persona rezaba así a María:
 
Espero ante ti. Me asusta a veces el abismo del futuro. La incertidumbre. Las caídas. La soledad. La noche. Hoy te doy mi sí callado. Un sí con temor. Es todo tuyo. Me da miedo perder y morir. La soledad y el frío. Me conoces. Mis sentimientos. Parece evidente. Estoy tan lejos. Mi herida. Mi grieta. Espero. Tanto amor. Tantos sueños. Quiero ir mar adentro. Lo más hondo. El cielo es azul. Como el mar hondo. Vuela el tiempo. Me abrazas. Te abrazo. Me tocas. Te toco. Con risas y lágrimas. Callo y espero. Te miro. Me miras”.
 
Asusta el futuro, surge el miedo, sólo nos queda el abandono en manos de María. Nuestro sí es pequeño, parece que vale poco, pero abre la puerta del infinito. La medida del bien se multiplica. La del mal se perdona en un instante.
 
No hay matemáticas en Dios, nunca supo esa asignatura. Para Dios lo pequeño cuenta mucho, aunque sea poco, aunque no sea nada. Dios se conmueve ante mi fracaso. Se acerca a mí cuando peco.
 
Me perdona antes de que yo me perdone. Sana mi herida antes de que yo sea capaz de reconocer que estoy herido. Me abraza cuando no logro abrir mis brazos. Baja a buscarme cuando no consigo llegar hasta la cumbre.
 
Me ayuda. Me sostiene. Me ama. Me eleva en sus brazos. Me perdona para que aprenda a amar, a ensanchar el corazón. Me perdona siempre y me da cada día una nueva oportunidad.
 
Quiero cansarme cada día, cayéndome y levantándome, pero dejarme la vida en cada hombre desde mi pequeñez y pobreza.
 
Sin esa unión íntima con Jesús, con María, no es posible unir, pacificar, dar luz, crear lazos profundos. La fuerza nos viene de lo alto. Jesús reina desde su pesebre, desde mi pesebre. Ante Él me arrodillo y le adoro.
 
Su poder es el amor que se abaja y muere por nosotros, el amor hasta el extremo. Mi poder también es el amor, ese amor que se da hasta el extremo.
 
Como le decía María Corsini, esposa de Luis Beltrán Quattrocchi, a su hijo: “A Jesucristo se le sigue, si es necesario, hasta dar la vida”.
 
Nuestro amor cambia el mundo. Cuando lo damos hasta dar la vida. Cuando le seguimos sin miedo. Su amor lo transforma todo cuando nos hacemos fermento en la masa. Cuando dejamos que sea Él quien actúe en nuestras palabras y obras.

P. Carlos Padilla para aleteia.org

martes, 2 de diciembre de 2014

TESTIMONIO DE SOPHIE Y CEDRIC

Verdaderamente Dios hace NUEVAS TODAS LAS COSAS:



lunes, 1 de diciembre de 2014

CARLOS DE FOUCAULD

Hoy 1 de Diciembre la Iglesia celebra al Beato Carlos de Foucauld. Conozcamos un poco más la obra de Dios en él. Esta es la famosa oración compuesta por él: 
Padre mío
Me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.
Lo que hagas de mí te lo agradezco.
Estoy dispuesto a todo,
Lo acepto todo,
Con tal que tu voluntad se haga en mí
Y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en tus manos.
Te la doy, Dios mío,
Con todo el amor de mi corazón.
Porque te amo
Y porque para mí amarte es darme, 
Entregarme en tus manos sin medida,
Con una infinita confianza, 
Porque tu eres mi Padre.



Carlos de Foucauld nace en Estrasburgo el 15 de septiembre de 1858 en una familia noble; dos días después es bautizado. Huérfano de padre y madre a la edad de seis años, permanece, con su hermana, bajo la tutela de su abuelo el coronel de Morlet. La infancia es triste y desgraciada: pronto se revelan en él rasgos de impaciencia. Empieza sus estudios en Estrasburgo, y desde 1871 en el instituto de Nancy, y un año más tarde hace la primera comunión. En el instituto hay profesores eminentes, pero neutros. De naturaleza inquieta y ardiente, falto de dirección, su juventud es extremadamente disoluta. Pierde la fe a los dieciséis años y permanece en estado de indiferencia durante más de doce años. Al llegar a la mayoría de edad entra en posesión de una rica herencia, que dilapida con su vida licenciosa. Ingresa en la Escuela Militar de Saint-Cyr en 1878; ya subteniente marcha a África. Participa en una expedición a Argelia.

En 1882 solicita licencia para emprender un viaje hacia el Sur, y estudiar a los árabes; no le conceden el permiso y pide la licencia absoluta. Después de una larga preparación, realiza el viaje por Marruecos, disfrazado de rabino judío. En 11 meses recorre casi 3.000 Km., en su mayor parte por terreno desconocido, determinando numerosas altitudes. La Sociedad de Geografía le premia con la medalla de oro. El relato de sus viajes y los datos recogidos fue publicado en su obra "Reconaissance du Maroc" (1883-1884). Empieza un cambio muy serio de su vida. La vida tan dura de esos once meses, le ayuda a purificarse, el contacto con la soledad del desierto y la fe de los musulmanes le impactan y le hacen pensar, la inquietud religiosa no le deja en paz. Lee mucho, reflexiona, reza a su manera. La discreta influencia de su familia, especialmente de su prima Señora de Bondy y la del P. Huvelin (que se convertirá en su director espiritual), secundando la acción de la gracia, le llevan a la conversión. “Tan pronto como creí que había un Dios, me di cuenta de que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para Él”. La lógica de la fe, en el amor, le lleva a emprender, con la ayuda de su director, la búsqueda de un modo de vida de imitación de Jesús.

 En diciembre de 1888 va en peregrinación a Tierra Santa. Este viaje lo confirma cada vez más en el propósito de vivir imitando a Jesús en su pobreza; allí descubre el misterio de Nazaret, la vida oculta de Jesús, que será el modelo de vida religiosa que seguirá. En enero de 1890 entra en la Trapa de Ntra. Sra. de las Nieves. Poco después pide ser enviado al priorato de Akbes en Siria, una fundación muy pobre donde pasa seis años. Insatisfecho aún, busca una más auténtica vida de Nazaret. Expone sus inquietudes a sus superiores; le envían a Roma para estudiar teología en el Colegio Romano (octubre 1896). A punto de hacer su profesión perpetua, el padre general de la Trapa aprueba su vocación de vida oculta y lo dispensa de los votos. Una vez fuera de la Trapa, hace votos privados de castidad y pobreza absoluta.

 Se traslada a Tierra Santa. Como criado de las Clarisas de Nazaret, viviendo en una caseta del huerto, se entrega completamente a la contemplación y a la pobreza. Trabaja en la redacción de la regla de los Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús. En 1900 intenta, sin éxito establecerse en el monte de las Bienaventuranzas como ermitaño. Y poco después viaja a Francia para ordenarse sacerdote, lo cual tiene lugar el 9 de julio de 1901 en Viviers. Después de su ordenación sacerdotal, piensa establecerse en Maruecos, pero ante la imposibilidad de hacerlo se establece en Beni-Abbés, al sur de Argelia, cerca de la frontera; su primera misa allí es el 30 de octubre de 1901. En su instalación en Beni-Abbés, así como en los sucesivos recorridos por el desierto "en busca de los más abandonados", le será de gran utilidad la amistad de muchos oficiales franceses, antiguos compañeros de su época militar. En Beni-Abbés vive su vocación de Vida de Nazaret, oculta y pobre, al servicio de los hombres.

Pasa largas horas en adoración de la Eucaristía, trabaja en la redacción de los diversos proyectos de fundación, vive como hermano de todos, acogiendo a pobres y enfermos sin distinción de raza o religión. Esta vocación de "Hermano Universal" es un aspecto importante de su espiritualidad: una llamada a encarnar el amor y el servicio entre los más humildes y abandonados, a través de la amistad y el testimonio silencioso. Este amor, llevado a sus últimas consecuencias, exige compartir la condición social de los más pobres, el trabajo manual, el servicio incondicional. Atraído por el deseo de ponerse en contacto con las tribus Tuareg, a las que decide dedicarse, en 1905 se establece en Tamanrasset, en el Ahaggar, en pleno corazón del Sahara. Allí lleva la misma vida que en Beni-Abbés. Para preparar el camino a los futuros misioneros, lleva a cabo, a lo largo de once años, una enorme tarea lingüística, de gran calidad científica, sin abandonar su vida de contemplación y de servicio. Su caridad conquista el corazón de todos, siendo consejero y amigo de los oficiales franceses y de los tuareg y su "amenokal" Moussa Ag Amastane, al mismo tiempo.

Se pone al servicio de todos, especialmente de los pobres, con todas sus capacidades y de todo corazón, creando así una nueva manera de presencia de Evangelio en un medio no cristiano. Además de muchos intentos, sin éxito, para encontrar compañeros, realiza tres viajes a Francia con el fin de poner en marcha una Asociación de laicos con propósitos misioneros. A pesar de todos sus esfuerzos e iniciativas siempre estuvo solo. La guerra de 1914 dejó de sentir su influencia en el Sabara. Los partidismos de las distintas tribus por las diversas potencias dominantes, influyen en las circunstancias de la muerte del Hno. Carlos, así como el hecho de ser extranjero y cristiano. El 1 de diciembre de 1916, traicionado por uno de los que él había ayudado, es apresado y maniatado por una banda de senusistas. Mientras se dedican al saqueo, un muchacho le vigila, y nervioso al creer que llegan soldados, le da muerte de un disparo en la cabeza. Su cuerpo queda en la arena del desierto como un grano de trigo que muere para dar fruto.

 Los escritos que se conservan no estaban en principio destinados a la publicación. Son apuntes espirituales totalmente impregnados de espíritu contemplativo y de amor a Cristo: meditaciones sobre el Evangelio, páginas de su diario, proyectos de fundaciones, apuntes de retiros, notas diversas sobre los tuareg. Especialmente importantes son sus cartas de las que escribió miles. Su influencia espiritual no ha cesado de crecer. Su ideal de imitar lo más exactamente posible la vida y las actitudes de Jesús "la imitación es la medida del amor", nos trae la frescura de un Evangelio vivido radicalmente, centrado en el "misterio de Nazaret". Su amor a Cristo “muy Amado hermano y Señor Jesús”, lleno de ternura, le lleva a la contemplación, la adoración silenciosa de la presencia eucarística, herencia preciosa de las Familias que se inspiran en él. Consecuencia de dicho amor es el deseo de imitación de la pobreza, del sufrimiento del abajamiento de Cristo.

El misterio de la Visitación inspira todo su apostolado: llevar a Jesús a las almas por la presencia eucarística. En el momento de la muerte del Hno. Carlos, todos sus proyectos de fundación se habían quedado en letra muerta, excepto una "cofradía", hoy "asociación" para religiosos/as, sacerdotes y laicos, que contaba con unas decenas de adscritos. En 1933 comienzan a constituirse las primeras "FRATERNIDADES". Estas congregaciones religiosas de gran vitalidad espiritual han transmitido el espíritu del Hno. Carlos y han dado a conocer su personalidad, convirtiéndolo en una de las figuras espirituales que más han influido en nuestro tiempo. Nuevas "Asociaciones De Seglares e Institutos Religiosos" siguen surgiendo y creciendo hoy, constituyendo la “Família Espirtual del Hno. Carlos de Foucauld”, con una gran oportunidad en el actual momento de la Iglesia.

Fuente: www.carlosdefoucauld.es