domingo, 12 de octubre de 2014

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio
En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisara a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda.
Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: La boda está preparada, pero los invitados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.
Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta, y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta? El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos».
Mateo 22, 1-14
Hoy Dios anuncia que ha preparado una gran fiesta en el Cielo, una boda, por más señas. 
Como no podemos imaginar ni el Cielo ni la alegría del Cielo, Dios lo pinta así 
un festín de manjares suculentos,
un festín de vinos de solera;
manjares enjundiosos, vinos generosos.
¿Quién está invitado a esta fiesta? Todos estamos invitados. ¿Todos? Sí, todos. También los grandes pecadores de la ETA y del EI y del Partido Animalista y de la Santa Iglesia Católica. Quien esto escribe es un gran pecador de la Santa Iglesia Católica y no desespera de su propia salvación porque ha sido invitado a la fiesta del Cielo -como todos-.
¿Qué debemos hacer para asistir a esa fiesta? En primer lugar debemos responder a esa invitación con agradecimiento. Así, por ejemplo: Gratias Tibi, Deus. Gratias Tibi. En segundo lugar debemos conservar nuestro traje de fiesta -el que se nos dio en el Bautismo- sin mancha hasta la Vida Eterna. Y en tercer lugar -llenos de agradecimiento y vestidos de fiesta- debemos ponernos en camino hacia el Cielo siguiendo los pasos de Jesús y diciendo a todos los que encontremos por el camino que también ellos han sido invitados.
Lo primero es responder a la invitación con una acción de gracias incesante. San Pablo decía lleno de alegría: A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Nosotros también estamos llamados a glorificar a  Dios que nos ha honrado tanto. Y a todas horas decimos: Gracias a Dios, Bendito sea Dios. 
Lo segundo es conservar sin mancha el traje bautismal. En el Cielo no podemos entrar vestidos de soberbia, de avaricia, de lujuria, de ira, de gula, de envidia y de pereza. En el bautismo se nos dio una vestidura de caridad; de amor a Dios y al prójimo. Se nos dio una vestidura adornada con la fe, la esperanza y todas las joyas que han brillado en los santos. Y no se nos entregó para que la guardásemos en el armario sino para que la vistiésemos todos los días de nuestra vida. Nunca se nos queda pequeña porque crece con nosotros y no se desgasta por el uso, al contrario, brilla más y más cuanto más nos acercamos al Cielo.
Lo tercero es ponerse en camino siguiendo las huellas de Cristo.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mi,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. 
Un Apóstol de Cristo -como San Pablo- es así. Es alguien que corre hacia Cielo revestido de caridad y que, aunque encuentre muchas dificultades, ni teme ni se cansa porque -con razón- dice: Todo lo puedo en Aquel que me conforta.
A veces el Apóstol se encuentra con personas de paz que le abren las puertas de su casa y lo invitan a su mesa. Él da las gracias -está acostumbrado a dar las gracias- y come y bebe de lo que le ponen pero no se queda allí mucho tiempo. A esa gente de paz el Apóstol la bendice con la Paz y le anuncia la Gran Fiesta del Cielo a la que todos estamos invitados. Luego sigue su camino tras los pasos de Cristo.
Otras veces -siguiendo los pasos de Cristo- el Apóstol se encuentra con personas que no quieren saber nada de fiestas en el Cielo porque solamente piensan en su trabajo, en su dinero, en sus diversiones o en sus juguetitos. Él ni se enfada ni se desanima. Les anuncia que también ellos están invitados a la fiesta del Cielo y sigue su camino recordando que también él, en otro tiempo, anduvo enganchado a la playstation sin saber nada del Cielo.
Otras veces el Apóstol -siguiendo los pasos de Cristo- se encuentra con gente violenta que se burla de él, lo maltrata, lo apedrea -como hicieron con San Pablo y siguen haciendo con tantos hermanos nuestros- o lo matan como a Jesús. Y es entonces cuando más brilla su vestidura bautismal porque -sabiendo que Dios enjugará todas las lágrimas- responde con bendiciones a los ultrajes, perdona a todos, bendice a Dios y -sin saber cómo- después de tantas lágrimas y de tantas cosas buenas se halla en un banquete de bodas muy alegre y descubre que la novia es hermosísima y que todos la llaman María. Y piensa que, solo por eso, todo ha valido la pena, aunque la cosa no ha hecho más que empezar porque el Novio entrará en la sala del banquete con el Rey y dará gusto ver con qué cariño se pone a servir a todos, para siempre.
D. Javier Vicens Hualde
Párroco de S. Miguel de Salinas (Alicante)

jueves, 9 de octubre de 2014

EL ABUELO...

Y ahora, nos tenemos que ir todos a McDonalds, a festejar lo del abuelo» le dice Inés -de 7 años- a su boquiabierta madre. Lo del abuelo que, con aplastante lógica infantil, quiere festejar la niña, es que se fue al cielo arrullado por la Salve Marinera, cantada por su mujer y sus hijos, mientras le cogían de la mano: así moría, el pasado 1 de octubre, don Ramón Diez de Rivera y de Hoces, padre de Carla, fiel colaboradora de Alfa y Omega

El abuelo Ramón, saliendo de Misa, con sus nietos,
en Salamanca
La Virgen se lo llevó en volandas en el Amén: fidelidad por fidelidad. Ella había estado a su cabecera, él siempre a su lado. Seguimos cantándole el Himno de la Almudena, según el ritual de oración de las noches de verano que él mismo había instaurado congregando feliz a hijos y nietos.
Lo del abuelo era un amor tierno, de niño, confiado e infinito a la Virgen: nos había enseñado a quererla desde pequeños.
«Es el cumple de la Virgen, felicítala», nos recordaba cada 8 de septiembre; antes de que le operaran en Oviedo, nos hacía subir a Covadonga, hiciera el tiempo que hiciera; «Vamos al santuario de... que está de camino» (siempre pillaba alguno de camino); cada Avemaría del Rosario ofrecido por una persona...
Lo del abuelo era escaparse, hace tres años, de las urgencias de un hospital en Salamanca, ante la impotencia de todos, que pensábamos que se nos moría, «porque tenía una cita muy importante con su mujer, sus hijos y sus nietos». Eran sus Bodas de Oro matrimoniales, y las había preparado con ilusión. Quería dar gracias a Dios por el gran regalo que había sido su mujer, por tantos años de fidelidad, tanto por los momentos duros como por los felices; por la familia que habían construido juntos, por cada uno, tal y como éramos; y quería hacerlo en una Misa de acción de gracias familiar. Nuestra madre tuvo claro que había que hacerlo como él quería y que llegaría vivo, como así fue gracias a la oración de tantos.
Lo del abuelo era, hace un par de años, invitar a cada uno de sus nietos para que le acompañaran mientras le daban la Unción de Enfermos y festejarlo después con chocolate con churros. «Fernando, ¿has ido alguna vez a la Unción de alguien? Te invito a la mía», llamaba explicándoles en qué consistía y por qué se daba. Lo del abuelo era pedirle al capellán del hospital, el día anterior a su muerte, que le volviera a dar la Unción rodeado de todos los suyos.
Lo del abuelo era llamar, con voz cantarina, a cada cuál, unas veces para felicitar: «¿De quién es el cumple?; ¿de quieeeén?», y otras con algún mensaje aparentemente tonto que venía a decir: «Soy papá, sé que te pasa algo; aquí estoy». Era hacer que cada nieto se sintiera único al hablarles de sus cositas, al acompañarle a Misa en su veloz silla de ruedas eléctrica... Antonio pedía, desde Pamplona, que le dijéramos que se alegraba de ser su nieto mayor, «pues, cuando entro en casa, siempre escucho: Mi nieto mayor, ¿dónde estaaaá?»; y María rogaba desde Francia: «Dile al abuelo, al oído, que le quiero un montón». Se fue con los besos de todos y una carta secreta de Conchita -10 años-; Javier y Jaime lloraban y reían a la vez...
Lo del abuelo era pedirnos, 48 horas antes de la beatificación de don Álvaro del Portillo, que le lleváramos. Un Es que tengo la intuición que tengo que ir nos hizo movilizarnos, y allí estuvo, con mi madre, disfrutándola y viviéndola como un regalo del cielo. Os deseo la misma paz que ahora me acoge. Os bendigo a todos, vuestro agradecido padre, terminaba el mensaje que nos envió esa misma tarde al whatsapp familiar que él había creado. Al día siguiente, nos dijo, por ese mismo canal, que al comulgar pedía: «Señor, ven a mi corazón y vive en él toda la eternidad». Y eso fuimos pidiendo el 1 de octubre, día de Santa Teresita del Niño Jesús, su dies natalis.
Gracias por su vida
Lo suyo era un corazón muy grande, y festejar, festejarlo todo. Así que vamos a festejar la vida, la enfermedad y la muerte de nuestro padre y abuelo. Vamos a festejarlo con una amplia y luminosa sonrisa, dando gracias a Dios por su vida, por su amor incondicional, por esa enfermedad de 15 años que nos permitió conocerle y hacer un camino espiritual junto a él, por la fortaleza y la fidelidad de nuestra madre, por su dulce muerte. Es una sonrisa húmeda por las mansas lágrimas que brotan de las entrañas, del corazón que sufre en paz. La ausencia duele con un dolor sereno, sordo y profundo que seda el abrazo de los amigos que nos sostienen con su oración. Tengo claro que lo del abuelo ahora es ejercer en plenitud su paternidad, ocupándose de cada uno: «Soy papá -soy el abuelo-, no te preocupes, ya sé lo que te pasa, pero pídemelo porque me gusta saber que me necesitas. Acuérdate que la Virgen te lleva de la mano».
¡Salve!, Estrella de los mares, Madre del Divino Amor...
Carla Diez de Rivera en Alfa y Omega

miércoles, 8 de octubre de 2014

SINODO DE LA FAMILIA: YO CATOLICA Y EL MUSULMAN


Jeannette Touré es presidenta nacional de las mujeres católicas en Costa de Marfil. Pero es también la esposa – desde hace 52 años – de un musulmán, y a esta mujer de fe cuyos hijos son bautizados y practicantes, ha sido llamada a participar, como experta, en el Sínodo de la Familia. Aquí su testimonio:

« Lamine (Touré) y yo nos conocimos en Francia, cuando éramos estudiantes. Decidimos casarnos y nuestros padres no se opusieron, pues cada uno seguiría su propia religión. Nos casamos en París, en el distrito 5. Hoy tenemos cinco hijos y seis nietecitos.

Tolerancia, diálogo, oración y perdón

Dado que llevamos 52 años de matrimonio, somos un punto de referencia para los jóvenes de religiones diferentes que quieren casarse. Ellos dicen: Mamá Touré lo ha conseguido, ¿por qué nosotros no? Para superar las dificultades, es necesaria la tolerancia, el diálogo, mucha oración y mucho perdón. ¡Estos elementos existen en el Corán!

Nosotros nunca rezamos juntos, cada uno lo hace por su lado: yo en mi rincón de la oración, él en su alfombra. Por la mañana, mientras yo voy a misa a las 6 y cuarto, él se queda rezando en casa. Para que esto funcione, es necesario confiar la pareja al Señor, a María y a san José, patrono de la Sagrada Familia. Sin el Señor, no se puede hacer nada. Con Él, todo es posible.

Nuestras tres hijas han estudiado en escuela de monjas. Después, ellas pidieron el bautismo. Su padre no se opuso. Sus hermanos siguieron su ejemplo. Cuando me preguntan: “¿cómo has hecho para que todos tus hijos sean católicos?”, yo respondo: nunca les he obligado. Ha sido el ejemplo de una mamá muy comprometida en la Iglesia; una mamá que vuelve de misa cantando y que da testimonio de que ella está alegre con su Dios.

Cuando mi marido hace su Ramadán, nosotros le ayudamos. Durante las fiestas musulmanas, toda la familia se implica y participa. Por su parte, mi marido lee la biblia, escucha la radio católica y sigue las audiencias del papa de los miércoles. Él está contento - ¡y orgulloso! – de que esté yo en el Sínodo. Me llama todos los días. Me decía: El Papa debería invitarme a mi también, ¡esto es discriminación!

Estar en la verdad y llegar a un acuerdo con mi marido… ¡y el Espíritu Santo!

En los matrimonios entre católico y musulmán, el problema viene sobre todo de las familias políticas musulmanas, especialmente de la suegra, que no quiere que el hijo o la hija se convierta. Yo nunca he tenido problemas con mi suegra. Por el contrario, el hermano mayor de mi marido ha creado dificultades.

A veces, la familia política obliga a la esposa católica a convertirse. Algunas aceptan, aunque siguen yendo a la Iglesia a escondidas. Yo les digo siempre: estad en la verdad y arreglaos con vuestros maridos. Les aconsejo también que recen al Espíritu Santo.

Fuente: aleteia.org

martes, 7 de octubre de 2014

¿CUÁL ES LA RAIZ DE LA CRISIS DEL MATRIMONIO Y LA FAMILIA?

“Que el Sínodo de Obispos pueda aumentar en todos la conciencia del carácter sagrado e inviolable de la familia y su belleza en el proyecto de Dios”. Es el deseo de Don Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, que ha invitado a todos los adherentes al movimiento a unirse a la oración por el Sínodo.

Crisis antropológica

En una entrevista del Avvenire (2 de octubre) Carrón va a la raíz de la crisis de la familia sosteniendo que “estamos frente a una crisis que es, antes que nada, de naturaleza antropológica. Antes aún que un problema de relación entre hombre y mujer, está el modo en que cada persona responde a la vieja y siempre actual pregunta: ¿Quién soy?

Cuando hay confusión sobre el yo, también los vínculos se vuelven problemáticos. En una relación amorosa auténtica, el otro es vivido como un bien tan grande que es percibido como algo divino”.

¿Es conveniente casarse?

Se detiene en la indisolubilidad del matrimonio añadiendo que “no es un problema sólo de hoy. Hace dos mil años, cuando Jesús dijo “no es lícito separar lo que Dios ha unido”, los discípulos respondieron: “Entonces no es conveniente casarse”.

Por eso las dificultades modernas no deben sorprendernos: incluso ellos pensaban que ciertas cosas fueran humanamente imposibles. Cristo vino precisamente para volver posible lo que es imposible para el hombre. Por eso, fuera de la experiencia cristiana la indisolubilidad del matrimonio o un amor “para siempre”, de por sí deseables para dos que se aman, de hecho, son percibidos como no posibles”.

Trabajo educativo

La entrevista pasa a los temas espinosos del Sínodo y a la dialéctica surgida en los últimos meses: formas de convivencia distintas al matrimonio, uniones homosexuales, cambios de sexo, etc. Don Carrón afirma que “el punto de partida es entender que detrás de muchas peticiones existen exigencias profundamente humanas: la necesidad afectiva, el deseo de maternidad, la búsqueda de la propia identidad.

Es a este nivel que es necesario responder, existe un trabajo educativo que hacer para ayudar a las personas a acoger la naturaleza profunda de las exigencias que advierten, y entender que las recetas evocadas son inadecuadas para responder a lo que está en la raíz de estas exigencias. Don Giussani decía que “la solución a los problemas que la vida pone no ocurre enfrentando directamente los problemas, sino profundizando en la naturaleza del sujeto que los enfrenta”.

Nuevas formas para comunicar el Cristianismo

Finalmente, cita al Papa Francisco en la Evangelii gaudium “no podemos dar por sentado que nuestros interlocutores conocen el fondo competo de lo que decimos y que pueden unir nuestro discurso con el núcleo esencial del Evangelio que les confiere sentido, belleza y encanto”. Por eso – continúa el sucesor de Don Giussani – el Papa insiste en que es necesario encontrar “formas y modos” nuevos “para comunicar con un lenguaje comprensible la perenne novedad del Cristianismo”.

 Fuente: aleteia

lunes, 6 de octubre de 2014

SÍNODO SOBRE LA FAMILIA

Ayer quedó oficialmente inaugurado el Sínodo de los Obispos sobre la familia.
El Papa presidió la Misa inagural y aquí recogemos su homilía.

El profeta Isaías y el Evangelio de hoy usan la imagen de la viña del Señor. La viña del Señor es su «sueño», el proyecto que él cultiva con todo su amor, como un campesino cuida su viña. La vid es una planta que requiere muchos cuidados.
El «sueño» de Dios es su pueblo: Él lo ha plantado y lo cultiva con amor paciente y fiel, para que se convierta en un pueblo santo, un pueblo que dé muchos frutos buenos de justicia.
Sin embargo, tanto en la antigua profecía como en la parábola de Jesús, este sueño de Dios queda frustrado. Isaías dice que la viña, tan amada y cuidada, en vez de uva «dio agrazones» ; Dios «esperaba derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos». En el Evangelio, en cambio, son los labradores quienes desbaratan el plan del Señor: no hacen su trabajo, sino que piensan en sus propios intereses.
Con su parábola, Jesús se dirige a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo, es decir, a los «sabios», a la clase dirigente. A ellos ha encomendado Dios de manera especial su «sueño», es decir, a su pueblo, para que lo cultiven, se cuiden de él, lo protejan de los animales salvajes. El cometido de los jefes del pueblo es éste: cultivar la viña con libertad, creatividad y laboriosidad.
Pero Jesús dice que aquellos labradores se apoderaron de la viña; por su codicia y soberbia, quieren disponer de ella como quieran, quitando así a Dios la posibilidad de realizar su sueño sobre el pueblo que se ha elegido.
La tentación de la codicia siempre está presente. También la encontramos en la gran profecía de Ezequiel sobre los pastores, comentada por san Agustín en su célebre discurso que acabamos de leer en la Liturgia de las Horas. La codicia del dinero y del poder. Y para satisfacer esta codicia, los malos pastores cargan sobre los hombros de las personas fardos insoportables, que ellos mismos ni siquiera tocan con un dedo.
También nosotros estamos llamados en el Sínodo de los Obispos a trabajar por la viña del Señor. Las Asambleas sinodales no sirven para discutir ideas brillantes y originales, o para ver quién es más inteligente... Sirven para cultivar y guardar mejor la viña del Señor, para cooperar en su sueño, su proyecto de amor por su pueblo. En este caso, el Señor nos pide que cuidemos de la familia, que desde los orígenes es parte integral de su designio de amor por la humanidad. Todos somos pecadores. También nosotros podemos tener la tentación de «apoderarnos» de la viña, a causa de la codicia que nunca falta en nosotros, seres humanos. El sueño de Dios siempre se enfrenta con la hipocresía de algunos servidores suyos. Podemos «frustrar» el sueño de Dios si no nos dejamos guiar por el Espíritu Santo. El Espíritu nos da esa sabiduría que va más allá de la ciencia, para trabajar generosamente con verdadera libertad y humilde creatividad. Hermanos, para cultivar y guardar bien la viña, es preciso que nuestro corazón y nuestra mente estén custodiados en Jesucristo por la «paz de Dios, que supera todo juicio», como dice san Pablo. De este modo, nuestros pensamientos y nuestros proyectos serán conformes al sueño de Dios: formar un pueblo santo que le pertenezca y que produzca los frutos del Reino de Dios.

jueves, 2 de octubre de 2014

"EVITEMOS LAS QUEJAS TEATRALES" PAPA FRANCISCO

Jueves Sacerdotal y en nuestra Parroquia, habrá Exposición del Santísimo a lo largo de todo el día para rezar por las vocaciones.
Recogemos hoy las palabras del Papa en su audiencia de los miércoles celebrada ayer.


También el lamento, en los momentos de oscuridad se convierte en oración, pero abstengámonos de las “quejas teatrales”. Es lo que ha destacado Papa Francisco, que ha comenzado de una cita del libro de Job. El Papa, por tanto, recordó que hay quien vive “grandes tragedias”, como los cristianos expulsados de sus casas por su propia fe.
 
Job, maldice el día en el que nació, su oración parece una maldición. Papa Francisco ha centrado su homilía en la Primera Lectura que nos muestra como Job maldice su vida. “Fue puesto a prueba, recordó el Papa, ha perdido a toda su familia, todos sus bienes, ha perdido la salud y todo su cuerpo se ha convertido en una plaga, una plaga asquerosa”. En ese momento, destacó Francisco, “se le acaba la paciencia y él dice estas cosas. ¡Son feas! Pero él está acostumbrado a hablar con la verdad y esta es la verdad que él siente es ese momento”. También Jeremías, recordó, usa casi las mismas palabras: ‘¡Maldito el día en que nací!’”. “Pero este hombre ¿blasfema? Esta es mi pregunta, dijo Francisco, ¿este hombre que esta solo, blasfema?
 
“Jesús, cuando se lamenta: ‘Padre, ¿por qué me has abandonado?’ ¿está blasfemando? Este es el misterio. Muchas veces he escuchado a personas que están viviendo situaciones difíciles, dolorosas, que han perdido mucho o que se sienten solas o abandonadas y se lamentan y preguntan: ¿por qué? ¿por qué? Se rebelan contra Dios. Yo digo: ‘continua rezando así, porque esto también es una oración’. Jesús rezaba cuando decía a su padre: ‘¿Por qué me has abandonado?’”.
 
Es una oración “lo que Job hace aquí. Porque, destacó, rezar es entrar en verdad ante Dios. Y Job no podía rezar de otra manera”. “Se reza con la realidad, añadió, la verdadera oración viene del corazón, del momento en que uno vive”. “Es la oración en los momentos de oscuridad, en los momentos de la vida, dijo el Papa, donde no hay esperanza, donde no se ve el horizonte”.
 
“Y hay mucha gente, mucha hoy, que está en la situación de Job. Mucha gente buena como Job, que no sabe lo que le pasa, porque pasan las cosas. Muchos hermanos y hermanas que no tienen esperanza. Pensemos en las tragedias, en las grandes tragedias, por ejemplo, estos hermanos nuestros que por ser cristianos han sido expulsados de sus casas y se han quedado sin nada: ‘Pero Señor, yo he creído en Ti ¿Por qué? ¿creer en Ti es una maldición, Señor?’”.
 
“Pensemos en los ancianos abandonados, prosiguió, pensemos en los enfermos, en tanta gente sola, en los hospitales”. Por toda esa gente, y “también por nosotros cuando estamos a oscuras en nuestro camino, aseguró, la Iglesia reza. ¡La Iglesia reza! Toma consigo este dolor y reza”. Y nosotros, “sin enfermedades, sin hambre, sin necesidades importantes, advirtió, cuando sentimos un poco de oscuridad en el alma, nos creemos mártires y dejamos de rezar”. Hay quien dice: “Me he enfadado con Dios, no voy más a Misa”. “¿Por qué? se pregunta el Papa. “¿Por algo tan pequeño? Francisco recordó que Santa Teresa del Niño Jesús, en los últimos meses de su vida, “trataba de pensar en el cielo, sentía dentro de sí, como una voz que decía: ‘no seas tonta, no te hagas fantasías ¿qué te espera? La nada’”.
 
“Muchas veces pasamos por estas situaciones, vivimos esta situación. Y mucha gente piensa que termina en el nada. Y ella, Santa Teresa, rezaba y pedía fuerzas para seguir adelante, en la oscuridad. Esto se llama entrar en la paciencia, Nuestra vida es demasiado fácil, nuestras quejas son quejas de teatro. Ante estas, a las quejas de mucha gente, de muchos hermanos y hermanas que están en la oscuridad, que casi han perdido la memoria, casi la esperanza, que viven en el exilio de sí mismos, son exiliados, también de sí mismos. Jesús ha hecho este mismo camino: de la noche en el Monte de los Olivos hasta la última palabra en la Cruz: ‘Padre, ¡por qué me has abandonado!’”.
 
Francisco ha destacado dos “cosas” que pueden ayudar. “Antes que nada prepararse para cuando llegue la oscuridad” que quizás no será tan dura como la de Job, “pero llegarán los momentos de oscuridad. Preparad el corazón para estos momentos”. “Y segundo: reza, como reza la Iglesia por tantos hermanos y hermanas que sufren el exilio de sí mismos, en la oscuridad, en el sufrimiento, sin esperanza”. Es la oración de la Iglesia, concluyó, por estos ‘Jesús sufrientes’ que están por todas partes”.
 
 

miércoles, 1 de octubre de 2014

EL QUE JUZGA SE EQUIVOCA


Escuchando las charlas u homilías del Papa Francisco en Santa Marta se me asemeja al viejo párroco de aldea o al antiguo capellán de las monjas vecinas, esas que tocan las campanas todos los días a las siete de la mañana y porque no las dejan antes. Yo he sido durante años ambas cosas, si cambiamos aldea por barrio de Madrid, que, en el fondo es lo mismo. Los que van a Misa a diario se parecen mucho en todos los sitios.

            La forma de hablar y los temas son como muy caseros. Muy directos. Destilan una sabiduría a prueba de críticas y murmuraciones. ¿Qué le importan a un capellán de ochenta años las críticas y el pensar de los demás? Para eso están los jóvenes que son muy sentidos y que necesitan crecer y afirmarse pero el viejo capellán qué más va a crecer. En el caso del Papa menos aún porque es un santo y sabe muy bien que nadie le ha ayudado para llegar a donde está. Es más, ni siquiera él se pudo ayudar. Tiene la máxima sabiduría que consiste en saber que todo es gracia.

            El que juzga siempre se equivoca, dijo el papa en Santa Marta el 23 de junio de 2014. Tiene experiencia de ello. Además, continúa, terminará por ser juzgado en la misma medida. Y lo mejor de todo es que el juzgado será defendido por Jesús y el Espíritu Santo.

            Dios le ha dado el juicio a Jesucristo porque es el único que ha muerto por nosotros. Jesús nos juzgará desde su propio amor y misericordia, no va a tener nada en cuenta tus opiniones sobre los demás, no piensa para nada igual que tú. Ese vecino a quien tú no puedes soportar, a Jesús le cae muy bien. ¿Has muerto tú por alguien? ¿Quién te crees que eres? Si juzgas eres usurpador de un puesto que no te pertenece. El Papa insistió en el tema desde el evangelio de ese día que hablaba de la paja y la viga en los ojos. Jesús sabe que todos tenemos una inclinación malsana y persistente de criticar a los demás. Por eso nos dice: ¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga que hay en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano deja que te saque la paja de tu ojo”, tú que no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga del tuyo y después verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano (Lc  6, 41-42).

            El juzgador se defiende diciendo que tiene razón y que está en la verdad en lo que dice. Puede ser pero lo hace sin amor.  Cuando ames a otro como a ti mismo júzgalo todo lo que quieras porque no le harás daño. Tu juicio estará lleno de misericordia y compasión. Si lo haces desde ti, desde tu razón, desde tus cálculos, intereses o heridas esparces una mala simiente. Siembras inquietud y desamor aunque tengas razón. Desunes. Actúas en directo contra el amor y la comunidad, no reconcilias.

            Seguro que estás en algún grupillo y si no pronto lo formarás. Esos grupos que hay en todos los sitios, también en parroquias o comunidades. Hay comunidades con tantos grupúsculos que se han apropiado de todo y si llega uno nuevo no sabe dónde colocarse. Están todas las sillas ocupadas o reservadas. Jesús te dirá a su tiempo: “Quise ir contigo pero no encontré acogida, estaba todo ocupado. No me dejaste sitio”.

            No sabemos hasta dónde se extiende la misericordia de Dios. El texto de 2Co 5, 19, que cita Francisco, nos habla de que es amplísima: Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las trasgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación. Somos pues embajadores de Cristo. Embajadores en orden a la reconciliación. ¡Mira que si al morir nos encontramos en el cielo con Judas, Nerón, Lenin, Stalin, Hitler, Bin Laden o el que ha robado todo el patrimonio de tu familia! Fueron lo que fueron, les tocó representar un papel en esta vida para la gloria de Dios y para llevar hasta el extremo la calidad de su misericordia y de su inmensa sabiduría. ¿Somos quién nosotros para juzgarlos?
            Hoy está muy de moda hablar de las víctimas, de las víctimas de la historia, de los que han sido atropellados en su inocencia y han sido llevados incluso a una muerte injustísima. ¿Podrá alguno quejarse de ser víctima al lado de Jesucristo? El victimismo es un pecado por su falta de fe y su incapacidad de ver las cosas de este mundo desde la resurrección. El tema de la víctima en la historia es  interesante porque engloba a Jesús como la principal de todas las víctimas, lo que no podemos hacer es darle al victimismo de Cristo otras intenciones distintas de las que él le dio. Dice el Papa: Jesús delante de su Padre nunca acusa, al contrario, defiende. Su Espíritu también viene a defendernos. Si tengo estos defensores, ¿quién es mi acusador? Mucho se tendrá que tentar la ropa para acusarme.
            Una de las aberraciones más envenenadas que ha surgido en occidente en los últimos siglos ha sido la de juzgar a Dios. El Papa no habla de ella pero es una de las formas de juicio más perniciosas de lo que llamamos modernidad. Como me decía un amigo dominico, jamás en el Congo se le ocurre ni se le ha ocurrido a nadie a lo largo de toda la historia juzgar a Dios. En Europa ha nacido por la prepotencia que se le ha concedido a la razón humana la cual, a la vez que ha creado una civilización, ha hundido otra con todos sus principios y valores. En otras épocas, como en el Congo, nadie se atrevió a juzgar a Dios.  Podía haber gente libertina, que no creyera en Dios, que renegara de él, pero juzgarle por los sucesos, los acontecimientos de la vida o las catástrofes del mundo no entraba en la cabeza de nadie. Para eso se necesita una pérdida de inocencia muy grande.
            Para poder hacer esto hay que haber perdido el temor de Dios que es el principio de la sabiduría. Mi hermana en los años de cáncer que tuvo siempre conservó hasta la muerte, a pesar de su edad joven aún, el temor de Dios. Se sentía confortada porque jamás se le ocurrió preguntar a Dios ¿por qué? ¿por qué a mí? No obstante, como hija de su tiempo, le entraron muchas veces ganas de hacerlo pero una gracia especial la mantuvo limpia. Hoy muchos caen en este pecado. Se enfadan con Dios, le piden cuentas, le insultan y le tachan de malo e injusto porque se ha muerto su hijo y por menos aún. Yo sé que en la mayoría de los casos se hace desde la cultura reinante y con poca malicia metafísica, mas el enfriamiento y las consecuencias abren una puerta para el endurecimiento y para ser duramente tentados.
            El temor de Dios no es un miedo sino un don. El que lo conserva en estos tiempos es un elegido. Una antigua conocida, con frecuentes adulterios como decía ella, tenía que soportar las burlas de su compañero de pecado que le decía: “Allá tú si tienes esas aprensiones. Yo me quedo muy bien porque no creo en nada”. Ella se sentía muy mal en el pecado. Sin embargo me decía: “No quiero por nada del mundo perder este sentimiento de culpa. Si yo algún día no me sintiera en pecado sabría que estaba radicalmente perdida y abandonada”. Su temor de Dios, muy santo en este caso y muy de arriba, la libró de su situación porque ya hace tiempo que todo terminó.
            Yo también he tenido cáncer muchos años. Nunca se me ha ocurrido juzgar a Dios por ello.  Preferiría, para defenderme, si mi fe no llegara a ello, morir de una honda depresión que juzgar a Dios. Dios no castiga ni nos envía ningún mal ni enfermedad. Estos tienen sus causas biológicas que se pueden estudiar y, de hecho, miles de científicos lo están haciendo. Dios nos ha enviado a su Hijo Jesucristo como palabra de consuelo para superar los males de este mundo. Gracias a Dios, se me ha regalado suficiente sabiduría para que en vez de juzgar a Dios me adhiera a Jesucristo. Con ello he encontrado un amor y me he librado de la degradación de un juicio. No obstante, mi futuro todavía no se ha terminado y, dada mi debilidad total, pido para que jamás pierda ni otras fuerzas me arrebaten el santo temor de Dios. Este temor, que es don y no miedo, es el mayor regalo y la máxima virtud que se puede tener sobre todo en estos tiempos. El que juzga, termina el Papa, es un imitador de Satanás que va  diciendo por ahí que no amemos a nadie porque todos son muy malos. Utiliza tu misma razón e incluso tu mediocridad para convencerte de que no eres un santo pero si una persona normal y que si juzgas es porque hay mucha gente rara, incómoda y mala.

P. Chus Villarroel O.P.