domingo, 9 de febrero de 2014

DOMINGO V

Evangelio
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo».
Mateo 5, 13-16

Después del impresionante inicio del Sermón de la Montaña, con el enunciado de las Bienaventuranzas, Jesús pone sus ojos en la grandeza del ser humano y en la fuerza de la misión que se nos encomienda: «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo». Ser sal y luz muestra la confianza de Dios en las posibilidades del hombre. No hay que olvidar que, en palabras del propio Jesús, supone identificarnos con Él: «Yo soy la luz del mundo». Él nos ha creado, sabe mejor que nosotros mismos de lo que somos capaces y por ello nos sitúa ante esta apasionante misión.
La sal no existe para sí misma, sino para condimentar. La luz no existe para sí misma, sino para iluminar a los que están en su entorno. Una y otra figura nos invitan a desgastarnos por los demás, a imitación de lo que Cristo mismo hizo. Ésta es la propuesta de Jesús, que cuestiona y estimula la respuesta existencial del creyente.
La primera lectura de la Misa de este domingo nos orienta, a la hora de descubrir qué significa ser luz (cf. Is 58, 7-10). Dejar que nuestra luz destelle se puede concretar, según el profeta Isaías, en partir nuestro pan con el hambriento, en vestir al desnudo, en hospedar al inmigrante, en definitiva en ser portadores del amor mismo de Dios comprometiéndonos con el sufrimiento de los hombres. Pero Jesús también nos advierte: si realmente no cumplimos aquello que nos está proponiendo, nos volvemos sosos o eclipsamos nuestra luz, perdemos en definitiva lo que define la concreción de nuestra misión. Cuando de modo individual, o como Iglesia, no nos presentamos ante el mundo con autenticidad, con la elocuencia de un testimonio convincente, comprobamos que se nos ignora, se nos desprecia, se minusvalora nuestro mensaje, se pisotea un modo de vida que ha dejado de ser realmente levadura en la masa.
Recuperar esta perspectiva exige ser capaces de diluir nuestra persona, dejarnos consumir en favor de los demás y cumplir así lo que define lo que somos y ayudar a los otros a vivir en plenitud. Curiosamente, esa entrega, ese aparente anonadamiento, nos lleva mostrar que todo lo que trasmitimos nos ha sido entregado. Es un don que Dios, en forma de talento, ha puesto en nuestras manos para poder llevarlo a los demás. El hombre que hace suya esta invitación de Dios muestra de veras su gloria, se convierte en perfecto reflejo suyo. La entrega sin medida, el desgaste por los demás, permite vivir en consonancia con la esencia misma de Dios: Él, en sí mismo, es el amor trinitario que se da, un amor en el que cada una de las personas sólo existe para las otras y no se conforma con ser para sí.
El Sermón de la Montaña va a ir desgranando, en las próximas semanas, esta conmovedora e incisiva propuesta que el Señor dirige a sus discípulos de entonces con la intención de que le sigan. Hoy, nos la sigue proponiendo a nosotros y nos plantea un reto: contrastar nuestro modelo de vida, que en el fondo define cómo somos como personas y cómo construimos nuestra sociedad, con el suyo y con su persona. Vosotros sois la sal, vosotros sois la luz, que el testimonio de la acogida de esta propuesta glorifique de verdad a nuestro Padre Dios.
+ Carlos Escribano Subías
obispo de Teruel y Albarracín

viernes, 7 de febrero de 2014

"YO PODÍA ESTAR EN UN CUBO DE BASURA"

“Yo podría estar en un tacho de basura, pero a mí se me dio la vida”, afirma el sacerdote Luis
Alfredo León Armijos, de Loja (Ecuador) quien a sus 41 años comparte su historia al haber nacido tras una violación cuando su madre tenía solo 13 años

El presbítero también cuenta cómo conoció y perdonó a su padre a quien llegó a confesar y que ahora lleva una vida de fe.

El sacerdote diocesano y párroco de la Parroquia San José en Loja, relató que su madre, María Eugenia Armijos Romero, a su corta edad cuidaba y limpiaba una casa en Loja para ayudar a sus padres y a sus siete hermanos: “el dueño de la casa aprovechando que estaba solo, abusó de ella dejándola embarazada”.

A pesar del rechazo de su familia que “no quería que nazca el bebé por lo que la golpeaban
en la barriga y le dieron bebidas para que abortara
”, María siempre defendió la vida de su hijo y al verse sola y sin apoyo “oró y sintió en su corazón que el Señor le decía: defiende ese niño que está en ti”, contó el P. León.

María huyó de Loja hacia la ciudad de Cuenca donde sobrevivió por sus propios medios. El domingo 10 de octubre de 196, en un parto lleno de complicaciones por su corta edad y su pequeña contextura, nació Luis Alfredo con algunos problemas respiratorios que el amor de madre también ayudaron a sanar.

Después de un tiempo y con la ayuda paterna, María volvió a Loja para empezar “una vida como madre soltera. Le tocó quedarse a cargo de su violador –mi padre – quien acepta reconocerme y hacerse cargo de mí, pero eso no quiere decir que las cosas estaban sanas entre ellos”, relató el P. León.

El presbítero recuerda que su “padre visitaba siempre la casa y cumplía con nosotros. Ellos (sus padres) tuvieron 3 hijos más, y mi relación con él era distante pero buena. Le tenía mucho respeto, infundía autoridad, conmigo ha sido muy fuerte, me llevaba a trabajar”.

Cuando el P. León tenía 16 años lo invitaron a la Renovación Carismática donde “tuve mi primer encuentro con Cristo, aprendí de su amor maravilloso”, y comenzó a predicar y dar catequesis “en todo lugar que Dios me ponía” como los buses y la correccional de menores.

A los 18 años sintió el llamado a la vocación sacerdotal e ingresó al Seminario de Loja sobreponiéndose a la oposición de su padre. “Él me decía: tú no puedes ser sacerdote porque tú debes saber bien quién eres”.

Con un permiso especial del Obispo por su corta edad, fue ordenado a los 23 años: “fue toda una bendición para mi vida”, recuerda.

Dos años después ingresó al Camino Neocatecumenal y su madre le contó, tras terminar la relación con su padre, cómo fue que vino al mundo. Eso marcó el punto de inicio para un camino de reconciliación de ambos. El sacerdote ayudó a su mamá a entender que no podía odiar a su padre y que Dios la invitaba a amar su propia historia.

El sacerdote relató a ACI Prensa que con esta experiencia él comprendió que siempre había predicado a los demás del amor de Cristo en sus vidas y ahora entendía que “Dios me permitía ser sacerdote no para juzgar sino para perdonar, para ser instrumento de su misericordia, y yo había juzgado mucho a mi padre por todo”.

Años más tarde recibe una llamada de su padre “se iba a operar y le daba miedo, y me dijo: quiero que me confieses”. Después de unos 30 años que no comulgaba, “mi padre regresa a la comunión, a la Eucaristía”.

“Yo le decía: papá, usted merece el cielo, una vida eterna, así como la Iglesia a mí también me está haciendo ver el cielo, y en ese momento mi padre se lleno de lágrimas”.

Cuando el P. León predica a madres gestantes que pasan por dificultades les recuerda que así como Jeremías, Dios forma en el vientre la vida de un hijo, y que no lo vean como “un hijo que trae sufrimiento, que trae dolor, yo les digo que un hijo trae la salvación, trae bendiciones”.
“Como Jesucristo que fue insultado, perseguido, ya desde niño fue causa y cruz del dolor, en sus hijos reciban la bendición de Jesús” agregó.

El presbítero aconseja a los hijos que conozcan bien “la historia de uno. Aprendan a ver las cosas desde el amor de Dios. Uno puede enterarse de su historia y odiar la propia vida, juzgar a Dios como me había pasado a mí, pero descubrí que el amor de Dios había estado ahí cuidándome la vida”.

“Joven, si el padre de la tierra se ha equivocado y te ha fallado, el padre Dios nunca nos ha fallado. Si eres hijo e madre soltera debes ver en tu vida cómo el padre Dios te ha cuidado”, exhorta.

“Yo pude estar en un tacho de basura, pero a mí se me dio al vida, yo digo es una gratuidad, todo lo que tengo, la vida en sí misma es un don exquisito que Dios da”, concluyó.

Religión en Libertad

jueves, 6 de febrero de 2014

JUEVES SACERDOTAL


Hoy es Jueves Sacerdotal y en nuestra Parroquia, hay exposición del Santísimo desde las nueve de la mañana, hasta las siete de la tarde, para pedir al Dueño de la mies, que envíe obreros, para rezar por nuestros sacerdotes. Te invitamos a participar en esta oración y a unirte a nosotros.


Espíritu de Amor eterno,
que procedes del Padre y del Hijo
Te damos gracias por todas las vocaciones
de apóstoles y santos
que han fecundado la Iglesia.
Continúa, todavía, te rogamos, esta obra.
Acuérdate de cuando en Pentecostés
descendiste sobre los Apóstoles
reunidos en oración con María,
la Madre de Jesús
y mira tu Iglesia que tiene hoy
una particular necesidad de
sacerdotes santos,
de testigos fieles
y autorizados de tu gracia.
Abre los corazones
y las mentes de los jóvenes
para que una nueva floración
de santas vocaciones
manifieste la constancia de tu amor,
y todos puedan conocer a Cristo,
luz verdadera del mundo,
para ofrecer a cada ser humano
la segura esperanza de la vida eterna.
Amén
Juan Pablo II

miércoles, 5 de febrero de 2014

MADRE TERESA Y EL ABORTO

El pasado lunes se cumplieron dos décadas de la histórica intervención de la Madre Teresa de Calcuta en el Desayuno de Oración Nacional que tradicionalmente se celebra cada año en Washington. Fue el 3 de febrero de 1994 ante una clase dirigente norteamericana tolerante con el aborto. La fundadora de la Familia de los Misioneros de la Caridad –ya beata– proclamó con valentía la verdad sobre este crimen contra la humanidad con argumentos sólidos e irrefutables.
En su discurso ante el entonces presidente Clinton, la primera dama, el vicepresidente Gore y su esposa y otras grandes figuras políticas que no estaban de acuerdo con ella, la religiosa de origen albanés se refirió al aborto como una amenaza para la paz:
“La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto, porque el aborto es hacer la guerra al niño, al niño inocente que muere a manos de su propia madre. Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, ¿cómo podremos decirle a otros que no se maten? ¿Cómo persuadir a una mujer de que no se practique un aborto? Como siempre, hay que hacerlo con amor y recordar que amar significa dar hasta que duela. Jesús dio su vida por amor a nosotros. Hay que ayudar a la madre que está pensando en abortar; ayudarla a amar, aún cuando ese respeto por la vida de su hijo signifique que tenga que sacrificar proyectos o su tiempo libre. A su vez el padre de esa criatura, sea quien fuere, debe también dar hasta que duela.
Al abortar, la madre no ha aprendido a amar; ha tratado de solucionar sus problemas matando a su propio hijo. Y a través del aborto, se le envía un mensaje al padre de que no tiene que asumir la responsabilidad por el hijo engendrado. Un padre así es capaz de poner a otras mujeres en esa misma situación. De ese modo un aborto puede llevar a otros abortos. El país que acepta el aborto no está enseñando a su pueblo a amar sino a aplicar la violencia para conseguir lo que se quiere. Es por eso que el mayor destructor del amor y de la paz es el aborto”.
Además, Madre Teresa pidió a las mujeres que, si pensaban abortar a sus hijos, se los dieran a ella:
“El mayor regalo que Dios le ha dado a nuestra congregación es luchar contra el aborto mediante la adopción. Ya hemos dado, sólo en nuestro hogar en Calcuta, más de tres mil niños en adopción. Y puedo decirles cuánta alegría, cuánto amor y cuánta paz han llevado estos niños a esas familias. Ha sido un verdadero regalo de Dios para ellos y para nosotros.
Recuerdo que uno de los pequeños estaba muy enfermo, así que les pedí a los padres que me lo devolvieran y que les daría uno sano. Pero el padre me miró y me dijo: "Madre Teresa, llévese mi vida antes que el niño". Es hermoso ver cuánto amor, cuánta alegría ha llevado ese niño a esa familia.
Recen por nosotros para que podamos seguir con este hermoso regalo. Y también les hago una propuesta: nuestras hermanas están aquí, si alguno no quiere un hijo, dénmelo, yo sí lo quiero”.
Con sus palabras, la fundadora de las Misioneras de la Caridad tocó el corazón de muchos de los presentes y dejo claro también que la mayor pobreza no la encontró en los arrabales de Calcuta sino en los países más ricos cuando falta el amor, en las sociedades que permiten el aborto:
“Para mí, las naciones que han legalizado el aborto son las más pobres, le tienen miedo a un niño no nacido y el niño tiene que morir”. 
A pesar de su pequeña estatura, ella no se arrugó en ningún momento, más bien se mostró firme como una roca y removió las conciencias de los poderosos dando voz a los no nacidos:
"Tomemos una determinación, que ningún niño sea rechazado o que no sea amado, o que no se preocupen por el o que no lo asesinen y lo tiren a la basura".
Unos años después -en el Desayuno de Oración Nacional de 2010- intervino la secretaria de Estado del Gobierno Obama, Hillary Clinton, quien recordó la participación en ese mismo acto de la Madre Teresa de Calcuta. Entonces, la beata le propuso abrir en Washington una casa para acoger a niños cuyas madres estuvieran pensando en abortar.
Hillary Clinton relató el momento en el que la religiosa le pidió hablar a solas. La entonces secretaria de Estado imaginaba que le iba a reprobar por su postura ante el aborto, pero no fue así. "Compartimos la convicción de que es preferible la adopción que el aborto", me dijo. Entonces, me pidió crear juntas en Washington una casa de adopción para esos niños que están destinados a ser abortados. "Sentí -explicó la ex primera dama- que me habían dado una orden desde lo alto, y empecé a trabajar. Nos tomó un tiempo, necesitamos muchas aprobaciones". Fue, añadió, la "lobbysta más infatigable que he visto”. “Me llamó desde Vietnam, desde India, y el momento llegó en junio 1995". En el día de la inauguración, la Madre Teresa disfrutó "como un niño feliz", aseguró.
El Desayuno Nacional de Oración es un evento que organiza todos los años el Congreso estadounidense desde 1953 y que aunque empezó siendo sólo un desayuno -como su nombre indica- en la actualidad cubre toda una semana en la que se organizan todo tipo de encuentros con unos 3.500 invitados de hasta un centenar de países. Algunos de estos invitados ofrecen además discursos y los congresistas aprovechan para mantener encuentros con ellos a título personal.

martes, 4 de febrero de 2014

"¡HIJO MÍO ABSALÓN!"


Es este uno de los momentos más emocionantes y tiernos de todo el AT. El llanto de David ante la muerte de su hijo, el traidor, y que buscaba matarle. Muestra un corazón lleno de misericordia. Esta ternura misericordiosa ante la muerte ominosa de su hijo Absalón nos muestra la autoridad de su palabra y de sus hechos. Todo el ejército, vencedor, entra en la ciudad a escondidas, como se esconden los soldados abochornados cuando han huido del combate. Es el fruto de la angustia del padre cuando el hijo pródigo no se arrepiente, sino que busca llevar a su sangrante final: seré como dios, y muere torticeramente en el empeño. La piedad de David ante su hijo muerto, hijo en rebelión y que busca su muerte, nos muestra la piedad de Dios. Su ternura y devoción por su hijo, que se comporta contra su padre como un osado malvado, se hacen imagen y analogía de la ternura de Dios con nosotros, pecadores que lo abandonamos, aun siendo hijos de carne a su imagen y semejanza.

 También nosotros nos rebelamos contra él y quisimos ocupar su puesto: siempre el seréis como dioses. Mas, de igual manera, la autoridad del Señor se nos muestra en su perdón, en su ternura que nos circunvala siempre. Su perdón, su correr a nosotros como el padre del hijo pródigo, nos hace contemplar la autoridad de misericordia con la que nos abraza. Le preguntaban a Jesús, ¿con qué autoridad hablas? Con la autoridad del Padre.
Por eso, precisamente por eso, podemos gritar con el salmo que nos escuche en nuestra súplica, porque no soy sino un pobre desamparado: tu eres mi Dios, piedad de mí, Señor Jesús, tú que actúas con la autoridad tierna y misericordiosa del Padre.
Autoridad de Jesús, de su palabra y de sus hechos, pues su palabra no es vacía, sino sanadora. Tantos y tantos se acercan a él, sin saber muy bien quién es, pero poco les importa, pues saben que ha de mirarles con misericordia, y esta procede solo de la autoridad del mismo Dios. Luego, quizá, llegará el momento en que sepan quién es y de qué modo esa autoridad del Padre es también suya, pues él es el Hijo, como proclamará a grandes voces el centurión a la vista de Jesús muerto en la cruz. 

Y Marcos nos muestra muy bien la autoridad sanadora y tierna de Jesús hasta en la manera que tiene de contarnos sus pasos. Las historias se mezclan y, más aún, como hoy, se entretejen. La de Jairo, el jefe de la sinagoga, que ruega por su niña que está en las últimas, se imbrica con la de esa mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años. Marcos nos quiere hacer ver el borbotón inexhaurible de la palabra y de los hechos de Jesús, siempre salvadores, contándonos ambas historias con un juego como de muñecas rusas.
¿Quién me ha tocado? Pregunta absurda, pues todos se apretujan en torno a él cundo acompaña a Jairo a ver a su niña muerta. Nota que sale de él una fuerza curadora. Hija, tu fe te ha curado. Es él quien tiene palabra de autoridad, y esta es tal que nos puede decir: tu fe te ha curado. Contigo hablo, niña, levántate. Su palabra tiene la autoridad misericordiosa de Dios. Tan grande que puede decirnos: Tu fe te ha curado. La completud de su misericordia viene apegada a la plenitud de nuestra fe en él.

Del comentario a la liturgia del día en www.archimadrid.org

lunes, 3 de febrero de 2014

LOS DEMÁS ¿UN PROBLEMA O UNA AYUDA?

No nacemos solos, no llegamos al cielo solos. Sin embargo, a veces pensamos que los demás son nuestro problema, como diría Mafalda: «Hay días en donde lo malo de uno son los demás». Y pensamos que la vida tiene demasiados obstáculos para poder trepar a las alturas. En lugar de peldaños vemos muros infranqueables. En lugar de lazos a lo alto, sólo cadenas pesadas que nos tiran a la tierra.
 
Y podemos tener la tentación de querer prescindir de los demás para alcanzar las alturas, porque vemos en ellos un obstáculo que no nos deja volar alto. La fuga del mundo. Ya lo decía el P. Kentenich: «Los que más se empeñan por la santidad hacen que la gente repita en seguida: Mi Dios y mi todo. Fuera con todo lo demás, con las vinculaciones. Y así despreciamos con facilidad las cosas y las alegrías de este mundo. Así se destruyen muchas fuerzas sanas de nuestra naturaleza. Porque las vinculaciones queridas por Dios existen y debemos integrarlas en nuestra vinculación con Él»[1].
 
El mundo tiene muchas alegrías en medio de tristezas. Hay mucha luz en medio de las tinieblas. Vínculos sanos que reflejan a Dios y su amor. Nos necesitamos en ese camino hacia el cielo. Somos escalones de ese camino que nos lleva hasta Dios.
 
A veces nos gustaría huir del mundo intentando llegar antes a Dios. Nos abruman el dolor y la pena, el ruido y los problemas. Pero no es ése el camino, no es nuestra vocación. Nuestra felicidad pasa por la felicidad de los que nos rodean. 
 
La alegría es contagiosa, igual que la pena. Los vínculos humanos son los lazos que nos llevan a lo alto: «Dios nos quiere atraer con lazos humanos. Por eso procura que nos dejemos vincular por el amor filial, conyugal, paternal. Permite que nos vinculemos a hijos, padres y cónyuges. Pero Dios tira ese lazo hacia arriba y no descansa hasta que todo esté ligado a Él»[2].
 
A través de los hombres caminamos hacia Dios. Dios usó ese camino para llegar a nosotros, se encarnó en el seno de María, se hizo uno de nosotros menos en el pecado. Sufrió, rió, amó. Sí, Jesús se vinculó hasta el extremo, amó hasta dar la vida. Era un amor humano, cercano, cálido, tangible.
 
Nosotros usamos el mismo camino para llegar hasta Él. Amamos en la carne. Tocamos y miramos. Nos dejamos tocar. Permitimos que el amor de los otros se meta en el alma. Y ese amor nos habla de un amor más grande, más pleno, más lleno de luz. Ese amor nos lleva a Dios.
P. Carlos Padilla

domingo, 2 de febrero de 2014

DOMINGO DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

Evangelio
Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor y entregar la oblación (como dice la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones). Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu Santo, fue al templo. Cuando entraban con el Niño Jesús sus padres (para cumplir con Él lo previsto por la ley), Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel». (...)
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana...; no se apartaba del Templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la Ley del Señor, se volvieron a su ciudad de Nazaret. El Niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.
Lucas 2, 22-40

l precioso texto de la Presentación de Jesús en el Templo inunda la Eucaristía del próximo domingo. La sugestiva procesión de las candelas, al comenzar la celebración, nos recuerda la entrada de Jesús, en brazos de su Madre, en el templo de Jerusalén. Es un signo en el que contemplamos a la Virgen María, la Consagrada por excelencia, que lleva en sus brazos a la Luz misma y que, en este día, manifiesta también «la belleza y el valor de la vida consagrada como reflejo de la luz de Cristo» (Benedicto XVI, Homilía 2 de febrero 2013), que se hizo uno de nosotros para expulsar las tinieblas del mundo con el amor de Dios.
El relato, recogido en el capítulo segundo de San Lucas, nos muestra el cumplimiento de la ley mosaica por parte de la Sagrada Familia. Llevan al niño al Templo para ofrecerlo al Señor. San Lucas va ampliando poco a poco, en su relato, el horizonte de los que oyen la Buena Noticia: los primeros fueron los pastores, hoy son los ancianos Simeón y Ana. Aquellos trasmiten a todos los que quieran oírles su experiencia vivida. Éstos hacen su propuesta, explicando cómo entienden ellos los gestos y las acciones de Dios de los que están siendo testigos.
Y, ¿qué ven Simeón y Ana? Ven una familia pobre que viene de un pueblo insignificante. Pero el Espíritu Santo que estaba con ellos les abre los ojos. A través de aquellos signos de pobreza -ofrecen tan sólo dos pichones, que es la tasa del rescate válida para los más pobres-, descubren la grandeza de Quien tienen delante y de lo que su presencia va a significar para la Humanidad. Esa luz que debe alumbrar a las naciones amanece, en primer lugar, en su corazón para saber comprender y acoger la propuesta de Dios por encima de las apariencias o los prejuicios.
Jesús se ha hecho pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza. Elige una pedagogía interpelante para encontrarse con el hombre que, en palabras del Papa Francisco, se convierte en un magnífico camino para que el hombre descubra a Dios: «Ellos (los pobres) tienen mucho que enseñarnos. (...) Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos».
Simeón y Ana saben descubrir estos signos y comienzan a seguir el camino que tal revelación propone. Se dan cuenta de que todo cobra un nuevo sentido y se deciden a anunciarlo. San José y Santa María se admiran de lo que aquellos pobrecitos decían de su Hijo; sólo los pobres tienen la capacidad de admirase ante otros. A los padres de aquel Niño les costará comprender plenamente el plan de Dios y la misión que se les encomienda -una espada te traspasará el alma-, pero, sin pretenderlo, también ellos se han convertido ya en luz para todas las generaciones y en testigos de un Dios que nos salva.
Sepamos descubrir el plan de Dios en nuestras vidas. Dejémonos interpelar por su mensaje y permitamos que su luz nos haga ver la luz, para convertirnos en luz para los demás.
+ Carlos Escribano Subías
obispo de Teruel y Albarracín