Evangelio
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Juan 20, 19-23
San Juan -seguro que intencionadamente- no se ahorra ningún detalle en los recuerdos que pone por escrito. Este relato lo comienza mostrando cuál era la situación ambiental y anímica de los discípulos: las puertas cerradas y con miedo a los judíos. Encontrándose así, Jesús se va a mostrar extraordinariamente generoso con ellos. Como dirá san Pablo: «Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros». Los discípulos, en efecto, tenían miedo, pero un miedo que nacía de la humildad, de reconocer que, sin Jesús y el Espíritu, nada podían hacer.
Estando en esa situación tan propicia, una vez más experimentan la presencia del Resucitado, para el que no hay puertas que le impidan estar junto a los hombres, hasta el fin del mundo. Jesús resucitado viene con las manos llenas: trae en las manos y el costado, que son sus señas de identidad, la fecundidad salvadora que procede de la Cruz. Les ofrece la paz (Mi paz os doy) y el contagio de la alegría (se llenaron de alegría al ver al Señor). Son frutos maravillosos de la presencia entre nosotros del Señor resucitado.
Pero, en esta ocasión, Jesús ha venido a traerles el Espíritu que les había prometido: Recibid el Espíritu Santo. Desde su misma interioridad, con su aliento, como una nueva creación, Jesús entrega el Espíritu a su Iglesia. Lo hace desde la intimidad de su corazón, es decir, del mismo modo que lo había hecho en la cruz: desde su costado abierto, o cuando, después de expirar, entregó su Espíritu. Es así como Jesús hace pasar el Espíritu de sí mismo a su Iglesia, y es así como empieza un Pentecostés permanente hasta que el Señor vuelva. Es así como los discípulos reciben el amor que le une a su Padre Dios, para ser en el mundo testigos del amor. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y es así como les deja en medio de una realidad de pecado, que seguramente también afectará a su Iglesia, y por eso les encomienda llamar a la conversión, a la reconciliación y al perdón de los pecados.
Ese modo suave de entregar al Espíritu no tiene menos fuerza que el Pentecostés que nos narra el libro de los Hechos. El Espíritu irrumpe en el cenáculo como viento impetuoso y como fuego que comunica calor de vida y un lenguaje ardiente a la Iglesia, para que lleve al mundo la Buena Noticia del amor de Dios manifestado en Jesucristo. El Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles para, desde la Iglesia apostólica, adentrarse en la diversidad de las lenguas humanas y crear en el mundo la unidad en la confesión de un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre de todos. El Espíritu creador y renovador, que se muestra generoso en la distribución de la diversidad de dones y carismas y en encomendar diversos ministerios, tiene siempre como tarea formar un solo cuerpo que se afana en vivir la unidad, para que el mundo crea. Desde la unidad de la Iglesia, el Espíritu es el promotor de la audacia apostólica, esa que es capaz de cambiar el miedo por la libertad, para una inmersión en la misión en la que no haya fronteras que impidan, en ardor y creatividad, el anuncio de Jesucristo.
+ Amadeo Rodríguez Magro
obispo de Plasencia
Dios ha querido darnos el regalo de hacernos sus hijos. Nos ha regalado la Iglesia, comunidad que le hace presente en medio de este mundo: ESTA ES NUESTRA CASA. Blog de la Parroquia de San Juan Evangelista Sonseca (Toledo)
sábado, 11 de junio de 2011
viernes, 10 de junio de 2011
EN ESPERA DEL ESPÍRITU
Una vez que hemos movido nuestro barracón parroquia a la parcela de al lado hemos vuelto a colocar todo como estaba. Lo único que nos hemos permitido cambiar es el armario de la sacristía que estaba destrozado. Así que compramos uno en Ikea muy bonito, con puertas corredera y más amplio. Eso de que todo venga en paquetes planos está muy bien para el transporte, pero es un rollo para montarlo. Ayer me pasé el día trabajando para Ikea y conseguir montar el dichoso armario. Me han sobrado cuatro tornillos, cosa que es preocupante pues cualquier día todo el armario se desmonta sin saber por qué. Pero lo cierto es que estos suecos saben hacer instrucciones para tontos y muebles que sólo se pueden montar bien. Si tienes dudas miras un poquito más el dibujo y te lo explica todo. Al final incluso el resultado se parece en algo al del dibujo de la portada de las instrucciones.
“Por tercera vez le pregunta: – «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: – «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.» Jesús le dice: – «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: – «Sígueme.»” Las instrucciones de Jesús son mucho más claras y concisas que las de Ikea y desde luego es mucho más gratificante trabajar para el Señor que para los suecos. Hemos dado, casi sin darnos cuenta, un salto enorme del Evangelio de ayer al de hoy. Ayer escuchábamos la oración sacerdotal de Jesús antes de la Pasión. Hoy escuchamos la llamada de la gloria. Esperando al Espíritu Santo Jesús nos da las instrucciones precisas y claras: amarle y seguirle.
Uno no puede decir que ama a Dios si no le sigue. El amor no permite distancias, acomoda nuestra vida al amado y nos va identificando con él. Si uno dice amar a Jesucristo y no va amoldando su vida al Evangelio o es que no ama o no sabe o que es el amor.
Y tampoco se puede seguir a Cristo sin amarle. Hay muchos que parecen de Cristo, guardan las formas y la compostura, hacen lo que la gente espera de ellos…, pero lo hacen sin corazón, sin pasión, sin iniciativa. No lo hacen por amor a Dios sino por amor propio. Son impecables, pero por eso mismo no reconocen su pecado y no aman.
Nosotros queremos amara a Cristo y seguirle con toda nuestra vida. A Pedro le da el encargo de apacentar sus ovejas, tal vez a ti el de apacentar a tu familia o el cuidar de un enfermo, o de estudiar o de hacer lo que tengas que hacer en ese instante. Pero hazlo con Cristo y por amor a Cristo y ese trabajo será tan importante como el del Papa.
Pedir los dones del Espíritu Santo todos los días, con la humildad y sinceridad de María. Y al final tendrás mejor acabado que los muebles de Ikea…, seguro
Comentario a la liturgia del día en http://www.archimadrid.org/
“Por tercera vez le pregunta: – «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: – «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.» Jesús le dice: – «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: – «Sígueme.»” Las instrucciones de Jesús son mucho más claras y concisas que las de Ikea y desde luego es mucho más gratificante trabajar para el Señor que para los suecos. Hemos dado, casi sin darnos cuenta, un salto enorme del Evangelio de ayer al de hoy. Ayer escuchábamos la oración sacerdotal de Jesús antes de la Pasión. Hoy escuchamos la llamada de la gloria. Esperando al Espíritu Santo Jesús nos da las instrucciones precisas y claras: amarle y seguirle.
Uno no puede decir que ama a Dios si no le sigue. El amor no permite distancias, acomoda nuestra vida al amado y nos va identificando con él. Si uno dice amar a Jesucristo y no va amoldando su vida al Evangelio o es que no ama o no sabe o que es el amor.
Y tampoco se puede seguir a Cristo sin amarle. Hay muchos que parecen de Cristo, guardan las formas y la compostura, hacen lo que la gente espera de ellos…, pero lo hacen sin corazón, sin pasión, sin iniciativa. No lo hacen por amor a Dios sino por amor propio. Son impecables, pero por eso mismo no reconocen su pecado y no aman.
Nosotros queremos amara a Cristo y seguirle con toda nuestra vida. A Pedro le da el encargo de apacentar sus ovejas, tal vez a ti el de apacentar a tu familia o el cuidar de un enfermo, o de estudiar o de hacer lo que tengas que hacer en ese instante. Pero hazlo con Cristo y por amor a Cristo y ese trabajo será tan importante como el del Papa.
Pedir los dones del Espíritu Santo todos los días, con la humildad y sinceridad de María. Y al final tendrás mejor acabado que los muebles de Ikea…, seguro
Comentario a la liturgia del día en http://www.archimadrid.org/
miércoles, 8 de junio de 2011
¿QUÉ SABEMOS DEL ESPÍRITU SANTO?
Preparando Pentecostés, la fiesta del nacimiento de la Iglesia...
Santa Teresa llama a nuestra alma un castillo interior, un palacio. En ese castillo, palacio o templo vive "El dulce huésped del alma": El Espíritu Santo.
¿Quién es el Espíritu Santo? Jesucristo le llama el Consolador. En nuestra alma vive el AMOR, vive allí de forma permanente, llegó a nuestra alma para quedarse. “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo vive en vosotros?” decía San Pablo a los primeros cristianos.
Su estancia en el castillo obedece a una tarea que debe realizar, se le ha encargado que haga de ti un santo ó una santa, un apóstol. Desde el primer momento de la entrada en tu alma, en el bautismo, se ha dedicado a trabajar a destajo, ha trabajado muchos años, se ha llevado muchos desengaños, porque hay que ver cómo nos hemos portado con Él.
Ha sufrido, posiblemente, el destierro, le hemos roto su obra maestra, como el niño malo que destruye de un puntapié el castillo que construye el niño bueno en la playa. Y sobre las ruinas de nosotros mismos ha vuelto a colocar otra vez piedra sobre piedra, con una paciencia y con un amor tan grandes que sólo porque es Dios los tiene. Él no desespera, más aún tiene abrigadas firmísimas esperanzas de acabar con su obra maestra contigo. Él sabe que puede aunque tú no seas mármol de Carrara, sólo necesita algo de colaboración de tu parte o por lo menos que no le estorbes..
Los medios:la gracia santificante, las gracias actuales, sus inspiraciones, dones y frutos.
¿Cuál es su estrategia? La describe muy bien un himno dedicado al Espíritu Santo. Seleccionaré algunas partes de este himno.
Primero: El mejor consolador.
Consolando, secando lágrimas, arrancando los cardos y las ortigas del desaliento, tristeza y amargura. Uno de sus mejores oficios -lo sabe hacer muy bien- es consolar, por fortuna para nosotros que somos bastante llorones y necesitamos algo más que Kleenex para nuestros ratos de tristeza. El mejor Consolador, ya sabemos. Cuando lleguen los momentos más penosos en los que llorar es poco, cuando la crisis nos agarre por el cuello y nos patee, acudir a quien quiere y puede consolarnos.
Nosotros podemos decir: aquí me sorprende la realidad más radiante que vivimos los cristianos y, por tanto, adiós soledad, adiós tristeza, adiós lágrimas. Arrancarnos la tristeza peor, la de la separación de Dios, la de la infidelidad. Alegrarnos inmensamente de haber sido hechos hijos de Dios, alegrarnos de que nuestros nombres están escritos en el cielo, vivir con alegría diaria contagiosa, alegría en el dolor, en la enfermedad, alegría en las buenas y en las malas. Espíritu Santo, haznos apóstoles de la alegría, haznos vivir un cristianismo alegre, que vivamos con aire de resucitados, y que hagamos vivir a los otros así también.
Puedes seguir leyendo AQUÍ
Santa Teresa llama a nuestra alma un castillo interior, un palacio. En ese castillo, palacio o templo vive "El dulce huésped del alma": El Espíritu Santo.
¿Quién es el Espíritu Santo? Jesucristo le llama el Consolador. En nuestra alma vive el AMOR, vive allí de forma permanente, llegó a nuestra alma para quedarse. “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo vive en vosotros?” decía San Pablo a los primeros cristianos.
Su estancia en el castillo obedece a una tarea que debe realizar, se le ha encargado que haga de ti un santo ó una santa, un apóstol. Desde el primer momento de la entrada en tu alma, en el bautismo, se ha dedicado a trabajar a destajo, ha trabajado muchos años, se ha llevado muchos desengaños, porque hay que ver cómo nos hemos portado con Él.
Ha sufrido, posiblemente, el destierro, le hemos roto su obra maestra, como el niño malo que destruye de un puntapié el castillo que construye el niño bueno en la playa. Y sobre las ruinas de nosotros mismos ha vuelto a colocar otra vez piedra sobre piedra, con una paciencia y con un amor tan grandes que sólo porque es Dios los tiene. Él no desespera, más aún tiene abrigadas firmísimas esperanzas de acabar con su obra maestra contigo. Él sabe que puede aunque tú no seas mármol de Carrara, sólo necesita algo de colaboración de tu parte o por lo menos que no le estorbes..
Los medios:la gracia santificante, las gracias actuales, sus inspiraciones, dones y frutos.
¿Cuál es su estrategia? La describe muy bien un himno dedicado al Espíritu Santo. Seleccionaré algunas partes de este himno.
Primero: El mejor consolador.
Consolando, secando lágrimas, arrancando los cardos y las ortigas del desaliento, tristeza y amargura. Uno de sus mejores oficios -lo sabe hacer muy bien- es consolar, por fortuna para nosotros que somos bastante llorones y necesitamos algo más que Kleenex para nuestros ratos de tristeza. El mejor Consolador, ya sabemos. Cuando lleguen los momentos más penosos en los que llorar es poco, cuando la crisis nos agarre por el cuello y nos patee, acudir a quien quiere y puede consolarnos.
Nosotros podemos decir: aquí me sorprende la realidad más radiante que vivimos los cristianos y, por tanto, adiós soledad, adiós tristeza, adiós lágrimas. Arrancarnos la tristeza peor, la de la separación de Dios, la de la infidelidad. Alegrarnos inmensamente de haber sido hechos hijos de Dios, alegrarnos de que nuestros nombres están escritos en el cielo, vivir con alegría diaria contagiosa, alegría en el dolor, en la enfermedad, alegría en las buenas y en las malas. Espíritu Santo, haznos apóstoles de la alegría, haznos vivir un cristianismo alegre, que vivamos con aire de resucitados, y que hagamos vivir a los otros así también.
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007 "SIEMPRE AYUDA UN POCO DE ORACIÓN EN TU BOLSILLO"
Pierce Brosnan, que alcanzó la fama por su personaje de Remington Steele en los años 80 y luego interpretó al mismísimo James Bond en 2001, ha vuelto a su Irlanda natal para potenciar una academia de arte dramático. En plena crisis de la Iglesia irlandesa tras conocerse los detallados informes sobre casos de abusos físicos y sexuales, Brosnan no ha tenido ninguna dificultad en hablar de su fe católica en una entrevista en la Radio Televisión de Eire.
"La oración me ayudó con la pérdida de mi esposa por el cáncer, y con un hijo que cayó en una época dura. Ahora la fe me ayuda a ser un padre, un actor y un hombre", afirma.
"Siempre ayuda tener un poco de oración en tu bolsillo. Al final, has de tener algo, y para mí eso es Dios, Jesús, mi educación católica, mi fe", añade. "En cierto modo, todo lleva de nuevo a Navan, mi pueblo natal en la rivera del Boyne. A veces se ha pintado en tonos melodramáticos pero fue una gran forma de criarse. El catolicismo y los Hermanos Cristianos, esas son imágenes de raíces profundas y el cimiento para una persona con habilidad de actor".
"Dios ha sido bueno conmigo. Mi fe ha sido buena para mí, en momentos de profundo sufrimiento, duda y fe. Es una constante, el lenguaje de la oración. Quizá no hice bien las sumas con los Hermanos Cristianos, o no tuve la mejor enseñanza literaria, pero sí una cantidad firme de fe", añadió.
Además, Brosnan cree que la fe ayudará a los irlandeses a superar la crisis económica. "Hay una cosa que la gente de Irlanda sabe hacer, y es sobrevivir. Tenéis que mantener la fe y el optimismo", afirma.
Infancia dura, conflicto con la Iglesia
Pierce Brosnan nació en 1953. Cuando tenía apenas un año, su padre abandonó a la familia, y cuando tenía cuatro su madre se fue a trabajar de enfermera a Londres, dejándole en Navan con unos parientes hasta los 12 años. Él ha declarado muchas veces que en esos años de infancia estudió en los "Christian Brothers", la gran orden irlandesa fundada por Edmund Rice para la educación, ahora hundida por los informes de violencia y abusos físicos (y también algunos sexuales) desde los años 40 a los 80.
En 2002, Brosnan protagonizó una película canadiense, llamada Evelyn, sobre un padre de los años 50 que queda viudo y no puede recuperar a su hija, entregada a un orfanato de la Iglesia. En esos años, habló muy mal de su educación recibida en Navan, en los "Christian Brothers"... pero la orden respondió una y otra vez (en Internet y con cartas a The Times) que ellos nunca tuvieron una escuela en ese pueblo, donde sí la tenían los Hermanos de La Salle.
Sin embargo, pese a tener una relación conflictiva con la Iglesia, Brosnan ha asegurado en varias ocasiones que nunca ha dejado de ir a misa ni de rezar.
A los 12 años, como inmigrante pobre en Londres en una escuela pública, aprendió a plantar cara y defender su identidad: "Había que tener pelotas para ser un católico irlandés en South London; la mayor parte del tiempo lo pasé peleando".
En 1977, en Londres, conoció a su primera esposa, Cassandra, una actriz que trabajaba con Franco Zeffirelli, con dos hijos pequeños y recién divorciada del hermano del actor Richard Harris. Se casaron y tuvieron un hijo. En 1987, justo cuando se canceló Remington Steel, diagnosticaron cáncer de ovarios a su esposa, que durante cuatro años y ocho operaciones combatió la enfermedad. Murió en 1991, con 50 años, en brazos de su esposo.
Ella era una luchadora y con su fuerza, optimismo y pasión por la vida, siempre parecía que todo estuviese bien. Cuando tratas con la muerte, aprecias la vida de una forma realmente dulce. Esas tardes y mañanas y días en que ella no tenía dolores, nos dábamos cuenta de lo hermoso que es todo", afirmó el actor.
La terapia no funcionó, la oración y el trabajo sí
Brosnan ha explicado en varias ocasiones que la terapia no le ayudó a superar el dolor... "al final, tú eres tu propio psicólogo". Pero la oración era un consuelo fuerte. "Tenía las oraciones católicas tradicionales, pero también mi diálogo personal con El De Arriba".
Era un padre solo, un viudo con un hijo y dos hijastros. En 1994 conoció a una periodista del programa Today, de la NBC, Keely Shaye. Se enamoraron, se casaron en 2001, tuvieron dos hijos, y precisamente en 2001 Brosnan interpretó al agente Bond, James Bond, 007, al servicio secreto de Su Majestad.
"La oración me ayudó con la pérdida de mi esposa por el cáncer, y con un hijo que cayó en una época dura. Ahora la fe me ayuda a ser un padre, un actor y un hombre", afirma.
"Siempre ayuda tener un poco de oración en tu bolsillo. Al final, has de tener algo, y para mí eso es Dios, Jesús, mi educación católica, mi fe", añade. "En cierto modo, todo lleva de nuevo a Navan, mi pueblo natal en la rivera del Boyne. A veces se ha pintado en tonos melodramáticos pero fue una gran forma de criarse. El catolicismo y los Hermanos Cristianos, esas son imágenes de raíces profundas y el cimiento para una persona con habilidad de actor".
"Dios ha sido bueno conmigo. Mi fe ha sido buena para mí, en momentos de profundo sufrimiento, duda y fe. Es una constante, el lenguaje de la oración. Quizá no hice bien las sumas con los Hermanos Cristianos, o no tuve la mejor enseñanza literaria, pero sí una cantidad firme de fe", añadió.
Además, Brosnan cree que la fe ayudará a los irlandeses a superar la crisis económica. "Hay una cosa que la gente de Irlanda sabe hacer, y es sobrevivir. Tenéis que mantener la fe y el optimismo", afirma.
Infancia dura, conflicto con la Iglesia
Pierce Brosnan nació en 1953. Cuando tenía apenas un año, su padre abandonó a la familia, y cuando tenía cuatro su madre se fue a trabajar de enfermera a Londres, dejándole en Navan con unos parientes hasta los 12 años. Él ha declarado muchas veces que en esos años de infancia estudió en los "Christian Brothers", la gran orden irlandesa fundada por Edmund Rice para la educación, ahora hundida por los informes de violencia y abusos físicos (y también algunos sexuales) desde los años 40 a los 80.
En 2002, Brosnan protagonizó una película canadiense, llamada Evelyn, sobre un padre de los años 50 que queda viudo y no puede recuperar a su hija, entregada a un orfanato de la Iglesia. En esos años, habló muy mal de su educación recibida en Navan, en los "Christian Brothers"... pero la orden respondió una y otra vez (en Internet y con cartas a The Times) que ellos nunca tuvieron una escuela en ese pueblo, donde sí la tenían los Hermanos de La Salle.
Sin embargo, pese a tener una relación conflictiva con la Iglesia, Brosnan ha asegurado en varias ocasiones que nunca ha dejado de ir a misa ni de rezar.
A los 12 años, como inmigrante pobre en Londres en una escuela pública, aprendió a plantar cara y defender su identidad: "Había que tener pelotas para ser un católico irlandés en South London; la mayor parte del tiempo lo pasé peleando".
En 1977, en Londres, conoció a su primera esposa, Cassandra, una actriz que trabajaba con Franco Zeffirelli, con dos hijos pequeños y recién divorciada del hermano del actor Richard Harris. Se casaron y tuvieron un hijo. En 1987, justo cuando se canceló Remington Steel, diagnosticaron cáncer de ovarios a su esposa, que durante cuatro años y ocho operaciones combatió la enfermedad. Murió en 1991, con 50 años, en brazos de su esposo.
Ella era una luchadora y con su fuerza, optimismo y pasión por la vida, siempre parecía que todo estuviese bien. Cuando tratas con la muerte, aprecias la vida de una forma realmente dulce. Esas tardes y mañanas y días en que ella no tenía dolores, nos dábamos cuenta de lo hermoso que es todo", afirmó el actor.
La terapia no funcionó, la oración y el trabajo sí
Brosnan ha explicado en varias ocasiones que la terapia no le ayudó a superar el dolor... "al final, tú eres tu propio psicólogo". Pero la oración era un consuelo fuerte. "Tenía las oraciones católicas tradicionales, pero también mi diálogo personal con El De Arriba".
Era un padre solo, un viudo con un hijo y dos hijastros. En 1994 conoció a una periodista del programa Today, de la NBC, Keely Shaye. Se enamoraron, se casaron en 2001, tuvieron dos hijos, y precisamente en 2001 Brosnan interpretó al agente Bond, James Bond, 007, al servicio secreto de Su Majestad.
domingo, 5 de junio de 2011
¡¡SONSECA VIVE LA JMJ!!
Desde hoy, ondean en nuestra Parroquia las banderas de Australia, Brasil y Venezuela.
Ellas representan a los jóvenes de estos países que nos visitarán en los días previos a la celebración de la JMJ.
También desde hoy y todos los domingos en "Nuestra Casa", rezaremos juntos esta oración por estos jóvenes que nos visitarán y por los frutos de esta Jornada entre nosotros:
María, Madre Inmaculada, patrona de España, ruega por nosotros. Amén
Ellas representan a los jóvenes de estos países que nos visitarán en los días previos a la celebración de la JMJ.
También desde hoy y todos los domingos en "Nuestra Casa", rezaremos juntos esta oración por estos jóvenes que nos visitarán y por los frutos de esta Jornada entre nosotros:
Dios Padre nuestro, ponemos en tus manos la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid 2.011.
Guarda y protege al Papa Benedicto XVI y a todos los pastores de tu Iglesia.
Ilumina y fortalece a todos los que están preparando esta Jornada. Concédeles fuerza y sabiduría para llevar a cabo su labor.
Concede a nuestra parroquia prepara en profundidad este acontecimiento eclesial.
Concede a los jóvenes procedentes de Brasil, Australia y Venezuela, que visitarán nuestra parroquia la conversión de sus vidas.
Hazles firmes en la fe, en la esperanza y en la caridad.
Bendice y multiplica los esfuerzos de todos los voluntarios de la Jornada Mundial de la Juventud.
Que sean colaboradores tuyos en la obra de la redención, para que este acontecimiento sirva para enraizar y edificar en Cristo a los jóvenes de España y del mundo entero.
sábado, 4 de junio de 2011
DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
Evangelio
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos»
Mateo 28, 16-20
No fue una despedida
El tono festivo que la Iglesia le ha dado siempre a la solemnidad de la Ascensión se entiende, sobre todo, porque los cristianos siempre tomaron conciencia de que no se trató de una despedida, sino más bien de una presencia diversa del Señor entre nosotros y, además, permanente. No podría ser de otro modo; Jesús vino, según Mateo, como el Emmanuel (Dios con nosotros). Por eso, la Ascensión no es ausencia, sino otro modo de expresar la nueva presencia de Jesucristo resucitado. De hecho, la Iglesia vive con gratitud permanente las palabras con las que Jesús concluye su envío a los discípulos: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».
Con estas palabras, el Señor quiso manifestar que no iba a dejar huérfanos a sus discípulos. Las pronuncia en el momento oportuno, cuando acaba de encomendarles su misión definitiva: la de ser sus testigos hasta los confines del mundo, bautizando a los que crean en Él en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Viviendo de Jesucristo, siempre presente en ellos, y con la fuerza del Espíritu Santo que Jesús les promete una vez más, los discípulos han de hacer discípulos que, como ellos, guarden todo lo que Jesús les ha mandado. En esta empresa, los enviados del Señor serán humildes trabajadores de su viña, testigos que preparen la llegada de su Reino con total disponibilidad y confianza en los tiempos y en los momentos que sólo Dios conoce, y siempre en espera de que Jesús vuelva.
¡Es tan sublime y misterioso el acontecimiento del que son testigos, que inevitablemente los once discípulos se quedaron con el alma en vilo y sin saber qué hacer! Pero dos hombres vestidos de blanco les invitaron a mirar hacia la misión que Jesús les acababa de encomendar. Naturalmente que no les quieren quitar el encanto que para ellos y para nosotros ha de tener el cielo, nuestro destino. Lo que los dos hombres les dicen a los discípulos es que, hasta el encuentro con el Señor, hasta que vuelva, han de saber vivir la relación entre el cielo y la tierra: con los pies en la tierra y la mirada en el cielo. Les recuerdan que el necesario pensamiento del cielo nunca ha de distraerles de su responsabilidad en la tierra; al contrario, la ha de afianzar y fortalecer.
ímites, siempre ha sabido ser, como dicen los orientales, un icono de la Ascensión del Señor: hace presente a Cristo en la tierra en los sacramentos, y en especial en la Eucaristía; en el corazón del cristiano; en los pobres, con los que Jesús se identifica; en la oración o en la comunión fraterna. Como la vida eterna es Dios mismo, su abrazo infinito y eterno, para el cristiano nunca ha de haber ruptura entre la tierra y el cielo, sino, por el contrario, siempre continuidad. Esa unión entre cielo y tierra la expresó maravillosamente santa Teresa del Niño Jesús, cuando escribió: «Yo quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra». Lo nuestro, de momento, sería: Yo quiero pasar por la tierra haciendo siempre de ella el cielo.
+ Amadeo Rodríguez Magro
obispo de Plasencia
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos»
Mateo 28, 16-20
No fue una despedida
El tono festivo que la Iglesia le ha dado siempre a la solemnidad de la Ascensión se entiende, sobre todo, porque los cristianos siempre tomaron conciencia de que no se trató de una despedida, sino más bien de una presencia diversa del Señor entre nosotros y, además, permanente. No podría ser de otro modo; Jesús vino, según Mateo, como el Emmanuel (Dios con nosotros). Por eso, la Ascensión no es ausencia, sino otro modo de expresar la nueva presencia de Jesucristo resucitado. De hecho, la Iglesia vive con gratitud permanente las palabras con las que Jesús concluye su envío a los discípulos: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».
Con estas palabras, el Señor quiso manifestar que no iba a dejar huérfanos a sus discípulos. Las pronuncia en el momento oportuno, cuando acaba de encomendarles su misión definitiva: la de ser sus testigos hasta los confines del mundo, bautizando a los que crean en Él en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Viviendo de Jesucristo, siempre presente en ellos, y con la fuerza del Espíritu Santo que Jesús les promete una vez más, los discípulos han de hacer discípulos que, como ellos, guarden todo lo que Jesús les ha mandado. En esta empresa, los enviados del Señor serán humildes trabajadores de su viña, testigos que preparen la llegada de su Reino con total disponibilidad y confianza en los tiempos y en los momentos que sólo Dios conoce, y siempre en espera de que Jesús vuelva.
¡Es tan sublime y misterioso el acontecimiento del que son testigos, que inevitablemente los once discípulos se quedaron con el alma en vilo y sin saber qué hacer! Pero dos hombres vestidos de blanco les invitaron a mirar hacia la misión que Jesús les acababa de encomendar. Naturalmente que no les quieren quitar el encanto que para ellos y para nosotros ha de tener el cielo, nuestro destino. Lo que los dos hombres les dicen a los discípulos es que, hasta el encuentro con el Señor, hasta que vuelva, han de saber vivir la relación entre el cielo y la tierra: con los pies en la tierra y la mirada en el cielo. Les recuerdan que el necesario pensamiento del cielo nunca ha de distraerles de su responsabilidad en la tierra; al contrario, la ha de afianzar y fortalecer.
ímites, siempre ha sabido ser, como dicen los orientales, un icono de la Ascensión del Señor: hace presente a Cristo en la tierra en los sacramentos, y en especial en la Eucaristía; en el corazón del cristiano; en los pobres, con los que Jesús se identifica; en la oración o en la comunión fraterna. Como la vida eterna es Dios mismo, su abrazo infinito y eterno, para el cristiano nunca ha de haber ruptura entre la tierra y el cielo, sino, por el contrario, siempre continuidad. Esa unión entre cielo y tierra la expresó maravillosamente santa Teresa del Niño Jesús, cuando escribió: «Yo quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra». Lo nuestro, de momento, sería: Yo quiero pasar por la tierra haciendo siempre de ella el cielo.
+ Amadeo Rodríguez Magro
obispo de Plasencia
miércoles, 1 de junio de 2011
"CON CURAS COMO ESTE, SE ARREGLABAN MUCHAS COSAS"
«Con curas como éste, se arreglarían muchas cosas»
Se cumplen estos días 50 años del nombramiento como obispo de Astorga de don Marcelo González Martín, posteriormente arzobispo de Barcelona y arzobispo de Toledo y Primado de España. Con este motivo, el que fue su secretario particular, don Santiago Calvo Valencia, hoy Deán de la Catedral Primada de Toledo, que precisamente en estas fechas cumple sus Bodas de Oro sacerdotales, ha pronunciado sendas conferencias: una, en Toledo, bajo el título 50 años de obispo. Don Marcelo, cardenal obediente y libre; y la otra, en Valladolid, donde don Marcelo fue canónigo y gran predicador del Evangelio, titulada: Don Marcelo, apóstol en Valladolid. He aquí algunos fragmentos del testimonio, en gran parte inédito, que don Santiago Calvo dio en estas conferencias:
Sus predicaciones en la catedral, los domingos, en la Misa de una, eran una concentración de todo Valladolid en la iglesia metropolitana. Allí acudían a escucharle, tanto universitarios como obreros, profesionales de diversos campos, gentes del centro de la ciudad y de los barrios. Siempre buscó la unión de fuerzas, como signo de caridad y fuente de eficacia… Se decía en diversos mentideros de la capital que querían detener a don Marcelo, que le estaba vigilando la policía, que el Gobernador había prohibido que siguiera predicando. Para hablar así no les faltaba algo de fundamento, pero todo se exageró mucho. Algunos, dejándose llevar de la fantasía, más que por hechos reales -unos con buena y otros con no tan buena intención- empezaron a llamarle el cura comunista y el Manolete del púlpito, porque se arrimaba mucho al peligro, no utilizaba el engaño e iba derecho, al asunto, hasta enardecer al auditorio. Lo cierto es que ni uno ni otro calificativo eran exactos del todo, ni le gustaban a don Marcelo; pero, enhonor a la verdad, es de justicia dejar constancia del hecho.
Tanto el se22ñor Alonso Villalobos, como el ministro de Trabajo, José Antonio Girón, montaron en cólera y prometieron no detenerse hasta hacer callar al canónigo que, según les habían dicho, estaba revolucionando Valladolid. Uno y otro, cuando hablaron con don Marcelo personalmente, reconocieron estar equivocados y le pidieron perdón: «Tenga la bondad de darme la mano para que mi conciencia quede tranquila», le dijo el Gobernador. A lo que don Marcelo replicó: «Ni le doy la mano ni le perdono, porque no hay nada que perdonar. Usted cumplió con su deber y yo intenté cumplir con el mío. Y no le doy la mano porque a quien actuó con la caballerosidad con que usted obró entonces y la elegancia con que lo ha hecho ahora no le doy la mano; lo que le doy, si usted me lo permite y lo acepta, es un abrazo». Y en público se abrazaron los dos. El ministro Girón confesó noblemente: «Creo a don Marcelo todo lo que me ha dicho. Yo estaba mal informado. Con curas como don Marcelo se arreglarían muchas cosas. Para que vea que no tengo nada contra usted y que quiero ayudarle en las obras que está haciendo en el barrio de San Pedro Regalado, le voy a dar un donativo». Y le dio 50.000 pesetas de las del año 1950.
No pueden hacerme obispo
Era vox populi que le iban a nombrar obispo, pero él decía: «No se preocupen, no pueden hacerme obispo porque no tengo el doctorado». Le hicieron obispo, a pesar de sus terminantes cartas a la Nunciatura en las que confesaba: «Soy completamente indigno». Cuando le nombraron arzobispo de Barcelona, me dijo: «Me he estado resistiendo todo lo que he podido, porque sé que allí están esperando a un obispo que sea catalán y no admitirán a uno que no lo sea. Le he dicho repetidamente al Nuncio que yo soy castellano y muy castellano». Pero, al llegar la documentación al Papa Pablo VI, insistió en que «quien tiene que ir a Barcelona, porque es el más apropiado, es el obispo de Astorga». Le había escuchado hablar en el Concilio.
Comenzó la triste campaña Queremos obispos catalanes. El Nuncio se asustó y empezó a dudar. Don Marcelo entonces le dijo: «Ahora, señor Nuncio, ya no es tiempo de dudas. Es hora de dar la cara. Recuerde que yo expuse repetidamente las razones por las que no debía hacerse el nombramiento. Que yo iba a sufrir y a servir; y ahora todos debemos mantener el principio de autoridad. En este momento, nadie debe volverse atrás». El 30 de mayo de 1971 fallece monseñor Morcillo, arzobispo de Madrid. El señor Nuncio le dice de nuevo: «Con aprobación superior haremos todo lo posible para que usted salga de Barcelona y venga de arzobispo a Madrid». A don Marcelo no le hizo gracia la propuesta, porque era salir de la tormenta y meterse en el nublado, y se limitó a decir: «Veremos y esperemos y, si llega el caso, obedeceré». El Gobierno de Franco, según testigos fiables, se opuso a que don Marcelo fuera a Madrid porque era demasiado progre.
Alfa y Omega
Se cumplen estos días 50 años del nombramiento como obispo de Astorga de don Marcelo González Martín, posteriormente arzobispo de Barcelona y arzobispo de Toledo y Primado de España. Con este motivo, el que fue su secretario particular, don Santiago Calvo Valencia, hoy Deán de la Catedral Primada de Toledo, que precisamente en estas fechas cumple sus Bodas de Oro sacerdotales, ha pronunciado sendas conferencias: una, en Toledo, bajo el título 50 años de obispo. Don Marcelo, cardenal obediente y libre; y la otra, en Valladolid, donde don Marcelo fue canónigo y gran predicador del Evangelio, titulada: Don Marcelo, apóstol en Valladolid. He aquí algunos fragmentos del testimonio, en gran parte inédito, que don Santiago Calvo dio en estas conferencias:
Sus predicaciones en la catedral, los domingos, en la Misa de una, eran una concentración de todo Valladolid en la iglesia metropolitana. Allí acudían a escucharle, tanto universitarios como obreros, profesionales de diversos campos, gentes del centro de la ciudad y de los barrios. Siempre buscó la unión de fuerzas, como signo de caridad y fuente de eficacia… Se decía en diversos mentideros de la capital que querían detener a don Marcelo, que le estaba vigilando la policía, que el Gobernador había prohibido que siguiera predicando. Para hablar así no les faltaba algo de fundamento, pero todo se exageró mucho. Algunos, dejándose llevar de la fantasía, más que por hechos reales -unos con buena y otros con no tan buena intención- empezaron a llamarle el cura comunista y el Manolete del púlpito, porque se arrimaba mucho al peligro, no utilizaba el engaño e iba derecho, al asunto, hasta enardecer al auditorio. Lo cierto es que ni uno ni otro calificativo eran exactos del todo, ni le gustaban a don Marcelo; pero, enhonor a la verdad, es de justicia dejar constancia del hecho.
Tanto el se22ñor Alonso Villalobos, como el ministro de Trabajo, José Antonio Girón, montaron en cólera y prometieron no detenerse hasta hacer callar al canónigo que, según les habían dicho, estaba revolucionando Valladolid. Uno y otro, cuando hablaron con don Marcelo personalmente, reconocieron estar equivocados y le pidieron perdón: «Tenga la bondad de darme la mano para que mi conciencia quede tranquila», le dijo el Gobernador. A lo que don Marcelo replicó: «Ni le doy la mano ni le perdono, porque no hay nada que perdonar. Usted cumplió con su deber y yo intenté cumplir con el mío. Y no le doy la mano porque a quien actuó con la caballerosidad con que usted obró entonces y la elegancia con que lo ha hecho ahora no le doy la mano; lo que le doy, si usted me lo permite y lo acepta, es un abrazo». Y en público se abrazaron los dos. El ministro Girón confesó noblemente: «Creo a don Marcelo todo lo que me ha dicho. Yo estaba mal informado. Con curas como don Marcelo se arreglarían muchas cosas. Para que vea que no tengo nada contra usted y que quiero ayudarle en las obras que está haciendo en el barrio de San Pedro Regalado, le voy a dar un donativo». Y le dio 50.000 pesetas de las del año 1950.
No pueden hacerme obispo
Era vox populi que le iban a nombrar obispo, pero él decía: «No se preocupen, no pueden hacerme obispo porque no tengo el doctorado». Le hicieron obispo, a pesar de sus terminantes cartas a la Nunciatura en las que confesaba: «Soy completamente indigno». Cuando le nombraron arzobispo de Barcelona, me dijo: «Me he estado resistiendo todo lo que he podido, porque sé que allí están esperando a un obispo que sea catalán y no admitirán a uno que no lo sea. Le he dicho repetidamente al Nuncio que yo soy castellano y muy castellano». Pero, al llegar la documentación al Papa Pablo VI, insistió en que «quien tiene que ir a Barcelona, porque es el más apropiado, es el obispo de Astorga». Le había escuchado hablar en el Concilio.
Comenzó la triste campaña Queremos obispos catalanes. El Nuncio se asustó y empezó a dudar. Don Marcelo entonces le dijo: «Ahora, señor Nuncio, ya no es tiempo de dudas. Es hora de dar la cara. Recuerde que yo expuse repetidamente las razones por las que no debía hacerse el nombramiento. Que yo iba a sufrir y a servir; y ahora todos debemos mantener el principio de autoridad. En este momento, nadie debe volverse atrás». El 30 de mayo de 1971 fallece monseñor Morcillo, arzobispo de Madrid. El señor Nuncio le dice de nuevo: «Con aprobación superior haremos todo lo posible para que usted salga de Barcelona y venga de arzobispo a Madrid». A don Marcelo no le hizo gracia la propuesta, porque era salir de la tormenta y meterse en el nublado, y se limitó a decir: «Veremos y esperemos y, si llega el caso, obedeceré». El Gobierno de Franco, según testigos fiables, se opuso a que don Marcelo fuera a Madrid porque era demasiado progre.
Alfa y Omega
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