miércoles, 6 de enero de 2010

EPIFANÍA DEL SEÑOR


Sobre ti amanecerá el Señor
Is 60,1-6; Sal 71; Ef 3,1-6; Mt 2,1-12

En mitad de la noche obscura hay un resplandor. El de la gloria del Señor que ha nacido en medio de nosotros. Hemos celebrado al niño y su contexto: los nacimientos lo expresan de manera genial. Hoy, como segunda parte de la fiesta de Navidad —los orientales reúnen las dos en el mismo día—, celebramos su refulgencia. Tal que hasta los Magos de Oriente le traen oro, incienso y mirra. ¿Signos de riqueza? Es el tributo de los paganos al rey. En ambas escenas está la Virgen. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron. La luz de la estrella les guiaba.
Fiesta de la luz. Fiesta del amanecer de la nueva vida. La vida del niño, al que rodea el amor de quienes lo circunvalan; los pobres de la tierra. Hemos visto su resplandor y venimos a adorarle. También nosotros. Su luz nos ha atraído. Mas la mirra nos deja perplejos: es el ungüento con el que se embalsama a los muertos. ¿Una insinuación? Misterio de vida, resplandor de vida que ahora comienza; mas no podemos olvidarlo, el mismo libro ahora comenzado nos relatará también su muerte injusta.

Misterio, pues, de vida, de muerte y de resurrección. Gloria de Dios que se nos aparece en toda la luminosidad de su fuerza. El centro de toda el acontecimiento es el niño Jesús, mejor, María con el niño, pues sin ella no cabría ni su nacimiento ni sus primeros cuidados. Curiosa gloria de Dios. ¡Tan frágil! De una apariencia tan casual; tan poco importante. Parece mentira cómo en ese nacimiento vemos la división de los tiempos: un antes y un después. El amanecer del Señor sobre nosotros. ¿Qué acontecerá después con su vida? El feliz anuncio del evangelio nos lo revela. Feliz anuncio de Dios, el que nos revelará Jesucristo, y que se convertirá para nosotros en feliz anuncio del Hijo de Dios. Leamos el evangelio en su misma letra, con cuidado, para ver el misterio de esta vida, ahora comenzada ante nuestros propios ojos.

Resplandor de Dios en mitad de la noche. Apenas si María, José y algunos pastores pobres. Sí, fiesta en los cielos. Pero fiesta soterrada. Se diría que fiesta de ocultación y de desvelamiento. Sólo los pobres pastores y unos perdidos magos de Oriente verán el resplandor de la luz donada para nosotros. Nadie más observa en Belén lo acontecido; tampoco en Jerusalén. ¿Y nosotros? Curioso misterio. Algo tan escondido, tan apenas nada, es el mismo resplandor de Dios. Luz de su gloria. ¿Qué dices?, ¿no te estás equivocando?, ¿no será una vana ilusión tuya, comenzada ya en los primeros que nos hablaron de Jesús en las páginas del NT? ¿Estás seguro de lo que señalas?

Amanece el Señor con su luz resplandeciente. La oración sobre las ofrendas nos resalta cómo el don que ofrecemos al Padre en la eucaristía epifánica es su Hijo, quien ahora se inmola, dándosenos en comida. No podemos olvidar el recorrido significante de sentido de esta luz esplendorosa celebrada hoy por nosotros. Habríamos convertido en un chinchín de festejo popular en nuestro barrio, con su compra de regalos, el espectáculo feliz de la alborada de Dios viniendo a nosotros. Hoy, Dios ha revelado en Cristo, para luz de todos los pueblos, el verdadero misterio de nuestra salvación. ¿Cuándo? En su manifestación en nuestra carne mortal, por medio de cuyo admirable comercio nos hace partícipes de la gloria de su inmortalidad.

martes, 5 de enero de 2010

VÍSPERA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Los Franciscanos tienen atribuída la custodia de los santos lugares de la tierra de Jesús. Este año, han felicitado la Navidad con este vídeo en el que hablan precisamente de los Magos de Oriente.


Mensaje de Navidad del Custodio de Tierra Santa from custodia'videos on Vimeo.

NUESTRA HISTORIA VIII

He considerado oportuno mostraros también otra versión de las Ferias y Fiestas de Sonseca, esta vez a través del diario “El Globo” en su ediccion de las 12 de la noche, del día 15 de Septiembre de 1907. Es interesante observar también que nombra a la “soldadesca”, los actuales alabarderos.
Antonio Gallego Peces





lunes, 4 de enero de 2010

TESTIMONIO


Lo hemos leído en "Siete en familia"


En Vietnam el aborto es una realidad bastante ordinaria. Y no sólo son muchas las mujeres que abortan, sino que, en general, nadie se cuestiona si está bien o está mal.Los cristianos, desde los primeros siglos, se caracterizaron porque ellos amaban la vida.
Un documento del siglo I dice: «No harás morir al hijo por aborto, ni lo matarás apenas nacido» (Didaché II, 2), porque de hecho en el Imperio Romano también era bastante común la práctica (¿O es que alguien pensaba que el aborto era un genial invento del siglo XX?).
En el Vietnam de hoy,
Tong Phuoc Phuc, un católico, también es conocido por luchar de modo positivo para impedir que las mujeres hagan morir a sus hijos por aborto. En una casa de su propiedad, no excesivamente grande, este vietnamita de poco más de cuarenta años acoge en su casa a mujeres solteras embarazadas que no quieren abortar y que, al mismo tiempo, no tienen medios para sacar adelante a su hijo. Allí reciben alojamiento y comida hasta que dan a luz. Después, el niño se quedará allí hasta que la mujer pueda criarlo por su cuenta. O el niño se va con su madre, o Phuc y su esposa serán su familia. A este señor no se le pasan más opciones por la cabeza.
El inicio de esta obra fue interesante. La mujer de Phuc tuvo problemas al dar a luz, y estaba en peligro su vida. Entonces el joven vietnamita hizo una promesa: «Si todo sale bien, yo me dedicaré a ayudar a otras personas». Al darse cuenta de que tantas mujeres abortaban en su país, consciente de que los fetos también eran personas humanas, le pareció un deber ir por los hospitales recogiendo cadáveres de niños abortados y enterrarlos en una propiedad suya.
El cementerio creció, y varias mujeres que habían abortado iban a rezar allí. Entonces Phuc, al verlo, habló con algunas de ellas para que, si conocían a alguna chica que quisiera abortar, que la llevasen a hablar con él. Después de 4 años desde que acogió a la primera madre soltera, Phuc ha salvado a más de 60 niños, la mitad de los cuales ya han dejado el curioso primer hogar para irse con sus madres. Gracias al apoyo de algunas organizaciones católicas y budistas, y a la ayuda de algunos particulares, la obra de Phuc sigue adelante. Y se propone continuar este trabajo mientras viva.

domingo, 3 de enero de 2010

DOMINGO II DE NAVIDAD


Repetimos hoy la majestuosa introducción del Evangelio de Juan. Pocas páginas del NT han calado tan hondo en lo que decimos y en lo que vivimos los cristianos. La Palabra estaba junto a Dios, por su medio todo fue creado, en ella había vida y luz. Pero no la recibimos, y quedamos en las tinieblas. Mas la Palabra se hizo carne como nosotros, con nosotros, para nosotros. En el seno de María. También en nuestro seno. Habita entre nosotros. Por eso, contemplamos su gloria; gloria de Dios. El Hijo único del Padre. Jesús. Es él quien nos da a conocer al Padre. En él, lo vemos. Por entero.
Estableció su morada en Jacob. Somos su heredad. Y echó raíces entre nosotros. La gloria de Dios se hizo carne con nosotros. ¿Qué podremos hacer, pues? Glorificar al Señor. Alabarle por siempre. Estar con él. Seguirle. Permanecer atentos a su susurro. Pues nos entrega su paz. Una paz que crece en medio del griterío que casi nos anega. Una Palabra que corre veloz. Una palabra que es feliz anuncio. Que se hace, por su medio, nuestra propia palabra. No es que nuestra palabra se haga Palabra de Dios. Sino que ella se ha hecho palabra y acción como la nuestra, buscando que también nosotros seamos divinos; que lo sean nuestra palabra y nuestra acción. Maravilloso comercio.
Jesús. Jesucristo dice casi siempre san Pablo. Porque todo esto es una realidad, mejor, la realidad verdaderamente real. Ni cosas mundanales ni nuestras construcciones de realidades. Sino una realidad que es realidad de Dios. Fundamento de realidad que nos salva y salva todo lo real. Todo esto tiene un nombre: Jesús, nacido de mujer. No un personaje puramente mítico, que no desciende a nuestro mundo de carne, sino que se queda en las alturas, encerrado en ellas. Nacido de mujer: María, su madre.
Bendecidos por Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Bendito sea. En él todo nos lo ha donado. Más, mucho más, pues, en él, nos eligió. Cuándo, ¿antes de que el mundo fuera creado? En Cristo, somos proyecto de Dios. ¿Para qué? Para librarnos del pecado y de la muerte. Mas ¿a qué se debe que nos creara de este modo, sometidos al pecado y a la muerte? Porque nos quiso libres, como él era, es y será libre. Quería que le bendijéramos desde lo más hondo de nosotros mismos. Y eso tenía sus inconvenientes. Casi hacemos fracasar el proyecto de Dios. Nos envió a su Hijo, Jesús, carne como la nuestra, en todo igual a nosotros, excepto en el pecado, para que supiéramos de su libre abandono en las manos del Padre. Comercio maravilloso. Y de esta manera nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos. Siempre por Jesucristo.
Qué bonito cuando Pablo nos dice que ha oído hablar de nuestra fe en Cristo. Porque nuestra fe en él es el sendero de nuestra libertad. Señor, haz que crea. Señor, creo, pero ayuda mi incredulidad. ¿Cómo podríamos creer en él si no fuera el Espíritu quien gritara desde el fondo de nuestro mismo corazón: Abba (Padre)? Porque creemos, su Espíritu viene a nosotros. Pero creemos porque pasa a nuestro lado y nos mira. La suya es una suasión de enamoramiento. Algo que va más allá de la pura racionalidad; pero que nunca es contraria a ella. Ahora bien, es verdad, ¿quiénes se acercan a él? Los pastorcillos, los endemoniados, los pobres, los pecadores, los publicanos. Nosotros.
Comentario de Archimadrid

sábado, 2 de enero de 2010

NOCHEBUENA EN TIERRA SANTA


Un sacerdote que vive en Tierra Santa nos cuenta como ha vivido la Navidad en los santos lugares.


La Navidad en Tierra Santa es peculiar. Por las calles no se ven adornos, ni belenes, ni luces. Solo en algunas calles de árabes cristianos… y en Belén. De mi primera Navidad aquí querría contar sobre todo la Misa que tuve la oportunidad de concelebrar en Belén el día de Nochebuena. La segunda foto es de la imagen del Niño Jesús que se venera en allí. Como es lógico siempre está en ese lugar Santo muy presente esta figura encantadora, pero especialmente el día de Nochebuena.
La Misa fue muy bonita. Con un buen coro, y liturgia muy bien cuidada por los franciscanos y los sacerdotes del Patriarcado.

Estábamos unos 150 sacerdotes concelebrando y cinco Obispos incluido el Patriarca de Jerusalén. Al comienzo de la Misa se oyó un rumor fuerte en la puerta de entrada y cierto movimiento. Efectivamente, era Mahmud Abbas, primer ministro Palestino, que entraba con sus guardaespaldas. Suele estar todos los años. Siempre se va después de la paz, como hacía Arafát. Durante la ceremonia había muchos focos que constantemente te deslumbraban y cámaras de televisión de muchos países retransmitiendo.

Cuando terminó la Misa, antes de la procesión hacia la gruta, se trajo al Niño Jesús, y se le puso encima del altar. Los obispos que concelebraban, y que estaban justo delante del altar adoraron al Niño. El obispo Patriarca de Jerusalén lo incensó. Entonces empezó la procesión hacia la gruta. Al entrar en el lugar Santo los 150 sacerdotes iban pasando de largo y salían por la puertecita de atrás. Solo nos quedamos dentro de la gruta los 20 últimos y los obispos. Al entrar en la gruta, de dos en dos, nos poníamos de rodillas donde está la estrella que indica el lugar donde nació Jesús y nos inclinábamos para besar el suelo en ese sitio. Después entró el Patriarca de Jerusalén y los demás obispos, y empezó la ceremonia dentro de la gruta.

Tuve la suerte de presenciarla en directo. Se cantó el Evangelio del nacimiento de Jesús, y en el momento de decir las palabras “Y sucedió que, estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito: lo envolvió en pañales”… se hizo el silencio, y el obispo se agachó donde estaba el Niño, encima de la estrella, y le puso unos pañalitos. Después el que cantaba el Evangelio prosiguió entonando: “y lo recostó en un pesebre” Ahí se hizo otro silencio.

El Obispo cogió al niño y lo traslado del lugar de la estrella, donde nació, al lugar donde tradicionalmente lo puso la Virgen en un pesebre, que está a unos dos metros en una pequeña hondonada de la gruta. En ese momento sucedió algo que me encantó y supongo que a muchos de los que estaban allí. Había algunos laicos que tenían el privilegio de estar en la gruta. De repente, mientras el Patriarca estaba dejando al Niño en el pesebre, rompió el silencio un bebé que empezó a llorar. Era fácil cerrar los ojos e imaginarse al niño Jesús recién nacido llorando. Poco después se continuó con el canto del Evangelio hasta el momento en que los ángeles entonan el himno de alabanza a Dios diciendo: “Gloria a Dios en las alturas…” Allí nos unimos todos cantando un gloria precioso. Después volvimos en procesión a la Iglesia cantando el Te Deum y finalizó la ceremonia. Poder vivir en esa noche una Misa así no se olvida. Quería transmitir con estas letras un poco de esos momentos tan especiales.

viernes, 1 de enero de 2010

1 DE ENERO: SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


María meditaba en su corazón todas estas palabras
Números 6, 22-27; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21


El Concilio nos ha enseñado a mirar a María como la «figura» de la Iglesia, esto es, su ejemplo perfecto y su primicia. Pero ¿puede María servir de modelo a la Iglesia también en su título de «Madre de Dios» con el que es honrada este día? ¿Podemos llegar a ser madres de Cristo?Ello no sólo es posible, sino que algunos Padres de la Iglesia han llegado a decir que, sin esta imitación, el título de María sería inútil para uno: «¿De qué me sirve -decían- que Cristo haya nacido una vez de María en Belén, si no nace también por fe en mi alma?».
Jesús mismo inició esta aplicación a la Iglesia del título «Madre de Cristo», cuando declaró: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8, 21). La liturgia del día nos presenta a María como la primera de quienes se convierten en madres de Cristo mediante la escucha atenta de su palabra. Ha elegido, de hecho, para esta Solemnidad, el pasaje evangélico donde está escrito que «María, por su parte, conservaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón».

Cómo es posible transformarse, en concreto, en madre de Cristo, lo explica el mismo Jesús: escuchando la Palabra y poniéndola en práctica. Hay dos maternidades incompletas o dos tipos de interrupción de una maternidad. Una es la antigua y conocida del aborto. Tiene lugar cuando se concibe una vida pero no se da a luz porque, entretanto, por causas naturales o por el pecado de los hombres, el feto ha muerto. Hasta hace poco, éste era el único caso que se conocía de maternidad incompleta.

Hoy se conoce otro que consiste, al contrario, en dar a luz un hijo sin haberlo concebido. Así ocurre con los niños concebidos en probetas e implantados, en un segundo momento, en el seno de la mujer, y en el caso desolador y triste del útero dado en préstamo para albergar, a veces bajo pago, vidas humanas concebidas en otro lugar. En este caso a quien la mujer da a luz no viene de ella, no es concebido «antes en el corazón que en el cuerpo». Lamentablemente, también en el plano espiritual existen estas dos tristes posibilidades. Concibe a Jesús, sin darle a luz, quien acoge la Palabra sin ponerla en práctica, quien continúa practicando un aborto espiritual tras otro, formulando propósitos de conversión que luego son sistemáticamente olvidados y abandonados a medio camino; quien se comporta hacia la Palabra como el observador apresurado que mira su rostro en el espejo y luego se marcha olvidando de inmediato como era (St 1, 23 24). En resumen, quien tiene la fe, pero no tiene las obras.

Al contrario, da a luz a Cristo sin haberle concebido quien realiza muchas obras, a veces también buenas, pero que no proceden del corazón, de amor por Dios y de recta intención, sino más bien de la costumbre, de la hipocresía, de la búsqueda de la propia gloria y del propio interés, o sencillamente de la satisfacción que da actuar. En suma, quien tiene las obras, pero no tiene la fe. Estos son los casos negativos, de una maternidad incompleta. San Francisco de Asís nos describe el caso positivo de una verdadera y completa maternidad que nos asemeja a María: «Somos madres de Cristo -escribe- cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por medio del divino amor y de la conciencia pura y sincera; lo generamos a través de las obras santas, ¡que deben brillar ante los demás para ejemplo!». Nosotros –viene a decir el santo- concebimos a Cristo cuando le amamos con sinceridad de corazón y con rectitud de conciencia, y le damos a luz cuando realizamos obras santas que lo manifiestan al mundo.
P. Raniero Cantalamessa
FELIZ AÑO 2.010