lunes, 23 de julio de 2012

EL CUMPLEAÑOS DE TEO

Teo cumple hoy 81 años. Es duro no tenerla entre nosotros para poder celebrarlo. Pero consuela saber que Dios recompensa con la eternidad a aquéllos que han dedicado plenamente su vida al servicio del Evangelio. Teo, seguramente, es ya eterna.

Nos fijamos en Teo, como muchos Sonsecanos, viéndola circular por las calles de Sonseca en su Seat 600, celebrando los domingos en la Eucaristía, acudiendo a una reunión de Catequistas, participando en actividades de la Acción Católica, de la Adoración Nocturna, de Cáritas, de Manos Unidas… En definitiva, allí donde hubiera un acontecimiento parroquial estaba ella. Y, a pesar de su sencillez y pequeñez de estatura, nunca pasaba desapercibida.

La fuimos conociendo mucho más, en nuestro caso concreto, con motivo del proceso de beatificación de los mártires de la Guerra Civil española, entre los que se encuentra su hermano Paco y otros cuatro jóvenes sonsecanos, todos ellos militantes de la Juventud Católica. La primera reunión del Postulador General de la Causa con los familiares de estos jóvenes tuvo lugar en nuestra casa y, a partir de ese día, Teo volvió muchas más veces para comer con nosotros o simplemente a visitarnos. Junto con ello, también nos unió el hecho de militar conjuntamente en la Acción Católica General de Toledo y, en consecuencia, coincidir en muchas de las actividades que se organizan a nivel parroquial y diocesano y, sobre todo, en la forma de entender la vocación laical y el papel de los seglares en la Iglesia y en el mundo.  

Todo esto fue forjando entre nosotros una gran amistad, más espiritual que humana, porque lo que nos unía en realidad era el sabernos parte de una misma comunidad y profesar una misma fe. Teo, sin duda, era nuestro modelo de referencia.

Al nacer nuestro tercer hijo, Alberto, comenzamos a pensar en quiénes serían sus padrinos de bautismo. En nuestra concepción de lo que representa un padrino, entendíamos que debía ser alguien que viviera su fe con coherencia y, por tanto, pudiera cuidar espiritualmente de nuestro hijo y ser para él ejemplo de vivencia de la fe; pero, al mismo tiempo, debía reunir el requisito de que lo sintiéramos como parte de la familia. Lo tuvimos claro desde el primer momento: la madrina sería Teo. No era, en puridad, parte de nuestra familia, pero ninguno de los que la componemos la sentíamos como extraña; al contrario, nos era muy cercana por sintonía espiritual, por militancia en la Acción Católica, por representar el modelo de seguimiento de Jesucristo y servicio a la Iglesia a través de la Parroquia al que nosotros aspiramos. Junto con ello, no teníamos ninguna duda de que era la mejor persona que podíamos elegir para cuidar espiritualmente de Alberto. Éramos conscientes de que ya era mayor, pero también teníamos la seguridad de que, aunque Dios la llamaría en algún momento a estar con Él, seguiría velando por su ahijado, incluso con mucha mayor fuerza, desde el Cielo.

Teo se alegró muchísimo cuando le comunicamos la noticia. Estaba junto a su hermana Margarita, en Madrid, y enseguida se lo dijo. Se sintió indigna de ser madrina –hasta ese extremo llegaba su humildad‒, pero honrada al mismo tiempo. Desde ese día comenzó a rezar por Alberto y a prepararse para cumplir su papel en el Sacramento del Bautismo. Apenas dos meses pudo ejercerlo en la tierra; no hay duda de que cada día lo sigue ejerciendo en el Cielo.

La noticia de la muerte de Teo nos sorprendió a todos. Nos causó un profundo dolor que, extrañamente, se mezclaba con una gran sensación de serenidad por la certeza de que, como San Pablo, había peleado la buena batalla, había acabado la carrera, había guardado la fe.

Y es que Dios cuidó de ella hasta el final. Apenas un mes después de su muerte, recibimos un correo de un amigo, Floren, que es médico en el Hospital y católico comprometido. Nos escribía emocionado, porque acababa de leer un artículo sobre Teo publicado en la revista diocesana Padre Nuestro. Nos decía que, en la madrugada del 4 de junio, estando de guardia, atendió a una señora a la que no conocía llamada Teófila, que llegó al hospital inconsciente con un infarto severo; no pudieron hablar con ella, ni era posible médicamente hacer gran cosa por su vida, así que llamaron al Capellán, quien acudió enseguida para administrarle el sacramento de la extremaunción. Veinte segundos después fallecía. Dios misericordioso comenzaba a acogerla en su seno.

Estamos convencidos de que hoy Teo cumple años como cualquier cristiano de verdad desea hacerlo: gozando de la presencia del Señor. Su ejemplo ha de seguir vivo, porque constituye la realización de la llamada a la santidad a la que todos aspiramos. A nosotros nos corresponde seguir profundizando en nuestra fe, dar testimonio de Jesucristo y trabajar para que la Iglesia cumpla con la misión que le ha sido encomendada. En Teo tenemos el camino.



Isaac e Irene

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