miércoles, 9 de enero de 2013

TODOPODEROSO


D. Javier Vicens, párroco de S. Miguel de Salinas (Alicante), ha publicado en su blog ZAQUEO esta catequesis que reproducimos:

Porque es todopoderoso el Padre nos ha podido crear, el Hijo nos ha podido redimir y el Espíritu Santo nos puede santificar.
En el siglo XV los ingleses habían invadido Francia, las tropas francesas estaban desmoralizadas y el Delfín -el heredero de la corona francesa- no se atrevía a hacer frente al ejército enemigo. Pero una niña de trece años llamada Juana oyó por primera vez la voz de Dios. Durante cuatro años Juana recibió muchos mensajes del Cielo que la animaban a comulgar y a vivir santamente y le revelaron que Dios tenía una misión para ella: liberar a Francia. Cuando empezó a hablar de eso la tomaron por loca. ¿Una niña iba a conseguir lo que no podían conseguir los caballeros de Francia? Pero Juana confiaba en Dios que todo lo puede. Se presentó ante el comandante de la guarnición más cercana a su pueblo y le pidió una escolta para llevarle al Delfín un mensaje de parte de Dios. Sabía que iban a reirse de ella pero que al final le harían caso. Y así fue. Aunque tardó un año en convencerse de había algo misterioso en esa chica que tenía ya diecisiete años, al final el comandante le dio la escolta y Juana se presentó en el castillo de Chinon donde estaba refugiado el Delfín. También allí tuvo que esperar porque los consejeros del Delfín no se fiaban de ella. Decidieron ponerla a prueba. Sentaron en el trono a un cortesano y el Delfín se vistió de camarero. Llevaron a Juana a la sala del trono y vieron como daba la espalda al hombre que se había sentado en el trono del Delfín. Juana, que jamás había visto al heredero de Francia, se dirigió a él para decirle que le traía un mensaje del Cielo. Lo que parecía imposible se cumplió porque para Dios nada es imposible. El Delfín nombró a Juana comandante de los ejércitos de Francia. Al frente del ejército y sin usar su espada, llevando un estandarte blanco con los nombres de Jesús y de María Juana de Arco liberó Orleans. Hoy es la patrona de Francia y se la venera como Santa Juana de Arco.
 
Hace dos mil años una muchacha de Nazaret llamada María recibió la visita de un ángel. El ángel la saludó con estas palabras: Salve, llena de gracia. Luego le anunció que iba a ser la madre del Salvador. Santa María creyó que Dios lo puede todo y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Hace casi tres mil años los filisteos estaban en guerra contra los israelitas. Un soldado filisteo llamado Goliat retó a los israelitas. Nadie se atrevía a luchar contra él. Entonces, de entre las filas de los Israelitas salió un niño que se llamaba David. No llevaba armadura, ni espada ni lanza ni escudo, porque era un pastor. Solamente llevaba una honda -una cuerda que se usa para lanzar piedras a los perros y a las ovejas- pero dio un paso al frente y, en el Nombre de Dios Todopoderoso, aceptó el reto de Goliat. Allí estaban el gigante bien armado y el pastor que confiaba en Dios. Y el pastor venció al gigante. Aquel joven pastor -David- llegó a ser rey de Israel.
 
Dios lo puede todo y los que confían en Dios hacen cosas que parecen imposibles. La Madre Teresa de Calcuta vivió en la India sirviendo a los más pobres de entre los pobres. Ella misma era muy pobre. Una vez necesitaba medicamentos para atender a un enfermo. Fue a la farmacia pero no tenía dinero. Le dijeron que si no podía pagar no le darían las medicinas. Sacó el rosario y se puso a rezarlo. Poco después el encargado de la farmacia le dio lo que necesitaba. Más tarde a la Madre Teresa le dieron el premio Nobel de la paz. Hoy está en el Cielo.
 
¿Qué quiere decir eso de que Dios es Omnipotente o Todopoderoso? Quiere decir que todo lo que existe ha salido de la nada porque Él lo ha querido. Quiere decir que se ha hecho hombre para salvarnos. Y quiere decir que nada es imposible para los que se dejan guiar por su Espíritu.
Jesús estaba muriéndose en la Cruz. Perdonó a todos y encomendó su espíritu al Padre. Murió como se duerme un niño en los brazos de su padre. Cuando alguien ha muerto no parece posible que vuelva a vivir pero para Dios todo es posible. Jesús había nacido de la Virgen María, murió en la Cruz y resucitó al tercer día. Por eso no hay discípulo de Cristo que no confiese su fe en Dios Padre Todopoderoso.
Dios Padre Todopoderoso nuestra fe confiesa que tu hijo ha muerto y ha resucitado.

martes, 8 de enero de 2013

ABRE LAS PUERTAS AL REDENTOR

En algunas ocasiones, habrás sentido que en tu vida se cerraba alguna puerta y que no podías seguir adelante o que no se producían los cambios que tanto anhelabas.

Ten presente que eso mismo le sucedió a Dios, cuando José y María llamaban a las puertas de las casas de Belén y recibían siempre la misma respuesta: “no hay lugar”.

Casi puedo imaginar a la Virgen María poniendo suavemente su pequeña mano sobre el hombro de José y transmitiendo, con ese gesto simple y confiado, la paz y la confianza que brota de su corazón y del Corazón del pequeño Niño que latía en su interior.

Quizás hemos estado buscando refugio en lugares equivocados. Quizá las puertas a las cuales llamamos no eran las correctas.

Dispongámonos, en este tiempo, a un mayor silencio interior para escuchar lo que el Señor tiene que decirnos y pidámosle que nos ayude a abrirle nosotros las puertas del pesebre del propio corazón, para que él pueda entrar en las habitaciones más profundas de nuestra vida y abrirnos nuevas puertas de bendición.



Yo estoy junto a la puerta y llamo (…) Apocalipsis 3, 20.


P. Gustavo Jamut

sábado, 5 de enero de 2013

SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Evangelio

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

Mateo 2, 1-12
 
 
La estrella de Belén no fue una estrella corriente. Los caminantes entendidos saben mirar al cielo para orientar sus pasos en la tierra. El firmamento estrellado es mapa celeste de senderos terrenos. Las estrellas guían, pero ésta de Belén es especial. A su resplandor, los Magos de Oriente son convocados; bajo su tutela, se ponen en camino; su brillo delata pertenencia regia, se oculta a los ojos mentirosos del rey impostor; reaparece colmando de alegría y se apaga cuando, cumpliendo su cometido, reposa junto a quien es Luz y Vida.

Por medio de una estrella, el Señor reveló a su Hijo a los pueblos gentiles y concedió a las generaciones futuras la posibilidad de caminar en este mundo con el conocimiento de la fe. La tradición cristiana ha reconocido, en la adoración de los Magos, las primicias de nuestra vocación y la descripción de un camino de fe, que se inicia con los interrogantes que suscitan los signos de este mundo y concluye con la ofrenda de la propia vida al Niño Dios. Cuando la Iglesia celebra la manifestación (epifanía) del Salvador a todos los pueblos, la Liturgia nos concede revivir la experiencia de los Magos: Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría.

En el origen de todo camino de fe está la llamada amorosa de Dios, que impregna de su presencia la creación para que el ser humano, creado a su imagen, interrogue a las criaturas. Es necesario preguntar bien para no ahogar el deseo de la búsqueda. No falta razón a san Anselmo cuando reza, al inicio de su Proslogion, con estas palabras: «Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré». Los Magos preguntan a la señal del cielo y hallan respuesta: es la estrella que anuncia el nacimiento del Rey de los judíos. El solo saber no sacia el deseo del corazón. Conocida la verdad del signo, hay que responder con la vida: acuden a adorarlo a la Ciudad Santa.

La estrella se oculta. Es como si la impostura del rey Herodes apagara su luz. Sobresalto y fingimiento son el disfraz de la falsa devoción. Pero los Magos, que han hecho de su camino búsqueda, siguen preguntando y encuentran en los profetas la solución a sus dudas. Al signo se une la palabra, y entonces vuelve a la estrella su luz.

La estrella se detiene encima del Niño y termina su función. Al signo sigue la realidad; a la búsqueda, el encuentro; al encuentro, la adoración; a la adoración, la ofrenda; y en todo la alegría sin límite. Llegar a la meta es el comienzo de la vuelta a casa. En la antigüedad cristiana, no faltó quien vio en el portal de Belén la entrada perdida del Paraíso. Para volver a nuestra verdadera casa, es necesario encontrarse ahora con el Niño, caer ante Él de rodillas y adorarlo. Quien recibe la gracia de imitar a los Magos puede volver a su tierra por otro camino.
En el camino de la vida, la fe nos acompaña como estrella luminosa que conduce al Salvador. Cuando su luz parezca menguar, preguntemos a la Palabra, recordemos la meta y no detengamos la marcha. Custodiar el don de la fe es tener como guía en el camino de la vida la estrella de la inmensa alegría.
 
+ José Ángel Saiz Meneses
obispo de Tarrasa

viernes, 4 de enero de 2013

PREPARANDO LA VISITA DE LOS REYES MAGOS

Especial para los peques, aunque también a los mayores nos viene bien...

jueves, 3 de enero de 2013

LA FIDELIDAD BROTA DE LA TIERRA

Hoy jueves sacerdotal. Exposición del Santísimo en nuestra Parroquia hasta las siete de la tarde.
Oramos por nuestros sacerdotes y seminaristas y por las vocaciones al sacerdocio.

Hay un texto del salmo 85 que se repite muchas veces en la liturgia de adviento y de Navidad. Dice así: La justicia mira desde el cielo y la fidelidad brota de la tierra. Sobre la primera parte ya hemos meditado hace poco pero la visión no quedaría completa sin hablar de esa fidelidad que brota de la tierra. San Agustín en su sermón 185 en vez de fidelidad habla de verdad, tal vez por aquello de que no puede haber fidelidad si no es en la verdad.
La justicia que mira desde el cielo sucede en la tierra con el nacimiento de Cristo. Por eso brota de la tierra y de la carne, es decir de las entrañas de la Virgen María. La justicia que mira desde el cielo es pura misericordia, es mirada de perdón, de clemencia y de olvido. Dios quiere olvidarse del pecado con el que el hombre rompió con él. Con esa mirada pone su corazón en el mísero que soy yo y tú, que lees esto. Esa justicia que nos hace justos es gratuita pero pasa por la carne de Cristo y después por la nuestra. Brota de la tierra, se realiza en Jesucristo y en todos los que creen en él. Lo mismo que sucede en Cristo, mediante la fe sucede en nosotros y configura nuestra historia.

Siempre me chocó y nunca entendí una frase de Santo Tomás. Te la voy a compartir, amiga mía, como diría el Cantar, para ver si me ayudas a profundizar en ella. Sabemos que Cristo se autodescribe en el evangelio con muchas imágenes, a saber: yo soy el camino, la verdad, la vida; yo soy la luz, el pan nuevo, el agua viva. Dice de sí mismo que es el hijo del hombre, la vid, el que sirve, y muchas otras. La que me interesa en este caso es la de : Yo soy la puerta. Santo Tomás de Aquino comentando esta imagen dice que si Cristo es la puerta todos tenemos que entrar por ella. Añade que también la propia humanidad de Cristo tiene que pasar por esa puerta. ¿Cómo es posible? Entrando por sí mismo. Cristo para llegar a Dios tiene que entrar por sí mismo. Esto es lo que yo no acabo de entender.

A veces se oye que el Padre es la casa, el Hijo la puerta y el Espíritu Santo la llave. Bien, pero el Hijo no puede ser puerta en cuanto Dios porque si la puerta es para llegar a Dios, él ya lo es. Luego sólo puede ser puerta en cuanto hombre. De acuerdo, pero así y todo: ¿para qué necesita Cristo pasar por sí mismo? ¿Necesita redimirse a sí mismo? Cristo no necesita redimirse porque no cometió pecado, luego está fuera de su propia redención. La Virgen no, porque aunque no cometió pecado y fue inmaculada desde el principio, sin embargo esto acaeció en previsión de la muerte y méritos de su Hijo. Cristo, sin ser redimido, tuvo que pasar por sí mismo, y él más que nadie porque la carga de tierra que traía acumulada durante siglos de humanidad recorridos tenía que tocar su carne limpia para quedar purificada. Porque Cristo tenía como dos partes: una era la carne limpísima por su hipóstasis con el Verbo y otra es esa misma carne, hecha pecado, por cagar con todo lo nuestro. Por eso la parte que cargó tuvo que pasar en el mismo Cristo para ser limpiada con su parte limpia que no deja de ser la misma. Yo no sé a ti, amiga mía, cómo te suena esto, pero a mí me encanta porque aunque no entiendo nada intuyo un misterio maravilloso que me hace feliz.
 
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miércoles, 2 de enero de 2013

SECRETOS DE LA NAVIDAD

 
 
EL SECRETO DE MARÍA: EL SILENCIO
Dos necesidades básicas nos definen: hablar y ser escuchados. Con el añadido hoy de la tecnología -celulares, redes sociales, blogs, chateo, etc.- la ecuación queda así: tendenc...ia natural a hablar + tecnología = sociedad hiperparlante. Supongo que más de alguno habrá ya querido gritar desde algún punto del planeta: "¡Basta; cállense todos!".

María tiene un secreto para nuestra ruidosa sociedad: su silencio. Ella, la gran coprotagonista de la Navidad; la que tendría tanto que decir, tanto que contar, guarda silencio, medita. Según la narración evangélica del nacimiento de Jesús, en esos momentos María no dijo una sola palabra. Su silencio fue el mejor modo de acompañar el acontecimiento más grande de la historia. Ningún sonido, ninguna melodía hubiera estado a la altura del momento. Por eso, bien se ha dicho, nada es más solemne que el silencio.

Ahora bien, el silencio de María no fue estéril ni superficial. Fue el espacio fecundo para reflexionar, profundizar y contemplar: "María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lc. 2, 19). Ella entendió por anticipado lo que un psiquiatra español diría siglos más tarde: en ciertas ocasiones "la palabra es plata y el silencio es oro".

El silencio tiene capas. Hay un silencio "exterior". Importantísimo. Consiste en saber "apagar" los estímulos sensoriales. Cuánto bien nos haría a todos tener al menos 30 minutos de este silencio al día. No siempre es posible. Pero habría que saber encontrar algún remanso así a lo largo del día. Los silencios más profundos son los de la memoria, para evitar malos recuerdos y purificar el pasado; los de la imaginación, para no anticipar desgracias; los de la susceptibilidad, para no "atar demasiados cabos" y sentirnos víctimas de todo mundo, etc., etc. Adquirir la disciplina del silencio no es fácil, pero el fruto bien vale la pena. El silencio es, en cualquier caso, un guardián del alma.
(P. Alejandro Ortega, L.C)

martes, 1 de enero de 2013

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

EVANGELIO
Encontraron a María y a José, y al niño. A los ocho días, le pusieron por nombre Jesús
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo corno les habían dicho.

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor.
 
Esa sucinta y hermosísima fórmula de bendición la recitan los judíos siempre: al levantarse, al acostarse, al salir de casa, al volver. Nosotros nos olvidamos de ella y solo la conocemos por la lectura de hoy. ¿Cuándo se ha iluminado el rostro de Dios sobre nosotros? Siempre que nos mira con ternura. ¿Y cuándo nos mira con esa querencia? Habremos de decir: siempre, siempre, siempre. Siempre que estamos en las cercanías de su Hijo. Pues del Padre sale una torrentera de amor hacia el Hijo, cuya es el Espíritu Santo. Pero esa fuente que abarca a Padre, Hijo y Espíritu, no se queda solo circulando en sus secretas internalidades, pues se derrama hacia nosotros con la encarnación del Hijo. Y lo hace en el vientre virginal de María, la puerta por la que el Hijo se hace carne. El Hijo, nacido de una mujer; nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley; para que fuéramos también nosotros hijos por adopción. Hijos de Dios, nuestro Padre. Hijos de María, nuestra madre. Porque hijos: Ahí tienes a tu hijo, Dios envía a nosotros, a lo profundo de nuestros corazones, el Espíritu suyo y de su Hijo, el Espíritu Santo, que clama: Abba, Padre. Circulación de amor que viene del Padre por el Hijo en el Espíritu, y que, por su hijo Jesús. llega a través de María. Torrentera de amor. Vivimos en el amor. El Misterio de la encarnación es Misterio de amor

. El Señor ilumina su rostro sobre nosotros, sobre ti, sobre mí, sobre tus hijos, sobre tus padres y hermanos, sobre tus parientes, sobre tus amigos y amigas, sobre las personas con las que trabajas. Misterio de amor que, pasando a través de ti, porque tú también, como María, das a luz al hijo, llega a todos, a la humanidad entera. Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre. No somos hijos de esclavo, sino hijos queridos, traspasados, circunvalados por el amor, aunque demasiadas veces ni nos demos cuenta. Un amor que pasa siempre a través de la encarnación; que se hace amor en la carne. Carne de Jesús. Carne de Dios. Carne virginal de María, nuestra madre. Carne tuya y mía. Por él se nos da entrada en el Misterio de Dios. Profundo misterio que nunca podremos ceñir, ¿quién abarca el amor que ilumina el rostro de Dios? Se ha cumplido el tiempo en que ese amor viene a nosotros en infinito derroche: el Hijo se hace carne en María —y en ti, y, Dios lo quiera, en mí también —, carne de amorosidad. Es ella la que nos hace ser.

La imagen y semejanza del momento de la creación, perdida en el jardín cuando, engañados, quisimos ser como dioses, se nos ofrece desde su completud de amor, amor en su infinitud, para que nuestro ser recobre la plenitud de la naturaleza que había extraviado en el engaño.
¿Dónde encontraremos el punto que nos atrae, desde el que el amor del Padre nos provoca para ofrecernos de nuevo la plenitud de nuestro ser a imagen y semejanza? ¿Quién nos la mostrará? Ese punto de atracción es el Hijo, el Jesús de María, tu Jesús, mi Jesús, Dios lo quiera. Hoy lo vemos en su circuncisión, a los ocho días del nacimiento. Vemos cómo crece. Vemos cómo estira de nosotros para llevarnos hacia sí. ¿Y dónde está el hijo? En brazos de su Madre. Observemos todas estas cosas y meditémoslas en nuestro corazón.