La liturgia nos presenta este día una escena de martirio frustrado: es un campo de las afueras de Roma, al principio de la vía que sale de la ciudad para atravesar el Lacio, delante de la Puerta Latina. En una caldera, un anciano desnudo, con las manos atadas; en torno, el aceite hierve y chisporrotea; al lado, los verdugos atizando el fuego y contemplando con ojos estupefactos al hombre de la caldera. El mártir reza con los ojos fijos en el cielo y la barba humedecida por el líquido bullente. Tiempo hace que debiera estar frito, pero se le ve sereno, alegre, intacto. Los verdugos revuelven el fuego, traen nuevas cargas de leña y se retiran sudorosos y chamuscados. Es inútil: ni la llama ni el aceite pueden hacer daño en la carne virginal del hombre que reclinó su cabeza sobre el corazón de Dios.
Este suceso le contaba ya Tertuliano alrededor del año 200. Fue con motivo de la segunda persecución. Durante mucho tiempo Domiciano había sido el más justo de los emperadores. «Nunca—dice Suetonio—tuvo el Imperio tan honrados gobernadores.» El vicio era perseguido como hubiera podido serlo en el reinado del más austero de los Papas, en el de San Pío V, por ejemplo. Pero un día, bajo «el censor santísimo», es la expresión de Tertuliano, bajo las apariencias del hombre que, como dice Marcial, «había obligado al pudor a entrar de nuevo en los hogares», apareció el monstruo. «La necesidad—dice Suetonio—le hizo rapaz; el miedo le hizo cruel.» Si aquello no fue una locura, es difícil explicar el caso de aquel hombre que se paseaba solo, inquieto; agitado por todas las tempestades de la pasión, leyendo las memorias de Tiberio, gramática de tiranías, combinando listas de proscripción y cazando moscas a través de sus habitaciones revestidas de mármoles brillantes como espejos, con el fin de ver cuanto pasaba en torno suyo. Celoso de toda superioridad, el déspota no podía siquiera sufrir la superioridad de la virtud, y este sentimiento le hizo perseguidor de los cristianos. Varones consulares, ilustres damas de la misma familia imperial, gentes lel pueblo, esclavos y artesanos fueron proscritos, depórtados o asesinados sin forma de proceso por el amo del mundo en delirio. Allá en Palestina vivían dos nietos del apóstol Judas, «hermano de Jesús». Su calidad de parientes del Señor y descendientes de David le hizo entrar en sospechas. Los mandó prender, los trajo a Roma y los interrogó personalmente. Por fortuna, se trataba de dos pobres rústicos que vivían difícilmente cultivando su campo y creían en un reino celeste y espiritual. El emperador les dejó en libertad, riéndose de sus sueños y despreciando su pobreza. Casi al mismo tiempo le trajeron al discípulo predilecto de Jesús, que predicaba la doctrina de su Maestro en el Asia Menor. Creyó que se trataba de un hombre más peligroso, y mandó proceder contra él con todo rigor; pero el fuego le respetaba, el aceite era para él como un rocío. Juan salió incólume del baño hirviente, y marchó deportado a la isla de Palmos.
Era una isla desolada del archipiélago helénico; suelo ingrato, rocas volcánicas, tristes eriales. Sólo una llanura menos sombría, en las cercanías del puerto, con plantaciones de mirtos y palmeras. Aun hoy se la llama el Jardín del Santo. Pero en medio de aquel paisaje punzante y severo se abrieron sobre el desterrado las magnificencias del Paraíso; allí el evangelista se convirtió en profeta; allí fue revelado el Apocalipsis, el último libro, el epílogo de la sagrada Biblia. Desde su isla, Juan extiende su mirada sobre las ciudades asiáticas, donde ha dejado tantos discípulos, inquietos ahora por la persecución y desmoralizados por las predicaciones de los nicolaístas, «sinagoga de Satán, cuya doctrina es como la de Balaam, el que enseñó a Balac a poner el escándalo delante de los hijos de Israel, a comer las carnes inmoladas en honor de los ídolos y a fornicar». Para tranquilizar los espíritus, les envía el mensaje del Apocalipsis. Hoy tenemos tendencia a no ver en este libro sino el aspecto terrible e intranquilizador. El mismo título es ya de suyo algo sombrío e inquietante. No obstante, el objeto de San Juan es fortalecer los corazones vacilantes, devolverles la confianza en la fidelidad y en la omnipotencia del Salvador, recordarles que es


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