20 de Agosto, visita a la FUNDACIÓN INSTITUTO SAN JOSÉ
Señor Cardenal Arzobispo de Madrid,
Queridos hermanos en el Episcopado,
Queridos sacerdotes y religiosos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios,
Distinguidas Autoridades,
Queridos jóvenes, familiares y voluntarios aquí presentes
Gracias de corazón por el amable saludo y la cordial acogida que me habéis dispensado.
Esta noche, antes de la vigilia de oración con los jóvenes de todo el mundo que han venido a Madrid para participar en esta Jornada Mundial de la Juventud, tenemos ocasión de pasar algunos momentos juntos y así poder manifestaros la cercanía y el aprecio del Papa por cada uno de vosotros, por vuestras familias y por todas las personas que os acompañan y cuidan en esta Fundación del Instituto San José.
La juventud, lo hemos recordado otras veces, es la edad en la que la vida se desvela a la persona con toda la riqueza y plenitud de sus potencialidades, impulsando la búsqueda de metas más altas que den sentido a la misma. Por eso, cuando el dolor aparece en el horizonte de una vida joven, quedamos desconcertados y quizá nos preguntemos: ¿Puede seguir siendo grande la vida cuando irrumpe en ella el sufrimiento? A este respecto, en mi encíclica sobre la esperanza cristiana, decía: “La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre (…). Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (Spe salvi, 38). Estas palabras reflejan una larga tradición de humanidad que brota del ofrecimiento que Cristo hace de sí mismo en la Cruz por nosotros y por nuestra redención. Jesús y, siguiendo sus huellas, su Madre Dolorosa y los santos son los testigos que nos enseñan a vivir el drama del sufrimiento para nuestro bien y la salvación del mundo.
Estos testigos nos hablan, ante todo, de la dignidad de cada vida humana, creada a imagen de Dios. Ninguna aflicción es capaz de borrar esta impronta divina grabada en lo más profundo del hombre. Y no solo: desde que el Hijo de Dios quiso abrazar libremente el dolor y la muerte, la imagen de Dios se nos ofrece también en el rostro de quien padece. Esta especial predilección del Señor por el que sufre nos lleva a mirar al otro con ojos limpios, para darle, además de las cosas externas que precisa, la mirada de amor que necesita. Pero esto únicamente es posible realizarlo como fruto de un encuentro personal con Cristo. De ello sois muy conscientes vosotros, religiosos, familiares, profesionales de la salud y voluntarios que vivís y trabajáis cotidianamente con estos jóvenes. Vuestra vida y dedicación proclaman la grandeza a la que está llamado el hombre: compadecerse y acompañar por amor a quien sufre, como ha hecho Dios mismo. Y en vuestra hermosa labor resuenan también las palabras evangélicas: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).
Por otro lado, vosotros sois también testigos del bien inmenso que constituye la vida de estos jóvenes para quien está a su lado y para la humanidad entera. De manera misteriosa pero muy real, su presencia suscita en nuestros corazones, frecuentemente endurecidos, una ternura que nos abre a la salvación. Ciertamente, la vida de estos jóvenes cambia el corazón de los hombres y, por ello, estamos agradecidos al Señor por haberlos conocido.
Queridos amigos, nuestra sociedad, en la que demasiado a menudo se pone en duda la dignidad inestimable de la vida, de cada vida, os necesita: vosotros contribuís decididamente a edificar la civilización del amor. Más aún, sois protagonistas de esta civilización. Y como hijos de la Iglesia ofrecéis al Señor vuestras vidas, con sus penas y sus alegrías, colaborando con Él y entrando “a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano” (Spe salvi, 40).
Con afecto entrañable, y por intercesión de San José, de San Juan de Dios y de San Benito Menni, os encomiendo de todo corazón a Dios nuestro Señor: que Él sea vuestra fuerza y vuestro premio. De su amor sea signo la Bendición Apostólica que os imparto a vosotros y a todos vuestros familiares y amigos. Muchas gracias.
Dios ha querido darnos el regalo de hacernos sus hijos. Nos ha regalado la Iglesia, comunidad que le hace presente en medio de este mundo: ESTA ES NUESTRA CASA. Blog de la Parroquia de San Juan Evangelista Sonseca (Toledo)
lunes, 7 de noviembre de 2011
domingo, 6 de noviembre de 2011
EL ESTIERCOL
¡Cuánto me acuerdo de la Madre Teresa de Calcuta! Ella afirmaba que recibía mucho más de los pobres de lo que ella era capaz de darles, y que si nos convenciéramos de esta gran verdad, estaríamos constantemente dándonos a los demás. “Cuando Dios pone a una persona en tu camino, siempre es para que hagamos algo por ella. Nada ocurre al azar; todo ha sido planeado por El”. Esta afirmación de la Madre Teresa la estoy experimentando en mis propias carnes a través de las cartas que aún me siguen enviando los presos de las cárceles. ¡Cuánto aprendo de aquellos que se han arrepentido!
Uno de ellos me contaba su vida pasada. ¡Qué espanto! No se la repetiré aquí para no horrorizarle, querido lector… Hoy es un Dimas arrepentido, que desea liberarse del pecado y reparar el daño que hizo a personas inocentes.
“A veces me atormentan los recuerdos”, me decía. “Pero debo aprender a vivir con ellos y sobre todo con mi estiércol”. “¿Estiércol?”, le pregunté. “¿Qué quieres decir con eso?” Entonces me dio una lección muy grande del amor de Dios que sí deseo compartir con usted. Estas fueron más o menos sus palabras:
“Bueno, verá… Mi pasado es todo podredumbre y pecado… Ése es mi estiércol. Pero las flores de los más hermosos jardines, necesitan de ese estiércol para crecer. Dios es ahora el agua, el sol, la tierra y la luz en mi vida. Es la tierra y la luz en mi corazón. El me riega con cada Comunión y me acaricia el alma con sus rayos de amor. Yo al principio no me atrevía a mirarle a los ojos, y hasta evité unos meses acudir a misa. Hasta que un día, orando, El me habló al corazón. Me dijo que necesitaba mi arrepentimiento y que entonces mi estiércol sería transformado por Él en amor al prójimo.”
“¿Lo hizo?”, pregunté llena de fascinación.
“Bueno, verá… Él todo lo puede, ¿sabe? El me dijo que si yo le dejaba, haría cosas grandes en mi alma. Pero también me dijo que si me empeñaba en anclar mi corazón a mi pasado, me asfixiaría. Entonces comprendí que debía dárselo todo: los recuerdos, la vergüenza que sentía hacia las víctimas, el miedo y el rencor hacia mis enemigos. Supe que viviría siempre recordando mi pasado, pues no podemos ser hoy sin haber sido un ayer, pero que ese ayer, se lo debemos entregar con fe ciega.”
“¿Qué podemos hacer entonces con los recuerdos que tanto nos atormentan?”, le pregunté, “son mochilas muy pesadas, las hemos llenado de piedras y ahora nos pesan.”
“Sólo con la gracia del arrepentimiento… A mí Cristo me la ha dado a través de la misa, de la Comunión… Y yo he aceptado ese regalo. Por eso, mi pasado tan lleno de estiércol no impedirá que toda una eternidad de amor me espere al final del camino. He comprendido que, a pesar de todo lo que hice, mi destino es el cielo gracias a su Misericordia. El que quiera seguirle, debe primero pedir perdón a sus víctimas, luego a la sociedad, y por último, (y esto es muy importante), perdonarse a sí mismo y hacer el firme propósito de no volver a caer.”
Esta conversación me dejó muy conmovida, querido lector… Es cierto que todos somos llamados a ser santos, y aunque mis pecados no sean tan graves como los de este preso amigo, ¿cómo atreverme a decir que no llevo yo también estiércol almacenado? Somos lo que fuimos y lo que seremos. Todo forma parte de nuestra vida… Ojalá todos logremos tener tanta fe en la Misericordia de Cristo como este hombre entre rejas…Quizá nuestro estiércol sea el camino que tuvimos que recorrer para hacernos humildes, entender su grandeza y rendirnos ante Él. Y sobre todo no olvide, como dice mi amigo, que con un arrepentimiento sincero nuestra meta será toda una eternidad de amor.
Publicado por María Vallejo Nájera en la revista Misión
Uno de ellos me contaba su vida pasada. ¡Qué espanto! No se la repetiré aquí para no horrorizarle, querido lector… Hoy es un Dimas arrepentido, que desea liberarse del pecado y reparar el daño que hizo a personas inocentes.
“A veces me atormentan los recuerdos”, me decía. “Pero debo aprender a vivir con ellos y sobre todo con mi estiércol”. “¿Estiércol?”, le pregunté. “¿Qué quieres decir con eso?” Entonces me dio una lección muy grande del amor de Dios que sí deseo compartir con usted. Estas fueron más o menos sus palabras:
“Bueno, verá… Mi pasado es todo podredumbre y pecado… Ése es mi estiércol. Pero las flores de los más hermosos jardines, necesitan de ese estiércol para crecer. Dios es ahora el agua, el sol, la tierra y la luz en mi vida. Es la tierra y la luz en mi corazón. El me riega con cada Comunión y me acaricia el alma con sus rayos de amor. Yo al principio no me atrevía a mirarle a los ojos, y hasta evité unos meses acudir a misa. Hasta que un día, orando, El me habló al corazón. Me dijo que necesitaba mi arrepentimiento y que entonces mi estiércol sería transformado por Él en amor al prójimo.”
“¿Lo hizo?”, pregunté llena de fascinación.
“Bueno, verá… Él todo lo puede, ¿sabe? El me dijo que si yo le dejaba, haría cosas grandes en mi alma. Pero también me dijo que si me empeñaba en anclar mi corazón a mi pasado, me asfixiaría. Entonces comprendí que debía dárselo todo: los recuerdos, la vergüenza que sentía hacia las víctimas, el miedo y el rencor hacia mis enemigos. Supe que viviría siempre recordando mi pasado, pues no podemos ser hoy sin haber sido un ayer, pero que ese ayer, se lo debemos entregar con fe ciega.”
“¿Qué podemos hacer entonces con los recuerdos que tanto nos atormentan?”, le pregunté, “son mochilas muy pesadas, las hemos llenado de piedras y ahora nos pesan.”
“Sólo con la gracia del arrepentimiento… A mí Cristo me la ha dado a través de la misa, de la Comunión… Y yo he aceptado ese regalo. Por eso, mi pasado tan lleno de estiércol no impedirá que toda una eternidad de amor me espere al final del camino. He comprendido que, a pesar de todo lo que hice, mi destino es el cielo gracias a su Misericordia. El que quiera seguirle, debe primero pedir perdón a sus víctimas, luego a la sociedad, y por último, (y esto es muy importante), perdonarse a sí mismo y hacer el firme propósito de no volver a caer.”
Esta conversación me dejó muy conmovida, querido lector… Es cierto que todos somos llamados a ser santos, y aunque mis pecados no sean tan graves como los de este preso amigo, ¿cómo atreverme a decir que no llevo yo también estiércol almacenado? Somos lo que fuimos y lo que seremos. Todo forma parte de nuestra vida… Ojalá todos logremos tener tanta fe en la Misericordia de Cristo como este hombre entre rejas…Quizá nuestro estiércol sea el camino que tuvimos que recorrer para hacernos humildes, entender su grandeza y rendirnos ante Él. Y sobre todo no olvide, como dice mi amigo, que con un arrepentimiento sincero nuestra meta será toda una eternidad de amor.
Publicado por María Vallejo Nájera en la revista Misión
sábado, 5 de noviembre de 2011
DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO
Evangelio
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El reino de los cielos se parecerá a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. La necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro! Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas. Pero las prudentes contestaron: Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y lo compréis. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: Señor, señor, ábrenos. Pero él respondió: En verdad os digo que no os conozco. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».
Mt 25, 1-13
Nos acercamos hoy a un texto que, todo él, tanto en su finalidad como en sus detalles, es una lección de vida que nos da Jesús. Lo hace a propósito de una boda, para que todo lo que le escuchemos lo situemos en un clima de fiesta. Se trata de una boda con una hermosa ritualidad: la esposa espera la llegada del novio acompañada de diez vírgenes que, según la costumbre, con sus lámparas encendidas formarán un cortejo que acompañará a la esposa al banquete de bodas cuando llegue el esposo, que, por cierto, se ha retrasado. El esposo se ha hecho esperar tanto que las vírgenes acompañantes se han dormido. Hasta ahí parece que todo iba normal. Lo que no fue tan normal es que cinco de las doncellas no previeran tanto retraso y que se quedaran sin aceite en sus lámparas y, por tanto, sin luz. Por eso, al llegar el esposo, se vieron obligadas a tener que ir a buscar aceite, lo que les impidió llegar a tiempo para entrar en el banquete de bodas. Con esta parábola, Jesús deja claro que la vida tiene un destino feliz, para el que hay que estar preparados; es más, lo que Jesús hace ver es que, mientras vivimos, hay que mantener la esperanza de participar en la fiesta del reino de Dios, aunque en ocasiones nos pueda entrar sueño, como les ocurrió a todas las vírgenes. En efecto, Jesús recuerda que lo que nunca puede faltar en la vida es la orientación decidida y resuelta hacia el encuentro definitivo con el Señor. Porque, en realidad, Jesús es el esposo que estamos esperando. Así lo reconocemos en un himno de la Liturgia de las Horas: «Para que nunca ahoguen los fracasos mis ansias de seguir siempre tu voz, pon, Señor, una fuente de esperanza en el desierto de mi corazón».
Lo que Jesús dice es que la vida es vigilia; es decir, que cada vida tiene que estar orientada hacia un horizonte de eternidad, que, por cierto, hay que cultivar con la actitud prudente de las vírgenes sabias. A los que esperan como ellas, aunque se duerman, siempre les quedará la reserva de aceite de sus buenas obras y la de la gracia, que les servirá para llegar a las puertas de la vida eterna con sus lámparas encendidas. Lo contrario es la actitud de las vírgenes necias; es la de aquellos que un día recibieron la lámpara encendida de la fe y de la gracia y, sin embargo, o la perdieron o la dejaron languidecer por falta de aceite de reserva. Muchos cristianos se olvidan de alimentar su fe con formación, con oración y con la caridad y, por eso, poco a poco se va debilitando su amor primero y, a veces, sin darse cuenta, se van alejando de Dios.
Lo que pone en claro la parábola es que ser o no ser del reino de Dios depende de la preparación de cada uno; por eso, el que deja de esperar al Señor debe atribuirse a sí mismo la pérdida de su participación en la vida eterna de Jesucristo. En realidad, la reserva de aceite que nos garantiza mantener encendida la lámpara de la fe y de la gracia divina, no se puede comprar, ni alquilar, ni prestar. Por eso, las prudentes no pudieron ceder parte de su aceite a las atolondradas, porque la preparación para el encuentro decisivo con el Señor es personal de cada cristiano y vale sólo para su viaje hasta la vida eterna.
Lo que Jesús dice es que la vida es vigilia; es decir, que cada vida tiene que estar orientada hacia un horizonte de eternidad, que, por cierto, hay que cultivar con la actitud prudente de las vírgenes sabias. A los que esperan como ellas, aunque se duerman, siempre les quedará la reserva de aceite de sus buenas obras y la de la gracia, que les servirá para llegar a las puertas de la vida eterna con sus lámparas encendidas. Lo contrario es la actitud de las vírgenes necias; es la de aquellos que un día recibieron la lámpara encendida de la fe y de la gracia y, sin embargo, o la perdieron o la dejaron languidecer por falta de aceite de reserva. Muchos cristianos se olvidan de alimentar su fe con formación, con oración y con la caridad y, por eso, poco a poco se va debilitando su amor primero y, a veces, sin darse cuenta, se van alejando de Dios.
Lo que pone en claro la parábola es que ser o no ser del reino de Dios depende de la preparación de cada uno; por eso, el que deja de esperar al Señor debe atribuirse a sí mismo la pérdida de su participación en la vida eterna de Jesucristo. En realidad, la reserva de aceite que nos garantiza mantener encendida la lámpara de la fe y de la gracia divina, no se puede comprar, ni alquilar, ni prestar. Por eso, las prudentes no pudieron ceder parte de su aceite a las atolondradas, porque la preparación para el encuentro decisivo con el Señor es personal de cada cristiano y vale sólo para su viaje hasta la vida eterna.
+ Amadeo Rodríguez Magro
obispo de Plasencia
obispo de Plasencia
Hoy oramos especialmente por los jóvenes de nuestra Parroquia que se preparan para recibir la Confirmación. El sábado pasado y este, celebran una convivencia de preparación. Oramos por ellos, por sus catequistas, por sus familias y por D. David que es el sacerdote encargado de prepararlos.
viernes, 4 de noviembre de 2011
TE PUEDE PASAR A TÍ
Juan Manuel Cotelo, director de "La Ultima Cima", nos presenta ahora este documental que recoge el testimonio de marxistas, pandilleros, homosexuales, masones, etc. que un día se encontraron con Dios cara a cara y encontraron en El la verdadera vida.
Este es el trailer que infinito+1, su productora nos presenta.
Este es el trailer que infinito+1, su productora nos presenta.
jueves, 3 de noviembre de 2011
"NO SOY PERFECTO, PERO SOY FELIZ"
La fotografía se colgó en Facebook hace algunos días y está comenzando a convertirse en un fenómeno viral destinado a conmover las conciencias ante una sangrante realidad: desde que en 1989 se introdujo el diagnóstico prenatal, en los países occidentales el 90% de los niños que padecen esta alteración cromosómica son exterminados antes de nacer, pues la legislación y la jurisprudencia lo consideran causa suficiente de aborto
El niño se llama Boaz y tiene seis años. Su padre, Andy Reigstad, tomó la foto para mostrar a la gente cómo son las cosas: "Aunque nuestro hijo no es perfecto (ninguno lo somos), es feliz y su vida vale la pena vivirla".
La cuestión del diagnóstico prenatal del síndrome de Down se ha puesto de actualidad al informarse durante este mes de un nuevo test menos invasivo que el actual, y que por tanto no pone en peligro como éste la salud del feto, tenga o no tenga el síndrome. Sin embargo, los movimientos provida temen que, eliminado ese riesgo, el recurso al test y la decisión de abortar si da positivo dispare todavía más ese escandaloso porcentaje.
La imagen de Boaz empieza a ser reproducida en cientos de perfiles de Facebook como una llamada de atención sobre ese holocausto silencioso, que está poniendo en práctica una eliminación eugenésica masiva de seres humanos.
Publicado en Religión en Libertad.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
FIELES DIFUNTOS
La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos.
Cuando una persona muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación.
Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios.
A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.
Debido a las numerosas actividades de la vida diaria, las personas muchas veces no tienen tiempo ni de atender a los que viven con ellos, y es muy fácil que se olviden de lo provechoso que puede ser la oración por los fieles difuntos. Debido a esto, la Iglesia ha querido instituir un día, el 2 de noviembre, que se dedique especialmente a la oración por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.
La Iglesia recomienda la oración en favor de los difuntos y también las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para ayudarlos a hacer más corto el periodo de purificación y puedan llegar a ver a Dios. "No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos".
Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Los que ya están en el cielo interceden por los que están en la tierra para que tengan la gracia de ser fieles a Dios y alcanzar la vida eterna.
Para aumentar las ventajas de esta fiesta litúrgica, la Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Papa entre el 1 y el 8 de noviembre, “podemos ayudarles obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados”. (CEC 1479)
Puedes seguir leyendo AQUÍ
Cuando una persona muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación.
Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios.
A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.
Debido a las numerosas actividades de la vida diaria, las personas muchas veces no tienen tiempo ni de atender a los que viven con ellos, y es muy fácil que se olviden de lo provechoso que puede ser la oración por los fieles difuntos. Debido a esto, la Iglesia ha querido instituir un día, el 2 de noviembre, que se dedique especialmente a la oración por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.
La Iglesia recomienda la oración en favor de los difuntos y también las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para ayudarlos a hacer más corto el periodo de purificación y puedan llegar a ver a Dios. "No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos".
Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Los que ya están en el cielo interceden por los que están en la tierra para que tengan la gracia de ser fieles a Dios y alcanzar la vida eterna.
Para aumentar las ventajas de esta fiesta litúrgica, la Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Papa entre el 1 y el 8 de noviembre, “podemos ayudarles obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados”. (CEC 1479)
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martes, 1 de noviembre de 2011
SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
Alguno ha comparado la santidad a las flores de un jardín. Todas son bellas y todas distintas. Así nosotros podemos contemplar santos exteriormente muy distintos y que, sin embargo, resplandecen con un fulgor semejante. Porque todo santo lo es porque esta unido al Totalmente Santo, Dios. Lo que tienen en común los santos es esa capacidad para mostrar a Jesucristo en sus vidas. Para el observador exterior ello no es siempre directamente comprensible, Pero hay algo en sus rostros y acciones que los hace especialmente atractivos. Y eso sucede incluso cuando viven la paradoja de las bienaventuranzas. Quizás ahí es donde se hace más presente el misterio de sus vidas.
La felicidad de la Madre Teresa limpiando a un enfermo, o la dulce serenidad de Tito Brandsma que movió a la conversión de la enfermera que le inyectó la sustancia mortal en el campo de concentración, son ejemplos de la verdad de las Bienaventuranzas que hoy leemos en el Evangelio.
Nos dice san Juan en la segunda lectura que la verdad de todo lo que somos se nos dará a conocer en el cielo. Allí donde ahora están los santos. Mientras la santidad en el mundo tiene ese carácter ambivalente para el ojo que intenta apreciarla. Por una parte resulta atractiva, porque en los santos se nos hace presente la vida que queremos para cada uno de nosotros y que a menudo se nos escapa. Pero, por otra parte, tememos lo que se esconde detrás: las mortificaciones de san Juan María Vianney, los ayunos de san Pedro de Alcántara, la vida para los demás de san Pedro Claver… Lo que se esconde entre bambalinas y hace posible la puesta en escena de alguna manera nos aturde y paraliza. Hay en todo ello un error de apreciación.
Si la santidad se caracteriza por algo es porque nos es dada, como una gracia. De hecho no es más que participación de la misma vida de Dios. Lo otro, esos actos admirables y a la vez repulsivos, ocupan un lugar secundario. Lo central en todo santo es su unión con Jesucristo y la fidelidad a esa unión. ¿Cómo no ser santos si permanecemos junto a Jesucristo? Esa permanencia, en ocasiones, exige una renuncia. La historia de la santidad nos muestra que a veces la exigencia es muy grande, pero es que el regalo lo es aún mayor. Nunca se ve bajo el aspecto de algo que se pierde sino del dulce honor de permanecer junto al Señor. Y ahí se hace de nuevo visible la paradoja de las Bienaventuranzas. Porque el que llora, en Cristo, conoce su dicha y rechaza el consuelo del mundo, y el que pasa hambre se sabe de antemano satisfecho alimentado por un pan que sus contemporáneos desconocen; y lo mismo el que trabaja por la justicia en medio de los corruptos o el que busca la paz sabiendo que ello sólo le comportará sufrimientos.
Si la experiencia de esos hombre y mujeres, tantos anónimos, que hoy recordamos no se aguantara en Jesucristo, lo suyo sería un heroísmo de la nada, algo inimitable y que hasta debería ser proscrito de los libros de historia. Pero nos resistimos a hacerlo y aún lo festejamos porque es demasiado evidente que en sus vidas se trasluce algo más grande que nosotros también queremos. Es la vida de Dios, conocida en plenitud después de la muerte, pero que ya nos es participada, por la gracia, en este mundo.
Del comentario a la liturgia del día www.archimadrid.org
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