lunes, 24 de marzo de 2014

¿TU SANGRAS POR ESTAS HERIDAS?

Una de las ponencias más aplaudidas del Congreso de Educatio Servanda fue la de monseñor Munilla, obispo de San Sebastián, en la que repasó «las tres heridas afectivas de nuestra sociedad» y dio las pautas para «su curación espiritual». Al acabar, algunos de los más de 500 participantes comentaban por cuál de esas heridas supuraban más...
Basta una conversación con cualquier joven de entre 11 y 99 años para comprobar cuantas heridas afectivas sufre esta generación. Y lo que es peor, cómo algunos venden como felicidad los caminos al precipicio, «porque, cuando uno no puede curar sus heridas afectivas, trata de justificarlas». Así lo explicó monseñor José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián, en el Congreso deEducatio Servanda, con una ponencia en la que trazó las 3 heridas afectivas de hoy, y las propuestas para sanarlas.
Primera herida: Narcisismo
La primera herida afectiva «es el narcisismo, la contemplación de uno mismo por encima de los demás, elombliguismo». Algo que lleva a «la incapacidad o seria dificultad de amar a otro fuera de mí». Las consecuencias están a la orden del día: «Hipersensibilidad, ver fantasmas donde no los hay, pensar que todo gira en torno a ti...» Además, presenta dos vertientes complementarias: «El eufórico, el que quiere ser siempre el triunfador, ser adulado y que todo el mundo se fije en él; como el niño en el bautizo y la novia en la boda»; y «el pesimista, que va por ahí dando lástima, como si todo conspirase contra él; es como el muerto en el entierro». El narcisismo, en contra de lo que parece, convierte a la persona «en mendigo permanente de afectividad, que nunca se siente suficientemente amado y que está en un peligro constante de desesperación y suicidio». Porque el narcisista «no tiene exceso de autoestima, sino de autodesprecio, y sólo es capaz de fundar su autoestima, de valorarse a sí mismo, por la opinión de los demás».
Solución: el Amor personal y real
El amor de Dios: Para sanar el narcisismo, «lo primero es el anuncio del amor de Dios, que funda la verdadera autoestima y el sano amor a uno mismo, con el Amarás al prójimo como a ti mismo. La autoestima no proviene de ti, sino de sentirte amado. Dios no hace basura, estás bien hecho, no tienes derecho a despreciarte».
Equilibrio ascética-mística: «El punto central del Evangelio no es una ascética rigorista, ni una falsa mística de payasos, flores y parábolas, sino el anuncio de la Cruz: la Pasión, muerte y resurrección de Jesús. Si te dan a conocer la Cruz, entiendes que el amor de verdad, el que Dios te tiene y te ayuda a vivir, es hasta el extremo».
Acompañamiento personal: «El amor de Dios es para todos, pero la Iglesia no hace café para todos. Hace falta acompañar a cada uno, conocer sus problemas y ayudarle a que Dios entre, no en general, sino en los aspectos concretos de su vida», explicó.
Ver a Cristo en los pobres: «El servicio a los pobres te descentra, te saca de ti, revela la presencia de Cristo y tiene una gran capacidad sanadora. Mis padres -contó el prelado-, cuando éramos adolescentes, nos llevaron al psiquiátrico de Mondragón. Aquello nos impactó y nos sacó de la burbuja».
Segunda herida: Pansexualismo
«Vivimos -denunció- en una alerta sexual permanente, que contamina todos los ámbitos. Comenzó con un divorcio entre sexo y procreación; después, entre amor y matrimonio; y ahora, entre sexo y amor». ¿Resultado? Personas rotas y perdidas.
Solución: educar contracorriente
Rescatar la castidad: «Hemos de rescatar la virtud de la castidad de su impopularidad, porque nos ayuda a ser reyes de nosotros mismos. En la vida, o te conduces, o te arrastran. La castidad es una virtud necesaria para vivir relaciones afectivas verdaderas. Y aunque el cuerpo tiene memoria y pide su tributo, si se cae en la tentación, no hay que perder la paz».
Educar en el amor humano: «Tenemos que formarnos a través de cursos de afectividad y sexualidad para trasladar la propuesta liberadora de la Iglesia, no de oídas, sino con conocimiento verdadero», afirmó.
Mostrar la belleza: Cuando la sociedad «eleva lo feo a la categoría de arte, regodeándose en el feísmo», mostrar «la belleza exterior ayuda a entender que lo bello no es sólo apariencia, sino aparición de una verdad latente, que eleva el espíritu».
Tercera herida: Desconfianza
Las malas experiencias no salen gratis y no sirve de nada mirar para otro lado. Por eso, «haber padecido las consecuencias del pecado de uno mismo y de los demás, pasa factura y termina por generar un síndrome de desconfianza crónica: Si me aislo, no sufro». Así, las heridas que los jóvenes han sufrido en su familia, con sus amigos o en sus relaciones afectivas y sexuales, «les lleva a encerrarse, a replegarse en sí, a ser desconfiados». Y eso «termina por distorsionar la realidad. Quien renuncia a amar por no sufrir, termina sufriendo por no amar. Así que, como me decía un joven, puestos a sufrir, mejor sufrir por amar, que por dejar de hacerlo...»
Solución: no confiar en cualquiera
Experiencias de comunión: Vivir experiencias de comunión en la Iglesia es clave «para mostrar que hay personas que sí merecen nuestra confianza. Quien empieza por decir Nadie me comprende, sólo puedo fiarme de Dios, siempre termina por proyectar sus miedos en Dios y no confiar en Él».
Evangelio del abandono: «Tenemos que tener el valor de mirar nuestros miedos y temores a la cara... porque comprobaremos que, al ponerlos ante Cristo, veremos cómo se derriten como la nieve al sol»
La escuela del Corazón: Monseñor Munilla terminó con una frase que está convirtiendo en un clásico: «Aprender de la escuela del Corazón de Jesús nos ayuda a vivir la afectividad en positivo. El Corazón de Jesús nos enseña la confianza del amor, porque nuestro corazón no es de quien lo rompe, sino de Quien lo repara».
J. A. Méndez para Alfa y Omega

1 comentario:

Anónimo dijo...

Balbi, te invito a que cuelgues la charla de Monseñor Ignacio Munilla en el I Congreso Nacional de Pastoral Juvenil en Valencia donde hablo justamente de esto. Fue una charla 10!! Yo estaba presente y puedo decir que me ha edificado muchisimo. Un abrazo, Marta Gª-Pulgar