Una vez, en Scete, un hermano cometió una falta. Convocaron un consejo y decidieron llamar al padre Moisés. Per éste no quiso ir. Entonces el presbítero envió a uno a decirle: "Ven, que todos te esperamos": Se levantó y se fue con una cesta agujereada que llenó de arena; se la cargó a su espalda, y la llevó así. Los demás que habían salido a su encuentro, le dijeron: "¿Qué es esto, padre?" El anciano dijo: "Mis faltas caen detrás de mí y yo, ¿voy hoy a juzgar las faltas de otro?". Al escuchar estas palabras no dijeron nada al hermano, sino que lo perdonaron.
Otro día, el padre José preguntó al padre Poemen: "Dime cómo llegar a ser monje". El anciano le respondió: "Si quieres tener paz aquí y en el mundo futuro, dí en toda ocasión: "¿Quién soy yo?" Y no juzgues a nadie".
Un hermano preguntó al mismo padre Poemen: "si veo una falta en mi hermano, ¿está bien esconderla?". El anciano contestó: "En el momento en que escondemos las faltas de nuestro hermano, también Dios esconde las nuestras; y en el momento en que ponemos de manifiesto las faltas de nuestro hermano, también Dios pone de manifiesto las nuestras".
Sentencias de los Padres del Desierto.
Me encantan las historias. Por favor, cuéntenos más. Me ha gustado mucho la última que es la única que he entendido. Y la voy a copiar para contársela a los niños de la catequesis para que no sean chivatos -tentación de niños y de miserables- ni murmuradores como yo.
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